Si usted se pone a hacer memoria y desempolva el álbum del viaje de novios con el que machacó durante meses a sus amigos más allegados, alcanzará con facilidad dos conclusiones, a saber: 1 por qué sus amigos dejaron de frecuentar su compañía, y 2 no, usted no pertenece a una familia real.
Los amigos dejaron de venir por casa porque acabaron hasta los cojones de sus fotos de Punta Cana, en alguna de las cuales aún se percibía el detalle del tocado de la novia visto desde atrás. Y respecto a la segunda conclusión, su viaje no empezó en Jordania con una boda real, ni pasó por Camboya; no se detuvo en las islas Fiji, ni tuvo escala en Samoa y California para acabar en México. No duró noventa, sino quince días; no costó medio millón de euros (ni siquiera de pesetas) y lo pagó con lo que sacó del convite y la subasta de la corbata del novio, en lugar de ser el generoso regalo de su padre, a pachas con un amigo de la familia. Su viaje no fue un secreto de Estado: Se pudo registrar con sus nombres verdaderos en el hotel de ‘todo incluido’ en el que se lo pasó entero. En fin, su viaje de novios fue una puta mierda. Reconózcalo.
Tan cruenta realidad le devolverá de bruces a su día a día, se afirmará en todas las convicciones republicanas que viene acariciando desde la adolescencia y abrirá los diarios electrónicos que aún sirven noticias gratuitamente (veremos cuánto tiempo nos dura este privilegio) para ¡oh fatalidad! toparse con la Iglesia.
Es la era de Internet. Hasta los obispos (los obispados) tienen una página web que alberga enlaces a los más variopintos lugares de la telaraña. Son lugares virtuales, claro está, nada más adecuado para sustentar un pensamiento cuyo reino no está en este mundo. Curioseando algún avieso periodista se encontró, en la página que administra el muy noble, muy leal y muy retrógrado obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, con un enlace al ‘site’ Solo Para Jóvenes. Solo Para Jóvenes centra su intención en la salvación de las almas de los adolescentes (supongo que para fieles de más provecta edad habrá contenidos más profundos en otros lugares del entramado). En su elevada misión aconseja sobre el comportamiento que han de seguir para consolidar el camino a los cielos. Así, sabido como es que la ebullición hormonal de la edad tan temprana constituye el gran peligro para el alma (o, dicho de otro modo, que las ganas de follar a todas horas que se tienen de más joven conducen directamente a las calderas de Pedro Botero si no se controlan debidamente), Solo Para Jóvenes vierte un consejo de gran sabiduría: vestir ‘a la moda pero no provocativas para no ir al infierno’. Dice provocativas y no provocativos, porque comprende la enorme diferencia entre ellos y ellas: que un chico marcando el paquetín con su pantalón ajustado no conduce sino a la melancolía, mientras que una chica con las tetas abalconadas bajo la camiseta y el culo respingón realzado por leggins ‘push up’ de cintura alta, puede llevarte a cualquier lado menos al cielo. (Estoy pensando ahora que para sostener esta afirmación habría que definir ‘cielo’ de manera más precisa).
Cierra la tablet. Su imaginación se desboca. Un rey con su manto de armiño, ceñida la corona sobre sus sienes, da cobijo a un obispo inquisidor que alarga el bajo de las faldas de las muchachas y brama con la voz rota al modo dulcinita ¡penitenciágite! ¡Penitentiam agite!
Entonces abre los ojos. Con la respiración agitada. Usted sabe que algo no va bien, pero no alcanza a dar con la clave porque en la televisión el ministro de Sanidad está hablando de muertos por COVID-19 (la enfermedad), tratando de explicar que el SARS-CoV-2 (el bicho) no se ha marchado a pesar de que se estén desescalando las medidas confinatorias que han detenido su avance.
Sacude la cabeza con incredulidad. En realidad están pasando cosas del siglo XXI. Andamos enfrascados ya de hecho en las postrimerías de su primer cuarto y ¿las más relevantes instituciones que nos rigen siguen ancladas en el XVI? ¿Cómo se compadecen los derechos dinásticos con los derechos humanos? ¿Se pueden seguir heredando las naciones? ¿Son todavía necesarias las referencias al Demonio para castrar las inclinaciones de las personas? ¿Es tan, tan, tan necesario castrarlas?
Aquel sello que el orfebre fabricaba único y el jerarca imprimía sobre el lacre caliente para dar autenticidad a aquello que contenía, ahora se llama certificado digital y se estampa en modo de firma electrónica mediante encriptación de millones de códigos binarios de imposible comprensión para este servidor. El púlpito desde el que se se divulgaba el miedo, hoy se llama Internet y pone (¡prodigio de nuestros días!) el conocimiento al alcance de todos.
Ya está bien de jerarcas, basta de reyes, no hay más vasallos, se acabaron los obispos, los sermones…
Vamos a hacer esto un poco más fácil.
Lleguemos al acuerdo de que el Medievo ha muerto. Vamos a ponernos en serio a construir la sociedad que nos hace falta ahora que parece que tenemos que reinventarlo todo.
A ellos les va así de puta madre. Pero a nosotros no tanto.
“Prolongar los ERTE para evitar despidos”, o sea que le sigamos pagando a los trabajadores que prefieren mantener fuera de su estructura productiva. “Una reforma fiscal justa, pero sin soflamas populistas que no han funcionado en ningún país”, o sea, que bajen los impuestos sobre sus beneficios. “Un pacto de reforma mediante el diálogo y con transparencia”, o sea nada. “Una economía con instituciones y ambiciones del siglo XXI”, otra vez nada. “Mantener intacta la reforma laboral del PP” y flexibilizar, flexibilizar, flexibilizar el mercado laboral, o sea abaratar el despido, asumir cualquier clase de relación laboral, rebajar los costes salariales… aunque sea rozar la indecencia, para mejorar la competitividad. Y acceso al dinero europeo que permita reflotar a las empresas (tantas) que se han visto naufragar a causa de la crisis sanitaria, para evitar que la consecuente crisis económica acabe con cientos de miles de puestos de trabajo. Después, calma en la política para que no asusten los fondos extranjeros.
Relata el ínclito Jorge Fernández Díaz, que en un parlamento privado con su santidad Benedicto XVI, preocupado el entonces ministro por los muchos males que aquejaban al país, el papa le advirtió de que el mismo Diablo (se sabe con certeza que no se estaba refiriendo a Pablo Iglesias), el Diablo, digo, el de verdad, el de los cuernos y el rabo que va a medio quemar y lleva enhiesto un tenedor para ensartar las almas de los justos, el Diablo, tenía la intención maléfica de destruir España. No precisó el pontífice de qué fuentes bebió para llegar a conclusión tal, pero demos por bueno que, como tantas otras cosas que pasan por las testas coronadas de los príncipes de la Iglesia, tampoco estas sean de este mudo.
Ni el hecho de que un señor negro fuera asesinado por un policía de forma especialmente cruenta, ni el otro menos actual de que el tal Luis XVI fuera públicamente guillotinado por su pueblo en la parisina plaza de la Revolución (hoy de la Concordia), parecen ser de relevancia alguna para el duque d’Anjou, don Luis Alfonso de Borbón, bisnieto de Franco y descendiente no sé en qué grado del rey francés ahora mancado.