domingo, agosto 26, 2018

El Valle

En los pactos del 78 nos hicieron pensar que estábamos en paz. Que todo lo que había pasado durante la dictadura del general Franco era agua pasada y que lo mejor era olvidarlo. Nos explicaron la Historia de aquella curiosa manera en la que un caudillo de origen cuasi divino (Caudillo de España por la gracia de Dios, rezaban aquellas monedas de curso legal) montado en un caballo alado (que resultó ser el Dragón Rapide) había sobrevolado las Españas todas e instaurado una paz duradera que proporcionó a los españoles trabajo, prosperidad y un Seat Seiscientos a cada uno (más o menos).
Pero era mentira.
En realidad lo sabíamos: había que desalojar del poder a aquellos que lo habían ocupado ilegítimamente (los golpes de estado que vienen seguidos de guerras civiles que duran tres años no son formas) y detentado durante cuarenta años de la mano de aquel caudillo que se había convertido en un dictador de los de verdad. Había que desalojarlos del poder y eso costó concesiones durísimas.
Costó hacer concesiones tan duras que, por no alargarme, diré que hubo que asumir la historia tal y como nos la habían contado, olvidar que salíamos de una verdadera situación de genocidio(*) y hacer como que todos en la guerra habían hecho cosas muy feas, pero que ya estaba.
Lo cierto es que todos en la guerra habían debido hacer cosas feísimas, pero mientras unos las habían pagado con creces, a base de juicios sumarísimos, de tribunales de depuración, de fusilamientos sistemáticos, de robo de niños, de persecución, de exilio, los otros habían adornado sus fechorías con el apelativo de gestas militares y a sus ejecutores con el de héroes de campaña y les habían premiado con medallas. Todos en la guerra debieron hacer cosas terribles, pero durante la posguerra (que ya no era la guerra, sino lo de después), los del bando que ganó las siguieron cometiendo bajo el imperio de una ley que se concibió para aniquilar a un grupo humano por razones políticas. A aquello, por el eufemismo, se llamó depuración. Y, sin embargo, se llama genocidio.
A ese grupo humano cariñosamente se les llamó ‘los rojos’. No los rojos y la rojas, que por entonces no andábamos para goyerías. Los rojos. Y no reconocer esa persecución sistemática es, simplemente, negar la Historia. La de verdad. La que aún no se ha querido contar del todo.
Lo cierto es que los vencedores se dejaron sus cuentas sin pagar. Y que aunque los pactos del 78 crearan la ficción de que todo estaba ya saldado, era mentira.
Lo sé, lo sé, Carrillo mandaba una “checa” en Paracuellos en la guerra. En la guerra pasó seguramente de todo. Había un general empeñado en que sus huestes violaran rojas para que supieran por fin lo que es un hombre de verdad… El sujeto se llamaba Queipo de Llano y aún deben quedarle calles por alguna ciudad española, porque la denostada Ley de la Memoria Histórica se quedó sin presupuesto. ¿De verdad alguien piensa que el asunto está cerrado? Ese paralelismo pretendido entre los unos y los otros aparece en cada conversación. Ese y el intento desesperado por imponer el olvido de aquello que no puede olvidarse. Porque nunca pidieron perdón, como se exige a otros criminales. Porque jamás se arrepintieron, sino todo lo contrario. Porque no se ha hecho justicia. Porque no ha habido reparación. Porque no se ha aceptado la verdad. Verdad, justicia y reparación. Eso se pide. Aquí, como en todos lados.
¿Qué le pasa a la derecha española que no reniega de régimen tan miserable de una vez por todas y se suma al legítimo clamor de los vencidos, de los rojos, por reconocer que aquello fue lo que fue y no lo que nos contaron? ¿Por qué se niegan a la verdad, a la justicia, a la reparación? ¿A qué tienen miedo? ¿Quién dejará de votarles por ello? ¿Qué les deben?
Nadie va a resucitar a Franco, es que el franquismo no ha muerto. La derecha sigue entorpeciendo la recuperación de los cuerpos que aún yacen en cunetas y fosas comunes y peleando por el mantenimiento de los nombres de las calles y los monumentos funerarios de los caídos por Dios y por España. Y alguno tiene que ser el momento de acabar de verdad con este asunto tan turbio.
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El Gobierno de España va a exhumar del Valle de los Caídos al general Franco. Ya está. Y ya era hora.
No se crea lo que le cuentan de que ‘el Valle’ era muy parecido al jardín del edén. Aquello fue un puto campo de concentración y se levantó con forzados. Con rojos forzados. Es humillante para las víctimas que, precisamente ahí, reposen los restos de quién los condenó por el hecho, por el mero hecho, de pertenecer a aquel grupo humano. No se enfade. No brame por los bares clamando por la paz y asegurando que eso solo reabrirá viejas heridas. No se reabre lo que no está cerrado. Y, de verdad, hay que cerrarlo. Verdad, justicia y reparación.
A los dictadores genocidas no se les rinde culto. En serio.

(*) Genocidio RAE: masculino. Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad.
Y el dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 19, 2018

Benidorm, Alicante (España)



Una señora de avanzada edad, británica e indignada, clamó al cielo y a su agencia de viajes porque le enchufaron un 'paquete-vacaciones' en Benidorm (Alicante, España) con destino en un hotel que estaba lleno de españoles.

El caso es que a la señora británica de avanzada edad no eran los españoles en concreto lo que le molestaba. Lo que le molestó fue lo ruidosos que éramos. Tan ruidosos y maleducados que un día, según contó, hasta la arrollaron a la hora del desayuno y a punto estuvieron de dar con sus huesos por el hueco de la escalera.

IMG-20180818-WA0005Concluye la anciana señora británica su alegato haciendo notar a la agencia de viajes (sin duda con la intención de que se trasladase esta propuesta a algún consulado u organismo oficial con competencias en la materia) que los españoles deberían veranear en otros lugares y no, añado yo, en aquellos que ella elige para sus bien merecidas vacaciones estivales en España.

Siendo yo de La Elipa (Madrid, España) no puedo hacerme mejor cargo de la indignación de la señora británica de avanzada edad, pues sé de muy buena tinta hasta qué punto podemos ponernos violentos los chicos de barrio bajo a la hora del bufett libre: conozco incluso grupos de jubilados del centro del país de una voracidad inusitada cuando aquello que se ofrece es de comer, va incluido en el precio y no tiene límite de consumición.

Como, además, tengo parientes próximos de excelente condición económica y social (la mía no fue de las ramas más afortunadas del árbol genealógico familiar), conozco aunque sea de lejos la finura de los gustos y modales de estas otras personas, estas de más posibles, de exquisita educación y residencia en barrios de más abolengo (el de Salamanca mismo, por poner un ejemplo manido). Ciertamente da gusto con ellos: no atropellan, dejan siempre pasar primero a las personas de edad y comen muy poco y con mucho reposo, señal esta inequívoca de lo bien cuidadas que tienen tanto las formas como la alimentación.

Así que cabría concluir que españoles finos, haberlos haylos. Lo que pasa es que no se hospedan en el hotel que eligió esta señora británica de avanzada edad para su descanso veraniego. No estaban en Benidorm. Ellos son más de Puerto Banús (Málaga, España), de la parte de Cadaqués (Gerona, España), o de viajar al extranjero en busca de sensaciones (¿heliesquí?) más acomodadas a su gusto y condición.

En aquel hotel de Benidorm (Alicante, España) debíamos estar todos los de la Elipa y, a lo mejor, algunos de Liverpool (Merseyside, Noroeste de Inglaterra, Reino Unido), que los he visto ataviados de correajes al modo militar, rojos como gambas y ebrios como si no hubiera un mañana, cometiendo tropelías que hasta a los de la Elipa hacían enrojecer. Por decirlo resumidamente, debían estar en aquel hotel quienes pagan poco por alojamiento y desayuno y guardan para el alcohol lo poco que les queda del presupuesto de vacaciones.

¡Oh fatalidad! A esta señora británica de avanzada edad, lo que le jode, en realidad, son las personas de poco acomodo, como yo mismo, mi familia, mis amigos. Y, sin embargo, somos tan fáciles de evitar… Solo hay que subirle un par de estrellas al hotel donde decida alojarse. Acaso, bucear un poco mejor en el mapa en busca de ubicaciones de más altura social: se me ocurren muchísimas incluso sin salir de Benidorm.

Eso sí, le va a salir un poco más caro.

Y, si lo consigue, no olvide dar recuerdos a mis parientes ricos.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 12, 2018

Días de sol y playa



Menos diez. Esta noche ha hecho un calor insoportable.

Hay un manchurrón de sudor en las sábanas. Lo veo desde el baño, sentada en la taza del váter, despeinada y con los ojos turbios todavía. Solo un manchurrón. Hace mucho tiempo que no se deshace el otro lado de la cama.

No debí quedarme con el piso de la playa. Es una mierda de piso de la playa.

Los niños ya trastean por el salón. Es la única hora a la que se puede estar ahí. Luego el sol aniquila toda posibilidad abrasando la cristalera que mira hacia otros apartamentos igualmente abrasados. El mar no se ve si no te inclinas un poco en la esquina del balcón. Está lejos. Lo de ‘vistas al mar’ era un eufemismo. Bueno, era mentira.

img-20180812-wa0000-e1534031875115.jpgHay que tirar de datos para conectarse a internet desde el teléfono, pero era una gilipollez pagar todo el año por el ADSL para tres semanas de uso. Igual que la luz, que la tienes que tener por cojones todo el año y la usas apenas 20 días. La cisterna tampoco funciona y un par de enchufes se han salido de su sitio, pero qué vamos a hacer.

Se oye ruido en la cocina. Me prepararán café. Es la única gracia que hacen. Haré las camas y me armaré de valor para bajar a la playa. Se va en coche a la playa. Lo malo no es aparcar: si vas temprano siempre encuentras sitio. Lo malo es coger el coche a cincuenta grados cuando te marchas. Lleno de arena. La pequeña se deja pegada la piel en la maxi-cosi, pero no hay otra manera. El parasol no alcanza.

No, el piso no tiene ventilación cruzada, no se puede hacer corriente. El promotor de las viviendas olvidó decirle al proyectista que el fin último era habitarlas, pero embutir dos habitaciones, salón, baño, aseo y cocina independiente en 65 metros tiene su aquel. Mi excuñado vendió cuando aún se podía. Menos mal. Hubiera sido el colmo tener que soportarlos. Compramos juntos cuando pensábamos que esto de la familia era algo parecido a una ‘stock option’ de rentabilidad asegurada.

Yo no puedo vender. Aún me dan menos de lo que debo de hipoteca. La crisis y tal. Algún imbécil pensó que la vivienda era el ahorro de las clases medias y alguno no imbécil se decidió a quedarse también con el ahorro de las clases medias. Y se lo quedó. Después del acuerdo de divorcio pago yo la hipoteca. Lo mismo hice el gilipollas. Lo mismo, sí.

Los dos mayores vienen a regañadientes. Ya no les gusta. No me extraña. En la playa con mamá toda la puta mañana. A ver quién aguanta eso. Pero vienen. A lo mejor este año es el último. La semana con su padre se lo pasan mejor. Nos ha jodido.

Me he vuelto a traer ‘Los pilares la tierra’ a ver si puedo con las 900 páginas sin una sola ilustración y me convenzo de que esto no está tan mal. La hora de la siesta es imposible llenarla de otra cosa y a pesar de todo no consigo terminarlo.

Lavarme la cara no ha servido de nada, sigo viendo borroso. La cocina es un campo de batalla después del exterminio, pero huele peor. La videoconsola hace un ruido infernal de carreras de coches. La leche de  la niña está demasiado caliente. No me he peinado. Hoy toca paella en el chiringuito; es un emplasto de sabor indeterminado, pero los críos disfrutan mucho comiendo fuera y hay aire acondicionado. El vino con gaseosa hará el resto.

Son las nueve. El sol ya se ha adueñado del apartamento. Salgamos de aquí.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 05, 2018

¡Taxi!



En los años 70 del viejo siglo XX, asistimos a la crisis del pequeño comercio, absorbido por las grandes superficies que fagocitaron su capacidad de supervivencia a base de ofrecer precios más competitivos, la comodidad de encontrar un par de calcetines y una docena de huevos en el mismo espacio físico y un horario más amplio que incluía sábados y festivos. Tuvieron que reinventarse.

Desde entonces hemos visto muchísimos sectores de la economía desbordados por las nuevas formas de negocio, posibilitadas por las nuevas tecnologías o, simplemente, por la capacidad inversora de los más grandes. Desde que el mundo es mundo unos compiten contra los otros para hacerse fuertes en aquello que saben hacer y desde que el capitalismo es capitalismo el pez grande se come al chico y sanseacabó.

Ahora viene la capacidad que cada uno tiene para ejercer presión ante la sociedad y de esta circunstancia dependerá el volumen del conflicto que genere el sector al que le toca verse amenazado por la irrupción de nuevas formas de negocio. Para entendernos, el señor de la cordelería de la calle Leganitos se puede poner en huelga todos los días que le dé la gana, pero igual tiene ciertas dificultades para paralizar el país haciendo oír su queja, cosa que no sucede con los controladores aéreos o con los taxistas (16.000 más o menos en la ciudad de Madrid, perfectamente comunicados entre sí y sin demasiados miramientos a la hora de utilizar la violencia física contra sus competidores).

En el conflicto del taxi, el que tenemos ahora de moda, hay una variable más que poner en el tapete: la movilidad urbana. Lamentablemente hablamos solo de la movilidad urbana, porque en el medio rural este asunto importa un huevo: sus habitantes tienen tan limitada sus posibilidades de comunicación como la frecuencia de un autobús diario de ida y uno de vuelta con destino a la capital.

IMG-20180805-WA0000Tengo para mí que el problema del taxista no es exactamente el de velar por la calidad del transporte público, ni colaborar en el desarrollo de esta movilidad urbana, sino más bien el de proteger su inversión: consiguió su licencia de otro taxista y se la compró por 200.000 (los ayuntamientos tienen limitado el número de las que hay en vigor) y está viendo cómo su precio se devalúa porque fórmulas más modernas y más competitivas le han quitado el monopolio al sector (hago constar que mi piso se devaluó en mayor proporción cuando explotó la burbuja inmobiliaria y no pude tirarme a la calle a pegarme con nadie para intentar mantenerlo en el precio por el que me lo compré).

Sorprende que sectores tan liberales acudan con tal virulencia para exigir la protección del Estado en algo que parece que debería estar regulado por las leyes de la oferta y la demanda (a las que acuden sin rubor ninguno para clamar por la libertad en los precios que imponen a sus servicios). Pero más sorprende que se sientan con legitimidad para paralizar las grandes urbes de la nación a base, nada menos, que de colapsar sus principales arterias de comunicación en temporada tan sensible y, aún más, que se sientan con derecho a liarse a hostias con los conductores y los coches de la competencia, algunos con familias dentro, que hasta donde yo entiendo no tienen en directo la culpa de su desgracia y que, lo quieran o no, no son sino trabajadores, igual que ellos, aunque en este caso de la competencia.

Y, una vez más, el usuario fuera del conflicto. Los intereses de las personas distintas de las poseedoras de una licencia de taxi no pintan nada en este lío. Porque a un señor normal, a una señora de Barcelona, le viene estupendamente alquilar su coche por el móvil, que la vengan a buscar, que la lleven en un coche limpio y perfectamente climatizado a su destino y que le carguen en cuenta el precio previamente pactado de la carrera, sin tener que preocuparse ni de abrir el monedero.

¿Por qué se ha puesto al Estado en la tesitura de resolver un problema que ha generado el mercado? Porque los taxistas no tienen forma de competir contra un servicio infinitamente mejor planteado que, a buen seguro, les está arrebatando una parte importante del negocio (no toda porque estos vehículos no pueden, por ejemplo recoger a personas en la calle o hacer uso de paradas en la vía pública), y acuden a quien tiene la competencia para regular el sector con la exigencia de que lo estrangule.

Y ¿con qué fin? ¿Para garantizar que la movilidad de los ciudadanos esté a la altura de las exigencias de una sociedad evolucionada? ¿Para que el servicio que prestan se dignifique y el usuario se sienta satisfecho con una actividad que hace más habitables las ciudades (ya se ha dicho que de los pueblos ni hablamos)?

No. Para salvaguardar su inversión. Para proteger su negocio.

La movilidad de las ciudades ha cambiado: el vehículo eléctrico, el carsharing, las redes públicas intermodales cada vez más sofisticadas de bus, metro y cercanías, el coche compartido a través de plataformas, la bici eléctrica de alquiler… El taxi tendrá que tomar sus propias decisiones para adecuar el servicio que presta a esta realidad.

No basta solo con tratar de impedir que los demás crezcan. Otras especies que no lograron aclimatarse se extinguieron (piénsese en los dinosaurios).

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, julio 22, 2018

Y todo por 50 euros

Se hizo viral esta semana la historia de una señora que acudió la sucursal bancaria para sacar de su cuenta 50 euros. Después de hacer la correspondiente cola, el probo empleado, presumo que de no muy buenas maneras, le espetó que el mínimo para sacar en ventanilla eran 200 y que, si solo necesitaba esos 50, los tenía que sacar del cajero automático. La señora le explicó que a los 90 años de su edad no estaba para cajeros automáticos a lo que, impertérrito, el sujeto que tiene por oficio atender al público (o sea, hacer las cosas fáciles a los demás) pero que con toda probabilidad él no lo sabe,  le dijo que no había más solución. La mujer, lúcida aún a su edad, rectificó el pedido y solicitó del empleado los 200 que como mínimo podía obtener. El ventanillero le dio sus 200 y cuando preguntó a la anciana si quería alguna otra cosa esta contestó: sí; ingresar 150.

Si alguien imaginó que las enormes ventajas que aporta la tecnología a las rutinas de cada día tenían por objeto facilitar la vida a las personas, se equivocó de plano.

El verdadero objeto de la tecnología es la competitividad. Y ya molesta.

Traduzco competitividad: Ganar más pasta. Mucha más pasta.

Salvo en la Administración Pública, que tiene por Ley la obligación de mantener abiertos todos los canales posibles de atención a la ciudadanía (el telemático, el telefónico, el presencial), las empresas que prestan servicios se relacionan de manera electrónica con sus usuarios, solo, porque le sale infinitamente más barato que mantener los salarios de los trabajadores que tendrían que tener en sus plantillas para ofrecer una atención digna de forma presencial. Solo.

Telefónica tiene en la Gran Vía de Madrid (no sé si también en la de Barcelona) un departamento de atención personal con una larga cola de personas mayoritariamente muy mayores al que puede uno acudir para resolver sus cuitas si cuenta con varias horas libres por la mañana. Solo uno. Solo en Madrid (y a lo mejor en Barcelona, pero no me consta) y prácticamente desconocido. El resto de los mortales, incluyendo a la casi totalidad de madrileños y madrileñas (un único departamento no da para mucho más y su existencia es casi un secreto), las tienen que resolver a través de Internet, mediante una aplicación que yo mismo he sido hasta la fecha incapaz de desentrañar. No hay oficinas. Tampoco para la cosa de la luz, o la del gas. No hay más oficinas, rectifico, que las que sirven para vender, ampliar o contratar todo tipo de servicios. Esas sí que están.

La otra solución es el teléfono. Un call centre (centro de atención de llamadas, para entendernos) atiende tu problema desde algún país en el que los salarios sean muy baratos y trata de hacerte entender la incomprensible oferta: No, no, te explican, la tarifa “morsa” tiene más gigas, pero los minutos de llamada entre las 08:25 y las 09:32 son mucho más baratos si contrata el bonus extra “madrugar sí que mola”; el bonus “siesta” es solo para jóvenes de entre 30 y 45 años e incluye minutos navegación a 30 megas después de comer. Eso sí, son comulative minutes, o sea que si le sobran de este año, los puede usted emplear el que viene. Y tú te desvaneces. Pero tu madre se muere.

— ¿Señora? ¿Sigue ahí? ¿Le he comentado que si contrata la tarifa Trump le hacemos un descuento en sus llamadas a Rusia? Parece una tontería pero nunca se sabe cuándo va a tener que llamar uno a Rusia…
— ¡Agggg!
— No se ría, es como le digo, talmente. ¿Usted necesitará roaming?

De la brecha digital ya no se habla. Se habló cuando reducirla comportaba beneficios para quienes la habían creado (vender más ordenadores, extender el negocio de redes…).  Pero ya no es el caso porque la tecnología es prácticamente un mercado saturado.

De la que se ha creado a base de permitir a las compañías abaratar costes en los servicios de atención a los usuarios, aún a costa de hacerlos inutilizables para el común de la ciudadanía de más de 70 años, por ejemplo (ni siquiera la oferta de residencias de ancianos está accesible a este grupo de edad) o aquejada de cualquier otra suerte de discapacidad social de las que tanto abundan, de la que se ha creado con el objetivo de fortalecer la competitividad de las empresas (su cuenta de resultados), de esa brecha digital ya no se habla.

Y nuestros mayores cada vez más distanciados de una realidad que te obliga a relacionarte con quienes te proveen de lo necesario a través de un entramado tecnológico inalcanzable, cada vez más incapaces de acceder a los servicios que masificadamente se ofertan a las clases productivas: ninguno de nosotros va a la ventanilla a por cincuenta euros. Son nuestros padres los que no saben utilizar el cajero automático.

A mi madre, en concreto, todo esto se lo resuelve mi cuñado… Yo me siento incapaz.

Ellos, los que nunca van a acceder a la banca on line están fuera. Los hemos dejado fuera. Afortunadamente, se van muriendo.

Sin duda, más pronto que tarde, seremos nosotros los incapaces de manejar la tecnología que esté al cabo de la calle. A ver si para entonces nuestras nueras son igual de comprensivas.
El dibujo es de mi  hermana Maripepa.

domingo, julio 15, 2018

¿Y si resultara que no estaba equivocado?



El Tribunal Supremo se encuentra en una encrucijada de cuya resolución, acertada o fallida, va a depender en gran parte el afianzamiento o no de la poca credibilidad que los ciudadanos otorgan en estos tiempos a la Justicia.

En el más que controvertido caso del proceso independentista de Cataluña, en lo que a la parte judicializada se refiere, la justicia internacional ha dado ya dos importantes varapalos al Alto Tribunal español. El uno al considerar el tribunal de Bruselas, que la euroorden que se emitió para requerir la extradición de los consellers  fugados Toni Comín, Lluís Puig y Mertixell Serret, tenía tan graves defectos formales que la hacían inoperativa (mayo de este mismo año). El otro, de esta semana, al considerar el Tribunal Regional Superior de Schleswig-Holstein que es inaplicable el delito de rebelión a las conductas que se reprochan a Carles Puigdemont.

Dice el tribunal alemán que si el Supremo quiere a Puigdemont, que se lo manda, pero que solo por el delito (sensiblemente menor) de malversación de dinero público.

¿Y ahora?

20180715_002535.jpgDe aceptarse por el Supremo la extradición del expresidente por tal delito, de una parte tendría que quedar inmediatamente en libertad (no cabría aplicar prisión preventiva por la mera malversación salvo por estimarse el riesgo de fuga) y, de otra, estaría ganado de facto su recurso contra la inhabilitación que se ha producido sobre él y el resto de los procesados independentistas, para el ejercicio de cargo público (tampoco cabría aplicarse antes de dictar sentencia firme por el delito en cuestión). estaría, pues, en disposición de hacer valer los derechos de su condición de parlamentario. Seguramente de inmediato, sería el nuevo president de la Generalitat aclamado por las multitudes.
El resto de los procesados, vicepresident, consellers, jefes de asociaciones, continuarían en prisión preventiva hasta la culminación de su proceso penal, en espera de una sentencia que, de resultar probada la rebelión que se pretende, podría oscilar entre los quince y los veinte años de prisión.

Nos encontraríamos ante dos situaciones absolutamente dispares: la de los que dieron la cara y cumplieron con la justicia española acudiendo a sus citaciones (que las van a pasar putas), frente a la de los que se dieron a la fuga, acudiendo al amparo de la justicia internacional, que verán su situación procesal amplísimamente atenuada gracias al criterio de tribunales extranjeros.

Mal.

La otra opción, renunciar a la ejecución de la euroorden y, de suyo, a la entrega de Puigdemont a las autoridades españolas, parece aún más peregrina. Se acusaría al Tribunal Supremo de huir de la razón jurídica en busca del tactismo, por tal de no dar su brazo a torcer y persistir en la persecución del expresident por un delito que, al parecer, nadie más en Europa considera que haya cometido.

Esta segunda opción tiene un desenlace todavía más incierto. No podremos saber en qué momento se darían qué circunstancias para que la euroorden volviera a activarse en las condiciones que convengan a la justicia española… Tendríamos realmente un Consejo de la República Catalana con sede en algún país de Europa, sin recursos legales para impedirlo y presidido por un señor fugado de España, al que solo en España se considera reo de rebelión. Y presos con largas condenas al resto de sus compañeros de algarada.

Sin ánimo de intentar saber más que los magistrados que han tipificado la conducta, siempre se ha mantenido desde esta página la opinión de que era más que discutible hablar de rebelión sin que se hubiera producido la violencia que este delito exige para considerar que se comete, así como la de que los políticos que se encuentran en prisión preventiva nunca debieron estarlo. Un buen amigo comentaba en la entrada de 25 de marzo sobre este mismo asunto: “De hecho ha tenido que hacer malabares circenses para justificar su imputación que nadie en Europa cree.”

Esta opinión se ve ahora reflejada  en la decisión del Tribunal Regional Superior de Schleswig-Holstein que básicamente afirma que “un grado de violencia según lo prescrito en la regulación de la alta traición no fue alcanzado en los enfrentamientos en España”. También descarta el tribunal alemán la responsabilidad penal de Puigdemont por perturbación del orden público, porque él, afirma, sólo implementó el referéndum y “no fue líder espiritual de la violencia”.

Así que, a lo mejor, Carles Puigdemont no estaba tan equivocado al poner su situación procesal en manos de tribunales extranjeros, desconfiando de esa persecución de la que acusa a los de aquí.

Tiene la palabra el Tribunal Supremo. Y en mi modesta opinión, se la juega.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, julio 08, 2018

Ca-Cos ¿cacos?



Contra pronóstico, al menos contra el mío, Soraya Sáenz de Santamaría se hizo con la mayoría de los votos de los escasos militantes que pudieron participar en el proceso de primarias del Partido Popular.

El aparato del partido no estaba con Cospedal, como cabría suponer al ser ella la responsable última de la organización. Difícil de leer.

IMG-20180707-WA0012.jpgSe diría que se impuso el sentido común entre la militancia, que prefirió la cordura más serena y la capacidad de hacer cosas, la inteligencia de la candidata más cercana a las instituciones que al poder interno, a la estridencia del discurso crispado de su contrincante femenina o al apoyo incondicional de los ancestros del pasado a su contrincante masculino que, bien pensado, poco más puede ofrecer.

El hombre de Aznar quedó en segunda posición a escasa distancia de la vencedora. Uno que, con toda probabilidad, se las verá ante los tribunales de Justicia más pronto que tarde por no tener nada limpio el currículum académico que exhibe en los papeles.

Y aquí viene el lío. Casado se convierte en el hombre llave y tiene dos posibles alianzas: una con Soraya Sáenz de Santamaría, que le ofrecerá el máximo rango interno después de ella misma y otra con María Dolores de Cospedal, que le ofrecerá el máximo rango interno sin más, seguido por ella misma. No tengo ninguna duda de con quién va a intentarlo. La tentación de crear un frente anti-Soraya (si ya no existiera), que ha acopiado enemigos suficientes durante su largo período como vicepresidenta, es demasiado fuerte. Cómo mantendrá el discurso de que el que tiene más votos es el que tiene que gobernar ya lo escucharemos en los próximos días. Por ahora solo habla de las reglas que se han dado para legitimar su derecho a seguir en la pelea, pero olvida que esas mismas reglas, las que nos hemos dado, apoyadas por la intolerable aparición masiva de corruptos en su partido, son las que han propiciado el salto de Sánchez a la Moncloa, que el mismo Casado se ha hartado de criticar por ilegítimo.

Los compromisarios llamados a resolver la segunda vuelta en el propio congreso tienen una decisión difícil de tomar. Todo el proceso ha sido difícil en realidad: sin ninguna cultura democrática interna, sin ninguna experiencia (¡sin papeletas impresas!), sin directrices a las que obedecer o no pero que marcaran un norte concreto, el Partido Popular se ha lanzado a la aventura de las urnas. No ha podido ser más parco. No ha habido debates, no ha habido ni un solo proyecto de partido sobre la mesa, no ha habido más que personas, con su sola presencia, sin ofrecer nada más que la promesa de ganar al Partido Socialista en la próxima contienda.

La operación ‘cacos’ está en marcha. ¡Pelea de gatas! Ya ven que el bueno de Casado es el que menos importa en este caos interno. Las verdaderamente poderosas son ellas. El frente anti-Soraya no lo lidera él, a pesar de haber sido el segundo en la liza.

El reto de recomponer un partido en estado de putrefacción, solo sujeto a estas horas por la vaga necesidad de no desintegrarse; la tarea de desasirse de la derecha reaccionaria que aún campa por sus respetos incrustada en su ADN y comparecer ante la sociedad como un partido saludable, más comprometido con la modernidad que con el pasado del que es prisionero, capaz de representar a un país que necesita avanzar para reencontrar su propio camino, le corresponderá a uno de los dos clasificados en el proceso previo.

Imposible para mí pronosticar (no acierto nunca), pero fácil intuir qué representa cada uno de ellos. No puedo dejar de soñar con una derecha moderna, que entable su disputa con la izquierda en el terreno de las ideas, de las políticas y no en el del odio ancestral o el desprecio. Y me temo que esa derecha no es la del pupilo del expresidente, compañero de correrías de su yerno. No es la de Cospedal.

Aprecie el lector el notable esfuerzo de empatía que contienen estas líneas, por tal de comprender el momento en el que se encuentra el Partido Popular. Pero no nos engañemos: por mí, en realidad, como si se sacan los ojos.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, julio 01, 2018

66.000... Mal contados



Nos dijeron que eran casi 870.000. Y nos lo creímos.

Se hartaron de decirnos que no necesitaban financiarse ilegalmente. Que lo hacían con las cuotas de sus más de 869.500 afiliados… Eso no nos lo creíamos. Pero lo mismo les daba.

Ahora resulta que no. Que son 66.000. ¡Vaya! Apenas  el 8% de los que decían ser.

Curioso despiste. Les debe faltar dinero en la caja A, porque la partida ‘cuotas de afiliación’ no les tiene que cuadrar a final de año. Para algo está la B.

IMG-20180701-WA0000De Cospedal ya había demostrado no ser muy lista (recuérdese por encima la bochornosa explicación que nos dio a los españoles sobre el turbio asunto Bárcenas) y sí muy soberbia (recuérdese también la bochornosa comparecencia que nos brindó en la Comisión de Investigación sobre la financiación ilegal de su partido en el Congreso de los Diputados), pero ocupando la Secretaría General de su organización, algo debía olerse.

Lógicamente está encantada: Van a votar los concejales. Y este no es un asunto menor o, para explicarme en el modo Rajoy, es un asunto mayor.

Porque ha quedado en evidencia que el PP es un partido de cuadros. Sin militancia. 66.000 son los concejales, los diputados y senadores, los parlamentarios autonómicos, los asesores de Bruselas, los que han salido de los cargos del Gobierno, los que mantienen sus cargos allá donde aún gobiernan para desgracia de la ciudadanía. 66.000 son los que De Cospedal y la organización que dirige desde la Secretaría General, han colocado en sillas, sillones, atrios y bancadas. Son el aparato que De Cospedal ha urdido cuidadosamente. Muy mal habría tenido que hacerlo para no salir triunfante de este envite, en el que solo aquellos que le deben su sustento van a comparecer ante las urnas.  Es su aparato.

La buena mujer tiene a su marido en los ‘papeles de Bárcenas’, pero le importa un huevo, porque dice que ‘I. López del Hierro’ hay muchísimos en el entorno del PP y cualquiera sabe a quién se referían (con qué cosas tan grandes hemos comulgado, por Dios). Además no tiene contrincantes: nadie se ha creído del todo que Casado se sacara Derecho en seis meses, ni a Margallo le va a servir para mucho el lifting que se ha hecho, a pesar de que se ha quitado cinco o diez años de encima. Solo le queda Soraya para batirse.

Soraya ha sido la mujer que más poder ha concitado desde Josefina de Beauharnais (la de Bonaparte), pero mandaba sobre funcionarios (que votan lo que votan pero no en las primarias del PP), sobre espías, en Cataluña con la cosa de la aplicación del artículo 155 de la Constitución… Su predicamento en el Partido debe ser menor, aunque su presencia en las encuestas sea de más calado. Muy mal debería haber hecho su trabajo De Cospedal para que esta mujer tan pequeña, con esa carita de monja, le gane la partida.

Joserra… Nada, nada. Creo que solo le apoya Wyoming y y me parece que es de broma.

Inexperto yo en los asuntos que se mueven en el Partido Popular, me atrevo a pronosticar la  victoria de De Cospedal en la contienda por la sucesión de Mariano Rajoy, ex gran Mariano. Me hace feliz imaginarla en los debates televisados exhalando veneno contra Zapatero (quise decir Sánchez) por tropelías tales como devolver la cartilla sanitaria a los inmigrantes, quitar el co-pago farmacéutico a los pensionistas, sacar al dictador del Valle de los Caídos por Dios y por España, regular la eutanasia, arrancar las cuatro medallas del pecho henchido del torturador ‘Billy el Niño’, instaurar un impuesto sobre las transacciones tributarias para asegurar el sistema de pensiones, derogar la LOMCE, imponer las energías renovables como eje para la lucha contra el cambio climático, quitar los privilegios de la Iglesia Católica, aprobar una ley de igualdad laboral entre hombres y mujeres, propiciar un acuerdo europeo digno para afrontar el gravísimo problema de la inmigración frente a la bomba demográfica que supone África, estudiar un ingreso mínimo vital o un pacto de rentas que sitúe el SMI en 1.000 euros para 2020 o plantear un nuevo pacto constitucional que rescate el ya enquistado asunto territorial o blinde el estado del bienestar.

Ánimo, María Dolores: Tienes el discurso hecho.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, junio 24, 2018

Provocación


Quisimos entenderlo porque no teníamos más remedio que confiar en nuestro Poder Judicial para seguir teniendo algún lado al que mirar sin ruborizarnos, después de que ocho años de gobierno popular hubieran roto todo o casi todo aquello que constituían nuestras instituciones.


Así que lo quisimos entender. Nos dejamos llevar por la estrepitosa corriente de argumentos jurídicos ininteligibles con los que intentaron enseñarnos a diferenciar entre violación y abuso.  Incorrecto: la cosa está entre la agresión y el abuso porque penetración puede haber en ambos casos y el quid de la cuestión está en el uso o no de la violencia para follarse entre cinco maromos a una jovencita de 18, aunque parezca tan obvio. Pero lo quisimos entender.

Al fin y al cabo, pensamos, los cinco gilipollas que violaron a la muchacha (al parecer sin violencia) iban a estar en la cárcel para mucho, mucho rato. Porque nueve años nos pareció tiempo suficiente en comparación con los doce que (como mínimo) les podrían haber caído de aplicarse el tipo penal agravado de ‘agresión’ (agresión con acceso carnal).

Lo quisimos entender a pesar de que la calle se enfebreció y por todas las ciudades españolas corrieron ríos humanos pidiendo justicia para una agresión que, a todas luces, había de reprobarse penalmente con toda la fuerza de la Ley y no con la aplicación de la pena que se impone a un delito menos grave. Aún así, lo dejamos correr.

Y ahora están sueltos.

Cinco bigardos que resuelven sus fiestas violando chicas en portales y contándolo vía WhatsApp, a sus amigotes, que tienen pendiente otra causa penal por hechos muy similares, que no han mostrado ni un asomo de arrepentimiento por lo que hacen, que nadie puede haber supuesto que lo vayan a dejar de hacer, que tienen una condena de nueve años de cárcel, han quedado en libertad hasta tanto la sentencia que los manda confinar sea firme. La Sección Segunda de la Audiencia de Navarra así lo ha decretado.

Dicen dos de sus tres señorías (mujer una de ellas por más intensidad) que el riesgo de fuga es mínimo porque no tienen dinero, que no van a poder volver a hacerlo porque, como ya se conocen sus caras, las chicas se van a ir corriendo en cuanto los vean, que no tienen antecedentes penales porque la causa que tienen pendiente aún no ha sido juzgada…

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Una señoría
Y el argumentario se repite: la técnica jurídica no está al alcance de nosotros, pobres legos, que no comprendemos el complejo mecanismo de las decisiones judiciales. Solo sus señorías, tocados de esa suerte de sabiduría universal, cuasi divina, pueden y deben interpretar y aplicar la norma. Y sin derecho a crítica por parte la sociedad que, ignorante, mortal, ha vuelto a salir masivamente a la calle para clamar, una vez más, justicia.

¿Cómo puede estar tan separado el sentido común que usan los jueces del sentido común que tiene por bueno la sociedad entera? ¿La sensibilidad de la norma de la sensibilidad de la sociedad en que está llamada a aplicarse?

Lo cierto es que no lo está.

El Código Civil no tarda nada en despejar esta incógnita: su artículo 3, dentro del capítulo que se ocupa de la ‘Aplicación de las normas jurídicas’ establece en su punto primero  que ‘Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquellas.’

La realidad social a la que apela el tercer artículo del Código Civil, no es la que se desprende de la ideología del juzgador ni de su más o menos estrecha moral, es la que es. Y en la realidad social de este tiempo en que la norma ha de ser aplicada, los violadores tienen que estar en la cárcel.
Ahora no sé seguro de hasta cuando uno es un presunto violador. Si es cuando se le condena que ya es violador o es cuando la sentencia por la que se le condena adquiere la condición de firmeza. Pero me importa un huevo.

La Audiencia de Navarra, Sección Segunda, ha cometido con su auto un acto de provocación incomprensible, además de innecesario.

Solo un último matiz sobre el auto en cuestión: la víctima de La Manada no podrá ir a Peñíscola de vacaciones. La Manada solo tiene prohibido violar en la Comunidad de Madrid.

Esos cinco violadores no pueden estar en la calle.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, junio 17, 2018

Jauría


A ex Rafael Hernando le resulta insoportable que el presidente Sánchez haya tardado más de ocho horas en resolver la crisis ocasionada con motivo del descubrimiento de los trapicheos fiscales del ex ministro Huerta. ¡Qué flaca es la memoria!

También le resulta insoportable que no se haya celebrado aún el debate sobre el Estado de la Nación, cuando Sánchez lleva ya más de una semana detentando el poder de manos de los etarras.

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Ex ministro; jauría.
Al ex ministro Huerta le resulta insoportable que la jauría de dónde él mismo procede se haya vuelto contra él y se lo coman vivo, total por 218.000 de nada que se dejó sin pagar al fisco entre 2006 y 2008 (ya hubiera querido yo ganarlos). Eso sí, nos dejó claro que ama la cultura y que, tanto la ama, que prefiere pirarse que mancillarla. Nos dejó igualmente claro que ama el proyecto de Sánchez y que, tanto lo ama, que prefiere pirarse que mancillarlo. Vamos, que se pira.

A Luis Rubiales le resulta insoportable que un entrenadorcillo (el seleccionador nacional) se le escape vivo rumbo a Valdebebas cuarenta y ocho horas antes de debutar en el mundial de fútbol. Así que lo echa. Ya está. Cesado el perro se acabó la rabia. Pero estaba rabioso, joder: El tal Florentino se lo había limpiado sin consultar y, encima, había tenido la desfachatez de contárselo al mundo sin haber podido digerir la noticia todavía. Rabioso. A casa con Lopetegui, por enteradillo.

A Florentino Pérez, uno que nunca será un ex nada, le resulta insoportable que pasen cosas en España sin estar él mismo de por medio. Así que ha tenido que comprarse al seleccionador nacional de fútbol justo el día en el que aparecía la sentencia del caso Nóos (que se jugaran o no unos mundiales le importaba un carajo), del mismo modo que tuvo que esperar al día en que se debatía una moción de censura para permitir el anuncio de que su ex entrenador abandonaba el Real Madrid por motivos personales. A ex Zinedine Zidane le debía resultar insoportable (esto lo pongo yo de mi cosecha) tener que aguantar a tanto gilipollas en el vestuario y a tanto marimandón por los despachos.
Y ¿al Rey? Le debe resultar insoportable que su ex cuñado (el ex duque de Palma, marido de su ex hermana, la ex duquesa homónima) vaya a pasar un buen rato en la cárcel, total por unos delitos continuados de ‘choricismo regio máximo’ que apenas salen tipificados en el Código Penal. Menos mal que el buen Florentino ha estado al quite y le ha suavizado las portadas del día, como a ex Mariano se las suavizó en su momento más crítico.

A los prebostes del PP,  que todavía no son ex prebostes pero lo serán cuando haya pasado el verano excepción hecha de Javier Arenas (no los cito uno a uno porque han sido muchos), les resulta insoportable que el Aquarius vaya a atracar en Valencia y que la vicepresidenta Calvo se haya ocupado personalmente de coordinar las tareas de recepción de seiscientos veintinueve negros de solemnidad, sin oficio ni beneficio, que vienen a quitarnos el trabajo. Bueno, a mí no, porque soy funcionario, ni a mis hijos, porque trabajan en cosas de blancos, ni a los hijos de usted que, si todavía no trabajan, no van a querer  los empleos que les ofrezcan a estos, pero, sin duda, vienen con la malsana intención de quitarnos el trabajo. Les resulta insoportable esto que llaman ‘efecto llamada’: la gran excusa que se ha buscado Europa para seguir desatendiendo la pandemia de insolidaridad (esta sí que es insoportable) que se ha incrustado en el ADN de la conciencia colectiva del viejo continente. El no nato Ribera (este no es ex, porque nunca fue nada) mira hacia Europa con exigencia.

Pero no es la jauría. Le explicaremos al ex ministro Huerta que no es la jauría, sino la ciudadanía, la que se ha cansado y, de repente, parece que se da cuenta de todo. Así que después de tantos años dejándolo pasar todo, a pesar de estar sucediendo las cosas más enormes, la ciudadanía está despierta  y, por lo que se ve, dispuesta a no transigir con ni una más. Ni una insolidaridad, ni una injusticia, ni una golfería más.

La ciudadanía quiere un mundial con el que sentirse parte de alguna cosa al fin, y no nos lo van a permitir tener en paz, por si un buen resultado apaciguara a las bestias y glorificara un minuto de Pedro Sánchez. Quiere un gobierno con más chicas que chicos que se comprometa más con las personas que con las corporaciones financieras. Quiere ver atracar al Aquarius en sus costas y que le quiten las medallas a los torturadores. Quiere que pasen cosas de las que sentirse orgullosa y que, a ser posible, dejen de pasar esas otras que avergüenzan tanto.

La ciudadanía lo que está es hasta los cojones. Y eso sí que es insoportable.
El dibujo es de mi hermana Maripepa, aunque ya sé que es más que obvio.

domingo, junio 10, 2018

Aznarcronismo



Trepidante semana.

Pedro Sánchez, flamante presidente del Gobierno tras ganar contra todo pronóstico y por primera vez en España una moción de censura, convoca a un conjunto de notables del Estado (y otros no tan notables) para configurar un consejo de ministras y ministros (de acuerdo con la nueva nomenclatura) que causa asombro por el número de mujeres, por la relevancia de los personajes, por la celeridad en la toma de decisiones.

El ex Partido Popular se retuerce desde el más allá exigiendo la inmediata convocatoria del debate sobre el estado de la nación (ellos mismos lo vienen obviando desde 2015) y barbarizando sobre las intenciones que le presumen al nuevo Gabinete. Todo ello mientras se remueven en sus filas hablando de un señor que se saca fotos en la popa del yate de un narco famoso, con él a bordo, y de dos señoras que pronto mostrarán los arañazos y moratones producidos por lo que no tiene pinta de ir a ser una contienda pacífica por la sucesión.

El partido de Rivera, hace apenas dos semanas firme candidato a ocupar con sus filas palacios y palacetes, se lame las heridas de su estupidez contenido en el viejo casón del pueblo que el padre de alguno les cedió para sus reuniones, hoy en la semiclandestinidad, después de haber dado noticia al país entero de quiénes son en realidad y cuáles sus intenciones.

Pablo Iglesias lamenta lo pronto que se produce el olvido y lo largo que es, para lo corto que ha sido el amor.

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Y en esto ¡aparece Aznar! Grande Aznar. Enorme.  Como un ‘aznarosaurio’ aparecido de  pretéritas glaciaciones, Aznar comparece ante la humanidad y, comprendiendo que la derecha española está en crisis, sabedor él y solo él de cuáles son las verdaderas claves del delirio en el que se halla sumida y conocedor, igualmente solo él, de qué pulsiones de la sociedad, qué fibras del complejo tejido neuronal de las Españas se hallan en estado de desgarro, se ofrece generoso, inmenso, para restañarlas.

Y es que hay que ser muy tonto o estar muy poseído de uno mismo, para creer que la propia mismidad de sí es el único ente en el mundo capaz de nada en absoluto y, mucho menos, de volver a poner orden en aquello de cuyo caos es principal hacedor. O sea, un tonto.

Aznar no solo nos ha regalado la mejor caricatura de sí mismo en estos días; también nos ha hecho comprender que se trata de uno de esos especímenes que forman parte de un pasado que no va a volver: el del triunfo de los contadores del Estado, de los registradores de la propiedad, de los inspectores de Hacienda. YouTube los ha ocultado, Facebook los ha dejado sin amigos, Instagram los repudia, Twitter los ignora. Simplemente ya no están. Solo que Aznar no lo sabe.

Este nuevo gobierno de astronautas, comunicadores, hombres y mujeres de la economía, del mercado, de la gestión pública, está llamado a modernizar el lenguaje y las maneras, a sacar  la naftalina de los despachos, a ventilar las cloacas, a cambiar las ventanillas por ventanas que se abran a las voces de la calle. A convertir el aparato del Estado en la herramienta de progreso de la sociedad que nunca debió dejar de ser.

Y entonces Aznar, los ‘aznares’, ya no nos harán falta. Ni puta falta.

La derecha, sin ‘aznares’ ni registradores ya, abrirá un proceso de cambio profundo que la aleje por fin (estaría cojonudo) del franquismo del que son herederos todavía, que reconozca el pasado y no lo justifique, que se crea de verdad que estamos en un estado laico, que pierda la capilla, el ardor guerrero, y se aleje del convencimiento de que son los dueños del chiringuito y que este solo sirve a sus intereses y a los de los amigos que pueden comprarlo.

A lo mejor entonces se puede hablar de aquellos grandes pactos que hoy son impensables y que tanta falta hacen: reforma constitucional, educación, igualdad salarial sanidad, dependencia, jubilación… Tantos.

Solo queda esperar unos milenios.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.



domingo, junio 03, 2018

Y, sin embargo, se llama Pedro Sánchez

Nunca celebré tanto estar equivocado.
Existe el error generalizado de pensar que a La Moncloa se llega por los votos. Y no es exactamente así. Se parece mucho, pero no es así. Por los votos se llega a la carrera de San Jerónimo y es desde ahí, desde el Congreso de los Diputados, desde dónde se llega a La Moncloa.
Digo esto porque parece que Pedro Sánchez ha cometido una tremenda felonía desalojando (él con la connivencia de 180 diputados que representan doce millones de votos) a Mariano Rajoy de la Presidencia del Gobierno. Y no. Nada más lejos. La Cámara, compuesta de diputados democráticamente elegidos, estos sí por los votos, otorga su confianza a un ciudadano al que convierte en presidente del Gobierno. Y si este la caga mucho, la propia Cámara lo pone de patitas en la calle utilizando el instrumento que la Constitución diseñó para cuando un presidente la caga mucho, que es la moción de censura.
Ya está.
El bueno de Rivera, líder de la única formación que ha apoyado al Partido Popular en esta singular aventura de marcharse a casa, tiene un cabreo de oro. Ya se le ha olvidado la cosa de la ‘pureza de raza’ en la que pretendidamente ha basado sus apoyos a diversos gobiernos, mayoritariamente populares. Le importaba un carajo, se ve. Esto que ha pasado no le interesaba nada de nada, porque él (como yo mismo, error que tanto celebro) ya se veía presidente, aclamado en olor de multitudes ante la indigestión de corruptos de su partido amigo. Él quería que Mariano, el ex gran Mariano, se humillara, reconociera sus culpas y convocara elecciones, ahora que Ciudadanos subía en las encuestas como la espuma, con el PSOE desaparecido en combate y el jefe de Podemos comprándose chalets por la sierra de Madrid. Y esta moción le ha sentado igual igual que una patada en la parte inguinal (en la zona de los huevos, para entendernos).
Así que, de momento, Rivera no será presidente. Y no va a ser lo mismo comparecer a los comicios convocados por un Rajoy más que tocado y hundido, los que él esperaba, que a unos convocados (cuando los convoque) por un Sánchez presidente, ya no desaparecido, después de un más o menos corto período de gobierno en el que malo será que no mejore un poco el desastre que deja su predecesor.
Pero ¿qué ha hecho Pedro Sánchez?
No parece que lo sucedido se pueda deber únicamente a la ambición desmedida del sujeto: todos los grupos del Congreso, todos, con la lógica excepción del Popular y la esperable pataleta de Ciudadanos, cuyo líder nos dio el admirable espectáculo de cómo se enrabieta un chico cuando le quitan el móvil, estuvieron de acuerdo en la solución. Dudo sinceramente que el variopinto conglomerado de partidos que lo apoyaron tuviera como objetivo político de la legislatura la entronización de Sánchez. Algo más debía estar pasando y, de hecho, pasaba.
Lo que hizo fue utilizar legítimamente el recurso constitucional habilitado para sacar del Gobierno de España a un partido que no aguantaba un minuto más, una sentencia más. El acto patriótico de librarnos de un partido podrido que se aferraba a los sillones del Consejo de Ministros sacando a vociferar a María Dolores de Cospedal a la orden de ¡Cospe, mata!
Y yo se lo agradezco. Aunque se equivoque se lo agradezco. Peor no puede ser. Y el devenir de las cosas según estaban diseñadas nos traía un futuro muy de derechas y de muy largo recorrido, que no creo que fuera lo más beneficioso para esta maltrecha nación. Me refiero, claro, para las clases menos favorecidas de esta maltrecha nación.
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Por otra parte, este tipo de coalición ‘Frankenstein’ que tanto miedo produce en la derecha española (PP, Ciudadanos…) o sea, que tanto miedo produce a quienes no están involucrados en ella, sino expulsados de ella, no extraña a nadie en Europa.
Los gobiernos en minoría, las coaliciones entre varios partidos, incluso de muy diferentes ideologías, se producen con toda naturalidad en nuestro entorno donde, por cierto, son la norma. Países como Portugal y Bélgica (el primero ejemplo de gestión de la izquierda en el mundo, el segundo nada sospechoso de república bananera), están gobernados ya por coaliciones no lideradas por el partido que ganó las elecciones. Ambos con ensayos inéditos en sus historias respectivas.
Sumemos a estos a Austria, donde el ÖVP gobierna con el ultraderechista FPO; Holanda, otra coalición de diferentes ideologías; Dinamarca, un Ejecutivo de minoría, apoyado por tres formaciones; Suecia; Finlandia; Estonia; Reino Unido, donde los conservadores de Theresa May  han necesitado a los unionistas de Irlanda del Norte para poder gobernar con 316 escaños de un total de 650; la misma República de Irlanda; y Rumanía, Bulgaria, República Checa, Eslovaquia y Croacia en Europa central, donde solo en Hungría hay un gobierno con mayoría absoluta.
Poderse, se puede.
Ahora lealtad, solo lealtad institucional, y veremos a un presidente socialista sacar de la ‘marca España’ (de la que tanto gustaba alardear a los gobernantes del Partido Popular) la mancha pútrida de la corrupción con que la habían embarrado. Veremos parar la involución monstruosa en la que la derecha estaba sumiendo al país. Veremos desaparecer leyes represivas con las que, admirablemente, estábamos conviviendo sin chistar. Veremos parar la injerencia indigna del Gobierno en Fiscalía y Judicatura. Veremos diálogo político en la crisis territorial. Veremos unos medios de comunicación públicos dignos… Con un poco de suerte, y un poco de lealtad, veremos volver a este pueblo a la senda de la conquista social.
Y, entonces sí, elecciones.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 27, 2018

Vergüenza patria

Si usted logró sobreponerse a la vergüenza de escuchar a Marta Sánchez interpretando, como estreñida, la letra que había compuesto para llenar de contenidos ‘lácrimo-cristianos’ el himno nacional y tuvo la suerte de tener a los niños acostados aquel 17 de febrero de infausto recuerdo, el ‘tiempo goma’ en el que nos encontramos le habrá castigado con revivir idénticas emociones esta misma semana, de la mano de Albert Rivera y su nueva plataforma patria.
¿Nueva? ¡Señor, Señor!
Quienes habían puesto sus esperanzas en que este cachorrito de falangista aspirante a la Presidencia del Gobierno de España, representaría la moderación política, confiados en su juventud, su aspecto virginal y su discurso inocuo, tienen ya la verdadera medida intelectual del sujeto. No era ese.
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Rivera ya no ve altos ni bajos, rubios ni morenos, pobres ni ricos, hombres ni mujeres. Rivera solo ve españoles. ¡Qué atropello! En su búsqueda del modelo Macron, se ha corrido de ligero y se ha marchado al estereotipo Trump (‘Spain first!’)…
En esa ceguera intelectual que le impide distinguir a personas tan distintas, supongo que no habrá alcanzado a vislumbrar al buen Zaplana, reo de la Justicia en estos momentos con carácter preventivo, a la espera de que se aclare tanto dinero como el que ha ido introduciendo en nuestras fronteras en presuntas operaciones de blanqueo de sumas procedentes de sus también presuntas corrupciones por cuenta del Partido Popular en Valencia.
Y, puesto a no distinguir, tampoco se habrá dado cuenta de la catadura moral y política de sus compañeros de viaje en esta legislatura, esos alegres muchachos del Partido Popular que ahora la propia Justica tacha poco menos que de asociación de malhechores y los deja a los pies de los caballos, justo un día después de que, estrábico Rivera, con el voto de su formación les aprobara los Presupuestos Generales del Estado con el que garantizan su permanencia en el poder hasta el fin de los días de este mandato. Qué grande, ahora que me acuerdo, esta nuestra independencia del Poder Judicial, que calza la sentencia de la Gürtel 24 horas después de la aprobación por la mínima de los Presupuestos Generales del Estado.
Peregrina idea la de blandir el nacionalismo español como único y gran remedio de los males que aquejan al país, orquestándolo a base de discurso cero, banderitas de plástico y Marta Sánchez sin hacer caca a modo de musa (Ciudadanos ha encontrado a su Norma Duval). Insultante el oportunismo ventajista del aspirante Rivera al negarse a apoyar la moción de censura propuesta por el PSOE, que tiene como finalidad liberar al país de tanta inmundicia, so pretexto de interponer la suya (sin diputados suficientes) que esa sí que va a servir para librar al país de tanta inmundicia.
Tanta necedad, tanta estulticia, tanta mediocridad intelectual, tanto oportunismo, no pueden pasar desapercibidos a un electorado que, si bien se había movido hacia la derecha corrupta en busca de algo de estabilidad, no debería ahora perder por completo el raciocino dando la alternativa a esta nueva derecha que, si cabe, se intuye aún más peligrosa por su vacuidad ideológica que la que ya conocemos.
Y, sin embargo, Rivera va a ganar las próximas elecciones. Vergüenza patria.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 20, 2018

Narcos



O hemos vuelto a los ochenta o  nunca salimos de los ochenta.

Una pandilla de encapuchados libera a mamporros a un narco de un hospital en el que se mantenía detenido bajo custodia policial. Luego un grupo de personas sin encapuchar apaliza en un bar a un grupo de guardias civiles fuera de servicio. Luego uno haciendo exhibición de su planeadora pasa por encima de un niño y lo mata.

Entre medias, el silencio. El tráfico de drogas y el miedo.

Tres sucesos espeluznantes (uno más que los otros dos) nos traen de bruces a una realidad que, no solo no es nueva, sino que es viejísima, pero que está callada por los medios de comunicación, por las autoridades, por la sociedad. Solo en el escueto ámbito donde acontece las madres y los padres la sufren cada día respecto de sus hijos, y los jóvenes y las jóvenes (más ellos que ellas: también el narcotráfico es un negocio de hombres pero aquí no pediremos igualdad), creen aprovecharse de ella hasta que se ven abocados a rendir cuentas.

20180519_234936.jpgDe momento cobran: hasta 300 por "dar agua", hasta 2.000 por descargar los fardos, hasta 4.000 por conducir el todoterreno con la mercancía. Rápido y fácil. Arriesgan, pero en la conservera, si tienen suerte de conseguir el empleo, no llega 600 al mes por trabajar sesenta horas semanales. Eso sí que es arriesgado. Es difícil discernir lo conveniente.

Antena 3 y la Farinha de Nacho Carretero nos han contado estos días las cosas que pasaban en la Galicia de los años 80. En esta Cádiz de la segunda década del siglo XXI no parece que sucedan cosas tan distintas, pero no nos las cuentan por alguna razón que trataremos de entender cuando Antena 3 lance otra serie de televisión. Porque Zoido, este que es ministro pero que no es espabilado (el pobre), nos trata de convencer de que la cosa no es para morirse y que, de hecho, la lancha que mató al crío no estaba dedicada al tráfico de estupefacientes (omite que sí al contrabando de otras cosas) y se calla la circunstancia de que los tipos a los que fostiaron en un bar eran guardias civiles. Lo que pasa es que si uno es guardia y lo forran a palos, al final la peña lo acaba sabiendo.

¿Recuerdan? La economía española creció un 4,5% cuando se incorporó al cálculo del PIB por recomendación de la Unión Europea el rendimiento de las actividades de prostitución, producción y tráfico de estupefacientes y contrabando. Fue en 2014. No sé si Román Escolano (el desconocido sujeto que sustituyó a De Guindos al frente del Ministerio de Economía) se peleará con su compañero de Interior para proteger el crecimiento patrio.

Todos los demás callan también. Y los que no callan tienen miedo. Los narcos no. Estos no callan y no tienen miedo. Estos lo que tienen –a todas luces– es razón. Porque en la escalera y en el barrio los protegen, las autoridades están puestas de perfil, los medios de comunicación solo se hacen eco de los éxitos policiales en forma capturas (en franco crecimiento) y ellos, como aquél mítico Miñanco (que ya fue detenido en el Campo de Gibraltar) chulean de coches carísimos, lanchas aún más rápidas y restaurantes todavía más exclusivos. Porque no son culpables. Son los señores del narco. Son respetados (temidos) y envidiados por muchos más que esos que no callan.

Y esos que no callan no tienen voz, porque nadie los oye.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 13, 2018

Santas pascuas



Querida Carmen:

El otro día, en Alicante, formando parte del séquito del Gran Mariano, se le escapó eso que llamó un “comentario jocoso dentro de una conversación privada” que, al pasar a lo público, “se convirtieron en palabras inadecuadas en fondo y forma”.

Por si la memoria le jugara una mala pasada y, si me lo permite, se lo recuerdo: el comentario jocoso fue "¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: 'Pues os jodéis!'", y ello referido al grupo de jubilados españoles que se habían dado cita en la inmediaciones del lugar en el que se celebraba el acto para protestar delante del presidente del Gobierno por la situación infame a la que sus políticas les han conducido.

Mire, señora, un comentario jocoso sería, por ejemplo “¡Mira con qué gracia sube Mariano las escaleras: Parece una bailarina!” o “¡Qué calor hace en Alicante! Si el presidente rompe a sudar lo tendremos que evacuar en helicóptero, aprovechando que Esperanza Aguirre no ha venido”. Querer hacerles a los jubilados un “corte de mangas de cojones” y decirles “¡que se jodan!” no es un comentario jocoso. Es una puta grosería, amén de una enorme falta de respeto.

20180512_231352.jpgDebo decir en descargo de lo sucedido que es muy poco frecuente escuchar a una política decir lo que piensa y que ese tono de frescura se agradece en sobremanera en unos escenarios comunicativos tan encorsetados y poco naturales como son los que se preparan desde su Secretaría de Estado. Así que asumo su disculpa y, por mi parte, disculpada. Al fin y al cabo nadie debería ser afeado por algo tan natural como decir lo que piensa.

Pero ¿qué es lo que piensa?

¿Usted, señora, de verdad piensa que hacerle un corte de mangas de cojones a los jubilados y decirles ¡jódanse! es lo que toca en la situación a la que les han abocado? ¿Esa es la reacción que le inspira? ¡Caramba!  ¡Qué sencilla...!

¿Y cree de verdad que puede seguir ejerciendo el cargo de secretaria de Estado de ¡Comunicación!, después de que España toda conozca sus verdaderas inclinaciones por un colectivo tan problematizado como este?

¿Qué piensa usted, señora, sobre las feministas que salieron a la calle el 8-M en el que, según nos consta, la política de comunicación de su Gobierno, esa que usted diseña y dirige, consistió en que sus ministras repitieran el cantito de que lo mejor que se podía hacer era trabajar mucho ese día para demostrar su valía? ¿Su posición personal también es ¡Qué se jodan!?

Lo sé, lo sé, se ha disculpado (¡mandaría cojones!). En la Cope, con sus excompañeros de la radio… con un Herrara tan comprensivo al otro lado que daba hasta lastimita escuchar el relato de la utilización malévola de sus palabras inocentes.  Lástima que su disculpa no haya llegado a jubilado alguno. Usted le ha pedido disculpas a aquellos que se hayan podido sentir ofendidos por sus palabras y, ¿sabe qué? No hay nadie ofendido. Las personas de su catadura moral no pueden ofender, por más que quieran.

Sea usted una señora de verdad (¿podría?), demuestre un mínimo de respeto por las personas a las que insultó y, en lugar de pedir disculpas y “santas pascuas”, deje usted el cargo en buena lid y entonces sí que santas. Los españoles jubilados, las españolas en activo, las españolas en paro, las personas de este país, en suma, no nos merecemos seguir viéndola en la tele.

Váyase. Y santas pascuas.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 06, 2018

El PP se descompone. ¡Larga vida a Ciudadanos!



El peso de la corrupción, de los escándalos políticos, el desgaste de los casi siete años de gobierno, las disensiones entre sus lideresas del segundo escalón, son síntomas evidentes de  la podredumbre de un partido que, utilizando tantas malas artes como supo o como pudo, alcanzó el poder en el año de gracia de 2011 derrotando a un PSOE sin imaginación para capear la poderosísima crisis planetaria que se le había venido encima.
Las crónicas que han venido de la mano de la disolución de ETA han puesto, además, de manifiesto la inmensa deslealtad institucional (la mezquindad) con la que actuó Mariano Rajoy en su calidad de aspirante al título de presidente del Gobierno, cuando José Luis Rodríguez Zapatero trataba de articular cualquier medida que hiciera posible la desaparición de la banda armada que finalmente logró, a pesar de que en el relato oficial de los hechos todo el mérito haya quedado atribuido a la cosa de la Democracia misma.
Así que se fue a Burgos a comprometer el apoyo del Gobierno a la conmemoración del VIII centenario de su catedral y presenciar la firma de los convenios a través de los que se financiarán las obras de rehabilitación del Hospital de la Concepción o las de ampliación del Museo. Alta política.
A aquellas mismas horas en la capital del Reino, Cospedal y Sáez de Santamaría descoyuntaban sus naturalezas a fuerza de mirar para otro lado cuando la casualidad o el protocolo les hacían coincidir en el mismo escenario durante los actos conmemorativos del día 2 de mayo.
Mientras Rajoy, en brillante discurso, afirmaba que da mucho gusto asistir a esos actos bonitos, porque en política hay actos bonitos y otros que no lo son tanto y —añadía— los que más le gusta disfrutar son estos más bonitos porque de los otros no se acuerda, el PP desfilaba por la Real Casa de Correos. Solo faltaban los cuatro ex presidentes de la comunidad que, los unos por los otros, no encontraron el momento de pasarse por los fastos. Uno en la cárcel, otro en la incertidumbre de si se libra o no, la otra agazapada viendo a ver si consigue que nada salpique su apellido de casta y la última, supongo, escribiendo a todo escribir un trabajito que necesita presentarle a unos amigos de la Rey Juan  Carlos para salvar sus muebles. Ninguna, ninguno.
El PP se descompone en Madrid. Ya se descompuso en Valencia, sufre en Murcia, ni está ni se le espera en Cataluña (curiosamente gestiona allá el Gobierno de la Generalitat). Se mantiene firme en sus bastiones de Castilla y León, Galicia y Ceuta…  pero se descompone.
Entre tanto, la izquierda española (entiéndanse ‘los partidos de’ la izquierda española) lleva tomados un par de lustros sabáticos y se resiste a organizar una estrategia progresista bien trabada que sirva para atajar la otra gran descomposición, que es la de España toda, convertida por mor de los acontecimientos y del letargo en el que se ha sumido en un espacio de desagrado con poco o nada que ofrecer, con poca o ninguna ilusión, en el que la convivencia ha dejado de resultar amable.
La socialdemocracia está desparecida de la escena política porque se ha quedado sin discurso ideológico y sus votantes nos negamos a apoyar a un señor o a una señora que simplemente dé bien en la tele.
No es un mal exclusivo de España. La crisis de las izquierdas es mundial, pero aquí, en casa, es más visible porque la distancia entre izquierda y derecha es abismal. Por cierto que, siendo que el modelo de socialismo que se estila por estos lares no se puede tachar de radical ni de revolucionario, cabría concluir que esa distancia entre los bloques se deba a las posiciones ideológicas cada vez más extremas de la derecha, que se aleja de la democracia cristiana (si existiera), con posiciones y militantes de todo pelaje, cercanos al Opus Dei y al liberalismo más thacheriano en la mayoría de sus postulados morales y económicos.
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En descomposición el partido en el gobierno y sesteando los dos grandes partidos de la oposición emerge, gran hallazgo de la cosmética, el Macron español: ausente de ideología pero esposo que cualquier matrimonio de bien querría para su primogénita, blandiendo la espada de la mediocridad para dar la batalla en todos los frentes. Sin despeinarse, sin perder la sonrisa distante, sin decir gran cosa pero sin ofender mucho  a nadie. Apoyado por las grandes corporaciones del país, Albert Rivera cosecha el producto del desgaste de los unos y la inoperancia de los otros, aglutina la decepción, el hartazgo, la militancia desideologizada que se va cayendo de las opciones clásicas. Puede que estemos delante de ese fenómeno de liberalismo absoluto que tanto bien haría a las clases dominantes a las que permite albergar la ilusión de seguir campando por sus respetos a lo largo y ancho del Estado, sin más intervención que la imprescindible para que la sociedad no entre en pánico.
PSOE y Podemos no saben hablarse. La deriva ideológica y de liderazgo del primero y lo vieja que está resultando la nueva política del segundo, despistan tanto el discurso que nadie sabe leer bien lo que quieren decir. Y no saben hablarse. Ya deberían saber que están obligados entenderse. Un votante progresista mueve los ojos a un lado y a otro con la cabeza quieta y gesto de incredulidad, a la espera de una izquierda que convenza.
¡Larga vida a Albert Rivera!
El dibujo de Rivera en la catapulta es de mi hermana Maripepa.

domingo, abril 29, 2018

Romperlo todo

Parecía que romper las cosas no sería tan fácil porque siempre habíamos pensado que la pesadísima inercia de las instituciones haría que sobrevivieran a los avatares de sus gestores, por necios o malintencionados que estos fueran.

Y sin embargo, ya ven: todo es ponerse.

Una falacia aquí, una corruptela allá, una prevaricación pequeña primero, después una grande. Luego otra, pensando en que, si somos nosotros los que escribimos en el Boletín Oficial del Estado, por qué no poner en él lo que más nos convenga… o lo que nos dé la gana.

Entonces el tiempo va pasando y un día miras a tu alrededor y resulta que ya lo han roto todo.
Y ¿qué ha pasado? Pues prácticamente nada porque, aparentemente, todo funciona.
Solo, pequeñísimo matiz, que hemos perdido la confianza en las instituciones.

Primero dejamos de creer en el Gobierno, porque no era de recibo que a los mandos estuviera un partido a punto de ser condenado por corrupción y dirigido por corruptos. Luego en la Universidad, porque no se falsifican masters para las vicepresidentas de los sitios, por más que hayan sido ellas quienes te han colocado en esa posición en la que los puedes falsificar. Luego en los partidos políticos que arman cacerías contra quienes no les interesan (en lugar de vencerlos lícitamente en sus órganos internos) y almacenan primero y después exhiben vídeos pornográficos e ilegales para rematar a sus presas.  Luego dejamos de creer en los parlamentos democráticamente elegidos, cuando vimos cómo se trapichea con las leyes de presupuestos a cambio de enormes puñados de euros, bien para inflar la financiación de unos a costa de otros, bien para garantizar medidas populistas y sin recorrido, como la falsa subida de pensiones que ha arrancado el PNV al partido en el Gobierno. Y ahora dejamos de creer en la Justicia, porque no se le hacen guiños a los violadores. No. No se le hacen guiños a los violadores. No se juega con los artículos para convertir la violación de una cría por cinco delincuentes en un asunto menor.

Y ahora todos a la palestra a bramar contra nuestro Código Penal, a exigir formación para los operadores jurídicos, a gritar que endurecerán no sé cuántas penas y reformarán no sé cuántos títulos de la Ley que tipifica y sanciona las conductas criminales. Ahora, como cuando aquella señora mató a aquél niño, todos a decir a voz en cuello, vóteme a mí, que yo se lo arreglo.

Nosotros, los que no vamos a reformar nada, los que solo nos comemos la corrupción de unos cuantos, las sentencias aberrantes, los escándalos escabrosos de políticos mediocres, las universidades podridas, las prácticas parlamentarias deleznables, nosotros, digo, miramos a nuestro alrededor para comprender que, simplemente, estamos solos. Y salimos a la calles para gritar, solo para gritar, que nos hemos dado cuenta, valga para algo o no.

La distancia que separa a las instituciones de la sociedad a la que supuestamente sirven ya tiende a infinito. La sensación de impotencia que embarga a quienes padecemos la estulticia de las decisiones que se toman entorno a las cosas que nos afectan es igualmente infinita. Y se puede empeorar, pero el infinito es por sí mismo inalcanzable, no puede agrandarse y, por ende, casi no lo vamos a notar: por bárbara que sea la cosa que pase esta semana que entra, la distancia será idéntica. Ya es infinita.

20180429_000815Lo han roto todo.

(Iba a escribir ‘lo hemos roto todo’ pero, bien pensado, ni usted ni yo hemos sido. Nosotros estábamos mirando la televisión y dejándonos hacer).
 
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, abril 22, 2018

Adiós, ETA



Parece ser verdad que hay víctimas de varias clases, según denuncia la Asociación de Víctimas del Terrorismo al analizar el comunicado en el que ETA anuncia su disolución. Y ¡cuánto nos gustaría que fueran solo de una!

Nos gustaría, nos encantaría, que todas las víctimas fueran de primera división, o de división de honor si fuera el caso.

Nos encantaría que el Partido Popular hubiera tratado por igual a todas las víctimas, ya fueran las del terrorismo etarra, las del terrorismo de origen islamista o las del genocidio franquista. Y todavía nos gustaría más que las decisiones del Gobierno de España no hubieran estado secuestradas por una asociación concreta, desoyendo las pretensiones de todos las demás.

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ETA dejó de asesinar en 2011. Nadie se atribuyó el éxito de ese ‘cese definitivo de la lucha armada’ comunicado por la banda aquel 20 de octubre. Cinco años después, la banda fija para el 8 de mayo, apenas dentro de 15 días, su  disolución definitiva.

Pero queremos más.

El PP, por boca de Alfonso Alonso (su presidente en el País Vasco), ya ha dicho que el comunicado es ‘una profunda humillación a las víctimas del terrorismo’. La Asociación de Víctimas del Terrorismo asevera y amplía: ETA ‘justifica su actividad terrorista una vez más’.

Ninguno dice algo así como ‘bien, coño, bien: se acabó al fin’. Eso no lo dicen. Dicen otra cosa; dicen de la fortaleza de la democracia, del triunfo de la Ley… Solo algunas voces ‘no alineadas’ se han mostrado felices por este final, reconociendo a pesar de sus heridas que esto acaba aquí y que es muy bueno que así sea.

Los unos quieren asegurar que la ‘política vencedora’, la de no ceder, la de no negociar, la de no hacer política, esta a la que han obligado al Gobierno a través de toda la presión que un grupo de presión puede ejercer, no se mueva ni un ápice. Asegurar, por ejemplo, que la política penitenciara diseñada para la lucha contra un grupo terrorista en activo, continúe siendo la misma tras la evidencia de su desaparición y no otra, como cualquiera podría reputar sensato.

Y ¿los otros? Los otros quieren seguir sacándole partido a la posición. Buscan que la asociación a la que alimentaron cuando no gobernaban para garantizar su voto y el desgaste máximo del partido en el poder, esa asociación de la que después han sido presos durante su ya largo período de gobierno, no se les vuelva en contra. Garantizar el puñado de voluntades que les tocan, no poner en riesgo, en horas tan bajas, ni una sola de ellas.

Lo de los unos ya se comprende porque, desde el dolor, las cosas se ven como se ven y se dicen como se dicen. Por eso se recalca tanto (y es tan evidente)  que desde el dolor (desde la ira) no se puede gobernar, ni legislar, porque se producen aberraciones no deseables desde la consideración del bien común. Lo de los otros también se comprende. Y tiene un nombre. Lo que pasa es que es muy feo: se llama ruindad. Ruindad política. Eso que podríamos definir como ‘administrar la cosa pública con actitud mezquina, despreciable, anti-patriótica o vil’.

Estas víctimas, las víctimas del terrorismo etarra, sí que son víctimas. No como las del 11-M, que son mucho menos víctimas porque cometieron la impudicia de no prestarse al juego de mantener la falacia de que la autora de aquel atentado había sido ETA. No como las del genocidio franquista de la posguerra, que siguen enterradas por las cunetas de España (y en algún monasterio) sin que la Ley para la Memoria Histórica obtenga ni un céntimo para su financiación de los Presupuestos Generales del Estado. Estas, las verdaderas víctimas, tienen voz. Y tienen votos. Para muestra, piénsese que durante los años en que el terrorismo no ha existido (no ha matado) se han multiplicado en los tribunales de Justicia las condenas por enaltecerlo.

Pues bien, las políticas de lucha contra el terrorismo (que incluyen necesariamente las penitenciarias) no pueden ser las mimas cuando una banda armada está matando que cuando no lo está. No hablemos de negociación si no se quiere (aunque lo hayan intentado todos). Pero huyamos de la venganza, porque el Estado no se venga.

El escenario del 8 de mayo próximo será que ETA está disuelta. Esperamos del Gobierno de la Nación que obre en consecuencia y adecue sus políticas al hecho objetivo de que ya no hay ETA matando. Es por el bien de todos. Sobre todo, por encima de todo, es por el bien de las propias víctimas.

Y yo sí me voy a atrever a decirlo: ¡Bien, coño, bien! Se acabó al fin.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.