domingo, julio 14, 2019

Varón y mujer los creó

(O, dicho de otro modo, ‘al que Dios se la dé, san Pedro se la bendiga’)
El Vaticano, a través de la Congregación para la Educación Católica, que viene a ser como el Ministerio de homónimo de los países, pero sin alumnos a los que escolarizar, aulas que mantener, ni AMPAS con las que entenderse, ha dado a luz este junio un documento bajo el título “Varón y mujer los creó – Para una vía del diálogo sobre la cuestión del gender (género) en la educación”.
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El Papa ha comprendido que Dios no estaba para tonterías en aquel sexto día y que si creó al hombre y después le quitó un trozo para hacer una señora, no fue para que luego viniéramos nosotros con veleidades e ideologías, escogiendo cada uno para nosotros el género o el sexo que nos viniera en gana. No.
Así que ha declarado el estado de “emergencia educativa (sic), en particular en lo que concierne a los temas de afectividad y sexualidad”.
El fundamento científico del texto nace del libro del Génesis, quizás algo superado en nuestros días en cuanto al rigor de la narración de lo sucedido durante aquellos siete días (seis en realidad, que el séptimo fue de solaz y recreo), de modo que no se espera mucho de él en lo que se refiere a criterio bioquímico, psicológico, médico…
Es más profundo en lo que hace referencia a la ideología. Me refiero, lógicamente, a la de género, pues sus postulados intrínsecos (los del texto en cuestión) no nacen de ideología alguna sino de la misma Verdad: “En muchos casos han sido estructurados y propuestos caminos educativos que «transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón». La desorientación antropológica, que caracteriza ampliamente el clima cultural de nuestro tiempo, ha ciertamente contribuido a desestructurar la familia, con la tendencia a cancelar las diferencias entre el hombre y la mujer, consideradas como simples efectos de un condicionamiento histórico-cultural”, reza. Y continúa sobre la ideología del gender asegurando que: “busca «imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños» y, por lo tanto, excluye el encuentro (…)”. Habla, así, de una metodología basada en tres pilares: escuchar, razonar, proponer.
Escuchar no ha escuchado, pues han sido ya muchos colectivos los que han puesto el grito en el cielo (nunca mejor dicho) por no ser llamados por la Congregación a consensuar los aspectos pedagógicos y científicos de un texto que el Vaticano pretende guía educativa. Lo de razonar tampoco es menester, dado que la cosa se apoya en el dogma de creacionismo, que per se excluye en sí mismo la razón. Y proponer… proponer, sí propone. Y ¡hay que ver lo que propone!
La ciencia hace ya días que convino en que el sexo genético no siempre determina la sexualidad. Define casos de hermafroditismo, pseudohermafroditismo, transexualidad…, en los que se estudia el caridiotipo (cromosomas sexuales XX en la mujer y XY en el hombre) para concluir que la aparición de pene y vulva como órganos sexuales externos no desvela inequívocamente la condición de hombre o mujer de un individuo.
Pero ¿para qué iba la Santa Madre Iglesia a andarse con indefiniciones de esta naturaleza cuando está claramente escrito que ‘varón y mujer los creó’? ¿No se habría escrito en el Génesis ‘Varón, mujer y LGTBI los creó’ si, en su omnisciencia, el Creador hubiera querido más géneros?
La Iglesia ha dicho claramente que mariconadas las justas. Que la justa razón (¡la justa razón nada  menos!) nos muestra que “Estos enfoques convergen en negar la existencia de un don originario que nos precede y es constitutivo de nuestra identidad personal, formando la base necesaria de nuestras acciones.” ¿Cómo se queda?
Pero hay más: al negarse a disociar entre género y sexo, el documento afirma que “De esta separación surge la distinción entre diferentes “orientaciones sexuales” que no están definidas por la diferencia sexual entre hombre y mujer, sino que pueden tomar otras formas, determinadas únicamente (añado yo ¡oh escándalo!) por el individuo radicalmente autónomo. Asimismo, el mismo concepto de gender va a depender de la actitud subjetiva de la persona, que puede elegir (¡oh escándalo!) un género que no corresponde con su sexualidad biológica y, de consecuencia, con la forma en que lo consideran los demás (transgender)”.
Cabría preguntarse que ofende tanto a la Santa Madre Iglesia del hecho aparentemente simple de que cada uno viva su sexualidad como le venga en gana, por qué continua en su secular empeño de distanciarse de la realidad e imponer a su grey otra más acorde a su pensamiento, aunque sea a base de ignorar a la ciencia, a la sociología, a la ley y a esa verdad con minúscula (la que va con uve grande yo no me la creo) con la que cada uno contendemos cada día para llegar a fin de mes, llevar a los niños a la escuela, evitar el atasco de la operación salida o mantener dignamente nuestra relación con el prójimo.
Sigue la Iglesia negando legitimidad a lo diferente, a lo que no concuerda con ‘su libro’, a lo que estorba a su moral impostada (y tan gravemente transgredida con insultante frecuencia, precisamente en lo que se refiere a la cosa del sexo).
Y me pregunto yo ¿cuál es el fin? ¿Qué buscan anclándose en la Baja Edad Media, negando la evidencia de que el mundo es como es y no como ellos han pretendido que fuera?
¿Serán solo sus propios miedos? Ciertamente, cada avance de la civilización arranca un pedacito de verdad a esa Verdad a la que ya pocos se aferran. Ciertamente se van quedando sin socios a medida que la realidad (tozuda como es) se impone a los credos declarados indiscutibles, porque la fuerza de la razón los ha discutido todos y se sujetaban difícilmente en pie. Ciertamente, la Iglesia está en serio peligro de extinción, en estado de alarma.
Negar las evidencias sobre el género es del género bobo, así que hablar de sexo desde esta óptica bizca que nos proponen conducirá directamente al sexo, pero al de los ángeles. Y de ahí, a los fichajes del mercado de verano, porque aquello otro habrá dejado de tener el más mínimo interés.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, julio 07, 2019

La capitana Rackete


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Los hechos los conocemos todos. Son espeluznantes. Una capitana, Carola Rackete, decidió hacer caso omiso de las instrucciones xenófobas del ministro italiano del Interior y aplicar la normativa internacional del mar, haciendo arribar a puerto al Sea Watch 3 con cuarenta y cinco personas en riesgo de muerte a bordo. El peculiar Salvini (el hombre que destruirá las esperanzas de su pueblo) la manda detener y una jueza le dice que dónde cree que va, que la capitana cumplió con su deber que era, ni más ni menos, que salvarles la vida. Dos procesos penales continúan abiertos contra ella y, aunque le parezca inmenso, uno de ellos es por tráfico ilegal de personas.
La niña Greta Thumberg, a los 16 años de su edad, ha movilizado en esos últimos meses más conciencias que la visita de un papa, enarbolando la bandera más simple del mundo: O salvamos el planeta o sucumbiremos con él.
La fiesta del Orgullo celebra este año su cincuenta aniversario conmemorando la oleada de arrestos del 28 de junio en el bar Stonewall Inn de Nueva York y homenajea a los viejos gays, los que hicieron desde aquel momento aquello que llamaron la “cruzada” contra la discriminación que padecía (padece) el colectivo. Fue la generación silenciosa.
He aquí los nuevos líderes.
Si alguna vez lo estuvieron, nuestros referentes hoy ya no están en la clase política. Declinaría sin hacerme la menor violencia una cena con Pedro Sánchez y, sin embargo, viajaría donde fuera si Carola Rackete me ofreciera dos horas de conversación. Tengo la impresión de con el primero me aburriría un huevo, de que solo de la segunda, de su pasión, de su manera de entender el oficio del mar, estaría aprendiendo cosas durante todo el tiempo que durase el encuentro.
Nuestros líderes no estaban esta semana en la reunión del G-20 pasteleando con Donald Trump y Vladimir Putin, donde han debido tomarse decisiones de tal relevancia que ni siquiera una ha trascendido más allá de la prensa especializada.
Los superhéroes no van al Congreso.
Lo que es más inquietante, el sentimiento de que quienes se ocupan de las cosas que nos importan viven a años luz de los centros clásicos del poder político, de la carrera de San Jerónimo (por no mentar la plaza de la Marina Española que es donde está el Senado), del Palacio de Elíseo, de la Casa Rosada. Los superhéroes están en mitad de la calle y, solo de vez en cuando, emiten un destello que nos despierta del aburridísimo letargo intelectual en el que nos sumimos. Caiga en la cuenta de que, si alguna vez un político le fascinó, el encantamiento duró lo que tardó el sujeto en cuestión en parecer realmente un político. Y esto sucedió tras dos sesiones de control al Gobierno, tres los más avanzados.
¿Dónde están los superhéroes? ¿Quiénes son nuestros líderes? ¿En quién nos miramos? ¿De qué fuentes bebemos?
Una capitana que desobedeció la orden de un xenófobo y salvó cuarenta vidas, una niña que movió a las masas con una pretensión ilusa, un centenar de gays que se negaron a seguir ocultos y dedicaron a contarlo el resto de sus vidas. La voz anónima de quien reclamó para todos lo que quiso para sí y tampoco él lo obtuvo.
No sé quiénes son. No tienen nacionalidad.  Ni siquiera sé si viven en mi barrio. No exhiben lazos. No tienen un millón de seguidores en Twitter. No asisten a la Super Bowl (o igual sí). Van haciendo. Y parece que esto es lo que importa.
¿Nos encontraremos a la capitana al mando de un ballenero? ¿La niña que movía masas, se ennoviará con un jovencito de buena familia plagado de acné y dejará el activismo? Esos viejos gays, (esos ya no parece) ¿sacarán una plaza en Hacienda y ordenarán sus vidas con un bebé de vientre de alquiler y una hipoteca? ¿Volverá la ‘princesa del pueblo’ a generar opinión en un país como este?
¿Qué coño es un líder? ¿Cuánto dura? ¿Cuánto vale? ¿Andan por aquí algunos?
De cuando en cuando, un notición como aquellos me llena de esperanza. Luego el alcalde Almeida (ese tan pequeño) me la quita.
Se buscan liderazgos. Razón aquí.
El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, junio 30, 2019

No pactarás

El panorama político no puede estar más enrarecido. Ni más entretenido.
La fuerza de los hechos nos ha demostrado que la palabra dada no tiene por qué tener una fecha de caducidad superior a un día, y que la vigencia de los principios políticos (sobre todo en las organizaciones políticas sin principios) no alcanza para mucho más allá de un mes. Hemos llegado a interiorizar que esto no es ni bueno ni malo, que simplemente es verdad.
Y lo hemos asumido sin acuerdo previo, sin debate social. Se ha colado de rondón en nuestra cultura política; ni bueno ni malo: solo verdad.
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Si siempre fue verdad, por poner un ejemplo, aquello de que la política hace extraños compañeros de cama, Ciudadanos ha hecho de este aserto su leitmotiv. Insisto, hemos hecho el esfuerzo colectivo de comprender al pobre Rivera y convenir que no importa que se desvele como un hombre de la extrema derecha compartiendo la almohada con Abascal. Ello aunque esa imagen quede tan lejos de aquella otra de limpio joven demócrata que nos presentaba desnudito cuando era más pequeño. Igualmente hemos comprendido que, aquello de que venía a regenerar el país (él solo) y que jamás, jamás, se acercaría a un partido que tuviera a uno solo de sus miembros imputado (hoy investigado) en sus filas, no era más que una bravuconada de juventud, una de esas cosillas que se dicen cuando se te calienta la boca y aún eres pequeño para frenar tu incontinencia verbal. Una bravuconada que no empece en absoluto, claro, su vocación de pactar con el PP de Madrid, aunque este atasque por sí solo los juzgados de la plaza de Castilla.
Lo grande es que ¡oh prodigio! lo hemos asumido sin más, sin más análisis, sin más discusión, solo a fuerza de colarnos sus inconsistencias intelectuales en el comedor de casa vía telediarios. ¿Palabra dada? ¿Principios políticos? ¡Naderías!
Los vaivenes del PP, ora ultraderecha, ora derechita cobarde, ora otra vez ultra, pasan más desapercibidos porque su propia locuacidad ya nos advertía de Pablo Casado (el pobre) que era un hombre sin palabra ni principios (también sin cultura política, ni de la otra, pero ese es asunto distinto). Nada esperábamos de él. Ahora está acojonado y no sale al balcón de Génova por si alguien se da cuenta del hostión que se ha metido en los dos procesos electorales en los que ha abanderado a su formación, pero el hermanamiento con Vox le viene de suyo: en definitiva cuña de la misma madera, que no es que encajen bien (siempre se dijo que no había cuña peor), pero hacen que la estrategia se comprenda sin problema. La necesidad de conservar la silla de la quinta planta justifica por sí misma las tropelías que está cometiendo su formación en el Ayuntamiento de Madrid. Eso sí, es tan poco inteligentes (nadie esperaba sorpresas en ese sentido) que está poniendo en juego los acuerdos en la comunidad autónoma.
Vox no. En el nombre de Vox siempre se dice lo mismo. El problema es lo que se dice, pero nunca engañan. Son quienes son y vienen a lo que vienen. Lógico parece que no se dejen ningunear por quienes necesitan sus apoyos y los pretenden conseguir a hurtadillas, sin que se vea, sin que se note, sin que traspase… Yo te doy mi apoyo, pero tú me haces concejal o consejero, y te haces la foto conmigo y quitas ese banderón gay de la fachada del Ayuntamiento, que para banderas ya está la de España. En suma, mariconadas las justas, que aquí estamos nosotros para contenerlas. Con un par.
El asunto Pablo Iglesias… El asunto Pablo Iglesias es que ha sido como más suavecito. Más el resultado de una metamorfosis kafkiana que de una inconsistencia intelectual. Como no puede ser de otra manera, a Pablo Iglesias el sillón no le importa nada (¡!). Nada (¡!). Lo que le importa es el concepto, el programa. No es que vaya a favorecer un adelanto electoral porque le quieren dejar sin su carguito, no. No es eso. Es que al no ser él mismo ministro de España, ¿quién podrá garantizar un Gobierno de progreso en el país? ¿Quién? ¿Qué votante de izquierdas comprenderá jamás que Pedro Sánchez se atreva a intentar regir en solitario los destinos patrios sin el recto sostén de Podemos, verdadero guardián de las esencias de la izquierda? ¿A quién quieren engañar con esto del gobierno de colaboración? No. No es el ministerio lo que ocupa a Pablo Iglesias, otrora autonombrado vicepresidente y ministro del interior con mando en plaza sobre el Centro Nacional de Inteligencia y la televisión pública. A Pablo lo que le importa es el concepto. Y, oye, también: también lo hemos dado por bueno y no nos partimos de risa cuando lo escuchamos en su lloriqueo falsamente humilde, asegurando no creer posible que Sánchez se equivoque tanto como para forzar unas nuevas elecciones, con el disgusto que él se llevaría (y lo mal que le dan las encuestas). ¿Alguien podría pensar que lo que en realidad le pasa a Pablo Iglesias es que mucho se teme que, o consigue algo de Sánchez (un ministerio mismo), o se lo zampan vivo? ¡No! Claro que no.
El asunto es que de pactar ni hablamos. Pedro Sánchez se ve fuerte (además de guapo) y con suficiente cuajo como para gobernar el solo. Lástima que, además de cuajo, que eso ya ha demostrado que sí tiene, no le acompañen también una docenita más de diputados que le permitieran comparecer a una investidura en el Congreso con un poco más de solvencia.
Las tres formaciones de extrema derecha tienen más facilidad para llegar a acuerdos (o para fingirlos) si esto les vale un número suficiente de fichas en el juego del poder. No solo para pactar o simular pactos: también para vetar y, lo que es aún más grande, para juzgar la categoría política de los socios que se buscan los demás. Ellos pueden perder y gobernar si la aritmética da y ya no llaman a eso ‘gobierno de perdedores’ como hacen sin pudor ninguno cuando la izquierda hace lo propio, lo llaman ‘el inicio de la reconquista’.
Pero la izquierda no sabe. No sabe. No sabe.
¿Hay quien lo entienda?
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, junio 23, 2019

Y mil

Y ya van mil.
Hombres sin rostro retiran las pancartas de los edificios oficiales que gritaban ¡ni una menos!
Y entonces ya son mil una.
Hombres con rostro derogan leyes que protegen y proponen, en nombre de la justicia, otras que pretenden tratar de forma igual las cosas que son desiguales.
¡Qué enormidad!
¿Ya son mil dos?
Mil una mujeres menos. O más. O cientos más que no han computado en la estadística de la muerte doméstica, aterradora, silente.
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Por la tele sacan las imágenes de los hombres que descuelgan las pancartas. Y luego la de un alcalde pequeño (…pequeño) que sonríe. Y la de un hombre grandón de ilustres apellidos que dice que eran de un color inapropiado los carteles que clamaban por la vida: ¡ni una menos!
El Supremo dice que violar es violar se escriba como se escriba en el Código Penal y eleva la condena de los violadores de La Manada, para que la víctima pueda llorar su victoria (la jurídica) y las personas normales tengamos un minuto de respiro.
Pero ya son mil. Mil una este viernes, para que el Diablo no se lleve la mentira, desde que empezamos a contarlas en 2003. Veintiséis en lo que va de 2019.
Luego la vida sigue. Reyes con plumas de avestruz en la cabeza desfilan por Buckingham Palace orgullosos de la estirpe de la Jarretera; un señor con coleta llora por una silla de ministro que se le escapa; uno más guapo que erre que erre; un alcalde pequeño (…pequeño) sonríe; un niño sin nombre mira como matan a su madre; una niña con nombre (Victoria Federica, nada menos) y lugar en la lista sucesoria celebra entre tules su ‘puesta de lago’ en pleno 2019; un independentista pierde una votación; otro parece que quiere ganarla; otra cuelga un lazo y dice que ni sí ni no; ese que manda en EEUU prepara una guerra que será total;  otra niña se queda huérfana porque su padre necesitaba dar suelta a su ira y se descerrajó un tiro después de matar a la que había sido su compañera. ¿Lo ve? La vida sigue.
¡Ni una menos! Con pancarta o sin pancarta, ¡ni una menos!
Y por si la ultraderecha de este país (recuerde: PP, Ciudadanos y Vox*) continuase con su relato sobre esa suerte de “justicia” que predica, piénsese, simplemente, que la igualdad consiste en considerar desigualmente las circunstancias que son desiguales y que, se pongan como se pongan, lo argumenten como lo argumenten, mil una mujeres no han asesinado a sangre fría a sus parejas o ex parejas.
Y mil un hombres, sí.
¡Ni una menos! Grábeselo en la frente, porque los carteles que llamaban a la cordura ya los han quitado de las fachadas de los edificios.
(*) Un no tan viejo proverbio alemán reza: ‘Si en una mesa sientan diez hombres y un nazi, en esa mesa hay once nazis.’
El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, junio 16, 2019

Alcaldesas, alcaldes, alcaldías

Más de ocho mil ayuntamientos repartidos por todo el país se constituyeron ayer en España.
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Es una falacia usar a los alcaldes y concejales para engrosar las cifras aparentemente millonarias de cargos públicos que, también supuestamente, sostenemos con nuestros impuestos. La inmensa mayoría de ellos (subrayo, la inmensa mayoría) ejercen sus cargos a título gratuito, compatibilizando su dedicación al servicio público con su oficio habitual, del que no pueden prescindir, bien porque el municipio no tiene recursos para pagar su salario, bien porque saben que el mundo de la política es efímero y que los ciudadanos (los de verdad, los que integran la ciudadanía, no los del partido del mismo nombre) pueden prescindir de ellos apenas cuatro años más tarde y la vuelta al mundo laboral no suele ser fácil.
Es otra falacia (curiosamente muy extendida) afirmar, como tantos afirman, que los alcaldes o los concejales se llevan un porcentaje de todo aquello que contratan. Este porcentaje imaginario varía de acuerdo con la necedad del que sustenta el cuentito y, por los que yo he oído, oscila entre el 3 y el 10%, aunque puede llegar al 20 si el memo que lo profiere no es muy ducho en cuentas públicas. Es, simplemente, mentira.
Denostar el servicio público se convirtió hace ya años en el deporte nacional, seguramente no sin razón. Tan entretenido resulta que los pobres de espíritu se inventan modos de corrupción inusitados, con tal de parecer uno el que más sabe de política del vecindario, el más informado del pueblo, o el que mejor ha sabido comprender la idiosincrasia de la clase política. Sabe poner todo tipo de ejemplos de prácticas corruptas que ha vivido en primera persona (una primera persona impersonal, porque bien sabe Dios que él jamás aceptaría el producto de pillaje alguno) o le sucedieron a parientes tan cercanos que los datos que maneja tornan en irrebatibles. Son mentirosos. Lo malo es que hay muchos. Infinitamente más que políticos que se han llevado en el bolsillo mordidas, comisiones o prebendas, que también los hay para desgracia de todos.
Sorprendente grupo humano el que representa este modelo de sujeto que sabe y pregona que él, él (a quien se refiere en tercera persona citando su nombre y sus dos apellidos), jamás podría dedicarse a la política. Él sabe de sí mismo que su entereza moral, su grandeza de espíritu, el conjunto de valores con los que, en suma, se adorna, no le permitirían tragar con los carros, carretas, sapos y culebras, que a buen seguro -opina- se comen los que se dedican a la cosa pública con tal de seguir agarrados al sillón. No. Él sí que no.
Y así, con este raquitismo intelectual, transita por su vida ajeno al mayor de sus dramas, que no es otro sino la razón que lleva en esto de que él, él, nunca podría dedicarse a la política. Porque, en realidad, el servicio público requiere de una forma de entender el mundo que al pobre hijo ni siquiera se le alcanza.
Asumamos que, como en botica, en política hay de todo. Asumámoslo con la misma naturalidad con la que conviene recordar que los políticos no vienen de Marte y que no son más que una representación de la sociedad de la que forman parte. Algunos son los mejores, porque, como los presidentes de las comunidades de vecinos o de las asociaciones de madres y padres de alumnos, dedican una parte de su vida y de su inteligencia a gestionar cosas de todos. Otros son los peores, porque se aprovechan de las instituciones en beneficio propio y esto está feísimo. Pero estos son menos.
Ayer tomaron posesión más de ocho mil alcaldes, casi todos los cuales prestarán brillante y gratuitamente su servicio a la comunidad hasta 2023.
Otros dejaron el cargo a quien les viene a sustituir. Cedieron el bastón de mando y se llevan a casa un punto de nostalgia y una impagable colección de vivencias por las que muchos deberíamos pasar.
Más de ocho mil alcaldes, unos sesenta mil concejales entre gobiernos y oposiciones, ocupándose de que llegue agua a los grifos, de que la calle esté iluminada y limpia, de que la basura se recoja, de que el polideportivo esté abierto a su hora, de que el tráfico sea soportable y la contaminación se reduzca en lo posible, de que la plaza esté bonita, de que la escuela se pinte durante el verano aprovechando las vacaciones de los chicos y chicas, de que la convivencia sea pacífica en el vecindario, de que la vivienda sea asequible para los que tienen menos, de que los servicios sociales lleguen a los más mayores, de reparar el socavón que las lluvias torrenciales formaron en no sé qué cruce de calles, de que se cubra la baja del bibliotecario, de ordenar la ciudad, de asumir los nuevos retos de la movilidad urbana para que bicis y patinetes circulen con seguridad.
Muchas. Hay muchas personas ocupadas de que la cosa marche bien en el sentido más amplio que se pueda conjugar. Hoy han tomado posesión todas las que lo hacen desde el entorno local, de suyo, el que asume la competencia en los asuntos que tienen que ver con la vida cotidiana.
Nos conviene quererlos mucho. Y, además, casi, casi, casi todos, se lo tienen bien ganado.
¡Suerte con lo nuestro, amigos! Nos hace muchísima falta que la tengáis.
¡Enhorabuena!
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, junio 09, 2019

Lourde$

Ateo por convicción y anticlerical por militancia, me enfrento esta mañana a la noticia de noticias: Francisco (este jesuita argentino que es Papa) ha decidido acabar con el negocio de los milagros en Lourdes.
Enorme. Inmenso.
Resulta que los santuarios tienen economía y contabilidad propias. Iluso de mí, pensé que estas cosas de la fe se producían alejadas de la influencia del sucio dinero y que la venta de estampitas, medallas, botellitas de agua bendita y escapularios, se debía a la avaricia de comerciantes sin escrúpulos, fariseos como sepulcros blanqueados, que se aprovechaban de la inocente bondad del personal poniendo a la venta objetos de culto falsamente santos.
Mas no.
Los objetos sí son santos y es la administración del santuario quién, no solo regula y se lucra de su PVP, sino que pone al frente de sus finanzas a prohombres de la economía fichados de multinacionales, tras acreditar un currículum exitoso en lo que a sanear cuentas de resultados se refiere.
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Así que esta imaginería nuestra, trufada de pastorcillos visionarios que ven la luz (y sabe Dios qué otras cosas) santificados por la presencia corpórea de vírgenes y arcángeles, resulta que trasciende de la fe al merchandising por obra y gracia del espíritu no tan santo de los expertos en marketing que la gobierna. Lo dicho: enorme.
Nótese que nos encontramos ante un fenómeno marcadamente rural. Y algo antiguo. No se sabe de apariciones en aparcamientos subterráneos o centros de proceso de datos. No tenemos en el cielo advocaciones marianas tales como María del Parking del Corte Inglés de Princesa (cuyo nombre sería difícil de poner a una recién nacida) o María Esquina de Narváez con O’Donnell, por poner solo dos ejemplos de apariciones que podrían haber sido modernas y urbanas.
Apartadas cuevas, frondosos pinares o riachuelos cantarines, ofrecen soluciones mucho más adecuadas a la antroponimia y a la especulación: así, marías del monte y marivalles llenan nuestras onomásticas, y apartados lugares de la geografía se convierten en verdaderos núcleos urbanos de la peregrinación, consagrados a la oración, al negocio hostelero y a la venta de souvenirs.
¡Vade retro mercaderes del templo! ¡Francisco os exhorta!
Mal futuro se augura a estos maestros del saneamiento de las cuentas santas. El Papa ha resuelto terminar con este engaño a los fieles que tan pingües beneficios ha reportado a la Santa Madre Iglesia y reconducir los lugares de culto hacia aquello que nunca debieron dejar de ser.
Lástima que haya decidido hacerlo en latín, lengua oficial de la Santa Sede (circunscrita a las murallas que la guardan al estar declarada ‘muerta’ en el resto del mundo), en la que Radio Vaticano emite desde ayer el popular espacio “Hebdomana Papae” (La semana del Papa para hispanohablantes), que da cuenta de la actividad del Santo Padre y su profuso anecdotario.
Desolado, pues yo soy más del arameo antiguo, sospecho que las buenas intenciones del Sumo Pontífice transmitidas así, al romano estilo, tardarán en hacer mella en los usos y costumbres de su Iglesia: seguiremos peregrinando a los santos lugares y, claro, comprando una estampita a la salida de misa.
Shalom uv’racha B’Mashiach Yeshua*.
*Del arameo, ve en paz y con la bendición de Jesucristo
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, junio 02, 2019

Hablando solo

Ganadores
Es un clásico de la democracia española y, supongo, de todas las democracias del orbe de la tierra, pero de esas sé menos: Todos hemos ganado las elecciones.
Vamos a hacer el ejercicio inverso: ¿quién las habrá perdido?
Parece que, a todas luces, el gran perdedor es Pablo Iglesias que, abanderando la idea de que unidas podemos, ha perdido representación en todos los territorios, se ha extinguido en algunos y se ha quedado con fuerza testimonial en otros, aunque suficiente para ser determinantes en la conformación de algunos gobiernos de la izquierda, sin ir más lejos el del mismo Estado.
Parecía previsible que las aguas volvieran a su cauce y que la indignación que tan bien supo rentabilizar esta formación se amansara. Así, el partido que se sitúa a la izquierda ideológica del PSOE (antes Izquierda Unida, hoy Unidas Podemos) vuelve a generar ese efecto de vasos comunicantes, de tal forma que el uno sube en la proporción que el otro baja y viceversa.
Autocrítica… no. No es su estilo. Aunque su cargo está ‘a disposición de las inscritas y los inscritos’ (no sabemos a través de qué procedimientos) él no tiene por qué irse a ningún sitio que no sea el Gobierno de España, que es donde le corresponde estar según su única pero pertinaz opinión.
A lo mejor no ha sido ese Pablo el perdedor. A lo mejor quién las ha perdido ha sido Pablo Casado, el pobre, que fingió una remontada en la noche electoral, abrazado a sus dos alfiles madrileños. Se le saltaban las lágrimas al pobre hijo proclamando la ‘remontada’, ‘el principio de una nueva era’, exhibiendo a sus dos candidatos: al que había perdido en Madrid capital con todo merecimiento, y a la que había perdido en la comunidad autónoma, no con menos motivos. A eso llamamos jugar al despiste. Tan al despiste que, según cuentan las crónicas, ordenó montar el escenario a pie de Génova de prisa y corriendo, en el momento que, avanzado el escrutinio, el ‘pactómetro’ de Ferreras atisbó las posibilidades de gobierno en una y otra institución con acuerdo a tres pistas. El bueno del alcalde de Málaga, que ese sí ha ganado, debía tener un cabreo de oro.
Pablo Casado, el pobre, jugaba a blandir los votos de Ciudadanos y de Vox, con los que sabía que podría contar sin lugar a dudas, seguramente porque ya había decidido bajarle los pantalones al Partido Popular hasta donde fuera necesario para conseguirlos.
En realidad perdió. Pablo Casado hizo que el PP perdiera estrepitosamente las elecciones generales, las europeas, las autonómicas y las locales. E hizo el más espantoso ridículo escenificando esa victoria de mentirijillas en la que algunos necesitaban creer y que él necesitaba que todos creyeran.
Y ¿Ciudadanos? Curioso fenómeno. Con su síndrome agudo de Peter Pan (ese que nunca quería crecer ni, por lo mismo, tomar decisiones), Albert Rivera se las prometía felices. Había dicho de todo (en realidad todos habían dicho de todo). Lo que no había dicho es qué coño pensaba hacer con los votos que sacara. Y lo que no sospechaba es que a él, lo que se dice a él y a su formación, no le iban a servir absolutamente para nada una vez constatado que no alcanzaba, ni de lejos, a su competidor real: al PP.
Rivera ha perdido las elecciones. No va a gobernar en su solo municipio relevante, en ninguna comunidad autónoma. En Europa nadie se quiere sentar en su pupitre, porque se junta con muy malas compañías. En España no se acuerda bien bien si es de izquierdas o de derechas, no sabe decidir si tiene que alinearse con Vox (que es lo que le pide el cuerpo) o con Sánchez. Si le conviene asfixiar a Casado (y puede) no dejándole gobernar en ningún lado ya que el ansiado ‘sorpasso’ ha quedado tan lejos, o comparecer como el gran aliado de la derecha más dura dejando sus vergüenzas al descubierto ante el público del mundo en general y de Europa en particular.
Salomónico, justiciero, apostólico en su lucha contra el Mal, resuelve y anuncia su apoyo a todo varón socialista que se aleje de Belcebú, reniegue de sus obras y camine junto a él por la senda de la pureza del liberalismo económico. Albert Rivera (que tocó el poder con las yemas de los dedos inmediatamente antes de la moción de censura) ha perdido dos cosas: las elecciones y el juicio.
¡Así que nos queda un único ganador! ¿El PSOE? ¡No! ¡Abascal!
Este sí que es un campeón. La técnica de capitalizar el descontento que viene ensayando Iglesias desde hace exactamente cinco años, la ha perfeccionado Vox con una variante más que inteligente: Abascal no capitaliza el descontento coyuntural de las consecuencias de una crisis económica. Abascal revuelve las tripas de su grey capitalizando la podredumbre de los higadillos de cada quién: la amargura crónica de la misoginia, de la xenofobia, de la cristiandad, del franquismo recalcitrante que queda aún enquistado en nuestra sociedad. Es l frustración de la impotencia rabiosa de tantos (y tantos) que ven desvanecerse ante sus ojos esa forma de vida heredera de la Alta Edad Media en la que estaban tan cómodamente instalados.
Es el campeón de campeones. Tanto, que ha decidido que ya no se deja ningunear más como en Andalucía. Que no. Que dice que el que quiera sus votos (y son muchos los que los quieren) que se retrate y se haga la foto negociando (lo innegociable) en la mesa doctrinaria del revivir de las viejas esencias. Y, si no, nada.
Y ¿El PSOE? El PSOE simplemente ha ganado las elecciones. Las generales, las europeas, las autonómicas y las locales. Las cuatro. Pero eso ¿qué importancia tiene?
A usted le parecerá una bobada, pero tanta majadería me tiene toda la semana hablando solo.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 26, 2019

Mentiras cochinas

Cuando una persona afirma que en los colegios de una comunidad autónoma cualquiera se incita a la homosexualidad, hay que sugerirle que no diga mentiras porque está muy muy feo.
Si a lo que dice que se incita es a la zoofilia, a esa persona hay que inhabilitarla para el ejercicio de funciones públicas. No lo explico porque es evidente. Y lo evidente no tiene explicación, ni precisa de ella.
Pero sigamos.
Cuando una persona dice que las feministas son como las hermanastras de la Cenicienta (esas que eran muy feas y que todo el rato le decían lo que tenía que hacer), hay que sugerirle que no diga gilipolleces. Pero si lo dice una calcomanía del Manuel de Falla de aquellos billetes de cien, no basta con descojonarse de la risa. Se impone hacerle notar que el argumento no es solo ridículo, sino que pone de manifiesto su verdadera naturaleza de señor feísimo, en la que nadie antes habría reparado. Eso es, simplemente, porque a nadie ofende un señor o una señora fea en política, pero si además de ser feo es tan, tan, tan tonto, la fealdad hace inmediato acto de presencia y te descojonas.
Puede pasar también que una candidata amenace a su audiencia con una foto de Lenin (aquél señor tan malo que abanderó la revolución Bolchevique contra la Rusia de los zares), blandiéndola cual mortífero artefacto con el alegato igualmente mortífero de que hay un concejal-fan del nefasto personaje en un Ayuntamiento de los grandes. Ante ello solo cabe el silencio, si acaso, aliñado con esa mirada de entre ternura y estupefacción que solo según qué alcaldesa es capaz de ensayar.
Así es la cosa.
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Repasar las imbecilidades vertidas durante esta campaña, que van desde la añoranza del atasco madrileño hasta la negación de la violencia machista, daría para varios cientos de festivales del humor, si no fuera porque la cosa tiene maldita la gracia: son los aspirantes al gobierno de gran parte de nuestras instituciones los que las profieren, así que las almas sensibles sufrimos mucho al escucharlas.
Es imposible verter los ríos de tinta necesarios para desmentir tanta atrocidad. No: los docentes de la enseñanza pública no incitan a nuestros hijos a la zoofilia; los atascos no son deseables; el feminismo no consiste exactamente en emular a las hermanastras de las princesas de los cuentos. Es imposible evitar que quienes argumentan con semejantes imbecilidades ocupen las portadas de los periódicos, las primeras de los telediarios, las páginas principales de los digitales.
Y ¿qué hacemos?
Seguramente nada.
Seguramente nada de nada. Porque la gente normal cambia el canal y, los pocos que aplauden estas ocurrencias como los penaltis que pitan al equipo rival, no tienen intención alguna de creerse lo contrario.
Es espectáculo, repentización, divertimento. Lo que no es, es política.
Ande, vamos a votar. No vaya a ser que…
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 19, 2019

Acto debido

El Senado de España se compone de un número variable de senadores elegidos por un sistema mixto.
La mayor parte de ellos obtienen su acta en las elecciones generales a Cortes, en las que se eligen cuatro senadores por provincia, tres por las islas mayores, uno por las menores y dos por cada una de las ciudades autónomas.
El resto son designados por las comunidades autónomas, elegidos por las asambleas legislativas de estas a razón de uno por cada una de ellas y otro más por cada millón de habitantes. La elección de estos senadores se verifica por el sistema de representación mayoritaria, asignándose por la Mesa del respectivo parlamento autonómico el número de senadores que corresponde elegir a cada partido político con representación en el mismo.
El órgano competente de cada parlamento (puede ser la misma Mesa o una comisión parlamentaria determinada) verifica la “elegibilidad” de los candidatos propuestos por cada partido político, es decir, comprueba que no existe impedimento legal para que el candidato en cuestión sea elegido, y el Pleno de la Cámara ratifica el nombramiento de todos ellos.
En mi modesta opinión (teorías hay para todos los gustos) estamos delante de un “acto debido”, esto es, aquél que no puede no existir pero que no puede negarse. Para poner un ejemplo, las leyes aprobadas en el Parlamento han de ser sancionadas por el Rey. Sin este trámite una ley no puede entrar en vigor y, a su vez, el Rey no se puede negar a sancionarla. (No sé qué hubiera dicho Esquerra Republicana, un poner, si el Rey se hubiera negado a sancionar la Ley Orgánica de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña… pero me lo puedo imaginar). Acto debido.
Así son las cosas desde 1980. Pero aparecen ahora los combativos muchachos de ERC para romperlo todo, so pretexto de que no están las cosas para ‘cortesías parlamentarias’ (¡¡cortesía parlamentaria!!) cuando el felón de Sánchez tiene presos (como si él pudiera) a sus líderes políticos, total por un quítame allá esas declaraciones unilaterales de independencia.
Esquerra Republicana de Catalunya, apoyada por el resto del independentismo parlamentario catalán y por el resto de la derecha parlamentaria catalana (no olvidar que tanto Ciudadanos como el PP se abstienen en la votación) bloquea, sin más, la designación del senador autonómico que el PSC había propuesto y que se predicaba como presidenciable de la futura Cámara Alta.
La subversión que esto supone del normal funcionamiento del parlamentarismo español conlleva, de facto, dejar a las minorías parlamentarias sin la capacidad de designar a sus representantes en las instituciones, esto es, supone limitar la participación de estas minorías en los asuntos públicos. Dicho de una manera más coloquial, es el comportamiento de verdaderos caciques provincianos, paletos de capital, fascistillas locales que imponen por la fuerza de los hechos el desenvolvimiento de la vida política según conviene a sus intereses bizcos, sin que les importen un carajo las consecuencias de sus actos.
¡Claro que el PSC ha pedido amparo al Tribunal Constitucional! ERC ha vulnerado, nada menos,  su derecho a la participación en los asuntos públicos. Con un par.
Disquisiciones legales al margen, parecería que se trata de romperlo todo, de no dejar títere con cabeza, de demostrar todo el rato hasta qué punto el machito alfa se impone sobre la manada y la capacidad que tiene para hacer de la convivencia una tortura.  Ciertamente, hay quien piensa que no es más que una estrategia para disimular la pretendida ‘connivencia’ de ERC con el PSOE pero, si así fuera, ya hubieran podido imaginar otro escenario para desplegarla, que no fuera el de romper el sistema de representación que rige en España desde el advenimiento de la democracia.
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El secretario general del PSOE ha persistido en su declaración de intenciones respecto al diálogo con Cataluña y ha mantenido en la presidencia del Senado y puesto al frente del Congreso a un catalán y a una catalana, ambos de perfil federalista. Como de suyo, la derecha brama. Y brama porque la derecha no quiere diálogo. La derecha españolista quiere vencer al independentismo a base de darle en la cocorota con el 155; la derecha independentista (valga la redundancia) quiere vencer al Estado a base de hacer imposible la convivencia.
Así que ERC, JxCat, CUP, PP y C’s, ganan. Cataluña pierde. España pierde.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 12, 2019

Rubalcaba

Con la muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba se muere también un poco la vieja política.
Lo cierto es que lo escribo con nostalgia, porque los viejos políticos o han perdido la cabeza (González), o no la tuvieron nunca (Aznar), o se nos están muriendo, y me temo que los nuevos (lista interminable; rellénela usted mismo) han aprendido poco de ellos. O nada.
Mariano Rajoy (al que ya echamos de menos al frente de la vieja derecha, de la nueva ni hablamos) ha publicado en El País un artículo intachable en el que habla de Rubalcaba como uno de los grandes. Y lo fue, sin duda. Uno de los imprescindibles para entender el dibujo de lo que hoy es España.
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Para quién piense que esta España del dibujo es una puta mierda, cabría recordar un tiempo no lejano en el que ETA mataba, las mujeres estaban en la cocina con la pata quebrada, los homosexuales no existían, los procuradores en Cortes llevaban gafas oscuras y tenían bigote, El Estado se dirigía desde Madrid, la represión política estaba consagrada en las Leyes Fundamentales, las cárceles estaban llenas de gente que defendía idearios contrarios al régimen, la vida era en blanco y negro, como la tele, el país estaba aislado de su contexto internacional y las personas estábamos sometidas a un régimen laboral sin sindicatos ni más garantías que el Fuero del Trabajo.
Rubalcaba fue ministro de algunas cosas, presidente de su grupo parlamentario, vicepresidente del Gobierno, secretario general de PSOE, candidato en unas elecciones (2011) que se convocaron ya perdidas. Dejó la vida pública sin hacer ni un ruido, sin buscar una silla en el Consejo de Estado, sin bramar contra quienes pidieron tan injustamente su cabeza. Simplemente volvió a las aulas y se puso a trabajar de lo suyo como si nunca lo hubiera dejado.
En su haber varias grandes cosas: una prácticamente desconocida, que pasó desapercibida para la mayoría: Zapatero gobernó en minoría durante su primera legislatura sin que esto tuviera repercusión ninguna en la acción legislativa; la capacidad negociadora de Rubalcaba, que ocupaba la Presidencia del grupo Socialista, hacia que los asuntos llegaran hemiciclo acordados o con unos o con otros y salían limpiamente aprobados como si de un Gobierno en mayoría hubiera partido la propuesta. La habilidad para llegar a acuerdos, el valor de la palabra dada, el equilibrio entre fuerzas tan distintas, la lealtad al ideario, a las siglas, al Estado, presidieron por aquellos días la actividad parlamentaria. Aquellos tiempos.
Otra, obligatorio citarla, el inmenso trabajo hecho con éxito que culminó en el fin de ETA. La clave de aquella gesta fue la generosidad, el compromiso tácito de no aprovecharlo políticamente y no ‘cantarlo’ como victoria propia. Después, en un ejercicio inmenso de deslealtad, se lo atribuiría el PP, pero en la conciencia colectiva queda el hecho de que fue él, bajo la dirección de José Luis Rodríguez Zapatero y con el impagable trabajo de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, el que, dialogando, trabajando, imaginando, cediendo por algún lado y con la mano firme por algún otro, logró que la banda terrorista dejara de matar.
El último servicio que prestó a España desde puestos de responsabilidad fue contribuir a la normalidad en el proceso de abdicación del Rey viejo (acosado por la corrupción en la familia real y por sus propios errores), en favor del Rey nuevo, para lo que tuvo que retrasar su retiro ya anunciado de la primera línea. Los servicios posteriores, pequeños, cotidianos, los cuentan ahora por la tele sus alumnos de la Facultad: fue el mismo hombre en la política que en el aula, misma pasión, igual inteligencia, idéntica entrega en la disolución de ETA, en el diseño de las políticas públicas de Educación, en la explicación de la tabla periódica.
No sé si con los nuevos instrumentos de hacer política se sabrá mantener el nivel de inteligencia del que Alfredo Pérez Rubalcaba hizo gala en los retos a los que se enfrentó. No me imagino la negociación con ETA vía Twitter, ni el mantenimiento del sentido de Estado necesario para las nuevas formas de gobierno de pactos que ahora se ensayan, a través de Facebook
La nueva política nace con el presente más que confuso, los personajes en prácticas y el futuro completamente incierto. La vieja política se muere con los hombres que la hicieron.
Los de ahora lo tienen aún por demostrar. Ellos hicieron lo que hay hasta aquí.
Juzgue usted si bueno o malo.
El caso es que Alfredo Pérez Rubalcaba ya está muerto.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, mayo 05, 2019

Saber perder

Pablo Casado, el pobre, ha llevado al PP a cotas de fracaso electoral jamás conocidas por la derecha española.
Se ha servido para ello del discurso apabullante de él mismo y algunos lugartenientes dignos de mejor fortuna: Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, XIII marquesa de Casa Fuerte; Adolfo Suárez Illana, este que tenía un padre que era político; Teodoro García Egea, el señor de Cieza que le hace de secretario general. Todos en conjunto e individualmente cada uno de ellos han elaborado un discurso ultra conservador, con matices xenófobos y aromas patriarcales que, definitivamente, ha funcionado mal.
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No era de extrañar, pues, que la izquierda de este país, que solo parece animarse a votar masivamente cuando ve amenazado su modo de vida, se escandalizara y acudiera a las urnas para formular en modo “papeleta” la gran pregunta: “¿Pero tú dónde vas, chavalín?”
Pablo Casado, el pobre, echó mal las cuentas y supuso que el experimento andaluz (propiciado, recuérdese, por una abrumadora abstención de la izquierda y el hartazgo que producen los gobiernos salpicados por la corrupción) funcionaría igualmente en la contienda estatal y se dejó acariciar por sus socios potenciales: Ciudadanos (liderados por este chico que estuvo a punto de ser presidente y ya no lo va a ser) y Vox (nada inteligente que apuntar al respecto). Pero no suman. No, no suman.
Y no sabe perder.
Por si el personaje por sí mismo no resultaba ya lo suficientemente cómico (¡traidor! ¡mal nacido! ¡felón! le gritaba al presidente del Gobierno), abraza el marxismo (el de los hermanos) y hace pública notoriedad de su coincidencia plena con aquella frase que popularizó Groucho: “Estos son mis principios pero, si no les gustan, estoy dispuesto a cambiarlos”.
De manera que, ni corto ni perezoso, empieza a repartir por su diestra y su siniestra, acusando a Rajoy de ser el causante de sus desdichas, a Vox de ser un puñado de advenedizos que no han hecho más que vivir toda la vida del cuento, a Ciudadanos de no sé cuántas cosas. Porque él, el pobre, se sabe dueño de la verdad y de las esencias de lo puro y, en realidad, es un demócrata de toda la vida aunque no lo haya sabido explicar del todo bien.
Luego viene aquello de que todos han ganado en estas elecciones, los unos porque siguen siendo la fuerza más votada entre los amarillos, los otros porque son, entre los violetas, los que más han ascendido y se proclaman los verdaderos líderes de la oposición, los de allá porque, entre los verdes, han pasado de 0 a 24 en cero coma, los de acá porque se convierten en la única fuerza capaz de propiciar un gobierno estable y los de más acá porque con 123 se pueden permitir el lujo de gobernar en solitario. Todos ganan. Incluso Casado, el pobre, se siente ganador (ya conseguirá explicarnos qué coño ha ganado).
Pero no. Pablo Casado, el pobre, ha perdido. La propia Cayetana (Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, XIII marquesa de Casa Fuerte) lo ha reconocido sin ambages: “Esto es una derrota rotunda, contundente y muy clara”, ha dicho. Al muchacho le debe quedar en el cargo lo que resta para que se confirme su fracaso en las elecciones autonómicas que celebran las comunidades no históricas el próximo 26, si es que alguien en un raptus de cordura, no le invita a largarse antes de que el PP se desintegre.
En política, por lo que se ve, también hay que aprender a perder. De otro modo y ya que estamos de cómicos, es posible que alguien caiga en la tentación, él también, de parafrasear a Groucho Marx y exclame:
“Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota.”
El dibujo es de mi hermana Maripepa.