domingo, abril 26, 2020

Lo imprescindible

Esta mañana ha vuelto a comprobar que la nevera no tiene comida.
Ha añadido un poco de agua al cartón de leche para que llegara el desayuno a todos.
Se ha estrujado la cabeza pensando en cómo resolver lo imprescindible. No hay para comer. Un vistazo al monedero: dos euros con veinte. Da para el pan. Hoy.
20200425_215721Los niños saben que los tuppers que pone en la mesa al mediodía vienen de la parroquia. Ni les importa. Están calientes. Y ricos. Son de Cáritas. Esto lo hacen muy bien, porque la caridad siempre se le ha dado muy bien a la Iglesia. Ha escuchado en la cola que ahora las raciones son más pequeñas porque viene mucha gente más a por comida por lo del coronavirus. Y lo ha entendido: usted misma no había venido nunca antes de ahora. No le da vergüenza. Bueno, a lo mejor un poco.
Ha guardado la mitad de lo que traía para que quedara para la cena. Había de sobra para comer casi bien con la otra mitad.
Los niños han montado una pista de monopatín en el pasillo, aislada con mantas en el suelo para no molestar a los vecinos con el ruido. Da igual: hacen no mucho ruido de todas maneras, no tienen muchas energías que gastar.
El padre de las criaturas hace ya dos años que no porta por casa. Casi mejor porque, aunque nunca le puso una mano encima, el maltrato adopta formas igual de crueles que las hostias.
En la casa en la que limpiaba ya no limpia. Y en la escalera que limpiaba tampoco ya limpia; se han organizado entre los vecinos, por lo que se ve. No es la crisis, no. Es el miedo. Iba cuatro horas a la semana al apartamento de una mujer que le sigue pagando aunque le pidió que dejara de ir por allí. Mañana irá a cobrar. Le da mucha vergüenza, pero no puede hacer nada. Casi cien a la semana. Dará para los desayunos y podrá resolver algún recibo. A lo mejor no.
Para celebrar el cumpleaños de la pequeña ya pensará en algo.
Ha oído decir algo sobre una renta básica. Quiere decir que están pensando que nadie puede carecer de lo imprescindible. Pero no se lo ha creído: ¿usted se imagina un mundo en el que nadie carezca de lo imprescindible? ¡Tonterías!
Ha oído que la Conferencia Episcopal ha dicho que no le gusta un pelo y algo de peces y cañas de pescar que no sabe bien bien lo que quiere decir, porque en Cáritas le dan peces (y a veces patatas con carne) pero no cañas de pescar ni cuchillos de deshuesar vacas; así que no ha hecho caso. Usted piensa que cuando todo esto pase volverá a limpiar en las casas de siempre y en las escaleras de siempre y que la señora que le paga aunque no vaya le seguirá pagando cuando pueda ir, con más razón. Y con eso se apañaba casi bien. Para lujos no, eso no. Pero casi bien.
¡Maldito bicho inmundo –ha pensado–! Teníamos que hacer como Trump, inyectarnos desinfectante y que se joda. ¡O nos jodíamos nosotros –ha pensado–. Pero más jodidos…! Luego ha pensado que ese tipo tiene que ser tonto.
Y ha repartido para la cena lo que guardó a la hora de comer.
Los niños se han dormido. No vale la pena volver a mirar la nevera. Mañana no habrá leche para el desayuno. Ha pensado que quizás alguna vecina… pero no, ¿y si le dicen que no? ¿Con qué cara las iba a mirar luego?
Por la tele pasan una de Jackie Chang repartiendo hostias como panes a diestro y siniestro. Menos mal. Se dormirá antes de que el bueno se case con la china esa más guapa a la que le va la vida tan mal. A esa sí que le va mal la vida.
Pero pensándolo bien… sí que se puede imaginar un mundo en el que nadie carezca de lo imprescindible. Sí que puede.
No puede imaginarse cómo se resuelve el problema de la geometría variable en el reparto del poder entre las grandes naciones: lo del G7 y lo del G9 no sabe si tiene arreglo o no, pero sí que puede imaginarse un mundo en el que haya leche para el desayuno en todas las neveras.
Eso –ha pensado– ni siquiera deber ser tan caro. Y ahí le venció el sueño.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, abril 19, 2020

El silencio de los confinados

Pasan los días.
La pandemia no es propiedad de los enfermos, ni de los sanitarios, ni de los confinados, ni de los muertos, que no la quieren para nada. La política se ha adueñado de la enfermedad, de sus consecuencias, de eso que vino en llamarse ’el relato’, de los soliloquios que nos marcamos delante del televisor a falta de mejor interlocutor (ni peor).
IMG-20200418-WA0008No hablamos de la mujer que se ha muerto sola en la cama de un hospital sin entender qué le estaba pasando, de los cuerpos que nadie ha reclamado, ni de la pena: no hemos hablado de la pena de cualquier hombre que despidió a su mujer apretando la mano de sus dos niños, solos los tres y los sepultureros en el cementerio inmenso que estaba vacío, y luego llamó uno a uno a sus hermanos, a sus tíos, para contarles que la cosa había acabado mal.
Solo hablamos de la culpa.
Pero ¿sabe? No hay culpa.
Algún imbécil ha rebautizado el COVID-19 como la pandemia del 8-M, porque así regocija sus entrañas podridas y descarga la hiel que se lo come por dentro sabe Dios por qué coño.
Otros han dedicado su tiempo a confundir, a mentir, a explotar el dolor para hacer algún tipo de caja. Miserables…
El común de las personas estamos a otra cosa.
Los menos cosen mascarillas de poca utilidad aferrados a la vieja Alfa de pedal, sin pensar muy bien a quién servirán para qué, mirando bizcos la aguja que sube y baja con el hilo enganchado fijando como por encanto las puntadas en la tela verde.
Los más, los más, desentrañan el lenguaje imposible de las aplicaciones informáticas en las que viajan los deberes de los niños por la mañana y, por la tarde, se asoman a la ventana a ver la vida aplaudir. Esta palmada por los sanitarios, esta por la policía, esta por los bomberos, esta por la madre que me parió, compartida con el ministro de Justicia, que tiene cara de buena persona.
Y cuando suena el teléfono se hiela la sangre. Porque es del hospital y de allí no llaman para tonterías. Y apagas la tele. Por si se apaga el mundo.
Y pasan los días.
Y a medida que pasan, la cosa va perdiendo gracia, porque maldita la gracia que tiene. Y el virus sigue matando y la tele los sigue contando y la política sigue dueña y señora del dolor escondido de los dolientes, porque de eso no sabemos hablar.
Alguien ha pintado ‘rata contagiosa’, todo con mayúsculas, en el coche de una médica. Seguro que por la noche, después del aplauso. Y han colgado un cartel en la puerta de un vecino que dice que con el virus a otra parte, que muy agradecidos por su labor ingente, pero que a otra parte.
‘No son números –grita algún que otro necio que pide luto y luto–, son seres humanos’.
¡No te jode…!
Ese sí que ha sabido captar la esencia. ¡Oye, fíjate, seres humanos! ¡Y yo que pensé que eran números! Pues que si no me lo recuerdan, oye, que ni caer. Y otro ministro en la tele tratando inútilmente de explicar el cambio de método en el conteo de víctimas y contagiados; y una señora tocada de mascarilla con bandera de España (¡eso sí que es ser española!), trayendo a sede parlamentaria otra noticia de escándalo que le ha mandado su cuñado por WhatsApp. Y el ministro que no y ella que sí. Y el ministro, que no… ¡Y ella que sí!
Y un ‘covimbécil’ grita por la ventana a una señora que sale a la calle con su hijo porque no sabe, el covimbécil, que con una parálisis cerebral no puede dejarlo en casa solo para bajar a la compra. Pero hay que supurar la ira por algún poro. Y las glándulas que producen el sudor están paradas. Las de Rajoy no.
Y ahora cálculos, curvas, proyecciones. Científicos, ministros, jefes de la oposición, hacen la suya.
Nosotros tendremos que hacer la nuestra. No abandone la cordura. Le va mucho en ello.
El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, abril 12, 2020

Entonces pasó un año

Lo de la barba ha dejado de ser una broma.
Ahora tengo barba.
Desde la ventana se ven los bloques de hormigón que se usaron para aislar la calle. Aquí los casos se habían parado hacía ya cuatro o cinco meses, pero sabíamos que la ciudad no estaba limpia. No todos apoyaron la medida.
Los hombres salen  por la mañana a recoger los víveres que deja el camión de reparto exactamente a las 6:35. No se sabe quién lo conduce: el brazo de la grúa deja el contenedor azul de acero con el nombre de la calle delante de las vallas de hormigón y lo recoge puntualmente treinta minutos más tarde, a las 7:05, cuando los hombres han distribuido el contenido por los portales. Cada piso tiene su hora de recogida del portal. A mí me toca a las 7:02 pero, en realidad, basta con oír cerrarse la puerta del ‘C’ para saber que es tu turno: 3º B, vía libre. Arroz, sardinas, fruta fresca, pasta, un filete de algo que pudiera ser ternera, dos yogures, sopa de sobre, algo más de comida deshidratada, como de astronauta, ¡dos cervezas! Más que suficiente para pasar el día. Los domingos viene un ‘tupper’ con paella o pollo en salsa. Solo hay que calentarlo. En el ‘A’ viven un ciento de niños ruidosos que se pelean por las escaleras cuando bajan a por el paquete. He visto por la mirilla que el suyo es más grande que el mío. No sé cuántos están en esa casa; deben ser bastantes. A veces los hombres se hacen un lío con los pedidos de internet y nunca ves llegar el tuyo. A mí ya me ha pasado con alguno. No digo yo que se los queden, pero claro, te hace sospechar.
Al principio, los ciudadanos ejemplares colaboraban con la policía a detectar a los infractores. Yo nunca delaté a ningún vecino… me daba como pudor. Después la geolocalización del móvil se perfeccionó y ya se sabía dónde estaba a la gente por su GPS. Estaba prohibido salir a la calle sin el teléfono. Te multaban. Ahora casi no la usan. Después de muchos muertos comprendimos que la cosa iba en serio. Menos mal, porque las redes ya no funcionan durante todo el día: la televisión avisa por el canal autonómico de las horas y localizaciones a las que se activan. Va por compañías y por códigos postales: hoy en mi distrito Movistar de 13:00 a 18:00; Vodafone de 21:00 a 24:00… las demás ni las sé. Muchos se han dado de alta en varios operadores para tener más tiempo. Es legal, pero a mí me parece un abuso. El espacio radioeléctrico se utiliza para la señal de los drones.
Al Ejército ya casi no se le ve. He oído que solo vigilan las entradas principales de las ciudades. Ya no se les ve. Acojonaban. Se comprende que era necesario, pero acojonaban. Sobre todo cuando dejó de ser la UME que se dedicaba a desinfectar residencias y eso, y ya eran soldados armados los que vigilaban el confinamiento. Los drones vigilan ahora. Y también distribuyen las cosas de la farmacia.
A las 19:00 el Gobierno actualiza los datos del día: contagiados, fallecidos, dados de alta, consumo de combustible, pureza del aire por municipio, emisiones de CO2, actividad industrial por áreas, delincuencia, gasto por habitante en bienes de primera necesidad, ahorro familiar, toneladas de plástico ahorradas y reutilizadas; es una voz neutra, sin tono. Hoy ha habido un repunte en gasolina 95 y ha salido el ministro explicando no sé qué de la media de envejecimiento del parque automovilístico y avisa de una posible subida sostenida junto con el correspondiente paquete de medidas… en fin, como siempre. Está lloviendo. Ese ministro tiene muy mala cara; seguro que lo ha pillado.
La semana que viene tenemos que quitar el bloqueo para que pueda pasar el furgón de los test. Viene de martes a jueves, ambos incluidos. Yo siempre doy negativo. De todas maneras me encanta bajar. El enfermero que hace las extracciones es un hombre amable y siempre cuenta algún chascarrillo de otras calles. Sus ojos sonríen cuando te ve y te llama por tu nombre. No creo que se lo sepa, supongo que mira la ficha cuando te llega el turno. Yo estoy citado a las 11:15 del jueves. A lo mejor me afeito para ir y me la dejo crecer otra vez. Bueno, a lo mejor. Tampoco es para tanto.
IMG-20200411-WA0014A las 21:15, después del parte, me toca bajar la basura. Un día a la semana. No hay más turnos. A los del ‘A’ les han dado más horas, pero ellos hacen más que yo. Para mí es suficiente. Los contenedores están en la avenida, más allá del bloqueo. En la avenida hay algún comercio abierto. En realidad no hace falta porque con el paquete hay más que suficiente y todo demás se puede conseguir por internet, aunque a veces no llegan las cosas, eso es verdad. Debe ser para casos urgentes. En la avenida sí hay policía y se oye que los ciudadanos ejemplares están activos todavía. Y luego están los drones. Hay que tener mucho cuidado al salir a la avenida. En mi calle está uno más seguro.
Tengo ventana de datos ahora con mi compañía. Trataré de hablar con alguien.
El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, abril 05, 2020

Obligados a aprender

Cada uno andará sacando ya sus propias conclusiones. Con tanto tiempo para pensar, una vez que el canal fútbol ya no vale para nada, y con la enorme cantidad de información (y desinformación) que mana de los medios tradicionales y las redes; con 15 días ya de experiencia en el confinamiento parcial y 7 más de hibernación casi total de la economía, ya tenemos almacenados datos suficientes para ensayar las primeras ‘grandes verdades’ que arroja esta situación tan nueva.

Aquí van las que yo intuyo, sin perjuicio de que el prolongamiento de la cosa las pueda modificar parcial o totalmente (recuerde, ‘estos son mis principios, si no le gustan…’)
La primera gran verdad que se me viene a la mente es que Leonel Messi no se gana el sueldo. España puede sobrevivir dignamente sin que el calendario de la Liga llene los espacios de ocio de la ciudadanía. No hay fútbol y no pasa nada, salvo para los que se enriquecen con el colosal negocio del balón.
La segunda abunda en la primera. Leo Messi no se gana el sueldo y los investigadores de este país (¿del mundo entero?) están tan infravalorados que da vergüenza poner en comparación las cifras. La diferencia es que Leo Messi te salva la tarde de un domingo (solo si eres del Barça) y un investigador que levanta al mes 1.800, le puede salvar la vida a la sociedad toda. Jugar a pelota, aunque sea como los propios ángeles está, pues, sobrevalorado. Estoy dispuesto a dar un euro por cada científico al que usted conozca con nombre y apellidos, indicando para qué organización trabaja y de cuántos artículos es autor en publicaciones internacionales de prestigio. Yo ya le digo que no me sé ninguno.
aprender por oblibaciónLa tercera gran verdad es más enigmática. Yo mismo aún no sé  qué conclusión sacar de ella siendo, como es, cierta: Mientras en Europa la pandemia termina con las existencias de  papel higiénico, en Estados Unidos lo que se acaban son las armas de fuego. Se conoce que cagarnos nos cagamos todos, pero mientras los unos ventilamos nuestros miedos en la intimidad del excusado, los otros se envalentonan y se disponen a terminar con ellos a tiro limpio. Debe ser la consecuencia de los héroes que modelaron el imaginario de las infancias de cada cual, los nuestros Rompetechos, Carpanta, Mortadelo y Filemón, los suyos el Capitán América, Batman, Superman. Esto debe conformar la personalidad colectiva de los pueblos.
Otra: el uso que las personas hacemos de la tecnología va a cambiar por completo y en todos los ámbitos de nuestra vida. No solo hemos aprendido a teletrabajar y comprendido los conceptos ‘escritorio remoto’ o ‘herramienta colaborativa’; hemos aprendido a hacer la compra por Internet (por mal que están funcionando las aplicaciones de las grandes plataformas de distribución domiciliaria de alimentos), pero no solo la nuestra, también la de nuestros padres e incluso en según qué supuestos, la de nuestros hijos; hemos aprendido a utilizar eso del Movistar+ que nos vendieron junto con una línea de móvil que no necesitábamos al contratar los datos de nuestra casa, más allá del canal fútbol; hemos descubierto qué quiere decir Netflix. No es cosa menor (o, como diría Rajoy, es cosa mayor): el tráfico de datos en estos días ha experimentado un crecimiento tal que las grandes plataformas han temido por su capacidad para transmitirlos, augurando en algunos casos una posible saturación de los sistemas. Pero hay más. El tirón que la pandemia va a dar de la tecnología, del llamado ‘big data’, de la robótica, de las aplicaciones científicas, es abrumador y, con toda probabilidad, cambiará nuestra forma de acceder a la información (esto ya ha cambiado), a los bienes de consumo, nuestros hábitos de movimiento, nuestras costumbres en todo lo que se refiere al ocio, nuestros métodos de aprendizaje, nuestra forma de relacionarnos, incluso, con nuestro entorno inmediato.
Una más: la Corona puede renunciar a parte de la Guardia Real y poner a los chicos a hacer cosas útiles. Enorme, simplemente, enorme. Sobrecogedor.
La penúltima: el Estado funciona. A pesar de la ignominiosa oposición a la que se ha sometido al Gobierno por parte de quienes no dudan en sacar tajada política de los muertos (ya lo demostraron con el desastre de ETA, con el 11-M, con la guerra de Irak o con el accidente del Yak-42 en Turquía), el Estado ha demostrado funcionar. Con los errores cometidos (no faltaría más) se ha constatado que la autoridad central se puede superponer a las competencias autonómicas cuando la cosa se pone fea e implantar un único espacio de toma de decisiones para adoptar las medidas que se consideran precisas para el interés de España. Los mecanismos de colaboración entre el poder central y el territorial se han desvelado más que razonablemente eficientes, excepción hecha de los contados casos que todos conocemos y que nada tienen que ver con la pandemia; la sociedad ha respondido de manera impecable a la exigencia de confinamiento ordenada por el Gobierno, nada sencilla ni de tomar, ni de acatar; las medidas económicas, con sus luces y sus sombras, tienden a no dejar a nadie atrás. Con sus luces y sus sombras. La actuación coordinada bajo un mando único de Policía Nacional, Guardia Civil, policías autonómicas y locales, cuerpos de bomberos, Ejército (de aplaudir la colaboración de la Unidad Militar de Emergencia), son un ejemplo también impecable de Estado que funciona.
El gran ‘pero’ de todo esto se esconde en la poquísima utilidad práctica que han demostrado las grandes organizaciones transnacionales, léase la ONU, la OTAN y, desde luego la Unión Europea que, sin una estructura clara de poder político, no ha sabido (¿podido?) estar a la altura de las circunstancias que se plantean cuando lo que se viene encima entraña un riesgo cierto e inmediato, insensible a la subida o bajada de los tipos de interés o a la aplicación de medidas de contención del déficit público. Europa, amén de unas dosis de insolidaridad que rozan el esperpento, ha reaccionado tarde y mal, manteniendo su actitud ya clásica de desprecio a los países del sur.
Y la más gorda: los fines del Estado, según los conocemos hoy, son antiguos. El concepto de ‘seguridad pública’ ha cambiado radicalmente en el último mes. No es de las balas de lo que hay que protegerse. Es de otra cosa. Y es muchísimo más peligrosa. Mata más. Y mata globalmente, porque las amenazas no son locales.
Protegerse de esto implica, primero, comprender que el problema es global y, después, potenciar de manera drástica e inevitable nuestra capacidad para la investigación y a nuestros investigadores, nuestra sanidad y a nuestros sanitarios, nuestros recursos sociales y de protección de la dependencia, los efectivos humanos, técnicos y económicos que somos capaces de poner a disposición de las situaciones de catástrofe. Porque si del llamado ‘estado del bienestar’ quisimos (quisieron) evolucionar al ‘estado de la seguridad’ (de tiente mucho más económico que policial, por cierto), definir el concepto de ‘seguridad’ se hace hoy más necesario que nunca. Disponer de los mecanismos precisos para hacer que esa seguridad sea posible implica repensar integralmente los Presupuestos  de la Unión Europea, los Generales del Estado, los de las comunidades autónomas y los de las corporaciones locales. Seguramente también los de la OTAN, los de la ONU (especialmente los de la OMS). Dotar a los pueblos y a las personas de medios de subsistencia que garanticen vidas dignas, donde subsistencia significa algo más profundo que llegar vivo a fin de mes.
El dinero, no me cabe duda hoy, hay que dedicarlo a otra cosa. La responsabilidad social de las empresas hay que hacerla valer más allá de las donaciones graciables de aparatos carísimos a los hospitales (que bienvenidos sean a falta de otros caminos para ejercitarla). La fiscalidad tiene necesariamente que cambiar.
‘Estar seguro’ es lo que quiero que hoy me dé el Estado.
Nota al pie: ayer por la mañana se murió Luis Eduardo Aute. Me atreví a parafrasear una de sus canciones para titular este blog. En este tiempo de muerte parece solo una más. Pero es mi adolescencia, mi juventud y una buena parte de mi edad madura. Hasta siempre, hermano Eduardo.
Y el dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, marzo 29, 2020

Soliloquio

Ese imbécil está comprando las barras de pan una a una.
Y si yo no cierro la ventana voy a dejar la casa helada.
Luego sacará cuatro veces al perro meón ese que tiene. Será la próstata.
¿Cuántos muertos habrá habido en realidad en China? Lo que cuentan no se lo cree nadie. Claro, que igual hacen como en Francia, que solo apuntan los que se mueren en los hospitales… así les da mejor la cosa. Qué poquito me llena el ojo el Macron ese.  Eso de que cada uno cuente como le salga de los cojones, también manda narices.
Nosotros debemos ser los más tontos del mundo: ¡anda que contarlo todo…! ¿Y en Estados Unidos? Eso sí que no lo vamos a saber nunca: a 3.000 dólares la prueba, ¿quién podrá pagársela? No me puedo imaginar un país sin sanidad pública.
¿Otra barra de pan? Irá a hacer torrijas el gilipollas.
Pero vamos, que tangar al ministro con lo de los test de pega también tiene cojones… Mira que comprarlos en el AliExpress… ¡Incógnitas del comercio internacional! Estraperlo de mascarillas… ¡no me digas que la cosa no tiene guasa! Mercaderes haciendo su agosto con las cosas de sobrevivir.
¡Mierda! Todavía las ocho y cuarto. ¡Pues no me queda día! Si vuelvo a poner al Ferreras me corto las venas. ¡Qué estrés de hombre! Pues el 24 horas… uff, qué tostón. Pongo la radio. ¡Radio María! ¡Me meo! Esa es la solución de mi mañana de domingo. Porque menudo papelón el papa… ¡Menudo papelón! Ahí con sus bendiciones urbi et orbi perdonando los pecados a propios y extraños en la plaza desierta… ¡chica, qué imagen! Parecía el purgatorio mismo. ¿No se le habrá ocurrido a la Iglesia alguna cosita más que hacer? Yo, tan tranquila, con mis pecados perdonados y eso, pero ¿alguna cosita más no se les ocurrirá?  Podrían rezar también por la multiplicación de las mascarillas y los respiradores… o comprar algunos… vamos, digo yo.
¿Cómo estarán los chicos? A mediodía les llamo, a ver si van a estar durmiendo, como ese ceporro de marido que tengo. Bueno, no ha madrugado en su vida, así que no iba a empezar precisamente ahora. Mejor en la cama que dando ruido. Que duerma, que duerma, menos motivos para pedir el divorcio. No me extraña que se multipliquen estos días… ¡qué intensidad!  Voy a cambiar la hora. Si a las dos eran las tres… vaya, pues entonces son ya las nueve y veinte. ¿Me habrá mandado ya la entrada ese que escribe? Seguro, la envía a las nueve todos los putos domingos. A ver a quién pone hoy a parir, porque ¡qué boquita!
¡Mírale! Ya está con el perrito prostático. ¡Tonto del culo el tío!
¿Lo estará haciendo tan mal el Gobierno como lo pintan? Jajajajaja ‘lopintan’, el animal más fiero de la selva ¡no es tan fiero el león como lo pintan! Estoy desvariando. O se me ha roto el móvil o nadie se acuerda de que estoy encerrada en casa con ese ser del demonio. Y mira que lo del ERTE me importa un huevo, que salga el sol por dónde salga. De hambre ya sé que no me voy a morir con la paga de este muermo de hombre. Y la luz no la pueden cortar estos días, así que que les avíen. Si pago, pago y si no pago, no pago y ahí se las den todas. Y ¿caprichos? ¡Pero qué caprichos ni que ocho cuartos! Si hace más de un mes que no me compro zapatos. Bueno, solo unos, pero me hacían mucha falta, que no tenía nada azul. Dos años para prejubilarme y me encuentro en estas. ¡Quién me lo hubiera dicho!
La verdad es que tampoco en Europa lo están bordando, ahora que lo pienso… Holanda va y nos acusa de pedigüeños (como ellos tienen poco todavía no tienen prisa) y se vuelve insolidaria, apoyada por Alemania… ¡Alemania! Qué personas: su gobierno reconoce ahora los títulos a los médicos sirios, iraníes, iraquíes, a los que despreció cuando solo eran inmigrantes que huían de sus desastres particulares que, encima, eran mucho más desastre que este que estamos padeciendo aquí: ¡ahí caían bombas!. A lo mejor esos `valores de la vieja Europa’ de los que tanto nos gusta hablar son una mierda empapelada. Ahora está la Europa de los bloques: mierda de dos bloques… verás cómo se pasan de uno al otro según se les vaya poniendo la cosa peluda ¡que se les va a poner!
¿Estarán bien los chicos? Seguro que sí. Bicho malo… Pero esa chiquilla yendo y viniendo al hospital cada día… al final le va a contagiar a mi Jorge lo que no tiene. Pobre, esa sí que sufre. Los nuevos soldados, ¡quién lo iba a decir! Bueno, pero se lleva un aplauso todos los días, que a mí nadie me ríe las gracias. Peor está el inglés ese gordo, que lo ha pillado. Tenían que correrlo a gorrazos Down Street abajo ¡pues no va y deja que se contagie la peña para inmunizarse! A saber los muertos que lleva ese. Pero bueno, ha rectificado. Y si no el otro gordinflón, el del pelucón amarillo. Ese sí que no tiene ni puta idea. ¿Cuántos llevará ese?
Madre mía, que Dios me perdone, aquí hablamos ya de muertos como en Ciudad Juárez. Y eso de que solo le afecta a los viejos vamos a olvidarlo. Que viejos hay muchos, pero jovencitos también. Buff, pobres médicos… tener que elegir quién vive y quién muere… ¡esto nunca había pasado! Los recortes… los recortes… Eso no podía traer nada bueno. Igual da. No hay sanidad que aguante este envite. Esto habrá que repensárselo también.
20200328_224901Huy, mira, la policía interrogando al torrijas; total solo lleva cuatro viajes a la panadería y dos a sacar al puto perrito… menudo puro le metía yo. Tenía que denunciarlo, por aquí mismo, por la ventana. Pero cualquiera se asoma, así, en bata, toda sin peinar… Nada, que le den a él y a la policía.
Me hago daño en los dedos. Me voy a bajar de la lámpara.
El dibujo es de mi hermana Maripepa

Nota: A la hora de cerrar este post me llegado la noticia (La Voz del Tajo, 28/03/2020) de que la Junta de Personal del Hospital de Talavera de la Reina (Toledo), ha pedido explicaciones sobre los motivos de la Dirección del Servicio de Salud de Castilla-La Mancha para solicitar la incorporación al servicio activo del personal sanitario en situación de 'liberado sindical', so pretexto de no estar suficientemente justificada y entendiendo que aún no se han agotado las posibilidades legales para dotarse de personal contratado. Nunca he estado tan seguro de que el sindicalismo en el ámbito de la Administración Pública, siendo tan necesario como sabemos que es, es algo que tendremos que repensar muy seriamente más pronto que tarde.

domingo, marzo 22, 2020

Jaque al Rey

A la sociedad española le ha dado un infarto.
Bueno, quizás una angina de pecho, que suena menos a mortal de necesidad. Una angina de pecho.
Por lo que tengo leído y escuchado, cuando uno sufre un accidente de esta naturaleza aprende cosas. Aprende que fumar no es bueno, que un coche tan grande no vale para mucho, que hay algunas personas con las que no merece la pena gastar demasiado tiempo o que con la tele que hay en el salón, aunque no sea 4k, le sirve de sobra para ver el Sálvame de luxe ese de los cojones. Aprende, en definitiva a disociar lo que importa de lo que no importa y a prescindir de esto último, porque valora demasiado lo primero.
Pues a la sociedad española, con esto del COVID-19 y del confinamiento que ha supuesto el estado de alarma decretado por el Gobierno, es como si le hubiera dado un infarto.
Miramos a nuestro alrededor y comprendemos la cantidad de sujetos y de adminículos superfluos de los que estamos rodeados en nuestra vida cotidiana. Nos preguntamos, por ejemplo, qué coño pinta sobre el aparador ese humidificador de puros con cinco Farias despeluchados y resecos, cuando se sabe perfectamente que nadie los fuma en casa. No los fumará… o al menos no esos.
Demasiadas cosas no nos hacen falta. Es la opulencia.
Perdido en estas divagaciones, obligado por el aburrimiento de estar confinado entre cuatro paredes, en su televisión no 4k aparece el Rey.
20200321_202315El Rey no habla de lo suyo, porque bastante tiene con sufrirlo para sí. No habla de lo de su padre, porque da una vergüenza que se muere. No habla del coronavirus porque no tiene ni puta idea de qué decir sobre eso. Tampoco habla de España, porque no sabe exactamente a qué tendría que referirse, ni de los españoles, porque no sabe quiénes somos.
El Rey habla de nada.
Por detrás de su discurso hueco se escucha la cacerolada que se está produciendo simultáneamente en las ciudades más importantes del país, que han añadido una ruidosa manifestación de desagrado a su majestad al aplauso diario a los profesionales sanitarios.
Mientras suenan las cacerolas, él, con el gesto sereno, la barba cuidada, la mirada perdida en el mar cristalino de algún paraíso fiscal y el porte impecable, irrumpe en nuestro comedor, agradece lo que ya todos agradecemos (solo faltaría que, encima, no lo hiciera) y lanza un ‘mensaje de esperanza’ que a nadie le importa un pimiento. 
Entonces usted mira al Rey, tuerce la vista hacia el viejo humidificador de puros y se dice: verdaderamente, hay algunas cosas que no sirven para nada.
Debe ser la opulencia.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, marzo 15, 2020

Distopía

¿Qué le pasa al Covid-19 que está sometiendo a la sociedad española a la prueba de estrés más intensa que ha soportado desde la muerte de Franco?
No mata más que la gripe, y mucho menos que el hambre. No es más peligroso que la estupidez, ni que las guerras comerciales. No produce dolores insoportables, ni deja en la piel secuelas incurables como el síndrome tóxico aquél. Y, sin embargo, el nivel de alerta que está generando es infinitamente mayor que cualquiera de ellas.
¿Qué le pasa al Covid-19?
Por lo que se ve (así me lo explica un amigo experto), lo que le pasa al coronavirus no es otra cosa que su extraordinaria capacidad de propagación, sumada a la inexistencia de una vacuna. Esto hace que los casos de contagio se den en un espacio muy corto de tiempo, que se concentren muy rápidamente una enorme cantidad de personas infectadas;  que colapse el sistema sanitario y, por ende, que la enfermedad no se pueda tratar con garantías a toda la población que simultáneamente la contraiga (no hay tantas camas de UCI, ni tantos ventiladores pulmonares). Nada más. Y nada menos.
20200315_010447El lío: La alerta, al menos hasta aquí, ha sido únicamente oficial. La sociedad en general no se lo ha llegado a creer del todo porque, individualmente, no nos sentimos en riesgo de que la enfermedad nos alcance y sea fatal para nosotros aunque lo pueda ser para nuestros mayores o para personas con otras patologías a quienes podamos contagiar.  Así las medidas que hasta aquí han adoptado las autoridades sanitarias se han convertido en un arma de doble filo: de nada sirve cerrar las escuelas si mandamos a los niños al parque con los abuelos, o clausurar el centro de trabajo si la decisión de la familia es salir para la playa a tomar unos días de vacaciones de primavera y las terrazas de los bares se llenan de público.
Porque estas crisis globales tienden a sacar lo mejor y lo peor de cada quién y ese es un ejemplo. Otro: si mezclas un tanto de deslealtad, otro de antipatriotismo y una pizca de estulticia, aparece Pablo Casado acusando al Gobierno de entregarse a la ciencia en lugar de asumir el liderazgo político (a lo mejor el tanto de estulticia no es solo una pizca), lejos de tratar de transmitir esa sensación de unidad que tanto ayudaría a la población en general a sentirse solidaria y protegida por el aparato del Estado. Pero, otro ejemplo: importantes empresarios hosteleros ceden gratuitamente habitaciones para el confinamiento de personas de riesgo que no cuentan con las condiciones necesarias para permanecer aislados los catorce días que son de rigor. Y más: jóvenes que se ofrecen para el cuidado de niños o ancianos o para hacer la compra a las personas aisladas, familias que se organizan para atender las necesidades de su comunidad… un sinfín de manifestaciones de solidaridad que nos hacen congraciarnos con el género humano.
Pues bien, ayer por la tarde el Consejo de Ministros tomó la decisión que ya había anunciado el viernes el presidente del Gobierno: declaró el estado de alarma.
Sucedió tras la más larga sesión del Consejo que se recuerda en España (más de siete horas), debido a las discrepancias entre los socios de Gobierno, a las trabas que andaban poniendo el lehendakari Urkullu o el presidet Torra y a las presiones de algunos sectores del mundo privado. Pero sobre este asunto tendremos ocasión de reflexionar cuando las aguas vuelvan a su cauce.
Es la segunda vez (la primera se produjo en 2010, como consecuencia del plante masivo de los controladores aéreos) que en España se emplea uno de estos estados de excepcionalidad que regula la Constitución y en ambas ocasiones se ha utilizado su acepción menos limitativa. El plazo: 15 días que solo podrán prorrogarse previa autorización expresa del Congreso de los Diputados.
Básicamente, en lo que afecta a la ciudadanía, el Real Decreto (artículo 7) restringe un derecho fundamental como lo es el de la libre circulación de los españoles por el territorio nacional. Lo consagra el artículo 19 de la Constitución que es, precisamente, el que abre la sección de los derechos fundamentales y las libertades públicas.
Se establece la prohibición, con carácter general de circular por las vías de uso público, si bien se contemplan una larga lista de excepciones que tienen que ver, desde con la compra de alimentos o la atención a las personas afectadas, hasta con la mera asistencia al puesto de trabajo o al banco. Esta medida no entrará en vigor hasta las 08:00 del lunes 16, con lo que a los madrileños les dará tiempo a volver de Santa Pola.
Igualmente, se establece la suspensión de la apertura al público de los locales y establecimientos que se relacionan en el anexo I de la norma (casi los de todas clases, salvo alimentarios, farmacias y productos de primera necesidad), así como cualquier otra actividad o establecimiento que a juicio de la ‘autoridad competente’ pueda suponer un riesgo de contagio. Esta medida no afecta a los lugares de culto o ceremonias civiles o religiosas que quedan, sin embargo, limitadas a garantizar que entre sus asistentes se pueda observar la distancia de seguridad de un metro.
La ‘autoridad competente’ a los efectos del ejercicio de las funciones que contempla la declaración del estado de alarma, se delega en los ministros de Defensa, Interior, Transporte y Sanidad (los cuatro pertenecientes al PSOE), siendo este último el que ejercerá las competencias de las áreas de responsabilidad que no recaigan en ninguno de los otros tres.
Son apenas un muestrario de las medias que contienen en los 20 artículos de los que la norma consta. 
También activa el ‘Comité de Situación’ (artículo 4.4) que la Ley de Seguridad Nacional prevé como apoyo al Gobierno en materia de ‘gestión de crisis’ durante la vigencia de los estados de alarma y excepción. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, los Cuerpos de Policía de las comunidades autónomas y los dependientes de las corporaciones locales, quedan bajo el mando único de ministro del Interior.
Ahora solo nos cabe a cada uno hacer todo lo que se pueda para que, cuanto antes, vuelvan las terrazas, las calles comerciales, las comidas bulliciosas, las visitas a los abuelos, los besos. Que esto sea solo una mala pasada y que los pueblos no se habitúen al ostracismo que previene las catástrofes. No sea que mejore la calidad del aire, aumente el ahorro de las familias, disminuya la inmigración, baje la mortalidad, se prolongue la esperanza de vida, caiga la delincuencia, suban los índices bursátiles… y alguien llegue a la conclusión de que esta y no otra es la manera correcta de estar en el mundo.
 Porque lo malo de las distopías es que, a veces, se hacen realidad. Y esta es de verdad.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, marzo 08, 2020

El Rey

La monarquía es una cosa antigua, muy antigua. Tiene que ver con los derechos de los señores sobre los territorios y las personas que los ocupaban, usos y costumbres que se instauran en la Península Ibérica con los visigodos (año 410 d.C. monarquía Tolosana) y que aún conservan reminiscencias en nuestros días en los que, por cuestiones de nacimiento, un puñado de familias conservan determinados privilegios sobre naciones enteras y, lo creamos o no, sobre sus gentes.
Una monarquía es, realmente, una cosa muy antigua.
Sin ánimo de rigor histórico, la Casa de Borbón o dinastía de los Borbones, fue restaurada en el trono de España por el dictador Francisco Franco, a su muerte, pues dispuso a modo de un emperador ser sucedido por el hijo de quien entonces era el jefe de la Casa Real, Juan de Borbón, que vivía dulcemente asilado en Portugal con una pingüe asignación del Gobierno de España y otras riquezas de más oscuro proceder. Una inconveniencia histórica, pues era a este y no a su hijo al que correspondía tan alta dignidad, pero por lo visto no se caían bien los dos personajes y mandar, lo que se dice mandar, mandaba más el dictador (mucho más, en realidad) y esta incorrección sucesoria le importó un carajo, para entendernos.
Allá por el año de gracia de 1977, Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, renunció a su derecho dinástico y la jefatura de la Casa Real en favor de su hijo, ya Rey, en un pomposo acto en el Palacio de la Zarzuela, en presencia de todo bicho viviente y las más altas magistraturas del Estado. Y así Juan Carlos de Borbón y Borbón, que reinó con el nombre de Juan Carlos I, ejerció la Jefatura del Estado con todos los honores hasta que, también él, tuvo que abdicar en su hijo (no el primogénito, pero sí el varón) Felipe de Borbón y Grecia, hoy ya Felipe VI. El no menos pomposo acontecimiento tuvo lugar en 2014, en el Palacio Real, Madrid.
Cuento este cuentito solo para dejar constancia del absurdo que supone en nuestros días que padres e hijos se repartan legados de esta naturaleza. Uno hereda junto con sus hermanos un apartamento en Santa Pola o la representación en bronce de la Última Cena que colgaba de la pared del salón, pero ¿un estado? ¿Se puede heredar un pueblo? ¿Entero?
Pues sí. Se puede.
Aceptada esta premisa, no por razonable sino por cierta, España entera asumió el capricho del dictador y soportó a un Rey al que solo se daría legitimidad después de que la Constitución Española fuera votada en referéndum y aprobada con el bicho dentro, es decir, incluyendo la restauración de la Casa de Borbón, que se proclama “hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica”, según el literal de su artículo 57.
Hasta aquí todo es Historia. Algo más que discutible en términos generales, pero Historia.
Nada que decir de los fondos oficiales que ha manejado y maneja la Casa Real. Son tan opacos en su gestión como cuantiosos, pero son las reglas del juego, se aprueban cada año (bueno, algunos no) dentro de los Presupuestos Generales del Estado y no suponen, verdaderamente, un bocado escandaloso: apenas alcanzan los ocho millones de euros, que se aplicarían igualmente en cuantía similar a una hipotética Presidencia de la República, si bien es cierto que otras muchas partidas presupuestarias se ocupan de gastos regios. Reglas del juego. Aceptemos.
Pero ¿y los otros? ¿Y los fondos no oficiales que manejan los monarcas? ¿Las cuentas en paraísos fiscales? ¿El desconocido patrimonio privado que las familias reales manejan al margen de su asignación presupuestaria pública?
Sabemos hoy que en el turbio caso de Juan Carlos I, le llegaba el dinero para regalarle a su princesa ¡sesenta y cinco millones de euros! (probablemente bien ganados en servicios a la patria o tal). Y especulamos con los números que arroja la prensa internacional, que cifra su fortuna en entre 2.000 y 2.300 millones de dólares.
No importa hacer cuentas para saber que semejante cantidad es imposible ahorrarla por las buenas ni, por lo tanto, para intuir que en la Casa Real Española han pasado cosas que es necesario saber.
20200308_003836Tampoco importa recordar aquellos discursos regios de las navidades, cuando el monarca se marcaba un ‘Rodrigo Rato’ denostando, mientras la practicaba, la lacra de la corrupción que asolaba al país, para explicarnos hasta qué punto era execrable. No es necesario decía, recordarlos, para asumir la catadura moral del sujeto en cuestión. Pero a lo mejor sí importa recordar que esos cien millones de dólares ahora en cuestión, tan generosamente repartidos con la princesa también en cuestión, se los regala el Rey saudí al de aquí en los alrededores del año 2011 (fecha de la adjudicación a un consorcio español del contrato multimillonario para la construcción del Ave Medina-La Meca), cuando en España los mortales comunes nos estábamos quitando a hostias la penuria que había producido la gran crisis de 2007. Y que esa donación graciosa (de su graciosa majestad, que se muere de risa) está siendo investigada por la Fiscalía suiza, que parece no verla tan clara.
Y quiere la izquierda española (o parte de ella) una comisión de investigación para aclarar tanta duda. ¿A alguien le parece mal?
Haría muy mal el PSOE impidiéndola junto al PP. Porque si la corrupción es efectivamente execrable, cuando alcanza la Jefatura del Estado y salpica a un tipo al que, sin comerlo ni beberlo, por el mero hecho de pertenecer a una familia con orígenes feudales, se le ha dado todo y se le ha permitido vivir como un rey (nunca mejor dicho) a costa de todos, si alcanza a este tipo, es ignominiosa.
No me importan nada las consideraciones jurídicas sobre la inviolabilidad del monarca emérito y hasta dónde alcanzan en el tiempo. Me importa saber.
Tenemos derecho a saber. Y a decidir en consecuencia.
Porque a lo mejor esto de la monarquía se desvela a la luz de los hechos como algo verdaderamente antiguo. Y, también a lo mejor, podrido.
(PD. En el momento de cerrar estas líneas, ya en el día de la mujer, la eurodiputada popular Dolors Montserrat ha cometido la insensatez de decir que con el Gobierno de Sánchez hay más mujeres asesinadas que con el PP. Si el Partido Popular no se lo hace mirar cuanto antes y sigue cayendo tan bajo, más pronto que tarde se va a confundir con la misma mierda en que quiere convertirlo todo. Hay cosas con las que no hay que jugar y, quien juega con ellas no merece estar en política.)
Y el dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, marzo 01, 2020

Jarrones chinos


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Aquella comparación hizo fortuna. Yo se la atribuyo a Felipe González, pero no si se alguien ya la había hecho antes. ‘Los presidentes, cuando dejamos de serlo, somos como jarrones chinos: objetos de gran valor que nadie sabe dónde colocar’, dijo. No es literal.
Cuando pronunció esta frase (muy poco después de perder contra José María Aznar las últimas elecciones a las que comparecería como candidato) no sabía hasta qué punto tenía razón. Ni podía imaginar hasta qué punto resulta molesto un jarrón chino en el piso segundo, letra C, de un bloque de promoción pública de las afueras de la ciudad.
No es solo que estorbe. Es que se convierte en una puta china en el zapato del Estado.
Los que han sido presidentes tienen un enorme poder de influencia, más allá de sus más que discutibles sillas en esos consejos de administración, porque sus partidos les escuchan, sus simpatizantes aún les simpatizan y los medios de comunicación amplifican sus palabras.
Y este poder de influencia se puede usar solo en dos sentidos, a saber: para bien y para mal.
Recordar a José María Aznar tirando dardos envenenados contra Mariano Rajoy, hasta el punto de abandonar sus cargos en el partido hace que nos ruboricemos un poco, por aquello de la deslealtad institucional de que hizo gala. Pero ganó. Y ahora el Partido Popular es un reflejo de sus ensoñaciones ultraliberales a las que nadie sabe (ni parece querer) poner freno.
Felipe González tenía una animadversión personal notoria hacia José María Aznar, lo que no es de extrañar al comprender la forma entre insolente y sobrada en la que se producía el popular.
Más ¡oh fatalidad!, ahora es tanto más lo que les une que lo que los separa, que ya no sabe uno a cuál de los dos escucha cuando hablan. Y ¡oh fatalidad!, no es ello consecuencia de un sorprendente giro hacia la moderación que se haya podido producir en la cabeza de Aznar
¿Qué le pasa a nuestro presidente González? ¿Qué le pasa? ¿Por qué denosta con tanta insistencia todo lo que no es él mismo? ¿Por qué se separó tanto de Rodríguez Zapatero y ahora, simplemente, anuncia que votará en contra las iniciativas de Sánchez? ¿Dónde se ha quedado esa lealtad que ha exigido siempre (con escaso éxito) a su oposición, a los miembros de su partido, a sus correligionarios? ¿Qué pinta haciendo bolos con Aznar allá donde quieren oírle, apoyando sus tesis de ultra?
Y ¿qué coño pasa con esa mesa entre gobiernos? Pablo Casado ya la ha bautizado como la mesa de despiece de la soberanía nacional (¡cómo le gustan los ripios a este Casado!). ¿Qué ofende tanto a las testas coronadas? ¿Tanto les humilla? ¿O les puede el miedo a que, como sucedió con ETA, sea el PSOE el que resuelva el conflicto y ellos no puedan seguir rentabilizando el odio entre hermanos en Cataluña para arañar votos en el resto de los territorios de España? ¿Qué pasa con ese nacionalismo de mierda (el españolista) que conduce a que solo la victoria sobre los insurrectos satisfaga sus egos patrióticos? ¿Por qué nos hemos hartado de clamar por el diálogo y ahora que se produce lo tiroteamos desde todos los flancos posibles?
Señor González, señor Aznar, el Gobierno se ha sentado a negociar con los representantes legítimos del pueblo de Cataluña. Era lo que le exigíamos. ¿Qué quieren? ¿Acaso que Quim Torra (que es quien es, por cierto) venga a Madrid como al humilladero con la cabeza gacha a prestar capitulaciones? Eso no va a pasar.
Esquerra Republicana de Catalunya, se pongan como se pongan, ha hecho un ejercicio de responsabilidad enorme permitiendo la gobernabilidad de España, aun poniendo en riesgo su capital electoral en vísperas de sus comicios. ¿Nadie más lo ve? El PP no ha estado ahí. Tampoco Ciudadanos. Vox, ni está, ni se le espera. Si es tanta la repulsión que les produce este acuerdo ¿por qué no lo hacen prescindible? Sería tan fácil…
Hay un gobierno progresista en España que tiene que empezar a caminar y necesita de todos los apoyos de la izquierda. También el suyo, señor González. Abandone su ego y, si sigue en pie para entonces y continua siendo socialista, apoye a su presidente. Se llama Pedro Sánchez, es el presidente del Gobierno de España, nos guste más o menos. Tiene que hacer su trabajo con las herramientas que se han construido en las urnas. Y son las que son. Lo llamamos democracia.
Por fin, una vez más, José Luis Rodríguez Zapatero viene a poner el punto de cordura. Le preguntaron: entonces ¿diálogo? Y respondió: claro, ¡diálogo! ¿Hay acaso otra fórmula?
¡Gracias, Zapatero!
El dibujo es de mi hermana Maripepa