domingo, octubre 04, 2020

Místicos de ayer y hoy




La definíamos en la escuela como aquella actividad espiritual que aspira a conseguir la unión del alma con la divinidad. Santa Teresa de Jesús (aquella monja de Ávila que salió por pies del pueblo y se dedicó por entero al teresianismo, o sea, algo así como Puigdemont, pero con aspiraciones no terrenales) nos dejó junto con otros autores la expresión poética de tan elevada práctica. Lo hizo viviendo sin vivir en ella o muriendo porque no moría, versos que hicieron fortuna, aun no existiendo redes en las que viralizarse, por mor de su mucha profundidad intelectual, moral, sensorial en todos sus sentidos, espiritual… mística.

Si se dice que el primer escritor que comparó con perlas los dientes de una mujer era un poeta, el segundo un plagiador y el tercero un imbécil, algo así habremos de pensar de todos los que en el mundo hemos intentado seguir los pasos de la Santa (y de otros tantos) al insistir en vivir sin vivir en nosotros, en morir por estar vivos.  Así nos definimos estando sin estar en el lugar que jamás existió o soportamos sin querer el estruendoso silencio de Magdalena Olona, escuchándolo por no escucharlo. Mística.

Mucho más elaborada es la mística política.

No sabría si el primer ser humano que afirmó haber votado al que es invotable es un poeta o es un imbécil. Descarto, esto sí, que sea un plagiador, pues tan peregrina idea no puede tener más autor que uno solo.

¿Mística?

Recuerda a aquellas inefables palabras de otro de nuestros grandes místicos políticos: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio político”, cuyo significado también se intuye, aunque envuelto en un acertijo solo al alcance de algunos elegidos. Hay más: “La indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido. Y como fue una indemnización en diferido, en forma, efectivamente, de simulación, de lo que antes era una retribución, tenía que tener la retención a la Seguridad Social”. ¿Ven? (Este significado se intuye peor). Y más: recientemente se ha llegado a decir “Vamos a instar a que en ámbito familiar de forma obligatoria se mantenga la misma máximo de personas dentro de lo que es el ámbito familiar, siempre que no sean convivientes, siempre que no sean de la misma unidad familiar. Si es la misma unidad familiar sí. Lo que estamos intentando evitar el que se me acumulen o que se acumulen personas de diferentes unidades familiares dentro del propio ámbito familiar. De ahí que vamos a proponer una restricción que la propondremos que será seis personas fuera de lo que es el ámbito familiar dentro de lo que es la propia actividad familiar incluso también, por supuesto, el baremo social.” (Este no se entiende en absoluto, en absoluto, así que debe ser mística en estado puro. Sin embargo, apréciese la elegancia con la que ‘el baremo social‘ cierra el razonamiento, porque sin duda el autor pretendió con ello elevar la altura técnico-moral de su parlamento.)

Rompiendo España, el diablo, ante la atenta mirada de la santa en pleno éxtasis místico, creo.

Tampoco sabría opinar sobre el que asevera que el que llegó por los votos nunca fue votado. Va un poco más allá de la mística misma, pues contradice la física más elemental o incluso a la realidad siempre tozuda: el que fue votado lo fue, por más que quien lo niega, que también fue votado, no vea en los sufragios (cuando no se dirigen a él mismo) la voluntad del votante sino una prueba más más de que el diablo quiere destruir España (exministro Fernández Díaz dixit).

¿Mística?

No

Pero tampoco se diría plausible expresión de la voluntad del Mal.

Quizás se podrían aplicar a esta suerte de manifestaciones excesivas aquello otro de “cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, que se emplearía en nuestra vigente literatura política como “cuando no tengas nada que decir, di una gilipollez o dos y mata un par de moscas con el rabo (del diablo), que luego ya hablarán de ello”.

La otra opción sería exigir cierto rigor en el uso del lenguaje en general, y alguna moderación en el de los adjetivos en particular. Así podríamos afirmar: Felipe VI no fue elegido rey por el pueblo español. O Pablo Iglesias fue elegido diputado al Congreso por el pueblo español. Porque a los reyes no los elige el pueblo y a los diputados sí. Luego si quiere usted le da vueltas a la cosa, dilucida sobre si es una metáfora, una hipérbole, un hipérbaton o un preterible histórico; pero si tras arduas cavilaciones su conclusión es que al rey lo hemos votado, mi consejo es que empiece de nuevo. Porque es mentira.

Y ¿cómo llamamos comúnmente a los que dicen mentiras? Místicos no.

Son mentirosos. No confundir con los cínicos que allá en la antigua Grecia sostenían que solo se puede alcanzar la felicidad mediante la virtud, pensamiento que les conducía al ascetismo.

Son solo mentirosos. O, todo lo más, cínicos en la otra acepción más común: desvergonzados, descarados o insolentes.

No son místicos, ni cínicos, ni peripatéticos (que no es que dieran mucha pena, sino que aprendían las enseñanzas de Aristóteles mientras caminaban alrededor de un claustro a las afueras de Atenas). A lo mejor ni políticos son, entendidos como aquellos versados en el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados.

Son mentirosos. Cínicos de los otros, que solo buscan confundir, enmarañar, convencer sin argumentos veraces. Arrimar el ascua a una sardina flaca, sin importarles nada ni el rigor, ni la verdad, ni las ideas.

Mentirosos. Charlatanes de aquellos que vendían en las plazas públicas dos peines,  tres mantas y una cafetera, jurando de sus efectos la sanación de todos los males del cuerpo y del alma. Solo que estos no te lo venden en el mercadillo, sino en el Congreso de los Diputados.

(No sé si Pablo Casado me habrá entendido).

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, septiembre 27, 2020

El Consejo

Nunca deja de sorprenderme la derecha.

Uno cree haber llegado al tope de su capacidad de asombro cuando tiene noticia de la última sandez de Isabel Díaz Ayuso, pero siempre hay un nuevo asunto capaz de epatar esa mente que ya creyó curada de espantos.

Por partes.

Un juez es un juez, del mismo modo que una jueza es una jueza. No le pasa nada más. Es un señor o una señora que ha superado una oposición dura y un curso en la Escuela Judicial igualmente exigente. Ya está. No está investido de ninguna cualidad áulica, ni tiene otra capacidad de causar estado (sentar cátedra, para entendernos) que la que la de fallar en aquellos asuntos que ventila en única o última instancia, puesto que incluso sus demás sentencias se revisan por órganos superiores que pueden hasta estar residenciados fuera del territorio nacional. Un servidor público que, como todos los servidores públicos, presta un enorme servicio al Estado. En este caso imparte justicia. La Justicia emana del pueblo, ni de Dios, ni de la corte celestial, de ningún poder extraterreno que se inocule por arte de magia en los juzgadores. Emana del pueblo. Y se administra en nombre del rey. Ya está. Esto último es más bien retórico, pues no está el rey pendiente de las miles de sentencias que se pronuncian al día, ni esto se le permitiría puesto que los jueces solo están sometidos al imperio de la ley. Así es como lo manda la Constitución española en su artículo 117, aunque esta precisión no añada mucho al razonamiento.

Se puede inferir de aquí que el hecho de que el rey asista o no a la entrega de los títulos de la promoción de cada año (a los que pomposamente llamamos ‘despachos’ porque los viste muchísimo más) añade muy poca cosa a la condición de juez o jueza de quienes se estrenan en la carrera. Reflexionaremos más tarde sobre esto.

El órgano de gobierno de los jueces se llama Consejo General del Poder Judicial. Está presidido por el que lo es del Tribunal Supremo. Es un órgano de gobierno, no tiene funciones jurisdiccionales, pero acuerda los ascensos de los miembros de la judicatura y asigna todos sus puestos de relevancia (unos por sí mismo y otros mediante propuesta al Consejo de Ministros), con lo que, por decirlo de alguna manera, manda bastante. Lo integran 20 miembros, además del presidente, 12 de la carrera judicial y 8 entre juristas de reconocido prestigio, todos ellos con más de 15 años de experiencia en su ejercicio profesional.  De los 20, 10 los elige el Congreso y 10 el Senado, siempre por mayoría de 3/5 de cada cámara, esto es con el voto de 210 diputados y de 159 de los 265 senadores que en esta XIV legislatura componen la Cámara Alta. La duración de su mandato es de 5 años. Al presidente lo elige este mismo órgano, hoy en día Carlos Lesmes. Adviértase que resulta escandaloso que la actual fiscal General del Estado (un nombramiento cuya competencia recae directamente en el Gobierno pues el Ministerio Fiscal depende jerárquicamente del de Justicia) haya sido ministra del PSOE, pero que a nadie sin embargo extraña que el presidente del Tribunal Supremo haya ejercido durante casi 9 años, 9, como director general en gobiernos de Aznar y activo colaborador de FAES. Para ministro, por lo que se ve, no llegó a darle.

Como es de comprender, en los tiempos que corren ningún partido acopia en sus filas ese ingente número de escaños, por lo que las renovaciones del Consejo (así parecieron quererlo los padres de la Constitución) se vienen acordando mediante arduas negociaciones entre los principales partidos. Suerte tiene la derecha que, cuando cuando está en el poder, el PSOE se aviene a negociar y el Consejo se renueva, mas cuando es al PP al que le toca pactar desde la oposición, se niega con las excusas más extravagantes y, oh prodigio, se mantiene la composición que se obtuvo en la última renovación, casualmente, de mayoría conservadora.

No iba a ser menos el PP de Casado, por supuesto.  Y así, el Consejo General caducado que se designó en los primeros tiempos de Rajoy (2013), continúa su mandato en funciones desde 2018, no ya pagando la luz de la sede y la nómina de sus empleados, esto es, limitando su ejercicio a las cuestiones de administración ordinaria, sino tomando las decisiones de mayor calado, designando puestos que se mantienen hasta la jubilación, como las más altas magistraturas del Tribunal Supremo, ajenos, a lo que se ve, a su condición de órgano ya carente de la legitimidad con la que fue nombrado, pues está solo pendiente para su renovación de que el sentido de Estado (vana ilusión) se apodere de la mente obstruida del presidente popular.

Pues bien, decide el Gobierno de España que no debe el rey asistir a la entrega de despachos de los nuevos jueces.

Aquí otro inciso: los actos del rey son refrendados por el Gobierno. Siempre. El rey es constitucionalmente irresponsable. De sus actos son responsables las personas que los refrendan, lo que quiere decir que carece de autonomía para decidir por sí mismo, porque ¿en qué democracia estaríamos si alguien que no responde de sus actos los pudiera decidir libremente? Quiero decir con esto que el rey no tiene capacidad (y menos mal) para decidir lo que hace y lo que no hace como jefe del Estado. Es el Gobierno. Y esto es así desde que la Constitución reguló sus funciones, con independencia del color del Gobierno de turno. Aclarado queda: es al Gobierno al que le toca decidir si el rey va o no a un acto en el que actúa como jefe del Estado. Nadie le cuestiona, por ejemplo, si debe asistir o no al cumpleaños de sus sobrinos, pero su agenda como jefe del Estado, la marca el Gobierno.

Continuamos. Decide el Gobierno de España, decía, que no debe el rey asistir a la entrega de despachos de los nuevos jueces ¡y se lía la de Dios es Cristo! El presidente del Consejo General de Poder Judicial (de cuya independencia, como se ha dicho, nadie duda), ajeno (como también se ha dicho) a su condición de cesante, clama a lo más grande en su discurso olvidando por completo a qué poder representa y cuáles son sus límites respecto de las competencias de lo demás y, lo que es más pintoresco, el buen Casado y sus portavoces hablan y hablan de la falta de respeto que el poder ejecutivo muestra con el judicial, como si el bloqueo que ellos mismos producen desde el legislativo a su normal funcionamiento fuera una simple cuestión de trámite sin más valor. Llamaremos a eso cinismo en estado puro.

A mí, en concreto (como se puede comprender), me importa un huevo que el rey esté o no presente en tan emotivo acto (imagino que los papás y mamás de sus señorías harán lo suficiente para convertirlo en inolvidable). Pero me enorgullece que el jefe del Estado no legitime con su presencia en él la barbaridad, la extorsión a la democracia, que el Partido Popular comete, a sabiendas, negándose a cumplir con su mandato constitucional, con tal de mantener fraudulentamente en el Consejo esa mayoría que permite a los conservadores quitar y poner presidentes de Sala o de tribunales superiores de Justicia. Que luego Felipe VI telefonee a Carlos Lesmes y este lo cuente o que un magistrado ‘de la cuerda’ entone un vivo ¡viva el rey! al finalizar el acto… pues mire usted que se diría que todo el mundo se ve con la valentía de echar pulsos al Gobierno (este sí, legítimo) de España. ¡Cosas!

                       Sus señorías, to tristes

No se alarmen, señorías. Si han de pedir audiencia en Zarzuela, que sea para amortizar el outfit adquirido para la ocasión. Son ustedes tan jueces, tan juezas, como las que más. Si algo debe molestarles (y de esto no les he oído hablar) es la obstrucción infame a la justicia que se hace desde las Cortes Generales por la irresponsabilidad del principal partido de la oposición. Lo de que el rey esté o no presente para darles el título, en serio, lo mismo da.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, septiembre 20, 2020

El campo de Moria

José Ignacio Gorigolzarri ha dormido bien. Ayer, al llegar a casa tenía preparada una cena frugal a base de verduritas y lomo de merluza. Se embutió en su batín corto de seda y repasó en el iPad Air los números de la fusión de los dos grandes bancos. Son tan buenos que le da lo mismo que, realmente, parezca más una absorción que una fusión entre iguales.

Gonzalo Gortázar es más de chándal y cena algo más fuerte. El mozo de comedor, bajo la atenta mirada de su mayordomo, dejó en el camarín su acostumbrado zumo de pomelo con unas virutas de jamón ibérico que le preparan en la cocina. Será el banco más grande de España, el décimo de toda Europa. Así que esta mañana, cuando bajaba a la cancha de pádel de casa, sabía que su selecto grupo de amigos le estaría esperando y le felicitaría.

Gorigolzarri ya había dicho que lo de los veinte mil millones del rescate no era un préstamo, sino una inversión que el Estado había hecho a Bankia para no dejar caer el sistema financiero y que, si el Estado se los había dado, no tenía él por qué estar preocupado en devolverlos. Tal es la cara dura que se gastan los grandes banqueros, estaba pensando Díaz, Fernández Díaz, que –como de broma– por la noche se había probado un traje de rayas para ver qué tal le sentaba el look carcelario que, a buen seguro, habría de lucir no tardando demasiado.

Impidiendo que el diablo acabe con España

Corrupción, en realidad, es lo de los ERE de Andalucía. No entendía anoche Fernández Díaz a que tanto jaleo por haber mandado a un par de polis o tres a birlarle algunos papeles al Bárcenas ese que lo único que quería era hacer daño a sus amigos. Además, ya le había dicho el papa Benedicto que la Virgen no iba a permitir que el diablo acabara con España y, ¿qué estaba haciendo él sino ayudando a la Virgen para que el diablo no acabara con la verdadera España que es, quién lo duda, la que habitan sus amigos? Apenas cenó, Asunción estaba algo preocupada, pero se ha levantado temprano y ha agradecido a Dios nuestro Señor los dones que le rodean, apoyado en el reclinatorio de la alcoba, mientras la doncella le preparaba el descafeinado con galletitas holandesas que gusta para el desayuno.

De la otra Díaz, Díaz Ayuso, no tenemos noticia de si ha conciliado o no el sueño. Las suites de los hoteles céntricos protegen muy bien de los sinsabores de la jornada, pero es que a esta pobre le crecen los sinsabores por las esquinas. Se le levantan los consejeros, se le amontonan los bichos de SARS-CoV-2 por los barrios pobres, y el cabrón de Sánchez no la mira bien, seguro que porque alguien le habrá ido con cuentos sobre su gestión de la cosa de la pandemia. Pero el servicio de habitaciones le ha traído esta mañana unos muffins muy de su gusto y un Cola-Cao bien caliente que le ha dado la fuerza suficiente para levantarse a tiempo de misa de doce.

Pablo Iglesias seguro que ha dormido bien. Sortear asuntos judiciales se ha convertido en un deporte más divertido que el pádel para la familia Iglesias-Montero, para la familia ‘podemita’ en realidad. Y se les da de maravilla. El casoplón de la sierra está caliente. Después de misa vendrán un ratito los de los escraches a dar por culo, pero la pareja ha preparado tostadas para desayunar y todo huele al pan horneado y a la leche de los bebés.

Mujtaba y Raissa, sin embargo, no han dormido. Como el campamento de refugiados en el que se hacinaban en la isla de Lesbos, Grecia, salió ardiendo el otro día y las autoridades aún no han decidiendo qué hacer con las 13.000 almas que se han quedado sin tienda de campaña donde guarecerse, se han pasado la noche al sereno cuidando de que sus tres niños la pasaran lo más abrigados posible, porque septiembre no es ya tan amable y los críos tenían frío. Desayunar no han desayunado: no había nada para desayunar para ningún afgano, para ningún sirio, para ningún iraquí del campamento. Algo apañarán, siempre se acaba encontrando algo que comer.

Mujtaba no sabe que cuando se quemó la catedral de París hace poco más de un año, el planeta se estremeció y cientos de corporaciones de todo el mundo comprometieron inmediatamente donaciones multimillonarias para resolver el desastre que había supuesto para la humanidad una pérdida de tal naturaleza. Ignora la diferencia entre la catedral de Notre Dame y el campo de Moria. Pero yo si la sé. Y las grandes corporaciones también: Un campo de refugiados que alberga a 13.000 personas no importa nada. Lo que importa este domingo es la fusión de aquellos dos grandes bancos, la seguridad de que la Virgen María no va a permitir que Fernández Díaz pierda un solo latido por haber defendido a España del Diablo y, en lo tocante a los fuegos, que lo que arda no sean las catedrales a las que las almas pías acuden las fiestas de guardar después del desayuno a rogar por los refugiados del campo de Moria.

Y así va nuestra mañana este domingo destemplado de septiembre. Sorteando la covid-19 los unos, felices por no tener que coger hoy el metro en el que un día u otro la van a pillar y los otros rumbo a la horita de pádel de cada semana, con sus pensamientos en reposo para acopiar las energías que precisarán la semana que entra. Los otros, aun hay otros, ni siquiera saben que es domingo, porque el campo de refugiados donde se hacinaban salió ardiendo el otro día y, entre misa y misa, las autoridades todavía no se han puesto de acuerdo en qué tienen que hacer con ellos.

España, sin ir más lejos, no se ha comprometido a esta hora a acoger a uno solo. A lo mejor Sánchez también está en misa.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, septiembre 13, 2020

La regla del gasto

El Congreso de los Diputados revolcó esta semana un Real Decreto Ley con el que el Gobierno de España pretendía la abominación de conseguir liquidez para hacer frente a las consecuencias nefastas de la crisis económica y social que ha provocado la pandemia de covid-19.

Otra vez gustando; pero ahora feliz

Chico, ¡qué fiestón! Diputados y diputadas de las bancadas de la derecha según se mira, se abrazaban con lágrimas en los ojos, aplaudían, se felicitaban. Gestos de victoria: ¡así se vota! Era como si hubieran conseguido convertir Madrid en villa olímpica después del discurso en inglés de Ana Botella, algo sublime, irrepetible, de consecuencias invaluables. Lo habían conseguido.

- ¿Qué?

- ¡Detener la depravación!

- ¿Cuál?

- Una.

- ¿La del caso Kitchen?

- No.

- Entonces otra.

Lo intento explicar y usted me perdona el coñazo: Una ley de 2012, de autoría del entonces ministro Montoro, intentó por todos los medios contener el gasto público para evitar el temido déficit que se había generado en todas las esferas de la Administración Pública como consecuencia de la crisis que se padecía. Se llamó cariñosamente Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera. Está vigente.

Piénsese que estábamos en plena crisis financiera y que la caída monumental de los ingresos que se habían presupuestado, hacía que las entradas de dinero no alcanzaran ni con mucho a cubrir los gastos que, previendo  esos ingresos que nunca llegaron, se habían comprometido. Más o menos a esto se le llama déficit público (dicho sea sin ninguna intención de rigor científico).

Aquella ley estableció para contenerlo (el déficit) dos limitaciones principales: Por una parte, las administraciones no se podrían gastar en un ejercicio más dinero que el que se habían gastado durante el pasado, incrementado con el porcentaje previsto de crecimiento del producto interior bruto para ese año, esto es, lo del año pasado más el dos y pico por ciento o así, según las variaciones del índice en cuestión. A esto llamó la ‘regla del gasto’. Por la otra, prohibió que lo gastado pudiera superar lo ingresado en el período y llamó a esto ‘estabilidad financiera’.

Lo que parece de una lógica aplastante y, seguramente dio resultado durante algunos años, se convirtió para los ayuntamientos de España (que ni mucho menos habían sido los causantes del enorme déficit público en el que se incurrió en aquellos tiempos) en una trampa mortal: recaudaran lo que recaudasen no podían superar la regla del gasto. Tuvieran los ahorros que tuvieran no podían emplear más dinero del recaudado: los ahorros se quedaban inactivos y los ciudadanos no podían experimentar mejora alguna en los servicios que percibían.

Y así está hoy el patio.

El abominable Real Decreto Ley del que la derecha española (y más gente) nos ha librado revolcando su convalidación en el Congreso, establecía el siguiente mecanismo:

Un ayuntamiento con ahorros (superávit, remanentes de tesorería) que no se puede gastar y que voluntariamente acepta la fórmula, se los presta al Estado para ayudarle a financiar lo que se le viene encima.

El Estado, en el mismo momento, compromete al Ayuntamiento el retorno del 35% de ese dinero para que se lo pueda gastar durante 2020 y 2021. Y a partir del año 2022, empieza a devolverle en diez anualidades la totalidad de lo que le ha prestado, a razón del 10% anual, con la posibilidad de gastarlo sin que compute, ni en regla de gasto, ni en estabilidad financiera. Esto es, el municipio le presta 1.000.000 de euros que no podía gastarse, el Estado le devuelve 1.350.000 (350.000 ya, y un millón más en diez años), que sí se puede gastar. (No sé qué operación financiera daría este rédito al dinero de nadie en estas condiciones. A lo mejor no la hay).

A esto es a lo que el PP estaba llamando extorsión, latrocinio, anatema, atentado contra la autonomía municipal (como si no lo hubiera sido la limitación al gasto local impuesta por aquel buen Montoro).

Llamamos a esto mentir.

Tumbar este mecanismo es lo que ha supuesto a la derecha española la paz y relax que sucede al orgasmo, una hemorragia de satisfacción indescriptible. Han vencido: los ayuntamientos de España seguirán sin poder gastarse el dinero que tienen ahorrado y sus vecinos (¡gracias, Dios mío!) seguirán sin beneficiarse de inversiones que podrían mejorar su calidad de vida y que tantísimo bien podrían hacer a las economías de esa España vaciada de la que tanto se cacarea en proteger.

¡Felicidades, amigo Casado! El PP lo ha vuelto a conseguir. Ha hecho usted bueno, diez años después, aquel desdichado aserto de aquél desdichado Montoro que después fue ministro de hacienda de su formación: “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”.

Usted, señor Casado, no va a levantar nada. Usted no es digno de representar a sus votantes. Usted no puede liderar una formación política. Usted no merece llamarse político. Usted persigue el mal de los demás en beneficio propio. Y los demás, amigo Casado, los demás… somos todos nosotros.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, septiembre 06, 2020

El síndrome de Peter Pan



Pablo Casado sigue ensayando posturas delante del espejo, en busca de una que guste a sus mentores y
agrade, así mismo, a su electorado.

Siempre me ha sorprendido que se pueda medir en años luz la distancia ideológica que separa al PP del PSOE. Como no se puede juzgar al PSOE de ser un partido ni mucho menos radical (qué más quisiéramos algunos de sus militantes que sentirlo un pelín más a la izquierda) o, por decirlo más claro, estando el PSOE más bien centradito, el hecho de que la distancia con el PP sea de tal magnitud hace sospechar que la posición de este último esté mucho más a la derecha de lo que pretenden aparentar.

Con todo, ambos son partidos de Gobierno y, con mayor o menor fortuna, ambos han lidiado con tal responsabilidad.

Se dice de una democracia que es ‘madura’ cuando el partido que aspira al Gobierno ya ha tenido ocasión de gobernar.  

Se debe suponer que, una vez que ha ejercido tareas de gobierno, un partido queda libre de las veleidades que suelen acompañar a quienes nunca se dieron de bruces con la espesa gestión de los presupuestos del Estado, una huelga general, la negociación con las eléctricas o la siempre incómoda fabricación, compra y venta de armamento a terceros países. Esta experiencia es la que hace madurar a una organización política desde el simple populismo a la condición de partido ‘de Gobierno’, que es ese que ya sabe cómo se las gasta el IBEX’35 o el lobby de las farmacéuticas y, por ende, dice menos tonterías en la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados.

Este ‘poso’ trasciende, o debería trascender, de la persona concreta del líder que ocasionalmente comanda la formación aspirante. Es el partido (aunque nadie sepa bien bien lo que es)  el que acopia la experiencia, el que se enriquece con ese conocimiento que lo convierte con mayúsculas, como decíamos, en partido de Gobierno.

Por otra parte, se sabe que las tareas de gobierno están muy por encima de la ideología del grupo que asume la responsabilidad. Por eso Aristóteles, que debía ser un señor muy listo, definió la política ‘como el arte de lo posible’. Porque una cosa será lo que tu ideología te predispongan a hacer realidad y otra bien distinta lo que la realidad misma te permita finalmente llevar a cabo. Y este postulado no solo alcanza a las tareas de Gobierno. Alcanza a la política, a toda la política. De ahí la importancia de que el partido que aspira a gobernar tenga ya experiencia en estos menesteres: haya adquirido la madurez que otorga el ejercicio de la tarea. Se convierte así el sistema político que rige en un país en una democracia madura.

Dicho todo esto, me pregunto  ¿qué coño le pasa al Partido Popular, que no ha aprendido nada? Han tenido ocasión de gobernar España en dos amplios períodos e, independientemente del juicio que hagamos de su gestión (el mío no lo explico porque es palmario), lo han hecho con todas las de la ley, con armas y bagaje, con todos los resortes a su disposición, con mayoría absoluta, incluso, en una ocasión. Dos presidentes, decenas de ministros algunos de los cuales siguen en libertad, cientos de altos cargos. Su experiencia trasciende lo estatal: han estado y están en multitud de comunidades autónomas, importantísimos ayuntamientos… Y ¿todavía no saben de las obligaciones que la política confiere al primer partido de la oposición?

Un partido de Gobierno ¿puede negarse a la renovación de los órganos constitucionales so pretexto de que mientras Unidas Podemos esté en coalición no hay negociación posible? ¿Se creen de verdad los dueños de la política? ¿Creen que, por encima de la voluntad soberana de los electores, son ellos los que deciden con quién se gobierna y con quién no? Esa estrategia de ‘cuanto peor mejor’ que tanto perjudica a la convivencia entre españoles ¿creen de verdad que su puede mantener gratuita, universal y permanentemente? ¿En todo? ¿Contra todo?

La irresponsabilidad de Pablo Casado como líder del primer partido de la oposición, heredada, sin duda, de sus antecesores en gobiernos del PP, tiene que tener consecuencias políticas.

Ese síndrome de Peter Pan (‘conjunto de características que sufre una persona que no sabe o no quiere aceptar las obligaciones propias de la edad adulta, no pudiendo desarrollar los roles de padre, pareja, etcétera,  que se esperan según su ciclo vital o desarrollo personal’, de acuerdo con la definición del psicólogo norteamericano Dan Kiley) ha llevado a su formación a lindezas como negar su apoyo al Gobierno de España para contener la pandemia de covid-19 (con las consecuencias que estamos viviendo), bombardear la consecución de fondos en Europa para paliar las implicaciones de la brutal crisis económica que viene de su mano, alimentar la confrontación con comunidades autónomas tan importantes como la de Madrid, torpedear cualquier iniciativa de acuerdo de reconstrucción nacional y, ahora, a bloquear la renovación de órganos como el Consejo General del Poder Judicial, el Defensor del Pueblo o el Tribunal Constitucional, para la que se requiere un consenso parlamentario al que el PP se niega en rotundo.

¿Por qué? Se me antoja responder que porque el Partido Popular aún no ha asumido que a veces las urnas lo ponen en el Gobierno y a veces no. Y que no se puede ser demócrata solo cuando es que sí. Entiendo que en un régimen democrático se puede ser de izquierdas o de derechas, pero es obligatorio ser demócrata y eso exige ciertas responsabilidades. No es una cuestión de estilos. Es una simple cuestión de madurez.

No vamos a querer recordar este otoño. El Partido Popular no va a permitir un segundo de respiro, va a entorpecer, a torpedear, a dificultar, a joder, talmete como si la cosa no fuera con ellos, como si el bien común perjudicara sus intereses. Y es agotador.

La irresponsabilidad de Pablo Casado como líder del primer partido de la oposición, insisto, tiene que tener consecuencias políticas. Y solo espero que las tenga.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 30, 2020

El ocaso de las ciudades



Ya augurábamos que la gran pandemia haría de nosotros personas distintas y de nuestro modus vivendi otro que nunca será el mismo. Intuíamos el miedo a las relaciones con otros, la huida de las aglomeraciones, el fin de los espectáculos de masas, la contención, incluso, en las fiestas familiares Nos maliciábamos que todo sería diferente, quizás ni peor ni mejor, pero seguro diferente.

El tiempo avanza y con él la enfermedad. Nos anuncia que estará aquí para un tiempito, limitando (al menos limitando) las rutinas más comunes de nuestra manera de producirnos en sociedad. Y algo más: nos alerta sobre la fragilidad de las cosas más allá de aquellas grandes preguntas sobre el destino o la procedencia de la humanidad. Nos viene a confirmar que todo lo que creíamos cierto (nada más cierto que unas cañas al salir de trabajar) ya no es tan cierto. Ni en los negocios, ni en las relaciones, ni en la vida en general, porque a lo mejor ya no te puedes volver a ir a tomar unas cañas. Igual ni siquiera conservas el trabajo del que antes salías a media tarde. Y nos pone sobre la pista de que lo que hoy es un virus cabrón de procedencia animal (zoonosis), mañana puede ser un escape radioactivo, un agujero más grande en la capa de ozono o sabe Dios qué otro tipo de mal universal el que nos joda la vida. Y a todos a la vez, porque la globalización (también la enfermedad nos lo ha enseñado) no es cosa de la economía o el poder: lo mundializa todo.

Las ciudades son, desde su consolidación como algo más que concentraciones urbanas en Mesopotamia o a orillas del Mediterráneo, los grandes núcleos de convivencia alrededor de los que la sociedad se ha construido, ha evolucionado y se ha convertido en lo que hoy es. Las sedes del intercambio en estado puro, el comercial, el social, el intelectual. Los motores de todos los cambios, el refugio de bohemios, mercaderes, artistas, pensadores, filósofos. Puntos de encuentro del pensamiento, asentamiento de universidades, sede de la ciencia.

Y ahora se marchitan.

No se trata solo de que las actuales herramientas de la comunicación faciliten el intercambio a distancia haciendo innecesaria la interactuación directa entre las personas, sino de que esta se proscribe por el miedo. Se aconseja el teletrabajo, se potencia la compra por internet, se normaliza la videoconferencia entre abuelos y nietos, se obliga a la distancia de seguridad entre unos y otros. Se huye, en suma, del contacto físico.

Habíamos reconvertido adrede los centros históricos en lugar de acogida de un turismo de aluvión que pagaba mejor. El comercio de proximidad florecía, las propiedades inmobiliarias multiplicaban por diez su capacidad de dar dinero, la industria del ocio crecía como la espuma, los bares de copas, las salas de jazz, los cafés, los tablaos, las tiendas suvenires, las boutiques. Los precios subieron hasta hacerse excluyentes y las personas se escaparon en busca de rentas asequibles para sus familias, de tiendas menos exclusivas que permitieran comprar el pan o las sardinas a precios populares. Se acabaron los niños, se cerraron las escuelas. Se marchó la gente. Llamamos a eso ‘gentrificación’, y estuvimos encantados de haberla conocido, sin darnos cuenta de que nos estaban robando el espacio. ¿Quién vive ahora en el barrio Latino de París (aglutinador en otro tiempo sede de toda clase de arte e intelectualidad) o en el madrileño de Las Letras o de Malasaña, que fueran el germen de su Movida por los ochenta? En enero de 2020 allí vivía Airbnb. En septiembre del mismo año, nadie. Y ya, ni comercio, ni bares, ni guiris pueblan la plaza Mayor. Ya no hay nadie. Acaso algún alto representante de algún país muy rico, que se permite aún pagar un alquiler desorbitado para mantener a sus mentores en el extranjero (me estaba acordando del exministro Vert y su destino millonario en París).

                        Y ya no quedaba casi nadie

El teletrabajo diezmó las denominadas por lo común ‘ciudades financieras’ y los cuidados espacios de coworking. Laten a duras penas en las franquicias de comida rápida a base de ensaladas de quinoa bajo mascarilla a eso de la una y mueren al atardecer cuando ellos y ellas, de impecable traje oscuro, emprenden el camino al club de pádel higienizado para desaparecer después como por ensalmo, diluidos en las urbanizaciones más exclusivas del norte.

Los barrios populosos mantienen el pulso, pero expuestos al contagio. Temerosos de que un nuevo confinamiento los vuelva a encerrar en estos sesenta metros cuadrados sin terraza que, a partir del día cinco, se vuelven insoportables. Expuestos al contagio. Proliferan las casas de apuestas (mejor cuando más cerca de los colegios), a costa de las mercerías, o las tiendas de variantes, seguramente porque ya nadie compra aceitunas a granel, ni botones o goma elástica para arreglar la cinturilla de la falda de la chica. Las otras tiendas están mermadas por el auge de la compra on line, que facilita proveerse, tanto de lo necesario, cuanto de lo superfluo, sin pisar la calle; pelean su condición de comercio de proximidad, ahora que cada vez dan más miedo las grandes superficies por mucha mascarilla que te pongas y por más que el ‘segurata’ de la entrada te embadurne de gel hidroalcohólico las manos antes de cruzar la línea de carros.

El higienismo del siglo XXI acabará por aniquilar también a estas barriadas. O por desvirtuarlas tanto que se devalúen hasta convertirlas en los suburbios que, en realidad, nacieron siendo. Vastas extensiones de colonización, nacidas a mayor gloria y beneficio de los grandes constructores de mediados del siglo pasado, que hicieron varios agostos hacinando personas en lugares inhóspitos que los artefactos de aire acondicionado, el calor azul y la llegada del Metro humanizaron con el paso del tiempo. Las barriadas mantienen el pulso, pero ya no son seguras. Ya no son ambles. Ya no se prestan a la conversación con los vecinos, ni el bar acoge la partida de dominó con el calor y el Chinchón de otras veces. Y no se puede aparcar.

Ha nacido el higienismo del siglo XXI. Nace por la enfermedad, igual que el original al que replica que, en el siglo XIX, sirvió para derribar murallas y propiciar ensanches, llevar el agua corriente a las casas, construir alcantarillas o alejar los cementerios de lo núcleos urbanos, huyendo de las enfermedades que asolaban las ciudades. Y hoy desplaza el interés de las urbes hacia una tendencia generalizada de vida en contacto con la naturaleza. A lo mejor solo buscando un jardincito de césped artificial que mitigue los horrores del confinamiento en un tercero izquierda y zanje de plano el peligro de la convivencia con un sanitario dos plantas más arriba).

Pero ¿en qué naturaleza? Y ¿para quienes?

No va a seguir sirviendo el modelo infame de viviendas adosadas (acosadas) de promoción pública con el que hemos destrozado el paisaje de nuestros pueblos y deteriorado la vida de sus ciudadanos hasta ‘urbanizarla’  en 20m2 de patio común pagado en negro.

Más allá de los cinturones industriales (para mientras quede industria), una nueva suerte de territorios de colonización adoptan la forma de pequeños pueblos prefabricados provistos de piscina, anchos espacios comunes, cancha de tenis, pádel  y salón social. Nuevos colonos felices de que sus vástagos puedan jugar en el espacio acotado de la manzana cerrada del que han adquirido una porción sustancial. No hay mercerías, no venden pan, no hay teatro, el deterioro de aquellas zonas comunes no tardará en hacerse presente. La convivencia se volverá espesa en pocos años, pero la plaza de garaje es amplia. Desde la ventana se advierte la boina de contaminación que cubre la ciudad. Eso y poco más, porque después no hay nada. Al otro lado, nada.

Y, poco más allá, municipios más rurales, ya en la sierra, elevan el standing albergando en las afueras construcciones no fáciles de comprender que se rellenan de niños limpitos y señoras delgadísimas que conducen un Mini Countryman hacia no se sabe dónde coño por las mañanas.

Pero ¿cuántos caben? Y, para todos los demás ¿quedará el hueco que el turismo ha dejado en los centros históricos? Como en Amanecer zombi, ¿será que todos los demás okupemos esos lofts lujosísimos que ya nadie alquila por días para dormir durante las horas de luz y tomar por las noches las calles en busca de alimento? ¿Tomaremos los barrios? ¿Los rascacielos?

Ahora sí que me hago yo aquellas grandes preguntas. O, de las dos, solo una. Porque sí sé de dónde venimos, pero no tengo ni puta idea de hacia dónde vamos.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, agosto 23, 2020

Chau, marquesa

Mucho se habla y se escribe de la cosa de los cargos, de los enchufes, de las ‘libres designaciones’, de los nombramientos de personal de confianza. Se habla mucho de los cargos para, en general, criticar que son demasiados, que no hacen ni el huevo o que ganan más de lo que se merecen.

Discrepo en general: ni son tantos, ni trabajan poco, ni en España la política da para que uno se enriquezca, salvo que utilice torticeramente la posición para hacer trampas (frecuente para desgracia de todos, pero ni mucho menos generalizado).

Los puestos políticos son imprescindibles. Y las personas de izquierdas pensamos que deben ser suficientes y deben estar bien pagados. Sobre todo para evitar que solo los más ricos puedan acceder a ellos, por si la condición de ‘más ricos’ llevara aparejada la de ‘más de derechas’. Así mismo pensamos que el libre nombramiento (no confundir con la ‘libre designación’, sistema reglado de acceso a determinados puestos funcionariales de la Administración Pública) implica la libre remoción.

Como he sido tantas veces cesado como nombrado (esto siempre es así salvo que mueras en el ejercicio del último cargo), sé de lo molesto que resulta que te quiten de en medio  y sé del dicho generalizado este de ‘a mí no me importa que me cesen, lo que me molesta son las formas’.  Tanto se produce tal situación, que el día de un cambio de Gobierno se suele intitular como el ‘día de los malos modales’, porque todo el mundo aparenta estar de acuerdo con su sustitución, pero todos disimulamos diciendo que lo que nos ha jodido son las formas.

Y luego ya Cayetana.

                                               Ella.

A Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, ​ XIV marquesa de Casa Fuerte, no le molestan las formas. Le jode que la echen. Y no lo disimula. No lo disimula en privado y tampoco en público.

Y esto es, al menos, por dos motivos a saber: el primero porque ella es marquesa, aunque sea la XIV. Y de Casa Fuerte, nada menos. Y Pablo Casado, a secas, es un ‘mindundi’ que ni siquiera es grande de España y que ha llegado a donde está por el pique entre las dos verdaderas mujeres fuertes que lidiaban en el PP por la herencia de Rajoy. Y el segundo porque ella era la elegida: la llamada por Aznar para construir el partido que llevaría a la gloria a la derecha más rancia de este país nuestro.

Y a Cayetana no le duelen prendas. A las marquesas nos pasa esto: que estamos tan por encima del resto del género humano, que podemos acusar a unos de terroristas y a otros de mediocres sin que se nos mueva un pelo de la ropa (muy cara) que llevamos puesta.

Así que agarra el canasto de las chufas (expresión madrileña equivalente a ‘con todos sus arrestos por delante’, que quiere decir, más o menos, ‘con dos cojones’, pero en chica), convoca una rueda de prensa en la puerta del Congreso de los Diputados y suelta por esa boquita todo lo que le viene en gana, sin ningún respeto por su partido, por sus jefes políticos, por el daño que pueda hacer a la formación a la que pertenece. Viene a decirnos que el partido es ella, que ella sí que es imprescindible, no como otros, que sin ella la mediocridad y la zozobra están garantizadas y que las razones que avalan la decisión de sacarla de en medio son ‘desdichadas’ (sic). ¡Con un par!

Esa es nuestra Cayetana: la mujer que Vox valora como posible candidata a la Presidencia del Gobierno en la moción de censura que preparan para septiembre. Nuestra Cayetana, decía. La que no da cuentas, la que está por encima de barones y baronesas (si las hubiere), la que se permite el lujo de hablar en nombre del partido al que representa en el Congreso, diciendo sin pestañear las barbaridades más inconvenientes. La que es nombrada por su partido y después lo acusa de injerencias insoportables en el desarrollo de sus funciones, como si, una vez nombrada, se le hubiera conferido también la infalibilidad papal. La representante de la ‘derecha valiente’ que se envalentona como ninguna echando por la boca sapos y culebras, convirtiendo en irrespirable el ambiente en el Congreso, en esa estrategia pútrida del ‘cuanto peor, mejor’.

Nuestra Cayetana. Que ignora hasta qué punto resulta patética cuestionando el consentimiento expreso en las relaciones sexuales, el derecho a morir dignamente o la limitación de libertades en la protección de la salud pública.

El caso es que nuestra Cayetana y sus formas, que tanta satisfacción íntima ha producido en sus correligionarios, ya no convienen. El cambio que Casado necesita dar a su partido para diferenciarse de Vox (aunque sea muy poco), exige otras maneras, otra corrección, menos bilis en el discurso. El PP tiene que reiniciar su largo viaje al centro, este que cíclicamente emprende cuando las encuestas le dan la espalda para recordarle que no hay tanto facha como ellos se piensan. Y puerta a Cayetana. Y se acabó.

Adiós, marquesa. Se acaban tus días de gloria venenosa con ese ‘muchas gracias, Cayetana’ con el que el seco Casado cierra el ciclo de tus servicios prestados. Sonó a poco sincero, la verdad. Más bien sonó a ‘no te lo perdonaré nunca, Manuela Carmena’.

Chau Cayetana. Nos vemos en Vox.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 16, 2020

Nos contagiamos

La covid-19 o, mejor dicho, el virus que la provoca, el SARS-Cov-2, no se ha tomado las obligadas vacaciones de verano.

Nosotros sí.

Nosotros, digo, los ricos. No nosotros los habitantes del territorio nacional, no todos nosotros, solo nosotros los ricos.

Los tozudos informes con los que se empeñan en amargarnos la vida, estos machacones de la tele con los que solo pretenden coartar nuestras sagradas libertades y nuestro indeleble derecho a no usar mascarillas o a fumar en las terrazas, los informes de las autoridades sanitarias, decía, ya no impactan en nuestra sensibilidad, abotargada por efecto de la repetición. Los escuchamos en modo stand by a la espera de que la información deportiva (no olvidemos que el Madrid, el Barça y el Atleti, han sido estrepitosamente eliminados de no sé qué importantísima competición continental) reclame nuestra atención y fije en nuestras neuronas lo que realmente importa: ‘el Barça cae humillado ante el Bayern’.

Madrid, Barcelona, Zaragoza, Bilbao, están a punto de que sus respectivos sistemas sanitarios entren en colapso. Es una pequeña putada, no por los muertos que la cosa se vaya a llevar por delante, sino porque ya no podemos echarle la culpa a Pedro Sánchez, verdadero hacedor del mal de todos los males, que hizo dejación de sus responsabilidades para descargar el mochuelo a los presidentes autonómicos. Era lo que pedían (y algo furibundos, ahora que me acuerdo), así que ni siquiera de eso le podremos culpar.

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Los chicos ricos hemos venido a contagiarnos a las corridas de toros (haciendo, claro, caso omiso de esas recomendaciones abusivas del Ministerio de Sanidad, con las que Salvador Illa solo pretende acabar con las libertades individuales y con la democracia española), en los conciertos de Taburete (donde el dicharachero de Willy Bácenas arroja su protector al público al grito libertario de ’¡ni una puta mascarilla!’), en las exquisitas fiestas de la sociedad malagueña (para las que nunca encontramos una mascarilla a juego con el estampado floral del vestido de firma que estrenamos).

Los pobres, los inmigrantes tienen mucha menos clase para contagiarse. Como no se han podido tomar vacaciones, contraen la enfermedad en la hora punta del Metro de Madrid porque la mascarilla tipo fpp-2 tiene tantas puestas que ya no protege, o en el tajo recogiendo tomates cultivados bajo plástico a 55 grados centígrados (aquí te puedes contagiar de la covid-19 o morir directamente de un golpe de calor, que eso no se elige), o en los barracones en los que sus empleadores los hacinan bajo el eufemismo de alojamientos.

Cada uno en su nivel de dignidad, nos contagiamos. Ellos con más miedo y sin más cojones, nosotros con más razón y con un discurso intelectual mucho más elaborado sobre la libertad y el descaro social-comunista de quienes nos la quiere arrebatar. Nos contagiamos.

Lo jóvenes juegan a ser invulnerables, seguramente porque nadie les ha contado despacito las secuelas de la enfermedad y como se pueden quedar de por vida afectados por cosas feísimas en los pulmones y en las vísceras. Lo adultos jugamos a tener mucho más conocimiento de la realidad del SARS-Cov-2 que las autoridades sanitarias, porque para eso hemos seguido con tanta atención los enormes éxitos de Alemania u Holanda en el tratamiento de la enfermedad, que no han impuesto confinamiento alguno y han dejado a la voluntad de los contagiadores potenciales el acatamiento o no de las medidas de seguridad. Los pobres no juegan a nada: van a currar y sanseacabó. Los ricos nos la jugamos a nuestro mejor criterio. Y nos contagiamos.

(Era muy sencillo poner trabas al Gobierno de España para la prolongación de los períodos del estado de alarma. Ahora es muy sencillo culpar a la acción diplomática del Gobierno de España de las limitaciones que otros estados imponen para venir aquí. Es muy sencillo hacer cualquier cosa menos tomar las precauciones que el sentido común y las autoridades sanitarias nos recomiendan a cada uno. Y ahora, lamentaciones y crujir de dientes, mientras en las comunidades autónomas analizan, a 15 de agosto, si debieron ser más estrictas con la cosa del turismo a la vista de los acontecimientos y, eso sí, prohíben fumar por la calle.)

Y ¿septiembre? Septiembre va a ser la hostia.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 09, 2020

La huida

 

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  • En Abu Dhabi.
  • ¿Quién?
  • El Rey.
  • ¿Pero no estaba en Santa Pola?
  • Ese es el otro.
  • ¿Es que hay más?
  • Otro.
  • ¡Cojones!
  • Ya.
  • ¿Y está en Abu Dhabi?
  • Parece. Pero no lo cuentan.
  • Y ¿qué pinta ahí?
  • En un hotel caro, supongo.
  • ¿Muy caro?
  • Muy caro. Los reyes ya se sabe.
  • Y a nosotros ¿nos importa?
  • Bastante.
  • ¿Por qué?
  • Porque es rey.
  • Pero poco, ¿no?
  • Bastante aún.
  • ¿Y por qué se ha largado?
  • Pues dice que por ‘el mismo afán de servicio a España que inspiró su reinado’.
  • Y eso ¿qué quiere decir?
  • Pues quiere decir que ‘ante la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos pasados de su vida privada, desea manifestar su más absoluta disponibilidad para contribuir a facilitar el ejercicio de las funciones de su hijo (el que anda dando vueltas por Santa Pola), desde la tranquilidad y el sosiego que requiere tan alta responsabilidad’.
  • Ah ya. Ya, ya… Pues no lo entiendo
  • Pues está bien claro, hombre de Dios, que no sabes nada: Que su ‘legado, y su propia dignidad como persona, le exigen, siempre guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles, a sus instituciones y a su hijo como Rey’, tomar la ‘meditada decisión de trasladarse, en estos momentos, fuera de España.
  • Ah ya. Pues nada, que no lo entiendo.
  • Pues es ‘Una decisión que ha tomado con profundo sentimiento, pero con gran serenidad.’ Porque ‘Ha sido Rey de España durante casi cuarenta años y, durante todos ellos, siempre ha querido lo mejor para España y para la Corona.
  • ¡Entonces claro! Demonio de mujer, ¡lo que sabes!
  • ¿Ves? Pues en Abu Dhabi. O no, que eso aún no lo han dicho así, seguro.
  • Porque está de putas.
  • ¡Que no!
  • ¿Entonces?
  • Porque le andan buscando los de Hacienda, que hay que explicártelo todo.
  • Y en Abu Dhabi no va a haber quién le encuentre… como van tan tapados.
  • Se conoce.
  • O sea, por ladrón.
  • ¡Que no! Que es una cosilla de sesenta millones o cien, que le regaló no sé qué jeque y no se lo contó al Fisco, porque para eso era inviolable.
  • Parece pasta.
  • Mucha. Pero era inviolable.
  • Comprendo. Inviolable. Y se la ha llevado.
  • No. No se la trajo nunca: la dejó por ahí en una cuenta en Suiza de esas que no pagan impuestos y luego se los regaló a una coleguita que tal.
  • Qué… ¿tal?
  • Sí, que tal.
  • O sea, por chorizo.
  • ¡Que no…!
  • ¡Por putero!
  • Y dale…
  • Que se escapa, vamos.
  • ¡Que no…!
  • Que huye de la justicia.
  • Que no… que no tiene causas abiertas. Que no está huido.
  • Pues la mosca detrás de la oreja parece que sí la tienen.
  • Sí, eso sí.
  • Y ya se le puede violar.
  • Sí, ahora ya sí. Un poco.
  • ¡Pobre…! Y ¿al chico?
  • No, ese es más rey. Inviolable, ya sabes.
  • ¿Y si la pifia?
  • Pues nada: ¡otra vez!
  • ¿Y vuelta a empezar?
  • ¡Vuelta a empezar!
  • Pues no lo entiendo.
  • Pues… ni yo. Pero arreglo, lo que se dice arreglo, parece que no tiene.
  • Nos lo comemos.
  • Con patatas, sí.
  • ¡País…!
  • …País.
El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, agosto 02, 2020

Advocatus diaboli

El ministro Garzón estaba en lo cierto. Se le ocurrió decir lo que pensaba en un raptus de ‘amateurismo’ sin ponderar las consecuencias de rozar con sus declaraciones a un gremio intocable: el sector turístico. Lo calificó de precario y estacional, denunciando su bajo valor añadido y una debilidad estructural que nos pone en dificultades en momentos como este.

La Mesa del Turismo, que agrupa a los empresarios de un sector que genera aproximadamente el 13% del PIB y sostiene 2’7 millones de trabajadores, puso el grito en el cielo, claro, no aportando dato alguno para desmentir las afirmaciones del ministro, sino bramando por la insolencia de hacer una crítica, por somera que fuera, a una actividad que ellos y solo ellos, consideran intocable por su volumen.

La misma Mesa del Turismo pide el cese fulminante de Fernando Simón por otro desliz imperdonable: una vez más, decir lo que pensaba sin valorar cuál sería la opinión del sector. Bien es verdad que el doctor Simón tiene por oficio el de prevenir enfermedades, más allá de que se llenen o no los hoteles de la costa española, pero desconoció que su obligación es prevenir la enfermedad sin que los hosteleros dejen de forrarse. Gran inconveniencia la de afirmar que si no vienen turistas británicos, mejor para nosotros.

Veamos: ¿qué le pasa a este gran motor de la economía que se viene abajo cuando un mandatario de probada inestabilidad intelectual decide intervenir en su propia economía (la británica) para promocionar su turismo nacional? A ver si va a tener razón el ministro y va a adolecer de una debilidad estructural que los grandes empresarios debían haber paliado hace ya algunos lustros.

20200802_013205¿A quién se supone que estamos obligados a proteger? ¿A un sector que con su modelo low cost de sol y playa ha devastado las costas españolas, arrasado los recursos naturales, destruido el paisaje? ¿A este que con su modelo de ‘todo incluido’ ha obligado a los pacíficos habitantes del lugar a convivir con toda suerte de bárbaros (léase en el sentido literal de la expresión) en masa que vienen a cocerse a licor barato, llenar de vómitos el litoral y de condones usados las orillas que lame el mar en la madrugada? ¿A este que mantiene 2,7 millones de empleos de mierda en su mayoría y que, por cierto, también en su mayoría los mantiene a medias con el Estado que cubre con las prestaciones por desempleo el tiempo que ellos no los ocupan? Preguntémosle a las ‘kellys’ sobre el particular.

¿Tenemos que poner en riesgo la salud pública para garantizar que estos empresarios ‘modelo’ no sufran este verano las consecuencias que todos los demás sufrimos más o menos silenciosamente? ¿Echamos a Simón? ¿Represaliamos al ministro?

¿A costa de qué tropelías se ha convertido España en una de las potencias turísticas más competitivas del mundo? Ensayemos: La degradación del entorno, la precarización del empleo, la llamada a un turismo masivo y depredador, la gentrificación de las ciudades con el altísimo precio que conlleva para sus habitantes…

Este es un momento magnífico para que el sector deje de exigir y se ponga a la tarea de ofrecer soluciones. Necesitamos un turismo comprometido con la calidad, con la eliminación de la huella de carbono, con la dignificación del empleo.

El auge del turismo y de la construcción (como principales motores de la economía española) ha debilitado sustancialmente los sectores industrial y agrario a cambio de nada. Sin agregar valor, sin compactar una estructura sostenible en términos económicos, ambientales o sociales.

Es una jodienda andar siempre haciendo de abogado del diablo. Los trabajadores de gremio no me van a querer nada a la vista de la precariedad de su presente y de la incertidumbre de su futuro, pero es un dato objetivo: la industria del turismo en España tiene que evolucionar; se enfrenta a un cambio de modelo en el que habrá que invertir algo más que recursos económicos.

Simón y Garzón (perdón por el ripio) no han hecho más que lo que el niño del cuentito aquel: han dicho en voz alta ‘¡el rey está desnudo!’

El dibujo es de mi hermana Maripepa.