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domingo, abril 02, 2006

Los OTROS niños

TEATRO PARA LEER EN LA CLASE
Acto primero


Narrador:

Al levantarse el telón, en el escenario se representa un aula con diez bancos y una mesa de profesor. En los bancos se sientan nueve niños, tres de los cuales son diferentes a los demás. La diferencia de los niños no se identifica. Da lo mismo. Es indiferente que sean gitanos, negros, pobres o chinos. Es una historia que trata de niños que, por la razón que sea, son distintos a los demás, sin más matizaciones. Casi seguro que sabréis a quienes, en concreto, me refiero.

En la escena, la profesora no ha llegado todavía y está cuidando el delegado de curso. Es Borja, el décimo actor, un niño tirando a cursi, con perdón. Borja está haciéndose el distraido y mirando de reojo a la clase.

Sandra y Luisa, sentadas al fondo, cuchichean y uno de los tres niños que son diferentes, Manuel, tira hacia Borja un avioncito de papel.

(Están sentados de la siguiente forma: En los dos primeros bancos, Borja -vacío porque está cuidando- y Pili. En los dos segundos, Elena y Alberto. En los terceros, María y Julián. En los cuartos, Manuel y Sandra y en los últimos Antonio y Luisa. Tal y como se representa en el dibujo, la fila Borja-Antonio es la más cercana al patio de butacas.)

Borja (señalando a las niñas que cuchichean):
¡Sandra estás hablando! Te he visto perfectamente. ¡Manuel a ti también te he visto! Has tirado ese avión. Os apuntaré a los dos en la pizarra.

Sandra (burlándose):
“Sandra estás hablando, te apuntaré en la pizarra”.

Manuel (también burlándose):
“Te he visto, te he visto” ¡Verás tú a la salida!

Borja:
Me estás amenazando, Manuel. Siempre tienes que ser tú. Te pongo una cruz y, que sepas, que se lo pienso contar todo a la señorita cuando venga.

Manuel (canturreando):
Chivato, acusica, la rabia te pica.

Borja:
Con que cantando ¿eh?. Pues otra cruz.

Luisa:
Esa pizarra va a parecer un cementerio antes de que llegue la “seño”.

Antonio (escondiéndose debajo de la mesa):
¡El delegado es un dictador(1)
!


(1) Un dictador es un gobernante marimandón, que no está elegido por el pueblo democráticamente, sino que ha llegado al poder por la fuerza y, como lo mantiene también por la fuerza, no le tiene que dar explicaciones a nadie de lo que hace. Por esa razón, suele hacer barbaridades muy gordas.

Borja:
¡Has sido tú Antonio!. Siempre sois los mismos. Se os va a caer el pelo.

Elena :
Crecepelos “el calvuelo”, para delegados peluqueros.

Borja (nervioso):
¡Elena, te la vas a cargar!

María:
Como no dejéis de fastidiar a Borja se va a quedar sin tiza.

Manuel:
Pero si es un acusica hombre, que escriba lo que quiera. A mí como si se opera.

María:
Ya, tú ahora te pones muy gallito, pero luego la “seño” se chiva y tu madre te pone el culo como un tomate.

Manuel:
Pues que me lo ponga, no pienso venir más a este colegio...

Elena:
Para los dolores mus-culares, calzoncillos con pedales.

Antonio:
¡Borja, dictador, trabaja de peón!.

Borja (desesperado):
Vosotros tres os las vais a ver con la señorita, ya lo veréis. Se os va a caer el pelo.

María:
¡¿Pero yo que he hecho ahora?!

Borja:
No diré ni una palabra más. Estáis avisados, os la váis a cargar.

Elena:
Que no hombre, que a ellos se le iba a caer el pelo. La que se la iba a cargar era yo ¿Es qué no te acuerdas? Yo me la cargaba y a ellos se le caía el pelo.

Borja:
Muy bien, Elena. Ahora sí que te las has ganado. Pienso decirle a la señorita todo lo que me has dicho.

Elena:
A mí me da igual. Mi padre es bombero...

Pili:
¿Y eso qué tiene que ver, lista?

Elena:
Pues que te va a pegar con la manguera en toda la cabezota, sabionda.

Pili:
Pues Borja tiene razón. Es que los españoles somos ingobernables(2)
, oye, nunca estamos de acuerdo con nada.

(2) Se dice que un pueblo es ingobernable, cuando quien lo gobierna no sabe cómo hacerlo. Parece una tontería, pero da muy buen resultado como excusa.

Sandra (a Luisa):
¿Qué ha dicho?

Luisa:
No lo sé, que somos irrefrenables, o algo así.

Sandra:
¿Y eso qué será?

Luisa:
No lo sé. Se lo habrá oído decir a su padre. Como trabaja en un banco...

Borja:
Tú no te metas, Pili, que estos no saben nada de nada. Ya les voy a enseñar yo.

Pili:
Sigue así, Borja, que lo estás haciendo muy bien.

Manuel, Antonio, Sandra y Luisa (a la vez y con burlas diversas)
Pelota, pelota. ¡Qué pelota!... Bobalicona...

Elena:
Pelotas “Pililla”, para las niñas “tontillas”.

Alberto:
Como entre la “seño” ahora nos la vamos a cargar todos.

Julián:
Me toca quedarme otra vez sin recreo. Oye tú, Borja, a ver a quien apuntas que yo no he dicho ni “mu”.

Alberto:
No, si ya veréis. Al final nos pasa como el otro día. Siempre tenemos que enfadarla cuando nos toca un examen.

Luisa:
La culpa la tiene Borja. Con un delegado así cuidando no hay manera.

Sandra:
Borjita, dimite(3)
, la clase no te admite.

(3) Dimitir es lo que deben hacer las personas que tienen un cargo cuando meten la pata o son incapaces de que las cosas les salgan bien. Es una técnica muy poco frecuente entre los mayores.
Todos los niños menos Pili y Julián (varias veces)
Borjita, dimite, la clase no te admite.
Borjita, dimite, la clase no te admite.

Narrador:
En ese momento entra la profesora a la clase. Todos están cantando y todos se dan cuenta de que entra y se callan menos Elena, que estaba vuelta hacia la clase para dirigir el “coro” y se queda cantando sóla.

Elena (que se ha quedado sola):
Borjita, dimite, la clase no te admite.

Profesora:
¡Elena!

Elena (sentándose precipitadamente):
¡Andá!

Profesora:
¿Alguien puede explicarme qué es lo que está pasando aquí?

Borja (Todavía desde la pizarra):
Yo puedo, señorita, yo puedo.

Profesora:
A ver, Borja, dime.

Borja:
Pues... En resumen, que todos menos Pili se están portando fatal.

Julián:
Y menos yo, “seño”, que no he dicho ni “mu”.

Borja:
Diga que no, señorita que sí que ha dicho “mu”. Claro que ellos tres (señalando a los tres niños distintos) son muchísimo peores.

Profesora:
Siéntate Borjita. Estoy segura de que lo has hecho muy bien.

(Borja se sienta haciendo un gesto de auto-aprobación
[4])

(4) Un gesto de auto-aprobación es lo que uno hace cuando está seguro de que ha hecho las cosas muy bien y piensa que su madre estaría orgullosa.
Elena (canturreando):
¡Chivato, acusica, la rabia te pica!

Profesora:¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Pili (señalando a Elena):
La peor de todas, señorita, la peor de todas.

Elena (burlándose):
“La peor de todas, señorita, la peor de todas”

Luisa
¡Chivata, pelota!

Profesora:
¡Ya está bien, Luisa! Esta clase es un manicomio. Me vais a volver loca.

Julián:
Que yo no, “seño”. Que yo no he dicho ni “mu”.

Profesora:
¡Está bien, ya basta!. Esto no puede seguir así. Sois el peor curso de todos los que he tenido en mi vida. No sé que voy a hacer con vosotros. Al final la que voy a dimitir voy a ser yo: terminaré marchándome a mi casa. Eso voy a hacer: Me voy a marchar a mi casa y que os eduque otro con más paciencia.

Luisa:
No se ponga así, “seño”. Si luego no somos tan malos.

Profesora:
¿Qué no?

Elena:
Que no, “seño”. Que luego somos estupendos.

Profesora:
Bueno, no lo tengo yo tan claro. Pero ahora tendremos ocasión de comprobarlo porque hoy nos toca examen ¿A que no os acordábais?

Julián:
¡Desde luego, tiene razón Alberto. No sé como nos las apañamos siempre para terminar enfadando a la “seño” el día que toca examen!

Narrador:
La profesora reparte unos papeles de examen por los bancos. Los niños empiezan a rellenarlos en silencio. Borja, que es un empollón, se levanta enseguida y lo entrega, a continuación lo hacen Pili y Luisa. Después se levantan Manuel, Alberto y Antonio. Elena, Julián y María lo entregan a continuación y Sandra se queda con el papel haciéndose la distraída.

Profesora:
¿Sandra?

Sandra:
Dígame, señorita.

Profesora:
¿Qué le pasa a tu examen?

Sandra:
No lo sé. Deben ser estas hojas, que no se dejan rellenar. A lo mejor es que son “ingobernables”, como dice Pili.

Profesora:
¿Y no será que hoy tampoco has estudiado?

Sandra:
No, señorita, ¿cómo va a ser eso?. Si no son ingobernables, será que son irrefrenables.

Profesora:
Ya, y por eso te estás quedando la última, como siempre, porque tus hojas de examen son... ¿irrellenables?.

Pili (Canturreando):
Sandra no ha estudiado, Sandra no ha estudiado...

Elena (también canturreando):
Pili es una mema, Pili es una mema...

Profesora:
¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Sandra (levantándose a entregar su examen):
Está bien, señorita, pero yo sigo diciendo que son estas hojas que no se dejan.

Narrador:
La “seño” se pone a corregir los exámenes. La clase se queda en silencio. Manuel y Antonio aprovechan el descuido para tirar bolas de papel a Borja y a Pili. Elena se levanta y se va para atrás a hablar con Luisa. Cuando la profesora levanta la cabeza, Elena y Luisa están cuchicheando y, como siempre, la pillan.

Profesora:
¡Elena!

Elena (corriendo a sentarse):
¡Andá!

Profesora:
Muy bien, Aquí tenéis las notas: Borja, un diez.

Borja (levantando los dos brazos):
“Chupi”

Luisa:
¡Pelota, dimisión!

Profesora:
¡Luisa!... Bueno, veamos: Pili, un nueve setenta y nueve.

Pili (muy disgustada):
¿Cómo? ¿Sólo un nueve setenta y nueve? ¡Eso no puede ser! Me van a matar en casa, ya lo verá. ¿Puedo protestar?.

Profesora:
No, Pili, no puedes. Además, no exageres, que no es para tanto.

Elena (burlándose):
¿Qué ha podido pasarme? No se lo podré contar a nadie. Esto será siempre una mancha en mi pasado...

Profesora:
¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Profesora:
Tienes un cinco pelado, Elena: PE LA DO

Elena (levantando los dos brazos con mucha alegría):
¡Bien!

Profesora:
¿Y te alegras? ¿Te alegras de haber sacado un cinco pelado? ¡Esto es lo último!. Continúo: Manuel, Antonio y María ¿habéis copiado?.

Manuel, Antonio y María (a la vez):
No señorita.

Profesora:
Pues... es muy raro que tengáis los tres los mismos fallos, ¿no?.

Manuel, Antonio y María (a la vez):
Nosotros no hemos copiado, señorita.

Profesora:
No lo sé. Es muy raro, pero bueno, tenéis un cuatro cada uno.

María:
Y, para un cuatro... ¿Para eso vamos a copiar?.

Profesora:
No lo sé, María. Ya hablaremos de esto. A ver, sigamos: Alberto, un siete. Julián, otro siete. ¡Sandra!

Sandra:
¿Qué?

Profesora:
¡Un cero como una casa!

Sandra:
No, si ya sabía yo que me iba a coger manía al final.

Profesora:
¿Manía? Ya te daré yo a ti manía. Bueno, termino: Luisa, un seis. Ya veis, éstas han sido las notas. Así no vamos a llegar a ningún sitio. Ésta no es la peor clase que he tenido, es la peor clase de todo el colegio. ¡O del mundo!.

Alberto:
No será para tanto, digo yo.

María:
Estoy segura de que hay clases mucho peores. En mi colegio de antes sí que eran malas. Nadie aprobaba ningún examen.

Antonio:
Claro, como que no nos los ponían.

Elena:
¡Qué chupi!. Yo quiero ir a ese colegio, “seño”.

Sandra:
¡Y yo!

Manuel:
Pues yo estaba ya hasta la cocorota de ese sitio.

Pili:
Pues mi padre dice que jamás tuvisteis que salir de allí. Que no tuvisteis que venir a este colegio, porque vuestro sitio (5)
estaba en el otro.

(5) Hay personas mayores que parecen saber cual es el sitio de cada uno. Realmente no lo saben, claro, pero están tan seguros que es muy difícil convencerles de lo contrario.


Borja:
¡Desde luego!

Manuel:
¿Y cómo sabe tu padre cual es mi sitio?

Pili:
Pues porque mi padre es un señor bien importante y seguro que sabe más que el tuyo.

Manuel (burlándose):
Tiene que saber muchísimo, porque parece que sabe cual es mi sitio... ¡Que no lo sé ni yo!

Pili:
Pues ya ves, mi padre sí que lo sabe.

Profesora:
El sitio de cada uno sólo lo puede decidir cada uno, Pili. No seas obstinada(6)
.
[6] Obstinado quiere decir “cabezota”.
Sandra (a Luisa):
¿Qué le ha dicho?

Luisa:
No lo sé, que va mal peinada, creo.

Profesora:
No he dicho despeinada, he dicho obs-ti-na-da.

Borja:
Es inútil, señorita. No tienen vocabulario ninguno.

Alberto (a Julián):
Entonces ¿cómo ha quedado eso de los sitios?

Julián:
¡Jo! Alberto, no te enteras. Que ha dicho la “seño” que sólo cada uno puede decidir cual es su sitio.

Alberto:
¿Y eso que quiere decir?

Julián:
¡Ah! Eso sí que no lo sé.

Profesora:
Eso quiere decir, que os estoy oyendo, que todo el mundo tiene derecho a decidir dónde quiere estar, a qué colegio quiere ir o dónde quiere vivir y que nadie le puede imponer a nadie esas cosas.

Pili:
¿Ni siquiera mi padre?

Profesora:
No, Pili, ni siquiera tu padre.

Pili:
Pues no le va a gustar nada cuando se entere.

Antonio:
A lo mejor ya lo sabe.

Borja:
Pues a mí me ha dicho mi madre que ni se me ocurra jugar con ellos, que juegue sólo con los de mi “clase”.

Narrador:

Un inciso: Por si algún niño no se ha dado cuenta, aquí estamos hablando de otro tipo de clase, estamos hablando de clases sociales. Lo que quiere decir la madre de Borja es que sólo le deja jugar con chicos de su clase social, es decir, que no se junte con otros que sean más pobres, o de otra raza, o distintos por cualquier razón. La madre de Borja piensa que unos son superiores a los otros y por eso prohibe a su hijo jugar con los que cree que son inferiores a él. Pero María no lo entendió así, claro.

María:
¿Y qué pasa, que nosotros somos de la clase de enfrente?

Borja:
No. No es esa clase. Quiere decir que vosotros sois pobres y que no sois de nuestra “clase”.

Narrador:
Cuando está empezando esta discusión, entra en el aula el director del colegio, don Ramón, un hombre de aspecto muy cuidado(7)
y voz parsimoniosa(8). Todos los niños y la profesora se ponen de pie y saludan al “dire”.
(7) “De aspecto muy cuidado” quiere decir muy bien vestido, muy arreglado en general.(8) O sea, un señor cursi que habla despacio para parecer importante.
Todos los niños a la vez (canturreando)
Buenos días, don Ramón.

Profesora:
Buenos días, señor director.

Don Ramón (con su voz parsimoniosa):
Buenos días, niños. Podéis sentaros.

Todos (sentándose):
Gracias, don Ramón.

Don Ramón (a la profesora):
Muy bien, señorita ¿Qué tal van estos niños?

Profesora:
Pues mire usted, la clase va regular. Tengo por aquí algunos niños imposibles...

Don Ramón:
¿Y quién hablaba por aquí de “clases”?

Borja:
Yo, señor director. Era porque mi madre no me deja que juegue con niños que no son de mi “clase”.

Don Ramón:
Bueno, Borja. Y ¿cuántas “clases” de niños crees tú que hay aquí?

Borja:
Pues... Por lo menos dos. Ellos tres no son de nuestra “clase”.

Narrador:
Entonces suena el timbre del recreo. Todos los niños se ponen de pie y casi empiezan a salir corriendo, pero don Ramón les mira enfadadísimo y se quedan quietos como estatuas. Al director no le gusta nada que los niños casi salgan corriendo sin su permiso, pero al final con un gesto de la mano se lo concede. Todos salen corriendo y se quedan solos la profesora y el director.

Profesora:
Ya lo ves, Ramón, esta clase es imposible.

Don Ramón:
Es verdad, parecen muy revoltosos. Pero tú harás un buen trabajo con ellos... ¿O no?

Profesora:
¡Claro! Si malos, lo que se dice malos, no son. Pero revoltosos sí. Elena me va a matar a disgustos, Sandra no estudia nada... Pero María, Manuel y Antonio no hay manera de que entren en razón. No se amoldan a las normas del colegio... Son imposibles y además, ya lo has visto, hay muchos niños que no los admiten. Sólo crean problemas.

Don Ramón:
¿Problemas?

Profesora:
Es difícil de explicar, pero no todos los niños les quieren y algunos, incluso, les dicen que no tendrían que estar aquí, que éste no es su sitio. Estoy segura de que es lo que le oyen decir a sus padres, pero ellos lo dicen también y los otros, claro, se molestan, discuten... En fin, ya has visto como es.

Don Ramón:
Dejaremos pasar otro par de semanas a ver como van las cosas. Si no conseguimos que mejoren, es posible que tengamos que buscarles otro colegio. A lo mejor la solución es esa, que vayan a un colegio más adecuado a ellos.
Cae el telón (o se cierra, según los casos. Es el final del primer acto)

Acto segundo
Telón arriba

Narrador:
Había pasado una semana y ahora los niños jugaban en el patio del colegio, que se representa en el escenario.

Están los diez niños y la profesora con el director, que cuidan del recreo. En una esquina, Elena, Manuel, Antonio y María juegan tirándose a la pelota. En otra parte, Borja y Pili leen algo entre los dos -esos niños parece que nunca jugaban-. Alberto, Julián, Sandra y Luisa están hablando en la parte más cercana del escenario.

Este último grupo se ilumina con un foco mientras el resto del escenario se va quedando en penumbra(9)
. (Lo hacemos así para que se vea que es a estos a los que hay que prestar atención, si no, los espectadores se pueden hacer un lío).

(9) “En penumbra” quiere decir con muy poquita luz. Este efecto lo usamos para que los espectadores centren su atención en el grupo que está interviniendo. Lo haremos así durante todo este acto.
Habrá que inventar un escenario en el que se represente el patio del recreo.
No será difícil.

Sandra:
Ya lo veréis, me van a matar en casa. Después del cero patatero de la semana pasada, que menuda bronca me costó, hoy seguro que me cascan otro.

Alberto:
¿Hoy otro examen?. ¡Jo! Que rollo.

Luisa:
Vamos a tener que estudiar un poco más. Si no, al final vamos a repetir el curso.

Sandra:
Pero si es que a mí me da igual. De todas maneras no me sale nada bien. Mi madre dice que no sé hacer ni la “o” con un canuto, y eso que el dibujo de ayer me salió precioso. Mejor que a Pili, que es tan lista. Tengo unas ganas de dejar de venir al colegio ya de una vez.

María (Que ha dejado de jugar al balón y se une a la conversación):
Pues yo estoy bien contenta de poder venir a un sitio donde me enseñen cosas, aunque todavía no las haga bien. Si tú supieras lo que es no poder ir a un colegio normal, como todos los niños, seguro que no dirías eso.

Sandra:
Menuda bobada. A mí me encantaría poder levantarme a la hora que me diera la gana y poner la televisión, como si fueran vacaciones todo el año.

Julián:
Tiene que ser un chollo: Todo el día viendo los “Rangers” del Universo.

Alberto:
Pues a mí me parece que no. ¿Dónde conoceríamos a los amigos?

María:
Y más cosas: Mi madre y mi abuela y mis tías y todas las mujeres de mi familia se han dedicado siempre a hacer las cosas de casa mientras que los hombres salían a buscar de comer. Yo no quiero tener que pasarme la vida haciendo las cosas de la casa y esperando a un hombre, sea el que sea.

Sandra:
¡Qué cosas! Mi madre también se pasa la vida fregando como una loca y sí que ha ido al colegio.

Julián:
Pues mi madre sí que trabaja y está hasta la coronilla. Se pasa la vida buscando la forma de dejar de trabajar para no madrugar. Y yo estoy deseando que la encuentre. Seguro que se le pasarían esas malas pulgas que tiene siempre.

Alberto:
En mi casa pasa igual, pero yo casi nunca les veo. Así que no sé si quieren dejar de trabajar o no.

Luisa:
Pues igual que en la mía. Es un rollo: Trabaja tanto todo el mundo que yo no veo a nadie en todo el día. Cuando me levanto, sólo está mi padre metiéndome prisa porque no llego a tiempo al cole y, cuando me acuesto, sólo esta mi madre metiéndome prisa porque, si no me duermo, mañana no voy a llegar a tiempo al cole. El caso es que solamente hay gente metiéndome prisa porque no voy a llegar a tiempo. Lo que yo digo, es un rollo.

María:
No os quejéis. Vosotros lleváis zapatos limpios y camisas nuevas.

Sandra:
Yo sigo diciendo que venir a la escuela es un tostón.

María:
Pues yo quiero que mis hijos también lleven zapatos limpios y camisas nuevas cada curso, como vosotros y salir por las mañanas a trabajar, como vuestras madres para poder mantener a mi gente sin depender de nadie.

Narrador:

Estos siguen a su rollo pero ahora su grupo se queda en penumbra y se ilumina la parte del escenario en la que Borja y Pili están mirando un libro.

Pili:
¿De qué están hablando?

Borja:De los mayores y eso.

Pili:
¡Qué tonterías! Mi padre dice que no hay que hablar de los mayores, que ellos siempre tienen razón porque tienen “experiencia”.

Borja:
¡Desde luego! Mi padre tiene muchísima experiencia. Tiene tanta experiencia que no le debe caber ni en el armario de su cuarto. Se ha tenido que comprar un ordenador para guardarla, así que fíjate. A mí me ha dicho que, cuando ya tenga más experiencia, me dejará guardarla también en su ordenador.

Pili:
Mi padre no sé si tendrá tanta, la verdad.

Borja:
Hombre, pues... no creo. Ten en cuenta que mi padre es “agente comercial colegiado(10)
” y eso... da mucha experiencia.
(10) “Agente comercial colegiado” es vendedor.
Pili:
Ya lo creo, ya. Eso debe dar muchísima. Oye y para ser azafata ¿hará falta tener toda esa experiencia?.

Borja:
Pues no lo sé. Supongo que tanta no.

Pili (aliviada(11)
):
Pues menos mal, porque no sé de donde la iba a sacar. Desde luego, los mayores tienen mucha experiencia.
(11) Eso quiere decir mucho más tranquila.
Borja:
Por eso, como tienen tanta experiencia, es por lo que saben que esos tres no son de nuestra “clase”. Se lo pregunté a mi padre el otro día y bien claro que me lo dijo. Que las cosas son como son aunque yo no las entienda y que las malas influencias no traen más que complicaciones.

Pili:
Pues a mí me dijo mi madre que están haciendo todo lo que pueden para que se los lleven a otro colegio. Y también me lo explicó bien claro. Ella dice que si pones tres manzanas podridas en un cesto de manzanas que no están podridas, las tres manzanas malas terminan contagiando a las sanas y al final se pudren todas las manzanas del cesto. ¿Lo entiendes?


Borja (muy seguro):
¡Desde luego que lo entiendo!

Pili:
Pues hijo, menos mal, porque a mí me costó un buen rato.

Borja:
Pues quiere decir que no hay que poner manzanas podridas con manzanas sanas y que nosotros somos las manzanas sanas y ellos las podridas. Y por eso quieren que las saquen del cesto, o sea, del colegio.

Pili:
Sí. Algo así me había imaginado yo. Pero no le hice mucho caso. Como a mi padre le ha entrado la manía de decirme que no voy a llegar a ningún sitio. Y eso que soy la segunda de la clase, que si no... ¡Hasta mi madre dice que no sé ni dibujar! Con lo bonitos que le salen los dibujos a Sandra... Me da una envidia.

Narrador:

Este grupo se oscurece y se ilumina el tercero, donde Antonio, Elena y Manuel estaban jugando a la pelota.

Antonio:
Seguro que me vuelve a tocar salir a la pizarra y hago otra vez el ridículo.

Manuel:
Pues no sé por qué tienes que hacer el ridículo. Tú di lo que sepas y ya está.

Antonio:
Ya. Para que se rían.

Manuel:
Pues a la salida les esperamos y les damos una paliza.

Elena:
Que borriquísimo eres, Manuel. No puedes ir zurrando por ahí a todo el que se ríe.

Antonio:
Pues en mi barrio de mí no se ríe nadie. No sé porque se van a reír aquí.

Elena:
¿Y quién se ríe?

Antonio:
Pues... Todos.

Elena:
Pues es mejor no hacer ni caso que estar todo el día a mamporro limpio. Además, si no quieres que se rían, pues apréndetelo.

Antonio:
También hay muchos días que no te lo sabes tú, lista.

Elena:
Ya. Pero a mí no me importa que se rían. Más me río yo.

Manuel:
En eso tiene razón ella.

Elena:
Que no hay que hacer caso, hombre. Además, vosotros lleváis mucho menos tiempo en el colegio, es normal que todavía no os lo sepáis todo. El otro día oí a la “seño” decir que, como todavía llevabais poco tiempo, teníais una laguna(
12) y que por eso ibais más retrasados. Aunque la verdad es que no sé a qué laguna se referiría.
(12) Tener una laguna, en este caso, quiere decir que hay algunas cosas de atrás que no se han aprendido. Es muy difícil aprender lo siguiente si lo de atrás no se sabe muy bien.
Antonio:
Como no sea al pedazo de charco que hay en la puerta de mi casa.

Manuel:
¡Hombre!. No sería a ese.

Antonio:
No, no sería.

Manuel (a Antonio):
De todas maneras tienes razón. A mí, a veces, también me da corte. Y con esa manía que nos han cogido... Estoy seguro de que están deseando echarnos de aquí y si , encima, les damos motivos...

Narrador:

Estos siguen hablando. El grupo se queda en penumbra y se iluminan don Ramón y la profesora, que están paseando, ahora, por el borde del escenario y hablando de sus cosas.

Don Ramón:
Algunos padres han escrito cartas protestando por tener en el colegio a Manuel, a Antonio y a María. Dicen que son una mala influencia para sus hijos y que el Ministerio debería encontrar otro sitio para ellos.

Profesora:
Algunos días no me extraña, porque son malísimos. Pero yo creo que, poco a poco se van aclimatando(
13). Podríamos dejar pasar otro par de semanas. Si no hacen ninguna trastada más, es posible que no haya que echarles. Sería una pena...
(13)Aclimatarse es acostumbrarse a nuevas situaciones, a nueva gente, etcétera.
Don Ramón:
Sí. A mí también me parece una pena. Pero hay poco tiempo. La verdad es que los padres se están poniendo nerviosos y si no hacemos nada, serán ellos los que escriban directamente al Ministerio y, al final, tendremos un problema.

Profesora:
Pero fíjese: María, por ejemplo, está contentísima de poder venir a este colegio. Dice que aquí aprende mucho más que en sitio al que iba antes y le encanta aprender. Sigo diciendo que sería una pena.

Don Ramón:
Nos han puesto en una situación muy embarazosa(
14). Además de ser malos estudiantes, ya ve los muchísimos problemas que nos están creando.

(14) Eso es una situación comprometida, o sea, complicada.

Profesora:
Interés no les falta.

Don Ramón:
Ya. Pero eso ahora no es suficiente.

Narrador:

Todo el escenario se ilumina. Pili se levanta de donde estaba sentada con Borja y se acerca a la puerta de la clase procurando que nadie se de cuenta. En ese momento todas las luces se apagan y suena el timbre del recreo.

Cuando se enciende la luz en el escenario vuelve a aparecer el aula, tal y como estaba durante el primer acto. Fuera, se ve por una ventana del fondo a los niños poniéndose en fila. Pili entra en escena antes que los demás. Se dirige con mucho sigilo(
15) a la mesa de la profesora y revuelve sus papeles. Coge uno de ellos y lo mira con mucha atención. Manuel entra en ese momento, sin que ella se dé cuenta. La ve, pero no dice nada y sale. Pili coge el papel, lo dobla, se lo guarda debajo del jersey y sale también.
(15) Con mucho cuidado para no ser oída.
Al momento todos los niños empiezan a entrar ordenadamente en clase y se van a sus sitios. Antes de que llegue la “seño”, Pili saca el papel que ha cogido de la mesa y lo guarda en la cartera.

Enseguida entra la profesora también. Se detiene extrañada frente a su mesa. Se da cuenta de que alguien ha tocado sus papeles que están muy revueltos y se enfada una barbaridad.

Profesora:
¡Pero bueno! ¡Alguien ha estado revolviendo mi mesa!. Estos papeles estaban muy bien ordenados. Eso quiere decir que alguno de vosotros ha mirado el examen que iba a poner hoy, estoy segura. El que haya sido lo ha hecho para aprobar sin haber estudiado.

Pili:
Yo no he sido, señorita, se lo aseguro.

Julián y Alberto (a la vez):
Ni yo.

Profesora:
Pues alguien ha tenido que ser. Estos papeles no se revuelven solos.

Elena:
¿Y no ha podido ser, por ejemplo, el viento?

Profesora:
No tiene gracia, Elena. Esto es mucho más serio de lo que parece.

Elena:
Si yo no digo que no sea serio, lo que digo es que a lo mejor ha sido el viento.

Profesora:
Desde luego que no ha sido el viento. El que haya sido tendrá que decirlo. Si no llamaré al director y que él lo resuelva.

Borja:
Ha sido Manuel. Yo le he visto entrar en clase a la hora del recreo.

Manuel:
Yo no he sido, señorita. Y a ti, Borjita, te voy a dar un mamporro a la salida que verás.

Profesora:
Manuel ¿Has sido tú?.

Manuel:
No, señorita. Yo no hago esas cosas.

Profesora:
Pero ¿has entrado en clase a la hora del recreo?

Manuel:
Sí.

Profesora:
Y ¿Cómo explicas eso?

(Manuel se calla y agacha la cabeza)

María:
Manuel no es capaz de hacer eso. Yo lo sé.

Profesora:
Pero Borja le ha visto entrar en la clase cuando no había nadie.

Antonio:
Cualquiera entra en clase durante el recreo, eso no quiere decir nada.

Profesora:
¿Cómo que no quiere decir nada? Quiere decir que ha podido coger los exámenes y mirarlos. Está visto que esto sólo hay una manera de resolverlo: Voy a buscar a don Ramón.

Narrador:
Entonces, la profesora sale de clase. Las luces del escenario se apagan y quedan iluminados Manuel y Pili para que el público vea que la conversa
ción sólo la oyen ellos dos. Es como si todos los demás se durmieran un momentito y sólo ellos se quedaran despiertos.

Manuel:
Pili, sé que has sido tú, te he visto mirando en la mesa de la señorita. Díselo antes de que se líe más gorda.

Pili:
Tú no me has visto. Además, aunque me hayas visto y te chives no te va a creer nadie. Tú eres de otra “clase”, eres una manzana podrida. Nadie te creerá.

Manuel:
Yo no voy a chivarme. En mi barrio los chicos no se chivan unos de otros. Pero te he visto. Querías sacar un diez, como Borja, porque la semana pasada sacaste menos.

Pili:
Yo no he mirado ningún examen. Me da igual que pienses lo que quieras. Nadie te va a creer.

Narrador:

Ahora se encienden todas las luces y entran en clase la profesora y don Ramón.

Profesora:
Bueno niños. Aquí está el director. Si no aparece el culpable don Ramón tomará medidas.

Borja:
Estoy seguro de que ha sido Manuel, señor director.

Don Ramón:
Manuel ¿tienes algo que decir?

Manuel:
Sí: Que yo no he sido.

Elena:
Pero qué manía le ha entrado a todo el mundo con que ha sido Manuel. Nadie le ha visto hacerlo.

Profesora:
Pero Borja le ha visto entrar en clase durante el recreo y él no lo niega.

Don Ramón:
¿Lo niegas Manuel?

Manuel:
Que si niego ¿qué?.

Profesora:
Que has entrado en la clase cuando no había nadie.

Manuel:
He entrado en la clase, pero sí que había alguien.

Profesora y don Ramón (A la vez):
¿Quién?

Manuel:
Yo no me chivo. Chivarse es de cobardicas.

Antonio y María:
No se va a chivar, señorita.

María (sola):
Nosotros no somos chivatos.

Pili:
¿Lo veis? No dice quien porque no había nadie. Se lo está inventando para que no le echen la culpa a él.

Manuel (muy enfadado):
¡Eso es mentira!. No lo digo porque yo no soy un chivato. En mi barrio, a los que se chivan, les dan una paliza.

Narrador:

El escenario se vuelve a quedar a oscuras y solo se iluminan los dos de antes, otra vez para mantener una conversación entre ellos solos.

Manuel (sigue):
Pili, te la vas a cargar. Como me hagas esto me van a echar del colegio. Y seguro que a mis dos “primos” les echan también por tu culpa.

Pili:
¿Y qué quieres?, ¿qué me echen a mí?

Manuel:
¡Pero si has sido tú!. Te he visto mirar en la mesa durante el recreo, antes de entrar.

Pili:
Eso es mentira. Yo no he mirado ningún examen. Además, a mí nadie me ha visto entrar durante el recreo y a ti sí.

Manuel:
Te he visto yo y, sobre todo, te has visto tú.

Narrador:

Y ahora es Pili la que agacha la cabeza. Enseguida, todo el escenario se queda a oscuras y, con todo apagado, empiezan a hablar los niños.

Voz de Luisa, en off(
16) (mientras el escenario se ilumina lentamente):
(16) “Off” es una palabra inglesa que significa “fuera”. Una voz en off, es una voz que se escucha de alguien que está fuera del escenario, es decir a quien el público no ve. También se usa en el cine y en la televisión, es la voz del que cuenta la historia pero que no aparece en la pantalla.
Esta historia podría haber tenido muchos finales. El más normal es que Pili nunca confesara y los mayores desconfiaran de Manuel, porque era diferente (porque era más pobre), y le expulsaran del colegio.

(Mientras se oye la voz: El director mira a Manuel y señala con el dedo la puerta de la calle. Manuel sale de clase escenificando que le expulsan.)

Voz de Pili, en off:
Si hubieran echado a Manuel, seguro que María y Antonio, se hubieran ido con él (a eso llaman “solidaridad(17)
”). A ellos nunca les hubieran admitido en ningún otro colegio, ni siquiera interno y nunca hubieran tenido oportunidad de tener una buena educación.
(17) Esta palabra es mucho más difícil de explicar, pero, seguramente, es la más importante de toda la obra. Será mejor que le preguntéis a la “seño” o a mamá y a papá. Seguro que ellos os lo cuentan mucho mejor que yo.
(Mientras se oye la voz: Salen del aula Antonio y María.)

Voz de Borja, en off:
La verdad es que esta historia se ha complicado un poco, tenemos que buscar la forma de que esto no acabe tan mal.

Voz de Alberto, en off:
También hubiera podido pasar que Pili dijera la verdad y, entonces, la expulsaran a ella. Los padres de Pili le hubieran dado una paliza y la hubieran metido en un colegio interno o alguna barbaridad por el estilo.

(Mientras se oye la voz: Manuel, Antonio y María vuelven marcha atrás -como en el cine- y Pili levanta la mano. El director la mira y señala con el dedo la puerta de la calle. Pili sale.)

Voz de Julián, en off:
Esta historia todavía es muy triste. Los cuentos para niños tienen que terminar bien. Si no nos gustan mucho menos.

Voz de Antonio, en off:
Probemos este final, a ver si os gusta más.

Narrador:

El escenario se vuelve a apagar de pronto, entra Pili y se vuelve a iluminar. Los actores van a intentar un final que nos guste más a todos.

Pili:
Manuel dice la verdad.


Don Ramón:
¿Dice la verdad, Pili?

Pili:
Sí.

Profesora:
¿Y tú cómo lo sabes?


Pili:
Porque he sido yo la que he revuelto los papeles de encima de la mesa.

Don Ramón:
Entonces ¿has sido tú la que ha querido copiar?

Pili:
No señor director. Yo no he mirado el examen. Sólo quería coger una cosa.

Profesora:
¿Qué había en mi mesa que te interesara, Pili?

Pili (sacando de la carpeta el papel que había guardado antes):
Es el dibujo que hizo Sandra ayer. Le quedó tan bonito que lo quería copiar para llevárselo a mi madre. Ella está empeñada en que no sé pintar y este le hubiera encantado.

Narrador:
Se apagan otra vez todas las luces, cualquiera diría que se funden los plomos. Dos focos iluminan ahora a Pili y a Manuel que se han colocado al borde del escenario -con mucho cuidado para no caerse al patio de butacas-. Este sí que es el final:

Pili:
Manuel... ¿Me perdonas?

Manuel:
Claro que sí, tonta. En mi barrio los chicos enseguida olvidamos.

Pili:
¿Sabes? Estoy segura de que no eres una manzana podrida.

Manuel:
¡Qué manía te ha entrado con eso de las manzanas, hija! ¿Cómo voy a ser yo una manzana?

Narrador:

Y se apaga otra vez el escenario y, enseguida, se vuelve a encender. Todos los actores están en fila de frente al público. Como a todo el mundo le ha encantado la función, aplauden como locos. El padre de alguno de los actores grita ¡bravo! y alguna madre echa una lagrimilla porque su hija ha estado “enorme”

Telón ( y fin de la obra)

Nota del autor: Si, por casualidad, el público siguiera aplaudiendo, el telón se puede volver a subir y pueden aparecer otra vez los actores a saludar. No pasa siempre, pero si ocurre, querrá decir que la función ha sido todo un éxito.

domingo, febrero 12, 2006

Año 2032; primavera

Esta obra se estrenó en Daimiel allá por los años noventa y tantos por el grupo Calatrava, de la asociación ANADE, dedicada al teatro con discapacitados psíquicos. La dirigió José Colmenro, un genio, amigo, actor de vocación y actual presidente de la cosa. Después corrió por la Mancha toda y, finalmente, se hizo en Madrid, en el teatro de la RESARD. No dió dinero, claro, pero sirvió para que los chicos de ANADE se pudieran constituir en Centro Especial de Empleo, convirtiéndose así en actores profesionales.

Acto I
Elisa está sentada en una silla de ruedas. Su movilidad es muy reducida. Aparenta unos cincuenta y tantos y su vestuario es pobre. El escenario es una habitación que tiene cocina y comedor juntos, al fondo de la cual hay una puerta que da al servicio. La estancia está desordenada y ella contribuye al desorden trasteando con dificultad para alcanzar el mando a distancia de un pequeño televisor. Cuando lo coge y activa el aparato aparece una escena cotidiana de suma violencia (manifestación en Basurto, linchamiento de un negro, coche bomba en Granada o desalojo de un grupo de “ocupas” de unas viviendas de Barcelona). Las imágenes se reproducen a la vez en una gran pantalla que debe inundar la sala con el sonido muy alto. Elisa baja el volumen y se queda absorta unos instantes.

Entra Johny. Un hombre mayor con el pelo completamente blanco y la cara muy estropeada. Su vestuario pretende ser arreglado (como si viniera del médico) pero denota vejez y falta de tinte. Está contrariado. La atención de Elisa se centra en él cuando quita la televisión con la expresión poco segura. Ella sigue quieta.


Elisa: ¿Dónde estabas?
Johny: Pues ya ves. He ido a la ópera, después he estado con un magnate de las telecomunicaciones tomando unas copas y, al ver la hora que era...
Elisa: ¿Necesitabas toda la mañana para ir a recoger unos malditos análisis?
Johny: No, ya te he dicho que ha sido cosa de un magnate de las telecomunicaciones que me he encontrado al salir de la ópera.
Elisa: ¿Qué te ha dicho el médico?
Johny: Nada bueno.
Elisa: ¿Cómo de malo?
Johny: Malo, malo. No sé como de malo: Malo.
Elisa: ¿Me voy a morir?
Johny: No sé si te vas a morir Eli. Me han dado cita para el miércoles.
Elisa: ¿Nos queda dinero?
Johny: No.
Elisa: ¿Cómo has pagado los análisis?
Johny: Tú de eso no te preocupes.
Elisa: No, claro, del dinero te preocupas tú, que para eso de las finanzas no tienes precio. ¿No ves qué bien nos va la vida?
Johny: ¿Qué vida?
Elisa: Eso digo yo ¿qué vida?
Johny: ¿Qué hacías?
Elisa: Esperándote como una idiota ¿Qué querías que hiciera?
Johny: Podías haber preparado algo de comer, por ejemplo.
Elisa: ¿Por qué? ¿Es que ya te has cansado de cocinar para mí?
Johny: No, es que se ha hecho tardísimo.
Elisa: Demasiado tarde. Sobre todo para mí. Dime ¿me voy a morir?
Johny: ¿Cómo demonios quieres que lo sepa? Supongo que no ¿no?. Te estudiarán, te pondrán en tratamiento... La gente ya no se muere de casi nada.
Elisa: La gente que tiene dinero para pagarse un médico ya no se muere de casi nada. Digo “yo”, que si me voy a morir yo.
Johny: Coño, Elisa, deja de decirlo ya. No, no te vas a morir, he decidido que no te mueras todavía. ¿Mejor?
Elisa: Mucho mejor, gracias. ¿De verdad qué, entonces, no me muero?
Johny: ¡Eli!
Elisa: Está bien, está bien. Ya sé, el miércoles...


Elisa pone otra vez la televisión, el volumen está bajo. Dulcifica el gesto y tiende las manos a su marido. Un locutor narra otra noticia catastrófica a la que ninguno de los dos hace demasiado caso.

Elisa: ¿Me harás la comida?
Johny: ¿Por qué?
Elisa: Porque estoy en una silla de ruedas desde hace más de diez años.
Johny: Prueba a mover las manitas, guapa, que le echas un cuento...
Elisa: Ya sé que puedo mover las manitas, simpático. Lo que no puedo mover es el culo.
Johny: Y, por cierto, ¿qué haces ahí sentada diez años?
Elisa: Si por algo me gustas es por lo ingenioso que eres, pero ya que me lo preguntas te lo diré: estoy esperando para ser libre.
Johny: ¿Qué quiere decir “libre?”
Elisa: Es... lo que pone en los taxis cuando uno los puedes coger.
Johny: ¿Qué pasa, que vas a comprarte una silla de cuatro plazas?

El locutor del noticiario se hace presente en la pantalla. Elisa sube el volumen:

“El Gobierno ha informado de otro importante logro en la lucha contra la marginalidad. En la localidad ciudarrealeña de Miguelturra se ha localizado y desarticulado una colonia clandestina, esta vez de ciudadanos angoleños. Los inmigrantes, todos ellos ilegales, han sido detenidos y puestos a disposición de las autoridades del Ministerio para las Fronteras. Uno de los integrantes de la colonia ha denunciado a los responsables de una gran mafia que, al parecer, opera en todo el territorio nacional facilitando la entrada en España de ciudadanos del tercer mundo. El cabecilla de la organización parece responder al alias de “Toni” y, aunque no se dispone de datos suficientes sobre su identidad, la policía confía en su pronta detención. Tras esta operación, son ya novecientos dieciocho los “ilegales” que el Ministerio para las Fronteras ha logrado repatriar en lo que va de este año. El propio ministro ha asegurado que el 2032 pasará a la historia como el año de la limpieza nacional.
Y Mientras el país se felicita por esta nueva muestra de la eficacia de nuestras fuerzas de seguridad nos llega otra noticia de alcance: la asociación de amantes de lo autóctono...”.


Elisa: Quítale la voz a eso, por favor. Échame en el sillón. Estoy muy cansada.
Johny (bajando el volumen): No vas a poder tirar de tu silla de cuatro plazas si no te cuidas un poco.
Elisa: Dame un cigarro.
Johny: Te perjudica.
Elisa: No jodas, Johny, dame un cigarro.
Johny le enciende un cigarro a Elisa y se lo da. La levanta trabajosamente de la silla de ruedas y la echa en el sofá de la estancia. Se sienta junto a ella y enciende otro cigarro para él. Ella, fatigada de la operación, fuma con agrado.
Johny: Ese tal Toni no será tu hermano ¿verdad?
Elisa: Si lo es seguro que lo hace por dinero. No me imagino a mi hermano haciendo nada por nadie sin recibir algo a cambio.
Johny: A lo mejor está purgando sus pecados para liberar su alma inmortal.
Elisa: Dime ¿cuándo te sentiste libre por última vez?
Johny: Anda, no preguntes tonterías y déjame que prepare algo de comer.
Elisa: No, lo preguntaba en serio. ¿Cuándo fue la última vez que te paraste a disfrutar de lo que estabas haciendo?
Johny: No quiero hablar de eso, Eli. No me gusta la conversación.
Elisa: Dímelo ¿cuándo?
Johny: Supongo que... No lo sé, cuando nos juntábamos todos, la panda y bebíamos hasta el amanecer... Cuando vivíamos al límite.
Elisa: ¿A qué límite?
Johny: No seas injusta. No podíamos calcular lo que hacíamos. ¿Cómo íbamos a saber...?
Elisa: ¿A cuántos negros habrás apaleado, Johny?
Johny: No lo sé. Ya te he dicho que no me gusta la conversación. Éramos jóvenes, nos divertíamos. No lo sé. La vida era como era, el fin de siglo y todo eso. ¿Cómo íbamos a saber...?
Elisa: Y todo aquello de las cabezas peladas y los cueros y las armas y el alcohol y las drogas de diseño y la violencia... ¿Era todo aquello lo que os hacía sentiros libres?
Johny (levantándose): Sí, joder, sí. Tomábamos las calles cada noche, nos respetaban. Éramos los dueños de todo lo que podíamos ver. Entonces no hubiéramos tenido problemas con tus medicinas: Un golpe a una farmacia era lo más sencillo. ¡Nadie me había visto a mí mendigar por cien cochinos euros! ¿Y tú? ¿Qué hacías tú con tu rollo intelectual de mierda, todo el día pregonando aquello de cambiar la sociedad, de la solidaridad, de la igualdad entre los hombres...? ¿Qué hacíais?
Elisa: Nada.
Johny: Nosotros, por lo menos, nos hacíamos la ilusión de que estábamos vivos.
Elisa: Vosotros erais gilipollas. ¿Es qué lo echas de menos?
Johny: No cambies de conversación. ¿Te sentías tú mejor? ¿De qué ha servido toda la palabrería hueca de tus correligionarios? ¿Has salido a la calle esta mañana? ¡Está llena de mierda!
Elisa: No, a la vista está: hace muchas mañanas que salgo a la calle.
Johny: Está llena de mierda. No te has perdido nada.
Elisa: ¡Joder, Johny! Llevamos más de seis semanas sin salir a la calle.
Johny: Claro.
Elisa: ¡Me comen estas paredes, no lo aguanto!
Johny (dirigiéndose al fogón para hacer la comida): Claro que lo aguantas, tonta. Verás como todo cambia pronto y ya se puede salir otra vez y paseamos por las mañanas para que te dé el aire fresco. Ya verás como pronto recuperamos el pase y podemos volver a caminar por todas partes.
Elisa: Eso de caminar se lo dirás a todas.
Johny: Mujer, quiero decir que podremos...
Elisa: He pensado que si el médico certifica que lo mío es terminal, a lo mejor en el ayuntamiento nos daban un pase especial y podíamos salir a la calle de verdad.
Johny: Mientras yo esté en el paro no creo, pero bueno, le preguntaremos a la asistente social.
Elisa: Siéntate conmigo, Johny. Después comemos. Dime ¿aún me quieres?
Johny: Que tonterías preguntas. Claro que te quiero.
Elisa: ¿No es lástima?
Johny: No. Ya no. Ahora es verdad que te quiero.
Elisa: Tengo miedo.
Johny: ¿De qué?
Elisa (burlona): No, de lo de morirme y eso.
Johny: ¡Elisa!
Elisa: Tengo miedo de haber llegado tarde a todo durante toda mi vida y, lo que es peor, haberme dado cuenta demasiado tarde.
Johny: ¡No fastidies Eli!
Elisa: Es verdad. Además, creo que no te tuviste que casar conmigo.
Johny: Yo te dejé así, era mi obligación.
Elisa: Está bien. Así jodimos dos vidas por el precio de una. Pero ahora te quiero, Johny.
Johny: Yo, ahora, también te quiero.
Elisa: ¿Lo ves? Demasiado tarde. Lo que yo te decía.
El timbre suena con insistencia. Johny se levanta a abrir la puerta que está algo desvencijada.
Elisa: Ya te he dicho que tienes que arreglar esa puerta.


Entra muy nervioso un hombre más joven que la pareja, también con aspecto mísero. Da un palmetazo a Johny en la espalda y se acerca a dar un beso a Elisa.

Hombre: Es tu hermano, Elisa, que lo han pillao’ y lo andan buscando. Ahora les ha hecho un requiebro y viene pa’ca.
Johny: ¿Que le han pillao’ de qué?
Hombre: Pues de marrón, que más da.
Elisa: ¿Y a qué viene aquí?
Hombre: Pues a esconderse.
Johny: Ni hablar de eso colega, ni hablar. Que se busque la vida por donde le venga pero por aquí que ni se presente. No sabe ese imbécil que estamos más que pringados.
Hombre: ¿Y qué quieres que haga, qué se tire al metro?
Elisa: ¿Está limpio?
Hombre: Y yo qué sé. Está muerto de miedo.
Elisa: Si se presenta aquí cargao’ nos arma la de dios.
Johny: Mira tío, estoy a punto de conseguir un pase para poder sacar a Elisa a la calle, si me arma un lío este inconsciente me lo cargo. Te juro que me lo cargo.
Hombre: Yo digo que es por eso de los ilegales que se traía entre manos, pero yo no se nada, ya lo sabéis. Ahora si queréis le abrís y, si no, le dais con la puerta en las narices, que a mí lo mismo me da. Oye, por cierto ¿os ha sobrao’ algo de comer?
Elisa: Coge una lata si quieres, pero no lo pregones.
Hombre: Vale tronca, tú si que te enrollas.
Johny: Venga colega, que nos buscas un lío.
Hombre (cogiendo la lata de un armario cercano al fogón): Ok. Nos vemos. (Sale).
Elisa: ¿Qué le pasará ahora a mi hermanito?
Johny: Lo que a todo el mundo, que estará roto por algún sitio, que lo andarán buscando para enchironarlo por drogas o por eso de la tele del tráfico de ilegales o por... ¡yo que sé!
Elisa: ¿Y qué hacemos con él?
Johny: Si te parece le doy un botellazo cuando entre y llamo a la policía.
Elisa: Hablo en serio, Johny, ¿qué hacemos?
Johny: Pues esconderlo hasta que se pueda dar el dos. No podemos hacer otra cosa. Pero como le anden buscando por lo de los ilegales la ha fastidiado él y nos la va a fastidiar a nosotros.
Elisa: ¿Te acuerdas de lo que te hizo?
Johny: De todo. Me acuerdo de todo.
Elisa: ¿Entonces?
Johny: ¿Qué quieres? Ya somos mayores.
Elisa: ¡Jo! No soporto la idea de volver a esconderme; de que se me vuelva a sobresaltar el corazón cada vez que llaman a la puerta preguntándome si será otra vez la pasma. No tengo fuerzas Johny, te lo juro. Además ¿Y si por esta tontería nos quitan otra vez el pase?
Johny: Pues que se coman el puto pase, Eli. Es tu hermano, me acuerdo de lo que me hizo, sé que necesitamos el pase para poderte sacar a la calle, pero no voy a dejar tirado a nadie más a merced de esa panda de buitres carroñeros.

Se hace una escena de silencio tenso (a ver cómo se las ingenia uno para eso). Elisa llama con las manos a su hombre para que vuelva a sentarse con ella. Él acepta la invitación y se acerca despacio al sofá. El escenario se queda medio a oscuras. Un foco lo recorre despacio mostrando la miseria de la estancia hasta que se para iluminando a la pareja.

Elisa: ¿Cómo ha podido pasar todo esto, Johny? ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?
Johny: No me acuerdo. Seguro que fuimos nosotros. El mundo funcionaba así. Nadie pensaba en esto... Primero era contra los negros, contra los polacos o las filipinas y cuando no quedaron filipinas, polacos ni negros descubrimos que nosotros éramos los negros, los polacos y las filipinas... ¿Cómo íbamos a saber que los pobres éramos nosotros? Entonces empezamos a dispararnos entre nosotros. ¿Ves qué fácil? Una paliza a un borracho, un tiro en la cabeza a un mendigo y luego descubres que el mendigo era tu hermano y que tu amigo se parece demasiado al borracho de la paliza de anoche... No sé como empezó.
Elisa: Nosotros hablábamos de política, del estado del bienestar, de la mundialización de la economía, de las libertades y, entretanto, dejábamos pasar los días entre congreso y congreso sin hacer otra cosa que hablar y buscarnos cada uno nuestro huequecito en el aparato del poder. Yo tampoco sé como empezó todo esto. Lo que sí sé es que cuando quise darme cuenta estaba aquí sentada...
Johny: No sigas, por favor, Elisa.
Elisa: ¿Por qué no? Ya no te odio por aquello, Johny. Hoy menos que nunca. Entonces sí. Entonces hubiera querido matarte tan lentamente como tú me habías sentenciado a muerte. Pero apenas tenía treinta años; me vi desbordada. Ya no. A lo mejor descubrí la libertad aquí sentada, peleando por seguir viva un día más y rezando por que alguien consiguiera una maldita vacuna que me indultara de aquél polvo contagioso. Y a lo peor, hubieras podido matarme tú de un garrotazo en la sien, confundiéndome con una chinita. Estos rasgos orientales míos no eran buen salvoconducto para andar por la calle en aquellos días.
Johny: No digas tonterías.
Elisa: ¿No? ¿Era lo suficientemente aria para vosotros?
Johny: Me haces daño.
Elisa: No te duelas ahora. Las cosas fueron como fueron y no quisimos hacer nada. Nosotros...
Johny: ¿Nosotros? Y los empleados de banca y los funcionarios y los obreros de la construcción y los aparejadores... Hablaban, hablaban... todo el mundo hablaba. Lo que pasa es que entonces sólo se escuchaban los disparos por la televisión. Los políticos estaban demasiado preocupados por mandar, los veterinarios pensaban que no era con ellos la cosa, igual que las peluqueras. ¿Qué pasaba en el 97? Que si no te gustaban dos libros quemabas una librería ¿o no te acuerdas? Un lunes sí y otro no, la ETA asesinaba a un policía o a un mecánico, o a un juez ¿Y qué pasaba?
Elisa: ¿Y qué iba a pasar?
Johny: Nada. Cargaba la policía para desalojar a unos ocupas y no pasaba nada. Alguien le descerrajaba un tiro a una dominicana y no pasaba nada. Una bombona de butano estallaba en un quinto izquierda y, si allí los que vivían eran rumanos, tampoco pasaba nada. Si tú eras un hombre de orden, no iba la cosa contigo. Lo que pasó estuvo espléndido: Enérgicas condenas ¿lo recuerdas?, manifestaciones de repulsa, minutos de silencio, incluso seguro que alguien chasqueó alguna vez la lengua y exclamó con dureza algo así como “¡mecachis! Así no vamos a ningún sitio”. Pero no pasaba nada.
Elisa: Pero ¡¿qué íbamos a hacer, joder?!
Johny: Nada, nada; estuvo bien así. A la vista está ¿qué no?
Suena otra vez el timbre. La estancia se ilumina, Johny va a abrir la puerta. Entra Toni, el hermano de Elisa, muy tranquilo, seguido del hombre de antes que aún está muy nervioso y mira para todos lados. Toni es casi un viejo, corpulento, muy desaliñado. Le asoma del bolsillo del abrigo una botella de vino malo y chupa una pipa sin tabaco.
Johny (al hombre): No busques, esto es lo que hay.
Toni (casi a la vez): Hola troncos. Este me ha dicho que me dais asilo.
Hombre: Yo me abro que esto está que arde. (A Toni) Si quieres algo de mí ya sabes donde paro. Pero ándate con ojo, que esta vez estás hasta las cejas. (Sale).
Johny: ¿De qué huyes ahora?
Toni: De la policía ¿pasa algo?
Johny: Sí pasa algo; tu hermana está enferma, nos han retirado el pase y necesito conseguir otro, estamos en las últimas de pelas y casi no nos queda nada para comer. Si te cogen aquí nos buscas la ruina ¿lo ves?
Toni: Entonces ¿me quedo o me voy?
Elisa: No seas chulo, hombre de dios.
Toni (ofreciéndole a Johny un fajo de billetes): Toma esto, ya no me hace falta.
Johny: ¿Qué es?
Toni: Mucho dinero.
Johny: ¿De dónde lo has sacado?
Toni: ¿Y a ti qué te importa? No estás en situación de volverte honrado.
Elisa: ¿Le has sacado la pasta a ese grupo de ilegales que han cogido esta mañana?
Toni: ¿Y si así fuera?
Johny: Si así fuera me darías asco.
Toni: Con esta pasta se compran todos los pases y toda la comida que hace falta.

La foto de Toni ha aparecido en primer plano en la pantalla. Los tres actores se callan. Elisa sube el volumen del televisor. Se hace en la sala la voz en off de un locutor:

“Las pesquisas de la policía de fronteras han logrado por fin identificar al apodado Toni, cabecilla de la organización que daba cobijo a inmigrantes ilegales dentro de nuestro territorio nacional. Se trata del hombre cuya fotografía pueden ver en la pantalla, Antonio Barriga, alias Toni, como ya anticipamos, que está fichado desde el año 2018 por actividades de similar naturaleza. El delincuente mide aproximadamente uno setenta y viste andrajosamente, a pesar de que se le calcula un capital superior a los doscientos cincuenta mil euros. Las investigaciones se centran ahora en localizar su paradero...”

Elisa (bajando el volumen): Necesito creerme que todo es mentira.
Toni: Todo es mentira.
Elisa: He dicho que necesito creérmelo, no que esté dispuesta a hacerlo por que tú me lo digas.
Toni: Todo es mentira. Créeme o no me creas.

Cinco policías uniformados y un sexto individuo de paisano se precipitan en el escenario. En una operación espectacular, los cinco policías esposan a Toni, reducen a Johny y encañonan a Elisa que, claro, no se ha movido del sofá en el que todavía está echada. Con un gesto del de paisano salen los cinco llevándose al primero que deja caer el fajo de billetes bajo la mesa sin que los policías lo adviertan. Quedan en escena el matrimonio y el sexto policía.
Policía de paisano: No necesito que digáis nada. Sé quiénes sois, a qué os dedicáis y que no podréis daros a la fuga por que la vieja está inválida. Así que chitón. (El policía empuja a Johny, que cae en el sillón junto a Elisa). Esta bromita de tu hermano os va a costar muy cara. (Se queda pensativo unos instantes mientras pasea por la habitación) Estoy dispuesto a ser generoso si me decís donde está la pasta.
Johny: ¿Qué pasta?
Policía de paisano: La que ese delincuente de tu cuñadito robó la semana pasada para dar de comer a la panda de sucios negros parásitos que tenía escondidos.
Johny: No sé de qué me hablas, poli, pero yo no tengo pasta.
Policía de paisano (agresivo): No insultes mi inteligencia, cerdo. Yo sé que hay mucha pasta aquí, sé que el Toni no se la ha comido y no la voy a dejar escapar. Y hay uno que también lo sabe. (Dirigiéndose a la puerta) Tú, cerdo, entra. ¡Vamos, pasa. No van a hacerte nada! (Entra, con la cabeza baja, el hombre que había acompañado a Toni) ¿Cuánta pasta?
Hombre: No lo sé, mucha.
Johny (al hombre): Que vueltas da la vida ¿eh?.
Policía de paisano: No te hagas el listo. Tenéis dos horas. Luego vengo y no respondo de lo que pueda pasar con vosotros. Quiero ese dinero dentro de dos horas.


Salen los dos hombres. Elisa y Johny clavan la mirada en el fajo de billetes que aún está debajo de la mesa. Elisa rompe a llorar.

Elisa: No puedo, Johny. No tengo fuerzas. Quiero que se pare el tiempo, quiero conocerte otra vez... a la salida de la Escuela, que me acompañes a casa, me lleves los libros y mi padre no quiera que salga contigo. Quiero fumar a escondidas un cigarrillo y que nos enfademos porque yo no quería ir al cine a ver La Rosa Púrpura del Cairo. Quiero volver a tener piernas y sentir que me tiemblan las rodillas cuando te acercas a mí demasiado y me besas... Ya no puedo más, Johny ¿Por qué nos obligan a jugar a este juego macabro? ¿Quiénes son los buenos? ¿Quiénes son los malos?... Johny: No quiero morirme sin haber disfrutado por lo menos un día. Regálame un día Johny, solamente un día. Regálame un día para que pueda ver que este año también han florecido los almendros y que la gente ha tomado las calles y se bebe cerveza a la puerta de los bares abrigados por el sol tibio del mediodía...
Johny (tristísimo): ¡Elisa!, ¡Eli!, ya no hay nadie bebiendo cerveza en la puerta de los bares. Vuelve en ti: Acaban de llevarse a tu hermano detenido, tenemos que irnos Eli.
Elisa: No, déjame, vete tú. A mí no me quedan fuerzas ni siquiera para huir.
Johny: Tenemos que irnos, van a volver, estamos en un lío enorme. Todo ese dinero es robado, tu hermano se va a pasar en cárcel el resto de su vida, no sé si por ayudar a esos infelices o por sacarles la pasta, pero igual me da... Tenemos que desaparecer del mapa.
Elisa: Para mí es tarde, ya te lo decía.
Johny: ¿Y tu día? ¿Y ese día que quieres que te regale? Tendremos que pasarlo en otro sitio.
Elisa: Tú crees que hay un sitio para nosotros.
Johny: Estoy seguro. Tiene que haber un sitio donde florezcan los almendros con el color que a ti te gusta y se escuche reventar la primavera confundida con el alboroto de los niños al salir de la Escuela. Cuando era pequeño, mi padre nos llevaba de vacaciones a un pueblecito de la sierra de Cuenca, alto, muy alto. Se veían desde arriba del monte extensiones enormes de pinos piñoneros y otras de olivos y sembrados que no tenían fin. Y el silencio se confundía en los atardeceres con el sonido lejano de los tractores que volvían de trabajar las tierras. Y los hombres reposaban en la taberna por las noches y sonaban las ranas croando en el riachuelo que atravesaba el pueblo debajo de un puente de piedra que llevaba al cementerio. Claro que tiene que haber un sitio que nos tenga. Habrá un sitio que las mañanas luminosas de invierno inviten a pasear y el aire te revuelva el pelo y se lleve tu risa calle arriba hacia el viejo edificio del ayuntamiento, donde el alguacilillo refunfuña porque los chicos le ponen petardos y no dejan dormir la siesta... Encontraremos un sitio. Vámonos, Eli. El mundo debe estar ahí fuera.
Elisa: Vete tú. Corre. Encuentra ese lugar que dices. Date prisa: recorre el mundo, búscalo, encuentra una casa que tenga el suelo de madera y el fogón de hierro. Busca una ciudad recorrida por calles que huelan a panadería, donde la gente se ponga de domingo los domingos y en las colas de los museos se hable de los cuadros y en las de los cines de las películas y en los teatros la gente esté nerviosa por que el telón se levante y dejarse sorprender por los actores. Encuentra ese lugar que dices y vuelve corriendo a buscarme.
Johny: No puedo irme sin ti.
Elisa: Entonces ninguno de los dos saldrá de aquí.
Johny: Pero no puedo irme sin ti.
Elisa: Nos cogerán, nos encerrarán... Tampoco estaremos juntos si te quedas. Búscanos un sitio, Johny, lo necesitamos mucho...
Johny: El miércoles tenemos que ir al médico.
Elisa: Vete. Coge ese dinero. Vete ahora.

Johny coge el fajo de billetes y camina deprisa hacia la puerta de la calle. Se detiene, mira fijamente a Elisa. Elisa le mira con los ojos húmedos de esperanza.

Johny: No hemos comido.
Elisa: Ya comeremos.

Johny sale. Cae el telón y es el fin del primer acto.

Acto II


El telón se levanta rápidamente. El escenario vacío representa ahora un parque a las afueras de una ciudad que parece asolada (esperemos que alguien con imaginación lo sepa hacer). Suena algo pacífico. Se oscurece. A un lado, en un banco, un foco ilumina a Johny que aparece sentado con un amigo fumándose un cigarro.


Amigo: Y ¿después?
Johny: Salí corriendo. Cogí el dinero y salí corriendo. No había policías en la puerta. Era una tarde increíble de primavera y, sin embargo, nadie paseaba por las calles. Robé un coche y salí de la ciudad sin saber hacia dónde. Estaba obsesionado con encontrar ese lugar que Elisa describía con la pasión de quien sabe que es su última oportunidad. Tenía que estar en algún sitio y yo lo tenía que encontrar. Se lo debía a ella, se lo debía al Toni, me lo debía a mí... Y tenía que estar en algún sitio. ¿Cómo no iba a regalarle ese día que quería? Ya sabía que no podría devolverle las piernas, sabía que podía morir si no se trataba, pero ¿acaso no era más importante conseguir un día?. Tenía metida en la cabeza una sola imagen: Su sonrisa. Elisa nunca ha sonreído. Estuve conduciendo durante mucho tiempo, crucé la frontera de Francia y seguí conduciendo. Tenía dinero para gasolina y la rabia necesaria para seguir adelante kilómetros y kilómetros. Por fin llegué a París...

Sube la música, el escenario se vuelve a quedar a oscuras un momento. Se ilumina la otra esquina. Elisa está sola sentada en otro banco. Está radiante. Lleva un precioso vestido blanquísimo y largo y su gesto ilumina todo el teatro (¿se podrá hacer eso?).

Elisa (a la cuarta pared, pletórica): Me sentía completamente feliz. Era la esperanza. Sé que Johny tenía miedo, pero él era capaz, podía hacerlo. Conseguí alcanzar una ventana de aquella habitación espantosa en la que vivíamos y le vi correr como un loco, seguro como nunca le había visto, lleno de toda la vida que le habían robado... Yo estaba tan contenta que las lágrimas se me saltaban alborotadas de alegría. ¡Que bruto!: Le vi robar un coche y salir disparado; dio dos vueltas a la placita que había enfrente de la casa y corrió como alma que lleva el diablo... Y yo sabía dónde iba: Buscaba la libertad que nos habían hecho creer que no existía. Estaba buscando la vida que... No, no: Acababa de descubrir que estaba realmente vivo y que yo estaba viva y que vivir era posible; que nos habían engañado al hacernos creer que todo era húmedo y gris. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo quería a aquel hombre esa tarde! ¡Cómo se me llenaron de amor el pecho, las manos, las misma piernas que no querían sujetarme al alféizar de la ventana para seguir admirando el espectáculo tremendo de mi hombre, tan fuerte, tan joven aquella tarde viva! ¡Qué espectáculo!. Y yo sabía dónde iba y sabía que corría para mí y que había robado ese coche para mí y que encontraría el sitio que buscaba para mí, para conseguirme un día o unas horas o sólo un instante... Y entonces sí lo supe, ya estaba segura: Johny me amaba. Yo estaba vieja e inválida, triste y fea, estaba gorda, estaba enferma, pero él me amaba.

Otra vez a oscuras. Vuelve a sonar esa música que alguien tendrá que elegir de puta madre para que funcione como es debido. Vuelve a bajar lentamente el sonido y se vuelve a iluminar el rincón donde Johny está relatando a su amigo.

Amigo: ¿París?
Johny: París.
Amigo: ¿Por qué París?
Johny: Escucha; (Se levanta, sube un poquitín la música, desdobla un papel que lleva en el bolsillo, se pone un poco estupendo y recita):
“París guarda en sus techos torcidos los ojos antiguos del tiempo
y en sus casas que apenas sostienen las vigas externas
hay sitio de alguna manera invisible para el caminante,
y nadie sabía que aquella ciudad te esperaba algún día
y apenas llegaste sin lengua y sin ganas supiste sin nadie que te lo dijera
que estaba tu pan en la panadería y tu cuerpo podía soñar en su orilla.
Ciudad vagabunda y amada, corona de todos los hombres
diadema radiante, sargazo de rositerías
no hay un sólo día en tu rostro, ni una hoja de otoño en tu copa:
eres nueva y renaces de guerra y basura, de besos y sangre,
como si en cada hora millones de adioses que parten
y de ojos que llegan te fueran fundando, asombrosa
y el pobre viajero asustado de pronto sonríe creyendo que lo reconoces,
y en tu indiferencia se siente esperado y amado
hasta que más tarde no sabe que su alma no es suya
y que tus costumbres de humo guiaban sus pasos
hasta que una vez en su espejo lo mira la muerte
y en su entierro París continúa caminando con pasos de niño,
con alas aéreas, con aguas del río y del tiempo que nunca envejecen.”
Eso era París. Así lo escribió Neruda y así era. Por eso era París. Lo había encontrado. Alquilé una habitación en un hotel pequeño del barrio Latino. Nadie me conocía, nadie sabía que yo estaba enamorado y que por eso necesitaba una habitación con vistas al Sena para traer a mi hembra eterna y regalarle un día, pero aquel sitio me estaba esperando. Dormí algunas horas. Y soñé. Soñé con su sonrisa iluminándolo todo, con la serenidad de su rostro infinito, con un niño... Sé que era de día cuando salí a la calle y me dejé invadir por un sol que no se puede contar. Y volví a correr. Con el dinero de Toni me compré un coche y atravesé otra vez medio continente de un tirón. Ahora los campos sí estaban verdes de verdad y los pueblecitos que cruzaba se parecían todos a aquél al que mi padre solía llevarnos cuando niños. Llegué por fin. Subí de cuatro en cuatro las escaleras...

Otra vez cambio de luces con intermedio musical breve. El amigo ya no estará cuando vuelvan a encenderse.

Elisa: Soñé con un cuarto pequeño de hotel, con vistas a un río ancho y manso surcado por barcos pequeños que hacían sonar broncas sirenas. Y allí estaba él, desaliñado y feliz, pensando en mí. Soñé que me recitaba los versos más hermosos. Soñé, mientras se me escapaba la vida, que volaba hasta él...


El escenario se ilumina entero. Elisa camina hacia el público.

Johny: Subí de cuatro en cuatro las escaleras, o de cinco en cinco... (se aproxima al público).
Elisa: ...Que volaba hasta él, hermosa, libre...
Johny: Subí de cuatro en cuatro las escaleras y, de repente, el terror se apoderó de mí...
Elisa: Entonces oí sus pasos, inconfundibles. Estaba llegando hasta mí, podía olerle, oír su respiración entrecortada...
Johny: ...La puerta de la casa estaba abierta...
Elisa: Se detuvo ante la puerta...
Johny: ¡Era pánico!
Elisa: ¡Entra amor mío, empuja la puerta, ya estamos juntos!
Johny: Y entré por fin.


Elisa se desploma. Johny parece advertir entonces su presencia en el escenario y se abalanza hacia ella. Todo queda a oscuras. Un foco les ilumina en el centro del escenario. (Por si el avieso lector no se ha percatado, se reproduce ahora la escena que ambos actores estaban narrando).

Johny: ¡Elisa! ¡Elisa! Espera un momento Elisa; sólo un instante. Déjame que te cuente todo lo que ha pasado, déjame que te cuente todo lo que he visto. Vuelve un momento, tengo tu día, lo he conseguido, está ahí fuera, a un tiro de piedra. Si vuelves un momento, Elisa, te hablaré de mil lugares y de uno, te hablaré del mundo entero y de una pequeñísima parte del mundo que nos está esperando... (Cambio total) Pero si no vuelves, Elisa, si no vuelves, si me dejas aquí solo, tan solo, vuela tan alto que no te alcancen las balas ni los helicópteros. Busca ahora tú el sitio que sea el nuestro, al lado de un nido de pájaros rarísimos de colores fuertes y suaves. Búscalo sin prisa, elígelo con el cuidado de unas sábanas de hilo para nuestra cama y llévame contigo. Al final, Elisa mía, vamos a ser libres.

El escenario se oscurece. Se escuchan pasos. Ocurre un disparo que deja ver una silueta siniestra con el fogonazo. Se vuelven a escuchar pasos y suena la música. La música baja otra vez y la voz del locutor de siempre se hace en la sala con el tono algo más grave:

“En una céntrica calle de la ciudad, la policía de fronteras ha localizado el piso desde el que operaba Antonio Barriga, conocido traficante de “ilegales” actualmente a disposición judicial. En él, se han encontrado los cuerpos sin vida de sus dos compinches, su hermana, Elisa Barriga y el esposo de ésta, Juan Gómez, apodado “Johny”. Ambos planeaban huir a Francia cuando les sobrevino la muerte por causas que aún no han quedado esclarecidas. En el piso se ha encontrado también una fuerte suma de dinero, documentación falsa, armamento sofisticado y los papeles de un coche robado con matrícula francesa.
El episodio, según se ha sabido de fuentes próximas al Ministerio, pone fin a una prolongada investigación, cuyo brillante resultado libera a los españoles de una de sus lacras más corrosivas, bla, bla, bla...”


La voz del locutor se pierde con la música que va sonando cada vez más alta y es el final de la obra.