domingo, junio 06, 2021

Pfizer, AstraZeneca o helado de vainilla

¿Lo decido yo?

No sé si me tengo que fiar de El Mundo, de El Diario, de las noticias de la 1 o de la 3, de La Razón o de El País, porque mi desconocimiento sobre vacunología es tan grande como se espera de mí.

La Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) ha dicho por activa y por pasiva que los beneficios de la vacuna fabricada por Oxford / AstraZeneca son superiores a sus riesgos, pero esto no parece ser suficiente para la mucha ciencia que demanda la sociedad. También lo ha destacado el Comité Asesor Mundial sobre Seguridad de las Vacunas (GACVS), organismo dependiente Naciones Unidas.

Pero nuestra ministra tiene dudas. Serias dudas.

¿Se debe inocular otra dosis de AstraZeneca a los ya vacunados con este producto en la primera?

¿Se debe prohibir el uso de este producto?

¿Se debe prohibir pero poco y solo para quienes, habiendo desarrollado la enfermedad y siendo mayores (o menores) de 46, constaten que algún pariente cercano ha tenido una tos muy fea en los últimos cinco años?

¿Se debe tomar partido en esta lucha intestina de intereses entre las grandes farmacéuticas?

Después de unas cuantas decisiones contradictorias (prohibir, desprohibir, repudiar, utilizar) y como esto es cosa que tanto importa a la cultura democrática de una nación (¿?), nuestra autoridad sanitaria resumió en dos las soluciones que consideró viables para despejar la incógnita, a saber: echarlo a votos o dejar libertad de elección.

Pero yo no sé nada del ARN mensajero (ARNm), que leo que es nada menos que una molécula de ARN de cadena simple, complementaria a una de las cadenas de ADN de un gen y que sale del núcleo celular y se mueve al citoplasma donde se fabrican las proteínas.

Con esta información extraída directamente de la página web Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano, Maryland, Estados Unidos, ya podría yo diferenciar las vacunas basadas en ARNm o en adenovirus y tomar una decisión científica sobre lo que a mi cuerpo serrano conviene mejor, teniendo en cuenta, claro, que la estrategia de adenovirus es de vector viral.

Y por esta misma razón, intuyo, la ministra de Sanidad ha resuelto, entre las dos soluciones que consideró viables, dejarlo a la libre elección de la ciudadanía (o sea, hacerse un Ayuso) y que sea cada uno quién, previa firma del conveniente ‘consentimiento informado’ (¡informado!), determine si ha de ser inyectado por uno u otro fármaco.

¿En serio?

¿De verdad nuestra ministra de Sanidad concibe que somos cada uno de nosotros quienes debemos tomar la decisión de qué fármaco nos irá mejor?

¿Yo? ¿Usted? Nosotros no sabemos nada (NADA) de todo esto. Nada. Opinamos porque somos gilipollas y nos encanta meter mojá en todos los caldos, pero no sabemos nada. Y dejar esta responsabilidad en nuestras manos es, simplemente, no tener el coraje de tomar y mantener la decisión que científicamente esté más respaldada. Inhibirse aquí es cobardía. Inhibirse aquí es cagarla.

Pero aquí estamos. Y el momento va a llegar. Yo lo dejaré para el último minuto, como hago con la declaración de la renta o como el PP lo hará con lo de expedientar a Cospedal o no, según lo pringada que puedan demostrar que está en la ‘Púnica’.

Miraré a los ojos a la enfermera mientras me descubro el brazo. Pensaré en el vector viral, en el ARNm, en a cuál de las industrias farmacéuticas beneficiaré más con mi decisión, en las grandes verdades (quiénes somos, adónde vamos, de dónde venimos) y en el crítico momento, cuando la sanitaria se disponga a cargar la jeringuilla, cuando mi mente se apreste a tomar la decisión final, diré con voz firme: para mí, helado de vainilla.

La otra respuesta es: ¡y yo qué cojones sé! ¡Haga usted lo que le dé la gana!

El dibujo es de mi hermana Maripepa

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