lunes, agosto 29, 2016

De paletos y paleteces


Gritábamos ¡todos los paletos fuera de Madrid! Y algún imbécil pudo pensar que nos referíamos a quienes habían nacido más allá de los confines de la ciudad.

Pero no. A los de Madrid nos importa un huevo dónde ha nacido la gente y a lo que llamamos paleto es a otra cosa.

Con esto de ser verano no podía dejar preguntármelo. ¿Alguien se ha topado con la imagen casi espeluznante de una mole rosa hasta las trancas de cerveza, paseando en calcetines por las playas de la Costa del Sol y mirando por encima del hombro a los nativos del lugar? Ahí hay un verdadero paleto. ¿Alguien ha escuchado la frase ya célebre de “muy españoles y mucho españoles”? Pues ahí hay otro.

El verdadero espectáculo de paletez (la expresión no es académica pero ilustra convenientemente lo que se quiere apuntar) lo ofrece cualquiera que se niega a mirar más allá de donde vive, de lo que tiene, de lo que conoce y desprecia el conocimiento de los demás, las otras vivencias, lo que ignora. Importa poco o nada si nació en un pueblo del Campo de Calatrava o en un populoso barrio de Nueva York. Importa, esto sí, la pasión por aprender, la capacidad de escuchar y asimilar lo que los demás cuentan, la curiosidad, la admiración por todas las cosas sin desprecio de las propias. En definitiva, el afán por el conocimiento.

Claro que tu pueblo, tu barrio, tu escalera, son los que más te gustan del mundo. Te gusta el lugar en el que conociste a tu primer amor, la música que escuchabas por entonces (que solía ser de Karina, no olvidar), las comidas que hacía tu madre cuando las madres eran aún las que se ocupaban de las cosas de comer (y tantas otras), la mecedora de tu abuela y la longaniza que producían en la fábrica cercana de embutidos. Tocaba solo comprender que el mundo era mucho más grande y que, aunque tengamos la guarida en dónde la tengamos, cada rincón del mundo es el favorito de alguien, y cada sabor el de otro y cada abuela la más querida. Y que ningún rincón, ninguna abuela, son mejores o peores, ninguna patria, ninguna longaniza.

La  pasión por exhibir lo que nos diferencia de los demás so pretexto de que los mejores somos los de nuestro barrio es una paletez. La seguridad de que para cocido el murciano y no el que comen los de Madrid, otra. La defensa a ultranza de la sobrasada mallorquina una más grande y la creencia de que el paleto es uno que vive en un pueblo, la más gorda del mundo.

Mira por ahí. No seas paleto.

(El dibujo es de mi hermana Maripepa)

domingo, agosto 21, 2016

Un no parar (o la última ocurrencia de Mariano Rajoy).

Este Mariano es que se pone a no hacer nada y es un no parar.

El pelo patrio se ha convertido en algo bien fácil de tomar y este sujeto se ha propuesto tomárnoslo a todos sin despeinar el propio y fumándose un puro de los más gordos.

El pretendido respeto por las instituciones del que todos hacen gala sacando pecho hasta la hilaridad, se queda en nada cuando Mariano decide entonar el pies quietos y esperar a que los demás le hagan su trabajo sin rubor alguno.

Así fue cuando, tras las elecciones del 20 D, Mariano decidió por primera vez en la ya no tan joven democracia española declinar la invitación del Rey a someterse a la investidura, forzando a Pedro Sánchez (que seguro que lo hizo encantado) a una suerte de malabarismos que, finalmente, dieron en nada pero que, como el mismo Sánchez ha repetido hasta la saciedad, pusieron en marcha el reloj de la democracia. Aquello se debió a un razonamiento infantiloide y miedoso: “Majestad, ¡es que no me ajuntan!”, debió decirle al Rey. Y, ni corto ni perezoso, dejó que otros hicieran lo que le correspondía a él como líder del partido más votado.

Pero la historia se repite y, como suele suceder en estos casos, corregida y aumentada.

Ahora, tras las elecciones de junio (¡dios mío, escribo esto avistando septiembre!), Mariano ha dicho: “Señor (como se dirige uno a Su Majestad) sí, pero no tanto”. Y, ¡oh sorpresa!, sí pero no tanto quiere decir: Sí, si es que esta vez me ajuntan. Y si no me ajuntan detengo este negociado hasta que juzgue que el asunto está maduro.

¿Qué significa para Mariano que el asunto esté maduro? Pues que el resto de las formaciones políticas de este país comprendan que él, ÉL, es necesario y caigan en la cuenta de que es ÉL o la nada. Mariano pretende que todos, sin excepción alguna, depongan ideales y programas y se plieguen a sus quereres. Especialmente el PSOE: “¡Córcholis, si hasta Felipe González me avala!”, debe pensar Mariano. Ello sin nada a cambio, sin negociar, sin ceder. Por ese sentido de Estado del que únicamente ÉL pretende estar en posesión.

Y es que Mariano encabeza las filas del partido más votado, ha revalidado esta posición con más votos y más escaños pero, puesto a no hacer nada, es un no parar y deja transcurrir el tiempo haciendo nada, sin duda para que el resto de los mortales nos demos cuenta de nuestro error y nos apresuremos nuevamente a hacerle su trabajo.

Entre tanto, crecen las desigualdades, continúan vigentes la reforma laboral, la ley mordaza, la LONCE o la vergonzante reforma del Código Penal. El Ministerio del Interior sigue regentado por un falto; José Ignacio Wert, en Paris, mantiene su nidito de amor al frente de la representación del Gobierno ante la OCDE, el Gabinete en funciones se pudre de corrupción y la presidenta del Congreso, ¡oh fatalidad!, contagiada de este frenesí de la inacción que le inspira su jefe espiritual y político, se salta tranquilamente su obligación constitucional, elude el deber institucional que contrajo al aceptar la tercera magistratura del Estado y no ve el momento de comentarle a Mariano que ya va siendo hora de convocar el Pleno de Investidura. Personajes de mentirijillas. ¿Qué les importa defraudar una vez más lo que vienen defraudando desde que el mundo es mundo, si los intereses de quienes tienen encomendado protegerlos están a salvo y bien a salvo?

Así, en esta ausencia de Estado tan amable para quienes nada necesitan del Estado y tan amarga para quienes todo lo esperamos de él, Mariano ha tenido una idea: convocará las hipotéticas terceras elecciones para el día de Navidad. Como el día 25 de diciembre de todos modos se tiene que levantar para ir a misa, sus asesores le han dicho: ”Presidente, si pones el Pleno de Investidura para el 30 de agosto, hay tiempo para que el PNV te canjee cromos si es el caso. Y, sobre todo, si el PSOE no te ajunta, le cargas el mochuelo de que se convoquen elecciones en tan señalado día para la Cristiandad. ¿Quién podría sospechar que ha sido cosa tuya?”.

Tan contento se debió poner Mariano con semejante genialidad que ni siquiera dio tiempo a la presidenta del Congreso para hacer lo que a todas luces le tocaba, que es anunciar que para el día 30 de agosto (fecha clave para que los plazos de la normativa electoral hagan caer en el 25 D la jornada electoral) convocaría el Pleno de investidura. Fue el propio Mariano quien ordenó llamar a los medios y, sin otro sacrificio que el de dejar consumir su puro en el cenicero de la salita contigua, dio cuenta a los españoles de la última gran sandez. 

Las instituciones le importan un carajo. Ha comprendido que las reglas del juego están hechas para interpretarlas. Y como nada prevén la Constitución ni el Reglamento de la Cámara en cuanto a plazos, está dispuesto a jugar con ellos hasta descojonarse de risa. Esa risa suya blanda y un poco salivar que le sale cuándo alguien le regala una ocurrencia brillante como ésta.

La desvergüenza no hace mella. La tomadura de pelo a la que nos somete tampoco la hace. La burla que supone intuir que espera a las elecciones vascas para ver si por ventura el PNV necesita sus votos y le cambia la Lehendakartiza por la Presidencia del Gobierno nos parece bien. El atrevimiento de dejarnos entrever que convocará elecciones para el 25 de diciembre si el PSOE mantiene la disparatada idea de que no debe propiciar un gobierno del PP (¡disparatado!), creo que nos hace hasta gracia.


Estoy pensando que nada me apetece más que ir a no votar a este Mariano el día 25 de diciembre. Porque este Mariano, puesto a no hacer nada, es un no parar, pero cuándo lo hace... lo hace.

(El dibujo es de mi hermana Maripepa)

viernes, agosto 12, 2016

A mí me daban dos.

Y eso era exactamente lo que pasaba: que te daban dos. Que si tu padre se enteraba de que el profe de Formación del Espíritu Nacional te había metido una hostia en clase por mofarte del Consejo de Ministros… te daba dos, por listo.
A estos niños no. Si a estos niños que ya son hombrecitos y que gobiernan nuestras vidas en todos los aspectos, el maestro les hubiera dado un bocinazo, sus mamás le habrían denunciado en todos los órdenes administrativos y jurisdiccionales habidos y por haber. Porque estos niños —lo dice mi hermana que es una mujer sabia y que además es maestra— han crecido con el Libro Rojo del cole en la mesilla de noche y un poster de los Derechos de los niños y las niñas de la UNESCO, editado por Aldeas Infantiles, en el sitio en el que antes estaba el crucifijo nacarado que protegía de todo mal nuestros sueños púberes.
Y ya sus papás les hicieron comprender que son los reyes de la casa y, por extensión, de todo lo que les rodea. Son los reyecitos, la razón última de la existencia de sus progenitores y de los padres de sus progenitores. Son lo que más importa… de hecho, lo único que en realidad importa. Y han crecido sabiéndolo.
Y ¿en el Congreso de los Diputados? También. También son los reyes del Congreso de los Diputados, y de las instituciones todas… ¡Pues no faltaría más, rey mío! ¡Claro que te puedes llevar al nene al Congreso y darle de mamar y desde luego que puedes darte piquitos con tus amigos cuando bajan de la tribuna de oradores y venir con rastras y sin afeitar! ¿Qué se habrán creído todas esas antiguallas con las manos manchadas de cal viva? Ya eres un hombrecito.
Y, desde luego, que tus vacaciones son sagradas, que el mes de agosto no está para que andes tú con todos los calores en Madrid por un quítame allá esas investiduras. Ya en septiembre, con la fresquita, le dices tú cuatro verdades a esos de la antigua política.
Con toda seguridad nada se recordará en septiembre de las declaraciones de los segundones (reinas, reyes, cada uno de sus papás y de sus mamás) que andan ahora pasando por el photocall del Congreso diciendo lo que les viene en gana (nada muy muy inteligente, por lo demás, pero sí dicho con muchísima rotundidad). Esperaremos. Todos los españoles esperaremos a que los hombrecitos hagan su vuelta al cole. Porque ahora están de vacaciones. Y es que, en realidad, las instituciones les importan o poco o muy poco a pesar de que esas instituciones sean las que nos representan a todos.
Yo me indigno un poco (¡con los indignados!). Porque a mí me lo enseñaron de otra manera. Aprendí a respetar las instituciones como lo que pensé que eran —aquello con lo que la sociedad se dotaba a sí misma para organizar la convivencia—. Pero es que, si no, a mí me daban dos.

sábado, agosto 06, 2016

La Administración Pública se aleja del ciudadano… Y hace bien.

Era caro. Era intrusivo. Era ineficiente. Y era muy pesado.
La nueva constante en el ejercicio del poder que las instituciones del Estado realizan a través de sus estructuras administrativas es el ahorro. No es la eficiencia, ni la eficacia, ni la celeridad, ni la cercanía. Estas serán consecuencias y no causas de la nueva manera de prestar los servicios públicos.
Las fórmulas previstas hasta ahora como el modo de presentar los servicios ante los ciudadanos eran eso: demasiado caras. El proteccionismo y la regulación que ha venido desarrollando la Administración en todos los órdenes de la vida de las personas y de su actividad económica o productiva son igualmente demasiado caros, porque lo son las medidas de control precisas para hacerlos valer. Igualmente, los sistemas de publicidad, de pedagogía social, de difusión y fomento de los servicios públicos son caros. Muy caros.
Ahorremos. No hay más remedio, porque ya se ha constatado que no va a haber más dinero.
Se camina a todas luces hacia un modelo de gestión de la cosa pública mucho menos intrusivo, más cauto en la definición de sus competencias y en el dimensionamiento de sus objetivos para con la sociedad y mucho más efectivo en la prestación de los servicios. Más eficiente en la ejecución de sus tareas, más preciso en la atención a las demandas de sus usuarios.
La clave del éxito habría estado en hacer esta transformación de forma planificada, ordenada, coherente. Decidir qué Administración queremos y cómo de austera queremos que sea. Qué cosas queremos hacer y cuáles no. Qué medidas sobran y cuáles hay que mantener. Qué líneas de servicio, de fomento, de policía, deben persistir y cómo las queremos poner en valor ante la sociedad que las consume.
Pero la decisión ha sido dejarlo estar. A pesar de los esfuerzos de la CORA (Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas) de su @ReformaAAPP, la falta de estrategia ha derivado en recortar a golpe de ajustes presupuestarios los gastos que, a juicio de gestores públicos de toda índole, pudieran resultar superfluos, sin un diseño detallado del dibujo final que perseguimos. Así, despieces, desamueblamientos y amputaciones han dado con una arquitectura pública de servicios y procesos inconexos, cercana a la imagen de “cerrado por derribo”.
La parte buena: Los tiempos avanzan que es una barbaridad.
Las nuevas leyes de Procedimiento Administrativo y de Régimen Jurídico del Sector Público de 2015 (la ironía del Legislador ha hecho que reproduzcan el esquema del articulado de las de 1958 y 1957 respectivamente, pero esta es otra historia), a punto de entrar en vigor, han venido a demostrar que las nuevas tecnologías proporcionan herramientas que superan con mucho la imaginación de los gestores públicos. No es menor, porque el conocimiento de la tecnología y sus capacidades  permite hacer el tan necesario diseño de la Administración que queremos, encajando adecuadamente sobre nuevos instrumentos de gestión los servicios que queremos prestar y prestarlos en términos de competitividad y de sostenibilidad, de manera semejante a cómo funcionan servicios de similar naturaleza en organizaciones de carácter privado. En éstas, la adecuación de los costes de producción y la satisfacción del usuario final son elementos críticos en el diseño del producto. También en el ámbito público queremos hacer esa adecuación en los costes de producción, pero sin menoscabar los servicios que tan trabajosamente costeamos con nuestros impuestos (quienes los pagamos).
Y todo está en revisión.
No resulta fácil intuir qué líneas se seguirán en este proceso o conjunto de procesos de adecuación de la Administración a tan fuertes restricciones económicas y presupuestarias pero, en todo caso, la aparente tendencia que se sigue en los gobiernos autonómicos y se intuye en el de España, pasa por las siguientes premisas:
-          Desaparecen servicios no esenciales
-          Disminuye la “promoción” (publicidad) de los servicios esenciales
-          Se desregula
-          Se incrementa la policía sobre lo que queda regulado y se hace más rígido el régimen sancionador
-          Se externaliza cuánto no está estrictamente sujeto al “ejercicio de autoridad”
-          Se extrema el control del gasto en servicios externos
-          Aparece el copago como fórmula de sostenibilidad
-          Se adelgaza la organización hasta los mínimos imprescindibles para la gestión
-          Se extrema la eficiencia en la relación con el usuario y en la gestión del proceso
-          Aparece la proactividad en el diseño de los servicios
-          El control a posteriori sustituye al control a priori
-          Se promueve el uso intensivo de las tecnologías de la información y de las telecomunicaciones
-          Se extrema el análisis de la opinión ciudadana y del impacto social de las políticas de gasto.

Tampoco es fácil decidir, de todas estas, cuáles son buenas y cuáles no tanto. Lo que sí se puede afirmar rotundamente es que aplicar la inteligencia a la necesidad de ahorrar nos hubiera evitado la sensación de orfandad que en estos días tenemos las personas respecto del Estado.

lunes, agosto 01, 2016

La tienda de la verdad

Me contaron un cuento. Casi seguro que con buenas intenciones.

Palidezco desde entonces ante quienes enarbolan la bandera de la verdad absoluta, seguros de poseerla y abrazarla, predican la nueva política y denostan la política (esa que no es ni nueva ni vieja) en la seguridad de que ellos sí y no todos los demás, son capaces de conducir a buen puerto el destino los pueblos. Contra todos. Contra la industria, contra las creencias, contra el IBEX 35, contra los partidos tradicionales, contra todas las reglas, contra toda institución. 

Palidezco ante quienes hacen de su verdad la verdad absoluta y la van transformando a medida que los acontecimientos les dan o les quitan razones. La verdad absoluta debe ser algo parecido a una fotografía de Dios pero quienes se saben ahora en posesión de ella ya no son clérigos y fanáticos: Ahora son políticos, nuevos, estos sí, los que nos dogmatizan.

Me contaron que un hombre paseaba por una ciudad lejanísima del ya de por si lejano Oriente y tropezó con una calle muy poblada de colores, gentes y comercios de todos los órdenes y cuestiones. Que allí había tiendas en las que con todo se comerciaba, todo se compraba y se vendía o se alquilaba; lo más extraño, lo más precioso, lo más cotidiano, lo más valioso, lo más raro, lo más común. 

Entre tantas tiendas de cosas magníficas, mientras paseaba mirando a un lado y a otro, me contaron que aquel hombre descubrió una tienda austera, poco amueblada, atendida por un solo dependiente, cuyo escaparate exhibía un rótulo inquietante: "Tienda de la verdad", rezaba.

El hombre, después de mirar un rato los escaparates vacíos, decidió adentrarse y preguntar a la única persona que había tras el mostrador. Buenos días. Buenos días. Yo quería saber qué es esto de la verdad, cómo se vende, de qué se trata... Es sencillo, respondió el hombrecillo menudo que despachaba: vendemos verdad. Ah, se sorprendió el hombre. Pues... yo quiero comprarla. Magnífico, repuso aquél: ¿Qué tipo de verdad deseas? Tenemos un gran surtido de verdades a medias, las verdades del barquero, verdades de Perogrullo, verdades teologales budistas, cristianas y de otras religiones, algunas verdades inconfesables, verdades históricas, verdades indubitables, verdades científicas y pseudocientíficas, que se están llevando mucho, verdades de antología, tenemos la verdad de la buena, una versión muy actualizada de las cuatro verdades... No, no, cortó el cliente, yo quiero la Verdad, toda la Verdad. Mmmm... Dudó el comerciante. Mira, una verdad de la buena sería más que suficiente para empezar y eso que tú me pides saldría realmente caro. También, si lo prefieres, tenemos verdades amargas, que dan mucho juego. No importa, tengo dinero de sobra y uno está harto ya de verdades pequeñas, ya me comprendes. Sí, claro que te entiendo, pero hay verdades que parecen mentira y verdades como puños, que salen muy bien de precio y resultan francamente atractivas en reuniones de sociedad. Sin duda, mas permíteme que insista: lo que busco yo es toda la Verdad y tengo dinero suficiente para permitírmela. Está bien, dijo el dependiente, he comprendido. Este, sin embargo, es un producto que yo no estoy autorizado a vender ¿no te iría bien una verdad como un templo que tenemos recién llegada de Occidente? También un par de verdades bien dichas podrían hacerte un papelón y estamos trabajando en la verdad 2.0, que está a punto de salir al mercado. ¡No, ya te lo he dicho! Repuso malhumorado el hombre. Pues yo soy un simple tendero, se excusó el que en efecto era un simple tendero, para eso tienes que hablar con la dueña. Solo ella puede despacharte lo que me pides, pero es persona ocupada y no volverá a la ciudad hasta por lo menos el viernes, Tendrás tiempo hasta tanto de reflexionar y decidir si no te sería más rentable adquirir alguna de las que te estoy ofreciendo. El hombre salió del comercio contrariado, dispuesto a llegar hasta el final por caro que fuese y por más tiempo que tuviera que esperar para conseguirlo. 

Toda la Verdad, pensaba. Qué gran cosa sería poseer toda la Verdad ¿habrá dinero que pueda pagarla?

Esperó hasta el viernes. Volvió a adentrarse por la calle bulliciosa dónde todo parecía tener precio o renta, compró algunos regalos para sus hijas y para los compañeros de trabajo y, a hora que consideró prudente, se llegó hasta la Tienda de la verdad. Allí le esperaba una mujer madura, amable y sosegada, que le invitó a sentarse con ella en la trastienda delante de una taza de té rojo muy caliente. Me dijo mi empleado que estabas interesado en la Verdad. Así es, quiero toda la Verdad, la Verdad entera. Eso tiene un precio difícil de pagar, le dijo la señora que hablaba en voz casi baja y siempre dulce. No importa; como ya le dije al dependiente, tengo dinero de sobra para permitírmela. El precio no es dinero, repuso ella; la verdad casi nunca se paga en monedas. Yo regento un negocio complicado y no todo lo que vendo se puede cuantificar. Dime, pues, ¿qué tengo que ofrecerte a cambio de que me des lo que quiero tener? Bebieron un trago largo de té en la trastienda vacía, porque la mujer madura, amable y sosegada no quería precipitar la conversación. Insisto, rompió al final el hombre que empezaba a ponerse nervioso: tú vendes la Verdad y yo quiero comprarla. Tú pagarás un precio muy alto por conocer y poseer esa Verdad que me pides, afirmó ella: Cuando seas conocedor y dueño de la Verdad, cuando la tengas, ya nunca más volverás a dormir plácidamente. No volverás a conciliar un sueño tranquilo.

¿Nunca? 

Nunca.


Me contaron que aquel hombre se levantó despacio de la silla sin acabar el té que ya se había enfriado y sin dirigir la mirada a lado alguno. Que caminó hacia la puerta dejando en la trastienda las chucherías que había comprado para sus allegados y que se alejó del local, de la calle y de la ciudad, a la que no volvería, musitando taciturno: nunca, es mucho tiempo.

lunes, mayo 01, 2006

Autopista a Rivatajada

NOTA EDITORIAL: Como ya he publicado en todas las notas editoriales a los demás cuentos, los dibujitos son de mis hermanas, Mariquilla y Maripepa. Mariquilla y Maripepa son dos chicas muy listas y muy buenas dibujantes de dibujos para cuentos, pero son algo holgazanas y, por eso, algunos cuentos de este blog no tienen aún los dibujos terminados. Así que cuando el ávido lector detecte esta falta, no piense, no, que se debe a mi falta de escrúpulo, no. Se debe, ya lo veis, a que mis hermanitas no hacen su trabajo con la diligencia debida. Así son estas cosas.



En el pueblo de Eduardo había muy pocos niños y, además, eran muy brutos. A él no le gustaba mucho jugar con ellos. Siempre había que pelear y que competir para todo y Eduardo nunca ganaba a nada. Nunca había quedado el primero, ni siquiera el segundo. Nunca vencía en las peleas y, además, se hacía daño.

Pero, de todas formas, eran demasiado pocos niños para que pudiera apetecerle estar siempre con ellos. Eso pasa en los pueblos pequeñitos, que sólo hay muy poca gente y, a menudo, los unos se cansan de estar con los otros. El pueblo de Eduardo, Rivatajadilla, era uno de esos pueblos chicos chicos. Por eso Eduardo se había convertido en un niño un poco solitario.

Buscó pues, un entretenimiento que le permitiera desconectarse de sus amigos del colegio sin aburrirse como una ostra y dedicar su tiempo a algo productivo: Así se convirtió en contador de coches.

Se sentaba en la carretera general, a la salida del pueblo, en un pilón de piedra que había cerca de la cooperativa(1)
y que estaba lo suficientemente alto para que los viejos no se pudieran encaramar allí. De otro modo, según sabe todo el mundo, los viejos ocuparían ese sitio a las horas de sol: Les encanta a los viejos de los pueblos charlar de sus cosas al sol y no se hubieran dejado usurpar un sitio tan bueno.

(1) Una cooperativa es una empresa de la que son dueños todos los socios. Es muy frecuente en los pueblos que los agricultores formen cooperativas para vender o trabajar con algunos productos como la uva, la aceituna, etcétera. Las naves de las cooperativas suelen estar en las afueras de los pueblos.

Se sentaba allí a la salida del colegio y contaba los coches que pasaban. Con los coches que no conocía imaginaba historias sobre dónde iban o de dónde venían. Algunas veces, incluso, ayudaba a orientarse a los que pasaban por allí despistados, indicándoles el camino más corto hacia uno u otro sitio. Se había convertido en un chico muy útil.

De todos los que pasaban, unos eran del pueblo y otros no. A algunos los veía casi todos los días a la misma hora. Pasaba siempre, el primero, el coche de los panaderos que volvían de vender el pan en el pueblo vecino, Rivatajada. Los panaderos y Eduardo eran amigos. Siempre se saludaban. En verano, cuando llevaban las ventanillas abiertas, incluso la panadera asomaba la cabeza y gritaba “¡adiós Edu!”, porque así le llamaban casi todos en el pueblo.

Unos días sí y otros no, pasaba el camión frigorífico(2) del matadero. Era precioso el camión frigorífico. Edu conocía al conductor porque, cuando el viejo conductor se jubiló y éste hizo la ruta por primera vez, tuvo que pararse en la encrucijada del pueblo (donde Eduardo se ponía) y preguntarle qué por donde se iba al de al lado. Por eso también se saludaban siempre. Bueno, siempre no, los lunes, los martes y los jueves, que era cuando había mercado en Rivatajada.

(2) Los camiones frigoríficos son los que transportan alimentos como la carne, que en un camión normal se pondría mala. La parte de atrás es una nevera. Así se conserva en el viaje todo lo que llevan.

Un misterioso coche negro, parecido al que Eduardo sabía que debían llevar los ministros, pasaba de cuando en cuando en dirección a la capital. Tenía una matricula de color amarillo que no sabía de dónde podría ser y era imposible descubrir a quien lo guiaba, porque tenía los cristales oscuros oscuros. Pasaba siempre muy deprisa, seguro que a más velocidad de la permitida en el casco urbano y, en verano y en invierno, llevaba las ventanillas cerradas, por lo que Eduardo supuso que tendría aire acondicionado, no como el coche de los panaderos, que en verano llevaba las ventanillas bajadas y en invierno subidas. Cada tarde inventaba una historia sobre el misterioso conductor. Unas veces pensaba que sería un poderoso emir(3) árabe; otras, cuando consideraba que nada se le habría perdido por allí a un poderoso emir árabe, pensaba que sería un espía internacional y otras, simplemente, que sería un extranjero perdido por aquellos lugares que nunca terminaba de encontrar el camino de su casa.

(3) Un emir es el que manda en un emirato. Parece una tontería, pero así es. Un emirato es una especie de nación árabe.

En las dos direcciones pasaba siempre varias veces el “cuatro ele” de la Guardia Civil. Era un verdadero cascajo, pero Julián, el guardia, lo conducía con tanta dignidad como si estuviera a los mandos del mejor de los fórmulas uno. El “cuatro ele” de la Guardia Civil se llamaba también “coche oficial”. Eso debía ser porque llevaba sirena, pero a Eduardo se le antojaba mucho nombre para tan poco coche, por más que Julián el guardia pareciera no haberse dado cuenta.

Anselmo, el de la tienda de electrodomésticos, tenía una furgoneta enorme y viejísima. Esa no hacía falta verla, se la oía venir, sin lugar a dudas, antes de que girara por la esquina de su calle. Anselmo decía que era la mejor furgoneta del mundo, aunque Eduardo no estaba seguro de que lo creyera. Muchas veces los mayores dicen cosas que no piensan y, así, se conforman con su vieja furgoneta. Pero debía tener un negocio estupendo, porque todos los días pasaba por las tardes, por lo menos tres veces, de un lado para otro y Edu suponía que estaría llevando y trayendo todas las neveras y las televisiones que vendía. No encontraba otra razón para tanto viaje. Era así todos los días menos el jueves, que libraba por descanso del personal y sólo pasaba una vez de ida y ninguna de vuelta, que él viera. Aunque tenía que volver porque los viernes estaba otra vez allí con su traqueteo de ir y venir.

Treinta, cuarenta, hasta cincuenta coches había visto pasar algún día entre la mañana y la tarde, sin contar los repetidos ni los tractores que faenaban por los alrededores. La carretera general era, realmente, una carretera muy transitada.

Una mañana se revolucionó el pueblo. El alcalde mandó llamar a todos los vecinos para comunicar una noticia estupenda. Debían estar cercanas las elecciones(4), porque nunca se llamaba a todos los vecinos para comunicar nada, salvo en estas circunstancias: Se había conseguido algo fantástico, algo que haría del pueblo el centro mismo de la humanidad; habría industrias, hoteles, turismo de alto standing(5)... Se habían acabado todas las preocupaciones...
(4) Las elecciones, en los pueblos como en todas partes, son el momento en el que los vecinos eligen a quien ha de gobernarles durante los próximos años, normalmente cuatro.
(5) Dícese del compuesto por turistas muy ricos que se dejan mucho dinero en establecimientos hosteleros.

Todos los vecinos aguardaban expectantes la noticia, precedida como venía de tantos bienes futuros. El alcalde, que era buen político, esperó hasta el último momento para decirlo y al fin lo dijo: Había llegado la hora del progreso; a tan solo dos kilómetros del pueblo pasaría la autopista. La autopista que uniría Rivatajadilla con Rivatajada.

Todos los vecinos irrumpieron en un clamoroso aplauso; todos menos Eduardo, que se quedó pensativo valorando, como un chico mayor que ya era, los pros y los contras. Le costó un buen rato encontrar algún “pro”, por más que había oído a los mayores hablar de las ventajas de que el tráfico ya no pasara por el centro mismo del pueblo. Al fin encontró uno: El tráfico no pasaría por el centro mismo del pueblo y así los camiones no despertarían a su abuelo Ramón, que se quejaba de que algunas noches de verano no le dejaban dormir con el ruido.

Pero... ¿Y los “contras”?. No le costó ningún trabajo encontrar un montón. La carretera general, por ejemplo, se quedaría sin un sólo coche, porque todos, salvo los del pueblo, atravesarían por la autopista y Rivatajadilla se quedaría prácticamente sin visitantes. Ya veríamos cuantos viajeros pararían ahora a comprar los hojaldres de la señora Antonia, que hacía los mejores de la comarca. Seguramente no habría ningún bobo que pusiera allí una industria, siendo que casi no había hombres para trabajar en ella que no estuvieran ya empleados en otros menesteres. Además, el pilón de cerca de la cooperativa se quedaría sin espectáculo ninguno, cosa en la que, seguro, no había pensado el alcalde que parecía pensar en todo. Desde luego, hoteles de lujo, lo que se dice hoteles de lujo, no crecerían en Rivatajadilla por efecto de la tan celebrada autopista.

La autopista, Eduardo podía asegurarlo, no estaba pensada para ir de Rivatajadilla a Rivatajada, como parecía creer todo el mundo. Estaba pensada para unir otras grandes ciudades que nada tenían que ver con su pueblo, ni con su tierra ni con su comarca preciosa. Estaba pensada para otras cosas. Y, si bien era cierto que ya no se tardarían treinta, sino veinte minutos, en llegar a la capital, ¿qué prisa tenía la gente que tanto se alegraba por esos diez minutos de ahorro?. ¿Qué harían ahora los vecinos de Rivatajadilla con esos diez minutos gratis que les brindaba tan amablemente el progreso?.

No conseguía entender el alborozo(6)
que la idea había provocado en todo el mundo.
(6) Alborozo es alegría, pero más.
Pero las autopistas, pensó Eduardo, tardan tanto en construirse que ya se habría hecho mayor para cuando estuviera terminada.

Así que, sin mucha más preocupación, volvió cada día a su pilón de las afueras, al salir de la escuela, a ver pasar sus coches, a inventar las vidas de los que pasaban unas y otras veces, a imaginar como saldría de Rivatajadilla un día, en el viejo ciento veinticuatro de su padre, camino de la capital, a estudiar una carrera, como su hermana o de viaje de novios, como había hecho su hermano hacía sólo unos meses.

Imaginó también cómo volvería un día, hecho mayor, en un coche como ese negro importante de matrículas amarillas que no sabía de donde era y pensó, que otro niño como él (al que no le gustara sólo pasarse la vida peleando contra todos los demás) estaría entonces mirando desde el pilón los coches que pasaban y pensaría que quién sería el que viajaba en ese coche misterioso.

Pero aquella parecía ser una autopista de urgencia porque, en contra de todos los pronósticos y aunque estas cosas casi nunca pasan con las obras públicas, estuvo construida en apenas dos años.

Eduardo se enteró un día, después de otro importante revuelo, de que el tramo Rivatajadilla-Rivatajada, lo había inaugurado el ministro esa misma mañana. Lo supo de oídas, porque el coche del ministro (ese que sí que debería ser un cochazo) no lo vio desde el pilón. Lo supo porque, de repente, no pasó ningún coche por la carretera general, que había dejado de ser la carretera general.

Tal y como habían augurado los mayores, una tarde los coches dejaron de pasar por el centro mismo del pueblo. Ya no habría más tráfico por el centro del pueblo.

Aquella tarde le dijo a su madre que le preparara la merienda en una fiambrera, porque había decidido que saldría de excursión.

Dos kilómetros eran apenas veinte minutos de paseo, caminando despacio. Acaso la autopista tuviera un pilón cercano desde el que ver pasar los coches.

Caminó. Efectivamente, el alcalde del pueblo debió dar la noticia en época de elecciones, porque aquellos dos kilómetros se habían convertido en por lo menos diez, a juzgar por la tremenda caminata que tuvo que pegarse hasta encontrarla.

Pero la encontró.

Era un gusano gigante de asfalto y cemento que serpenteaba a través de las sierras que había recorrido de pequeño con su padre. Estaba, en realidad, fuera del mundo, abriendo el paisaje en dos mitades. Por allí sí que pasaban deprisa los coches, los camiones, las motocicletas de muchísima cilindrada(7)
... Era muy difícil distinguir ninguna. Imposible saludar a nadie, reconocer a los pasajeros de ningún coche. No daba tiempo a imaginarse nada, ni siquiera a contarlos sin temor a equivocarse uno.

(7) La cilindrada es el tamaño del motor, en las motos y en todos los demás vehículos. A mayor cilindrada, mayor motor y cuanto más motor, más corren.

Se subió a un puente gigante que había. ¡Qué enormidad!. Sólo con el cemento empleado en construirlo se hubiera fabricado de nuevo Rivatajadilla entera. La chapa de uno sólo de los cartelones hubiera bastado para hacer por lo menos dos paredes de la nave de su tío Felipe, que era la más grande del pueblo. Era todo desproporcionadamente grande, desproporcionadamente rápido, desproporcionadamente desproporcionado. Era una barbaridad. Pero no pertenecía a su pueblo, ni a su tierra... Había partido en dos la finca del Marcelino y nadie sabe cuantas más. Era como un túnel de cristal, incomunicado de cuanto había alrededor, surcado por maquinas muy muy rápidas que era imposible saber a donde iban.

Ninguno de esos conductores pararían en ningún pilón a preguntar por ningún sitio, ninguno repararía en la cooperativa, ni en el cuatro ele de la Guardia Civil. Nadie sabría que Julián el guardia estaba encantado con su cuatro ele, ni que el tractor que siempre estaba arando a eso de las cinco era el del Emiliano, que tenía una verruga tan grande en la nariz que se había tenido que quedar soltero.

Muy chiquitina, por el arcén, caminando muy despacio, descubrió la vieja furgoneta de Anselmo, el de la tienda de electrodomésticos, que intentaba alcanzar la salida entre aquella marabunta de acero que pitaba y le adelantaba haciéndole señales con las luces, que Anselmo devolvía gesticulando violentamente con las manos. Eduardo le hizo señales también con las manos, pero Anselmo estaba demasiado ocupado para mirar hacia ningún otro sitio.

No estaba seguro de si el coche negro que acababa de ver pasar a toda velocidad era o no el suyo, aunque sí distinguió, era martes, el camión frigorífico del matadero, que tampoco le vio a él.

Así que Eduardo se volvió al pueblo sin haber probado la merienda. No había ningún pilón en la autopista para él, ni para ningún niño más que quisiera convertirse en el contador de coches de Rivatajadilla.

De Rivatajadilla a Rivatajada se tardaba sólo, ahora, cuatro minutos y medio y, a la capital, menos de veinte, pero el pueblo se había quedado sin coches. Y Eduardo sin pilón.

Pocos meses después el abuelo Ramón murió, no se sabe si de viejo o de tan dormido como se quedó al haber tanto silencio en el pueblo.

Ahora sí, pensó Eduardo, que la autopista ya no servía para nada.

fin

domingo, abril 16, 2006

El tiovivo mágico

El parque de atracciones estaba lleno de niños cuando Beatriz llegó con su hermano Daniel, de la mano de papá y mamá.

Igual que todas las veces, sus padres les habían dicho que sólo se podrían montar en tres o cuatro cosas y que estaba prohibido subirse a la “montaña rusa” porque era muy peligrosa.

Daniel sólo quería montarse en la “montaña rusa” y siempre agarraba una pataleta y siempre su padre se enfadaba con él y le decía que esa era la última vez que le llevaba al parque de atracciones. Siempre se le terminaba pasando cuando su madre le prometía que le dejaría montarse cuando cumpliera diez años, aunque a Daniel le parecía que para eso faltaba todavía una eternidad.

Para Beatriz todo esto era una pesadez. No podían empezar a pasárselo bien hasta que Daniel no acababa de llorar. Era un verdadero pesado y además a ella le daba lo mismo porque la que más le gustaba de todas las atracciones del parque era el tiovivo, que a Daniel, sin embargo, le parecía un aburrimiento.

Y aquí venía la siguiente pelea:

-De eso nada -decía él-. Lo primero a los coches de choque. Yo en los caballitos no me monto porque sólo dan vueltas y más vueltas.
-Siempre te tienes que salir con la tuya -le replicaba Beatriz-. Los coches de choque sí que son una bobada: Ahí, a hacer el borrico y a darte trompicones con todo el mundo.
-Mamá -lloriqueaba otra vez Daniel-, dile a Beatriz que no sea marimandona. ¡Siempre tiene que salirse con la suya!
-Está bien, niños -dijo por fin el padre-. Dejad ya de pelearos. No volveremos al parque si no os ponéis inmediatamente de acuerdo.

Pero no era preocupante su actitud. Siempre lo decía, siempre era igual.

Montaron en los coches de choque. Ya eran amigos otra vez Beatriz y Daniel. Montaron en el tren de la bruja, a pesar de que a Beatriz le parecía una cosa de niños muy pequeños. Montaron en el látigo. Comieron algodón dulce y, por fin, montaron en el tiovivo.

Los caballitos eran la atracción favorita de Beatriz y ella sabía bien por qué. Intentó convencer a su hermano para que se montara en un precioso caballo negro, que se llamaba “Furia” -claro- y que tenía un sombrero y dos pistolas para poder jugar, pero él prefirió una “Harley Davidson(1)
” que tenía un casco integral. Ella sí lo hizo. Se montó en el caballo más bonito de todo el carrusel, uno de color canela con largas crines blancas como la cola, que no tenía pistolas, pero sí un precioso sombrero plateado. El caballito no tenía nombre, pero sí una “b” mayúscula en el lomo, que ella sabía perfectamente lo que significaba. A pesar de todo le llamaría “Veloz”, como había oído nombrar a otros en la televisión.

(1) Potente moto de fabricación norteamericana, sueño de todos los niños a partir de cierta edad y de casi todos los adultos hasta que se casan y su cónyuge les convence de que es mucho mejor una Vespa con sidecar.

Sonó la sirena. Pronto la maquinaria se pondría en funcionamiento y “Veloz” empezaría a subir y a bajar en su viaje alucinante hacia el país donde todo es posible. Y así fue.

“Veloz” empezó con su trote elegante el camino mágico. Primero un par de vueltas al paso, con los saludos a papá y a mamá que estaban abajo (nunca querían montarse con ellos), sentados en un banco con cara de aburridos. Después al trote. ¡No había caballo que se le pareciera!. Y, de repente, a galope tendido cabalgando por una llanura inmensa de arena y matorrales que conducía al valle. Daniel la seguía a toda velocidad, aunque muy despistado en su potente motocicleta. Sus padres estaban abajo del todo, casi no se les distinguía ya, ahora con cara de susto en lugar de aquella de aburrimiento de sólo unas vueltas atrás.

La moto de Daniel levantaba un polvo de muchísimo cuidado, pero “Veloz”, a pesar de la galopada tremenda, solamente levantaba muy poquito. Así de elegante era.

-Te lo dije -le recriminó Beatriz-. Debiste coger un caballo elegante, en lugar de esa moto ruidosísima que llevas.
-Tonterías -replicó él con mucha seguridad-. Esto sí que es una “máquina”.
-El valle está a muy pocos kilómetros de aquí -dijo ella a voz en grito para superar el ruido de la moto-. Desde allí podremos ver el espectáculo estupendo del país donde todo es posible. A ver si allí cambias de opinión y alguien te presta un caballo como está mandado.

Un estrecho cañón(2), por el que tuvieron que pasar uno detrás de otro, abría paso a una pradera tan verde que casi hacía daño a la vista, surcada por un ancho río de agua clarísima. Era fabuloso. Daniel y Beatriz pusieron pie a tierra(3). “Veloz” se fue derecho a abrevar mientras Daniel sacaba la pata de cabra(4) a su moto para que descansara.

(2) Un “cañón” es, además de un arma muy mortal de la que mejor no hablar, un paso entre montañas de difícil acceso.
(3) Como su propio nombre indica, poner pie a tierra es bajarse uno de donde esté subido.
(4) La pata de cabra es la sujeción de la moto para que se mantenga de pie cuando nadie está encima de ella.

-No escapará ¿verdad? -preguntó el hermano.
-¡No! -dijo ella-. Es un caballo dócil y fiel. Volverá con nosotros en cuanto esté repuesto.
-¿Quién vive aquí?
-Este es el mundo mágico de los cuentos -explicó Beatriz al incrédulo Daniel-. Aquí viven los osos de peluche, los trenes de pilas, las muñecas de china y los soldaditos de plomo cuando pasan a la reserva activa(5), o sea, cuando ya no llevan armas. Viven las hadas, las ranas que se van a convertir en príncipes y los pájaros que habitan los bosques encantados. Duermen las bellas durmientes, los genios de las lámparas y los muñecos dormilones. Por eso, precisamente, es mejor llegar a caballo que en esas ruidosas motos que tanto te gustan.

(5) Reserva activa es la situación a la que pasan los militares cuando, por la edad u otras circunstancias, ya no tienen que ir al cuartel.

Beatriz cogió a su hermano de la mano y empezó a enseñarle los sitios en los que vivían todos los personajes fantásticos.

-Buenos días -saludó a los tres cerditos que aún discutían sobre cómo hacerse la casa-. Hola -dijo después a seis de los siete enanitos-. ¿Dónde os habéis dejado a Gruñón?
-Estaba por ahí, peleándose con Grethel por una teja de chocolate de la casa de la bruja -contestó uno de ellos que, evidentemente, no era Mudito.
-¿Ves? -dijo Beatriz a su hermano-. Aquí están todos.
-¿Podríamos visitar a los Rangers del Universo? -preguntó Daniel.
-No lo creo. No sé si vivirán aquí. En el valle sólo vive la gente tranquila de los cuentos... No creo que hayan llegado todavía los personajes violentos de las series de dibujos. Esos no están en los sueños dulces de los niños.

El bonito cisne en el que se había convertido el patito feo, nadaba altivo en un charco del río, en el que no dejaban meterse al rey Midas, para que no convirtiera el agua en oro líquido, que luego era muy difícil de secar.

Daniel reconoció las botas del Gato con botas pero no veía al gato. Le preguntó a Garbancito (supo que era él, porque dormía la siesta debajo de una col) y éste le contó que, seguramente, estaría haciéndole de rabiar a Tom o a Jerry, que era su actividad favorita del atardecer.

El mismísimo Lucky Luke se cruzó en el camino de los dos hermanos paseando con su caballo, Jolly Junper y su perro, Ran-Tam-Plan, que era tan bobo que todos le llamaban “Tuso”.

-¡Hola vaquero! -Saludó a Daniel con esa voz ronca que te estás imaginando-. ¿Eres tú el que ha venido con esa ruidosa moto al valle? -le preguntó.
-Sí -dijo Daniel algo tímido.
-Veo que te queda mucho por aprender -afirmó el personaje-. Anda -concedió al fin-, vuélvete con mi caballo al parque. Ya me lo traerás otra vez que vuelvas...
-Y ¿si te hace falta mientras tanto?. No sé cuando podremos volver por aquí.
-Pierde cuidado, muchacho. Jolly Jumper encontrará el camino si sabe que le llamo -contestó despreocupado Luke.

La sirena del tiovivo resonó por todo el valle.

-¡Corre! -gritó Beatriz-. Está terminado la vuelta. Monta tu caballo.

Tal y como si del Llanero Solitario se tratara, Beatriz silbó a “Veloz”, lo montó de un salto y ambos corrieron de vuelta. Volvieron a pasar por el cañón a la llanura y desde ella saltaron al tiovivo cuando casi se estaba deteniendo ya.

Otro par de vueltas al trote, una al paso y ahí estaban papá y mamá saludando con la mano y con cara de extrañados.

-¿No te habías montado tú en aquella moto? -preguntó a Daniel su padre cuando se hubieron bajado-. ¿Cómo es que estás ahora en ese caballo escuálido?
-¿Escuálido? ¡Es el mismísimo caballo de Lucky Luke! -contestó el niño completamente emocionado por la aventura y sin comprender que su padre no hubiera reconocido al jamelgo(6).
-¿Cómo? -exclamó su madre casi preocupada.
-Es una historia muy larga -replicó Beatriz antes de que su hermano metiera la pata.

(6) Caballo flaco.

Estaba segura de que, los mayores, no entenderían.


FIN

domingo, abril 02, 2006

Los OTROS niños

TEATRO PARA LEER EN LA CLASE
Acto primero


Narrador:

Al levantarse el telón, en el escenario se representa un aula con diez bancos y una mesa de profesor. En los bancos se sientan nueve niños, tres de los cuales son diferentes a los demás. La diferencia de los niños no se identifica. Da lo mismo. Es indiferente que sean gitanos, negros, pobres o chinos. Es una historia que trata de niños que, por la razón que sea, son distintos a los demás, sin más matizaciones. Casi seguro que sabréis a quienes, en concreto, me refiero.

En la escena, la profesora no ha llegado todavía y está cuidando el delegado de curso. Es Borja, el décimo actor, un niño tirando a cursi, con perdón. Borja está haciéndose el distraido y mirando de reojo a la clase.

Sandra y Luisa, sentadas al fondo, cuchichean y uno de los tres niños que son diferentes, Manuel, tira hacia Borja un avioncito de papel.

(Están sentados de la siguiente forma: En los dos primeros bancos, Borja -vacío porque está cuidando- y Pili. En los dos segundos, Elena y Alberto. En los terceros, María y Julián. En los cuartos, Manuel y Sandra y en los últimos Antonio y Luisa. Tal y como se representa en el dibujo, la fila Borja-Antonio es la más cercana al patio de butacas.)

Borja (señalando a las niñas que cuchichean):
¡Sandra estás hablando! Te he visto perfectamente. ¡Manuel a ti también te he visto! Has tirado ese avión. Os apuntaré a los dos en la pizarra.

Sandra (burlándose):
“Sandra estás hablando, te apuntaré en la pizarra”.

Manuel (también burlándose):
“Te he visto, te he visto” ¡Verás tú a la salida!

Borja:
Me estás amenazando, Manuel. Siempre tienes que ser tú. Te pongo una cruz y, que sepas, que se lo pienso contar todo a la señorita cuando venga.

Manuel (canturreando):
Chivato, acusica, la rabia te pica.

Borja:
Con que cantando ¿eh?. Pues otra cruz.

Luisa:
Esa pizarra va a parecer un cementerio antes de que llegue la “seño”.

Antonio (escondiéndose debajo de la mesa):
¡El delegado es un dictador(1)
!


(1) Un dictador es un gobernante marimandón, que no está elegido por el pueblo democráticamente, sino que ha llegado al poder por la fuerza y, como lo mantiene también por la fuerza, no le tiene que dar explicaciones a nadie de lo que hace. Por esa razón, suele hacer barbaridades muy gordas.

Borja:
¡Has sido tú Antonio!. Siempre sois los mismos. Se os va a caer el pelo.

Elena :
Crecepelos “el calvuelo”, para delegados peluqueros.

Borja (nervioso):
¡Elena, te la vas a cargar!

María:
Como no dejéis de fastidiar a Borja se va a quedar sin tiza.

Manuel:
Pero si es un acusica hombre, que escriba lo que quiera. A mí como si se opera.

María:
Ya, tú ahora te pones muy gallito, pero luego la “seño” se chiva y tu madre te pone el culo como un tomate.

Manuel:
Pues que me lo ponga, no pienso venir más a este colegio...

Elena:
Para los dolores mus-culares, calzoncillos con pedales.

Antonio:
¡Borja, dictador, trabaja de peón!.

Borja (desesperado):
Vosotros tres os las vais a ver con la señorita, ya lo veréis. Se os va a caer el pelo.

María:
¡¿Pero yo que he hecho ahora?!

Borja:
No diré ni una palabra más. Estáis avisados, os la váis a cargar.

Elena:
Que no hombre, que a ellos se le iba a caer el pelo. La que se la iba a cargar era yo ¿Es qué no te acuerdas? Yo me la cargaba y a ellos se le caía el pelo.

Borja:
Muy bien, Elena. Ahora sí que te las has ganado. Pienso decirle a la señorita todo lo que me has dicho.

Elena:
A mí me da igual. Mi padre es bombero...

Pili:
¿Y eso qué tiene que ver, lista?

Elena:
Pues que te va a pegar con la manguera en toda la cabezota, sabionda.

Pili:
Pues Borja tiene razón. Es que los españoles somos ingobernables(2)
, oye, nunca estamos de acuerdo con nada.

(2) Se dice que un pueblo es ingobernable, cuando quien lo gobierna no sabe cómo hacerlo. Parece una tontería, pero da muy buen resultado como excusa.

Sandra (a Luisa):
¿Qué ha dicho?

Luisa:
No lo sé, que somos irrefrenables, o algo así.

Sandra:
¿Y eso qué será?

Luisa:
No lo sé. Se lo habrá oído decir a su padre. Como trabaja en un banco...

Borja:
Tú no te metas, Pili, que estos no saben nada de nada. Ya les voy a enseñar yo.

Pili:
Sigue así, Borja, que lo estás haciendo muy bien.

Manuel, Antonio, Sandra y Luisa (a la vez y con burlas diversas)
Pelota, pelota. ¡Qué pelota!... Bobalicona...

Elena:
Pelotas “Pililla”, para las niñas “tontillas”.

Alberto:
Como entre la “seño” ahora nos la vamos a cargar todos.

Julián:
Me toca quedarme otra vez sin recreo. Oye tú, Borja, a ver a quien apuntas que yo no he dicho ni “mu”.

Alberto:
No, si ya veréis. Al final nos pasa como el otro día. Siempre tenemos que enfadarla cuando nos toca un examen.

Luisa:
La culpa la tiene Borja. Con un delegado así cuidando no hay manera.

Sandra:
Borjita, dimite(3)
, la clase no te admite.

(3) Dimitir es lo que deben hacer las personas que tienen un cargo cuando meten la pata o son incapaces de que las cosas les salgan bien. Es una técnica muy poco frecuente entre los mayores.
Todos los niños menos Pili y Julián (varias veces)
Borjita, dimite, la clase no te admite.
Borjita, dimite, la clase no te admite.

Narrador:
En ese momento entra la profesora a la clase. Todos están cantando y todos se dan cuenta de que entra y se callan menos Elena, que estaba vuelta hacia la clase para dirigir el “coro” y se queda cantando sóla.

Elena (que se ha quedado sola):
Borjita, dimite, la clase no te admite.

Profesora:
¡Elena!

Elena (sentándose precipitadamente):
¡Andá!

Profesora:
¿Alguien puede explicarme qué es lo que está pasando aquí?

Borja (Todavía desde la pizarra):
Yo puedo, señorita, yo puedo.

Profesora:
A ver, Borja, dime.

Borja:
Pues... En resumen, que todos menos Pili se están portando fatal.

Julián:
Y menos yo, “seño”, que no he dicho ni “mu”.

Borja:
Diga que no, señorita que sí que ha dicho “mu”. Claro que ellos tres (señalando a los tres niños distintos) son muchísimo peores.

Profesora:
Siéntate Borjita. Estoy segura de que lo has hecho muy bien.

(Borja se sienta haciendo un gesto de auto-aprobación
[4])

(4) Un gesto de auto-aprobación es lo que uno hace cuando está seguro de que ha hecho las cosas muy bien y piensa que su madre estaría orgullosa.
Elena (canturreando):
¡Chivato, acusica, la rabia te pica!

Profesora:¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Pili (señalando a Elena):
La peor de todas, señorita, la peor de todas.

Elena (burlándose):
“La peor de todas, señorita, la peor de todas”

Luisa
¡Chivata, pelota!

Profesora:
¡Ya está bien, Luisa! Esta clase es un manicomio. Me vais a volver loca.

Julián:
Que yo no, “seño”. Que yo no he dicho ni “mu”.

Profesora:
¡Está bien, ya basta!. Esto no puede seguir así. Sois el peor curso de todos los que he tenido en mi vida. No sé que voy a hacer con vosotros. Al final la que voy a dimitir voy a ser yo: terminaré marchándome a mi casa. Eso voy a hacer: Me voy a marchar a mi casa y que os eduque otro con más paciencia.

Luisa:
No se ponga así, “seño”. Si luego no somos tan malos.

Profesora:
¿Qué no?

Elena:
Que no, “seño”. Que luego somos estupendos.

Profesora:
Bueno, no lo tengo yo tan claro. Pero ahora tendremos ocasión de comprobarlo porque hoy nos toca examen ¿A que no os acordábais?

Julián:
¡Desde luego, tiene razón Alberto. No sé como nos las apañamos siempre para terminar enfadando a la “seño” el día que toca examen!

Narrador:
La profesora reparte unos papeles de examen por los bancos. Los niños empiezan a rellenarlos en silencio. Borja, que es un empollón, se levanta enseguida y lo entrega, a continuación lo hacen Pili y Luisa. Después se levantan Manuel, Alberto y Antonio. Elena, Julián y María lo entregan a continuación y Sandra se queda con el papel haciéndose la distraída.

Profesora:
¿Sandra?

Sandra:
Dígame, señorita.

Profesora:
¿Qué le pasa a tu examen?

Sandra:
No lo sé. Deben ser estas hojas, que no se dejan rellenar. A lo mejor es que son “ingobernables”, como dice Pili.

Profesora:
¿Y no será que hoy tampoco has estudiado?

Sandra:
No, señorita, ¿cómo va a ser eso?. Si no son ingobernables, será que son irrefrenables.

Profesora:
Ya, y por eso te estás quedando la última, como siempre, porque tus hojas de examen son... ¿irrellenables?.

Pili (Canturreando):
Sandra no ha estudiado, Sandra no ha estudiado...

Elena (también canturreando):
Pili es una mema, Pili es una mema...

Profesora:
¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Sandra (levantándose a entregar su examen):
Está bien, señorita, pero yo sigo diciendo que son estas hojas que no se dejan.

Narrador:
La “seño” se pone a corregir los exámenes. La clase se queda en silencio. Manuel y Antonio aprovechan el descuido para tirar bolas de papel a Borja y a Pili. Elena se levanta y se va para atrás a hablar con Luisa. Cuando la profesora levanta la cabeza, Elena y Luisa están cuchicheando y, como siempre, la pillan.

Profesora:
¡Elena!

Elena (corriendo a sentarse):
¡Andá!

Profesora:
Muy bien, Aquí tenéis las notas: Borja, un diez.

Borja (levantando los dos brazos):
“Chupi”

Luisa:
¡Pelota, dimisión!

Profesora:
¡Luisa!... Bueno, veamos: Pili, un nueve setenta y nueve.

Pili (muy disgustada):
¿Cómo? ¿Sólo un nueve setenta y nueve? ¡Eso no puede ser! Me van a matar en casa, ya lo verá. ¿Puedo protestar?.

Profesora:
No, Pili, no puedes. Además, no exageres, que no es para tanto.

Elena (burlándose):
¿Qué ha podido pasarme? No se lo podré contar a nadie. Esto será siempre una mancha en mi pasado...

Profesora:
¡Elena!

Elena:
¡Andá!

Profesora:
Tienes un cinco pelado, Elena: PE LA DO

Elena (levantando los dos brazos con mucha alegría):
¡Bien!

Profesora:
¿Y te alegras? ¿Te alegras de haber sacado un cinco pelado? ¡Esto es lo último!. Continúo: Manuel, Antonio y María ¿habéis copiado?.

Manuel, Antonio y María (a la vez):
No señorita.

Profesora:
Pues... es muy raro que tengáis los tres los mismos fallos, ¿no?.

Manuel, Antonio y María (a la vez):
Nosotros no hemos copiado, señorita.

Profesora:
No lo sé. Es muy raro, pero bueno, tenéis un cuatro cada uno.

María:
Y, para un cuatro... ¿Para eso vamos a copiar?.

Profesora:
No lo sé, María. Ya hablaremos de esto. A ver, sigamos: Alberto, un siete. Julián, otro siete. ¡Sandra!

Sandra:
¿Qué?

Profesora:
¡Un cero como una casa!

Sandra:
No, si ya sabía yo que me iba a coger manía al final.

Profesora:
¿Manía? Ya te daré yo a ti manía. Bueno, termino: Luisa, un seis. Ya veis, éstas han sido las notas. Así no vamos a llegar a ningún sitio. Ésta no es la peor clase que he tenido, es la peor clase de todo el colegio. ¡O del mundo!.

Alberto:
No será para tanto, digo yo.

María:
Estoy segura de que hay clases mucho peores. En mi colegio de antes sí que eran malas. Nadie aprobaba ningún examen.

Antonio:
Claro, como que no nos los ponían.

Elena:
¡Qué chupi!. Yo quiero ir a ese colegio, “seño”.

Sandra:
¡Y yo!

Manuel:
Pues yo estaba ya hasta la cocorota de ese sitio.

Pili:
Pues mi padre dice que jamás tuvisteis que salir de allí. Que no tuvisteis que venir a este colegio, porque vuestro sitio (5)
estaba en el otro.

(5) Hay personas mayores que parecen saber cual es el sitio de cada uno. Realmente no lo saben, claro, pero están tan seguros que es muy difícil convencerles de lo contrario.


Borja:
¡Desde luego!

Manuel:
¿Y cómo sabe tu padre cual es mi sitio?

Pili:
Pues porque mi padre es un señor bien importante y seguro que sabe más que el tuyo.

Manuel (burlándose):
Tiene que saber muchísimo, porque parece que sabe cual es mi sitio... ¡Que no lo sé ni yo!

Pili:
Pues ya ves, mi padre sí que lo sabe.

Profesora:
El sitio de cada uno sólo lo puede decidir cada uno, Pili. No seas obstinada(6)
.
[6] Obstinado quiere decir “cabezota”.
Sandra (a Luisa):
¿Qué le ha dicho?

Luisa:
No lo sé, que va mal peinada, creo.

Profesora:
No he dicho despeinada, he dicho obs-ti-na-da.

Borja:
Es inútil, señorita. No tienen vocabulario ninguno.

Alberto (a Julián):
Entonces ¿cómo ha quedado eso de los sitios?

Julián:
¡Jo! Alberto, no te enteras. Que ha dicho la “seño” que sólo cada uno puede decidir cual es su sitio.

Alberto:
¿Y eso que quiere decir?

Julián:
¡Ah! Eso sí que no lo sé.

Profesora:
Eso quiere decir, que os estoy oyendo, que todo el mundo tiene derecho a decidir dónde quiere estar, a qué colegio quiere ir o dónde quiere vivir y que nadie le puede imponer a nadie esas cosas.

Pili:
¿Ni siquiera mi padre?

Profesora:
No, Pili, ni siquiera tu padre.

Pili:
Pues no le va a gustar nada cuando se entere.

Antonio:
A lo mejor ya lo sabe.

Borja:
Pues a mí me ha dicho mi madre que ni se me ocurra jugar con ellos, que juegue sólo con los de mi “clase”.

Narrador:

Un inciso: Por si algún niño no se ha dado cuenta, aquí estamos hablando de otro tipo de clase, estamos hablando de clases sociales. Lo que quiere decir la madre de Borja es que sólo le deja jugar con chicos de su clase social, es decir, que no se junte con otros que sean más pobres, o de otra raza, o distintos por cualquier razón. La madre de Borja piensa que unos son superiores a los otros y por eso prohibe a su hijo jugar con los que cree que son inferiores a él. Pero María no lo entendió así, claro.

María:
¿Y qué pasa, que nosotros somos de la clase de enfrente?

Borja:
No. No es esa clase. Quiere decir que vosotros sois pobres y que no sois de nuestra “clase”.

Narrador:
Cuando está empezando esta discusión, entra en el aula el director del colegio, don Ramón, un hombre de aspecto muy cuidado(7)
y voz parsimoniosa(8). Todos los niños y la profesora se ponen de pie y saludan al “dire”.
(7) “De aspecto muy cuidado” quiere decir muy bien vestido, muy arreglado en general.(8) O sea, un señor cursi que habla despacio para parecer importante.
Todos los niños a la vez (canturreando)
Buenos días, don Ramón.

Profesora:
Buenos días, señor director.

Don Ramón (con su voz parsimoniosa):
Buenos días, niños. Podéis sentaros.

Todos (sentándose):
Gracias, don Ramón.

Don Ramón (a la profesora):
Muy bien, señorita ¿Qué tal van estos niños?

Profesora:
Pues mire usted, la clase va regular. Tengo por aquí algunos niños imposibles...

Don Ramón:
¿Y quién hablaba por aquí de “clases”?

Borja:
Yo, señor director. Era porque mi madre no me deja que juegue con niños que no son de mi “clase”.

Don Ramón:
Bueno, Borja. Y ¿cuántas “clases” de niños crees tú que hay aquí?

Borja:
Pues... Por lo menos dos. Ellos tres no son de nuestra “clase”.

Narrador:
Entonces suena el timbre del recreo. Todos los niños se ponen de pie y casi empiezan a salir corriendo, pero don Ramón les mira enfadadísimo y se quedan quietos como estatuas. Al director no le gusta nada que los niños casi salgan corriendo sin su permiso, pero al final con un gesto de la mano se lo concede. Todos salen corriendo y se quedan solos la profesora y el director.

Profesora:
Ya lo ves, Ramón, esta clase es imposible.

Don Ramón:
Es verdad, parecen muy revoltosos. Pero tú harás un buen trabajo con ellos... ¿O no?

Profesora:
¡Claro! Si malos, lo que se dice malos, no son. Pero revoltosos sí. Elena me va a matar a disgustos, Sandra no estudia nada... Pero María, Manuel y Antonio no hay manera de que entren en razón. No se amoldan a las normas del colegio... Son imposibles y además, ya lo has visto, hay muchos niños que no los admiten. Sólo crean problemas.

Don Ramón:
¿Problemas?

Profesora:
Es difícil de explicar, pero no todos los niños les quieren y algunos, incluso, les dicen que no tendrían que estar aquí, que éste no es su sitio. Estoy segura de que es lo que le oyen decir a sus padres, pero ellos lo dicen también y los otros, claro, se molestan, discuten... En fin, ya has visto como es.

Don Ramón:
Dejaremos pasar otro par de semanas a ver como van las cosas. Si no conseguimos que mejoren, es posible que tengamos que buscarles otro colegio. A lo mejor la solución es esa, que vayan a un colegio más adecuado a ellos.
Cae el telón (o se cierra, según los casos. Es el final del primer acto)

Acto segundo
Telón arriba

Narrador:
Había pasado una semana y ahora los niños jugaban en el patio del colegio, que se representa en el escenario.

Están los diez niños y la profesora con el director, que cuidan del recreo. En una esquina, Elena, Manuel, Antonio y María juegan tirándose a la pelota. En otra parte, Borja y Pili leen algo entre los dos -esos niños parece que nunca jugaban-. Alberto, Julián, Sandra y Luisa están hablando en la parte más cercana del escenario.

Este último grupo se ilumina con un foco mientras el resto del escenario se va quedando en penumbra(9)
. (Lo hacemos así para que se vea que es a estos a los que hay que prestar atención, si no, los espectadores se pueden hacer un lío).

(9) “En penumbra” quiere decir con muy poquita luz. Este efecto lo usamos para que los espectadores centren su atención en el grupo que está interviniendo. Lo haremos así durante todo este acto.
Habrá que inventar un escenario en el que se represente el patio del recreo.
No será difícil.

Sandra:
Ya lo veréis, me van a matar en casa. Después del cero patatero de la semana pasada, que menuda bronca me costó, hoy seguro que me cascan otro.

Alberto:
¿Hoy otro examen?. ¡Jo! Que rollo.

Luisa:
Vamos a tener que estudiar un poco más. Si no, al final vamos a repetir el curso.

Sandra:
Pero si es que a mí me da igual. De todas maneras no me sale nada bien. Mi madre dice que no sé hacer ni la “o” con un canuto, y eso que el dibujo de ayer me salió precioso. Mejor que a Pili, que es tan lista. Tengo unas ganas de dejar de venir al colegio ya de una vez.

María (Que ha dejado de jugar al balón y se une a la conversación):
Pues yo estoy bien contenta de poder venir a un sitio donde me enseñen cosas, aunque todavía no las haga bien. Si tú supieras lo que es no poder ir a un colegio normal, como todos los niños, seguro que no dirías eso.

Sandra:
Menuda bobada. A mí me encantaría poder levantarme a la hora que me diera la gana y poner la televisión, como si fueran vacaciones todo el año.

Julián:
Tiene que ser un chollo: Todo el día viendo los “Rangers” del Universo.

Alberto:
Pues a mí me parece que no. ¿Dónde conoceríamos a los amigos?

María:
Y más cosas: Mi madre y mi abuela y mis tías y todas las mujeres de mi familia se han dedicado siempre a hacer las cosas de casa mientras que los hombres salían a buscar de comer. Yo no quiero tener que pasarme la vida haciendo las cosas de la casa y esperando a un hombre, sea el que sea.

Sandra:
¡Qué cosas! Mi madre también se pasa la vida fregando como una loca y sí que ha ido al colegio.

Julián:
Pues mi madre sí que trabaja y está hasta la coronilla. Se pasa la vida buscando la forma de dejar de trabajar para no madrugar. Y yo estoy deseando que la encuentre. Seguro que se le pasarían esas malas pulgas que tiene siempre.

Alberto:
En mi casa pasa igual, pero yo casi nunca les veo. Así que no sé si quieren dejar de trabajar o no.

Luisa:
Pues igual que en la mía. Es un rollo: Trabaja tanto todo el mundo que yo no veo a nadie en todo el día. Cuando me levanto, sólo está mi padre metiéndome prisa porque no llego a tiempo al cole y, cuando me acuesto, sólo esta mi madre metiéndome prisa porque, si no me duermo, mañana no voy a llegar a tiempo al cole. El caso es que solamente hay gente metiéndome prisa porque no voy a llegar a tiempo. Lo que yo digo, es un rollo.

María:
No os quejéis. Vosotros lleváis zapatos limpios y camisas nuevas.

Sandra:
Yo sigo diciendo que venir a la escuela es un tostón.

María:
Pues yo quiero que mis hijos también lleven zapatos limpios y camisas nuevas cada curso, como vosotros y salir por las mañanas a trabajar, como vuestras madres para poder mantener a mi gente sin depender de nadie.

Narrador:

Estos siguen a su rollo pero ahora su grupo se queda en penumbra y se ilumina la parte del escenario en la que Borja y Pili están mirando un libro.

Pili:
¿De qué están hablando?

Borja:De los mayores y eso.

Pili:
¡Qué tonterías! Mi padre dice que no hay que hablar de los mayores, que ellos siempre tienen razón porque tienen “experiencia”.

Borja:
¡Desde luego! Mi padre tiene muchísima experiencia. Tiene tanta experiencia que no le debe caber ni en el armario de su cuarto. Se ha tenido que comprar un ordenador para guardarla, así que fíjate. A mí me ha dicho que, cuando ya tenga más experiencia, me dejará guardarla también en su ordenador.

Pili:
Mi padre no sé si tendrá tanta, la verdad.

Borja:
Hombre, pues... no creo. Ten en cuenta que mi padre es “agente comercial colegiado(10)
” y eso... da mucha experiencia.
(10) “Agente comercial colegiado” es vendedor.
Pili:
Ya lo creo, ya. Eso debe dar muchísima. Oye y para ser azafata ¿hará falta tener toda esa experiencia?.

Borja:
Pues no lo sé. Supongo que tanta no.

Pili (aliviada(11)
):
Pues menos mal, porque no sé de donde la iba a sacar. Desde luego, los mayores tienen mucha experiencia.
(11) Eso quiere decir mucho más tranquila.
Borja:
Por eso, como tienen tanta experiencia, es por lo que saben que esos tres no son de nuestra “clase”. Se lo pregunté a mi padre el otro día y bien claro que me lo dijo. Que las cosas son como son aunque yo no las entienda y que las malas influencias no traen más que complicaciones.

Pili:
Pues a mí me dijo mi madre que están haciendo todo lo que pueden para que se los lleven a otro colegio. Y también me lo explicó bien claro. Ella dice que si pones tres manzanas podridas en un cesto de manzanas que no están podridas, las tres manzanas malas terminan contagiando a las sanas y al final se pudren todas las manzanas del cesto. ¿Lo entiendes?


Borja (muy seguro):
¡Desde luego que lo entiendo!

Pili:
Pues hijo, menos mal, porque a mí me costó un buen rato.

Borja:
Pues quiere decir que no hay que poner manzanas podridas con manzanas sanas y que nosotros somos las manzanas sanas y ellos las podridas. Y por eso quieren que las saquen del cesto, o sea, del colegio.

Pili:
Sí. Algo así me había imaginado yo. Pero no le hice mucho caso. Como a mi padre le ha entrado la manía de decirme que no voy a llegar a ningún sitio. Y eso que soy la segunda de la clase, que si no... ¡Hasta mi madre dice que no sé ni dibujar! Con lo bonitos que le salen los dibujos a Sandra... Me da una envidia.

Narrador:

Este grupo se oscurece y se ilumina el tercero, donde Antonio, Elena y Manuel estaban jugando a la pelota.

Antonio:
Seguro que me vuelve a tocar salir a la pizarra y hago otra vez el ridículo.

Manuel:
Pues no sé por qué tienes que hacer el ridículo. Tú di lo que sepas y ya está.

Antonio:
Ya. Para que se rían.

Manuel:
Pues a la salida les esperamos y les damos una paliza.

Elena:
Que borriquísimo eres, Manuel. No puedes ir zurrando por ahí a todo el que se ríe.

Antonio:
Pues en mi barrio de mí no se ríe nadie. No sé porque se van a reír aquí.

Elena:
¿Y quién se ríe?

Antonio:
Pues... Todos.

Elena:
Pues es mejor no hacer ni caso que estar todo el día a mamporro limpio. Además, si no quieres que se rían, pues apréndetelo.

Antonio:
También hay muchos días que no te lo sabes tú, lista.

Elena:
Ya. Pero a mí no me importa que se rían. Más me río yo.

Manuel:
En eso tiene razón ella.

Elena:
Que no hay que hacer caso, hombre. Además, vosotros lleváis mucho menos tiempo en el colegio, es normal que todavía no os lo sepáis todo. El otro día oí a la “seño” decir que, como todavía llevabais poco tiempo, teníais una laguna(
12) y que por eso ibais más retrasados. Aunque la verdad es que no sé a qué laguna se referiría.
(12) Tener una laguna, en este caso, quiere decir que hay algunas cosas de atrás que no se han aprendido. Es muy difícil aprender lo siguiente si lo de atrás no se sabe muy bien.
Antonio:
Como no sea al pedazo de charco que hay en la puerta de mi casa.

Manuel:
¡Hombre!. No sería a ese.

Antonio:
No, no sería.

Manuel (a Antonio):
De todas maneras tienes razón. A mí, a veces, también me da corte. Y con esa manía que nos han cogido... Estoy seguro de que están deseando echarnos de aquí y si , encima, les damos motivos...

Narrador:

Estos siguen hablando. El grupo se queda en penumbra y se iluminan don Ramón y la profesora, que están paseando, ahora, por el borde del escenario y hablando de sus cosas.

Don Ramón:
Algunos padres han escrito cartas protestando por tener en el colegio a Manuel, a Antonio y a María. Dicen que son una mala influencia para sus hijos y que el Ministerio debería encontrar otro sitio para ellos.

Profesora:
Algunos días no me extraña, porque son malísimos. Pero yo creo que, poco a poco se van aclimatando(
13). Podríamos dejar pasar otro par de semanas. Si no hacen ninguna trastada más, es posible que no haya que echarles. Sería una pena...
(13)Aclimatarse es acostumbrarse a nuevas situaciones, a nueva gente, etcétera.
Don Ramón:
Sí. A mí también me parece una pena. Pero hay poco tiempo. La verdad es que los padres se están poniendo nerviosos y si no hacemos nada, serán ellos los que escriban directamente al Ministerio y, al final, tendremos un problema.

Profesora:
Pero fíjese: María, por ejemplo, está contentísima de poder venir a este colegio. Dice que aquí aprende mucho más que en sitio al que iba antes y le encanta aprender. Sigo diciendo que sería una pena.

Don Ramón:
Nos han puesto en una situación muy embarazosa(
14). Además de ser malos estudiantes, ya ve los muchísimos problemas que nos están creando.

(14) Eso es una situación comprometida, o sea, complicada.

Profesora:
Interés no les falta.

Don Ramón:
Ya. Pero eso ahora no es suficiente.

Narrador:

Todo el escenario se ilumina. Pili se levanta de donde estaba sentada con Borja y se acerca a la puerta de la clase procurando que nadie se de cuenta. En ese momento todas las luces se apagan y suena el timbre del recreo.

Cuando se enciende la luz en el escenario vuelve a aparecer el aula, tal y como estaba durante el primer acto. Fuera, se ve por una ventana del fondo a los niños poniéndose en fila. Pili entra en escena antes que los demás. Se dirige con mucho sigilo(
15) a la mesa de la profesora y revuelve sus papeles. Coge uno de ellos y lo mira con mucha atención. Manuel entra en ese momento, sin que ella se dé cuenta. La ve, pero no dice nada y sale. Pili coge el papel, lo dobla, se lo guarda debajo del jersey y sale también.
(15) Con mucho cuidado para no ser oída.
Al momento todos los niños empiezan a entrar ordenadamente en clase y se van a sus sitios. Antes de que llegue la “seño”, Pili saca el papel que ha cogido de la mesa y lo guarda en la cartera.

Enseguida entra la profesora también. Se detiene extrañada frente a su mesa. Se da cuenta de que alguien ha tocado sus papeles que están muy revueltos y se enfada una barbaridad.

Profesora:
¡Pero bueno! ¡Alguien ha estado revolviendo mi mesa!. Estos papeles estaban muy bien ordenados. Eso quiere decir que alguno de vosotros ha mirado el examen que iba a poner hoy, estoy segura. El que haya sido lo ha hecho para aprobar sin haber estudiado.

Pili:
Yo no he sido, señorita, se lo aseguro.

Julián y Alberto (a la vez):
Ni yo.

Profesora:
Pues alguien ha tenido que ser. Estos papeles no se revuelven solos.

Elena:
¿Y no ha podido ser, por ejemplo, el viento?

Profesora:
No tiene gracia, Elena. Esto es mucho más serio de lo que parece.

Elena:
Si yo no digo que no sea serio, lo que digo es que a lo mejor ha sido el viento.

Profesora:
Desde luego que no ha sido el viento. El que haya sido tendrá que decirlo. Si no llamaré al director y que él lo resuelva.

Borja:
Ha sido Manuel. Yo le he visto entrar en clase a la hora del recreo.

Manuel:
Yo no he sido, señorita. Y a ti, Borjita, te voy a dar un mamporro a la salida que verás.

Profesora:
Manuel ¿Has sido tú?.

Manuel:
No, señorita. Yo no hago esas cosas.

Profesora:
Pero ¿has entrado en clase a la hora del recreo?

Manuel:
Sí.

Profesora:
Y ¿Cómo explicas eso?

(Manuel se calla y agacha la cabeza)

María:
Manuel no es capaz de hacer eso. Yo lo sé.

Profesora:
Pero Borja le ha visto entrar en la clase cuando no había nadie.

Antonio:
Cualquiera entra en clase durante el recreo, eso no quiere decir nada.

Profesora:
¿Cómo que no quiere decir nada? Quiere decir que ha podido coger los exámenes y mirarlos. Está visto que esto sólo hay una manera de resolverlo: Voy a buscar a don Ramón.

Narrador:
Entonces, la profesora sale de clase. Las luces del escenario se apagan y quedan iluminados Manuel y Pili para que el público vea que la conversa
ción sólo la oyen ellos dos. Es como si todos los demás se durmieran un momentito y sólo ellos se quedaran despiertos.

Manuel:
Pili, sé que has sido tú, te he visto mirando en la mesa de la señorita. Díselo antes de que se líe más gorda.

Pili:
Tú no me has visto. Además, aunque me hayas visto y te chives no te va a creer nadie. Tú eres de otra “clase”, eres una manzana podrida. Nadie te creerá.

Manuel:
Yo no voy a chivarme. En mi barrio los chicos no se chivan unos de otros. Pero te he visto. Querías sacar un diez, como Borja, porque la semana pasada sacaste menos.

Pili:
Yo no he mirado ningún examen. Me da igual que pienses lo que quieras. Nadie te va a creer.

Narrador:

Ahora se encienden todas las luces y entran en clase la profesora y don Ramón.

Profesora:
Bueno niños. Aquí está el director. Si no aparece el culpable don Ramón tomará medidas.

Borja:
Estoy seguro de que ha sido Manuel, señor director.

Don Ramón:
Manuel ¿tienes algo que decir?

Manuel:
Sí: Que yo no he sido.

Elena:
Pero qué manía le ha entrado a todo el mundo con que ha sido Manuel. Nadie le ha visto hacerlo.

Profesora:
Pero Borja le ha visto entrar en clase durante el recreo y él no lo niega.

Don Ramón:
¿Lo niegas Manuel?

Manuel:
Que si niego ¿qué?.

Profesora:
Que has entrado en la clase cuando no había nadie.

Manuel:
He entrado en la clase, pero sí que había alguien.

Profesora y don Ramón (A la vez):
¿Quién?

Manuel:
Yo no me chivo. Chivarse es de cobardicas.

Antonio y María:
No se va a chivar, señorita.

María (sola):
Nosotros no somos chivatos.

Pili:
¿Lo veis? No dice quien porque no había nadie. Se lo está inventando para que no le echen la culpa a él.

Manuel (muy enfadado):
¡Eso es mentira!. No lo digo porque yo no soy un chivato. En mi barrio, a los que se chivan, les dan una paliza.

Narrador:

El escenario se vuelve a quedar a oscuras y solo se iluminan los dos de antes, otra vez para mantener una conversación entre ellos solos.

Manuel (sigue):
Pili, te la vas a cargar. Como me hagas esto me van a echar del colegio. Y seguro que a mis dos “primos” les echan también por tu culpa.

Pili:
¿Y qué quieres?, ¿qué me echen a mí?

Manuel:
¡Pero si has sido tú!. Te he visto mirar en la mesa durante el recreo, antes de entrar.

Pili:
Eso es mentira. Yo no he mirado ningún examen. Además, a mí nadie me ha visto entrar durante el recreo y a ti sí.

Manuel:
Te he visto yo y, sobre todo, te has visto tú.

Narrador:

Y ahora es Pili la que agacha la cabeza. Enseguida, todo el escenario se queda a oscuras y, con todo apagado, empiezan a hablar los niños.

Voz de Luisa, en off(
16) (mientras el escenario se ilumina lentamente):
(16) “Off” es una palabra inglesa que significa “fuera”. Una voz en off, es una voz que se escucha de alguien que está fuera del escenario, es decir a quien el público no ve. También se usa en el cine y en la televisión, es la voz del que cuenta la historia pero que no aparece en la pantalla.
Esta historia podría haber tenido muchos finales. El más normal es que Pili nunca confesara y los mayores desconfiaran de Manuel, porque era diferente (porque era más pobre), y le expulsaran del colegio.

(Mientras se oye la voz: El director mira a Manuel y señala con el dedo la puerta de la calle. Manuel sale de clase escenificando que le expulsan.)

Voz de Pili, en off:
Si hubieran echado a Manuel, seguro que María y Antonio, se hubieran ido con él (a eso llaman “solidaridad(17)
”). A ellos nunca les hubieran admitido en ningún otro colegio, ni siquiera interno y nunca hubieran tenido oportunidad de tener una buena educación.
(17) Esta palabra es mucho más difícil de explicar, pero, seguramente, es la más importante de toda la obra. Será mejor que le preguntéis a la “seño” o a mamá y a papá. Seguro que ellos os lo cuentan mucho mejor que yo.
(Mientras se oye la voz: Salen del aula Antonio y María.)

Voz de Borja, en off:
La verdad es que esta historia se ha complicado un poco, tenemos que buscar la forma de que esto no acabe tan mal.

Voz de Alberto, en off:
También hubiera podido pasar que Pili dijera la verdad y, entonces, la expulsaran a ella. Los padres de Pili le hubieran dado una paliza y la hubieran metido en un colegio interno o alguna barbaridad por el estilo.

(Mientras se oye la voz: Manuel, Antonio y María vuelven marcha atrás -como en el cine- y Pili levanta la mano. El director la mira y señala con el dedo la puerta de la calle. Pili sale.)

Voz de Julián, en off:
Esta historia todavía es muy triste. Los cuentos para niños tienen que terminar bien. Si no nos gustan mucho menos.

Voz de Antonio, en off:
Probemos este final, a ver si os gusta más.

Narrador:

El escenario se vuelve a apagar de pronto, entra Pili y se vuelve a iluminar. Los actores van a intentar un final que nos guste más a todos.

Pili:
Manuel dice la verdad.


Don Ramón:
¿Dice la verdad, Pili?

Pili:
Sí.

Profesora:
¿Y tú cómo lo sabes?


Pili:
Porque he sido yo la que he revuelto los papeles de encima de la mesa.

Don Ramón:
Entonces ¿has sido tú la que ha querido copiar?

Pili:
No señor director. Yo no he mirado el examen. Sólo quería coger una cosa.

Profesora:
¿Qué había en mi mesa que te interesara, Pili?

Pili (sacando de la carpeta el papel que había guardado antes):
Es el dibujo que hizo Sandra ayer. Le quedó tan bonito que lo quería copiar para llevárselo a mi madre. Ella está empeñada en que no sé pintar y este le hubiera encantado.

Narrador:
Se apagan otra vez todas las luces, cualquiera diría que se funden los plomos. Dos focos iluminan ahora a Pili y a Manuel que se han colocado al borde del escenario -con mucho cuidado para no caerse al patio de butacas-. Este sí que es el final:

Pili:
Manuel... ¿Me perdonas?

Manuel:
Claro que sí, tonta. En mi barrio los chicos enseguida olvidamos.

Pili:
¿Sabes? Estoy segura de que no eres una manzana podrida.

Manuel:
¡Qué manía te ha entrado con eso de las manzanas, hija! ¿Cómo voy a ser yo una manzana?

Narrador:

Y se apaga otra vez el escenario y, enseguida, se vuelve a encender. Todos los actores están en fila de frente al público. Como a todo el mundo le ha encantado la función, aplauden como locos. El padre de alguno de los actores grita ¡bravo! y alguna madre echa una lagrimilla porque su hija ha estado “enorme”

Telón ( y fin de la obra)

Nota del autor: Si, por casualidad, el público siguiera aplaudiendo, el telón se puede volver a subir y pueden aparecer otra vez los actores a saludar. No pasa siempre, pero si ocurre, querrá decir que la función ha sido todo un éxito.