domingo, marzo 07, 2021

Violencias

En realidad me importa un huevo que las infantas se vacunen en donde coño sea, haciendo uso de sus privilegios por ser tan ricas. Me importa un huevo, porque, simplemente, sus dosis no estaban destinadas a mi madre ni a ninguna de las madres que conozco e ignoro cómo llevan la cosa de los turnos allá dónde se lo han saltado para favorecer a las privilegiadas hijas de papá rey.

Pero violenta, genera violencia. La violencia contra la Casa Real, que tan de moda se ha puesto cuando hemos sabido hasta qué punto está podrida. Genera violencia en cada uno, ese punto de rabia que termina en un quejoso ¡ya está bien!

Luchando por la libertad de expresión, creo.

Barcelona estas semanas está siendo el exponente de violencia (¿gratuita?) más insultante de Europa. A nadie le importa nada que el tal Hasél ese esté merecidamente preso por cantar tan mal y otras pillerías (otros episodios de violencia que le hicieron acumular condenas y dar con sus huesos entre rejas). No le importa a nadie, porque en realidad no importa. Pero ofrece una excusa magnífica para armar trifulca. (¿Gratuita?), guerrillera, voraz, enloquecida. ¿Alguien ha pensado que el tipo que incendia un coche con un poli dentro está pensando en libertad de alguna clase? ¿Solo es violencia?

¿A quién sirven estos disturbios en el crítico momento de formar Gobierno? No es a usted. No es a mí. Desde luego, no es a Pablo Hasél. Pero alguien se ha traído a estos grupos de agitadores profesionales de Italia, Francia y Grecia para unirse a los de por aquí y mantener vivo un conflicto que no tiene conflicto por debajo. ¿Quién los financia?

Como se han roto los consensos y las grandes causas ya no están, como el ‘sistema’, concebido como el conjunto de rutinas para la convivencia que mantiene la cordura de una sociedad, ya no existe, los ‘antisistema’ se enseñorean de las calles y de los noticieros derramando violencia e imponiendo un orden desconocido que implica, solo, la asunción del poder de los encapuchados. La historia es antigua, es la pauta desde el principio de los tiempos, cuando los encapuchados vestían de lujosas telas –antes– y portaban –después– carísimas corbatas.

Romper las fórmulas.

En Catalunya los antisistema claman por un nuevo ‘modelo policial’ porque les parece muy muy mal que la policía impida a cuarenta hijos de puta destrozar los escaparates de los comercios de Passeig de Gràcia para que un rapero salga de la cárcel (o a lo mejor no es por eso: no le haré perder ni un minuto hablando de tal sujeto ni de las libertades que dice reclamar para sí). No sabemos a qué modelo policial se refieren: debe ser a uno que permita que cuarenta hijos de puta destrocen los escaparates de Passeig de Gràcia si el motivo es lo suficientemente antisistémico (solo especulo, porque las propuestas concretas se han pospuesto para otro momento).

En Madrid soportamos estoicamente que tres centenares de neonazis marcharan hacia el cementero de la Almudena para rendir homenaje a la División Azul (11 de febrero de 2021) y que una chica de no más de 30 que torcía visiblemente la mandíbula en clara señal de certeza al final de cada frase, dijera que el enemigo es el judío (creo que no se refería a un judío concreto, o sea, que no hablaba de Jesucristo, porque al final hubo misa). Violencia. No la que practican este tipo de individuos de flaco coeficiente intelectual, sino la que suscitan en cada uno frente al televisor cuando el noticiario nos presenta sus hallazgos: “Hace falta que incumpláis el toque de queda, que os reunáis con vuestros familiares y amigos, que seáis más de seis como somos hoy aquí; y que os abracéis, y que cantéis y que viváis alegres. Porque el fascismo es alegría”.

Días después (4 de marzo del mismo año) se suspende la manifestación del 8M, también en Madrid. Violencia. Gratuita. Porque llamar a la responsabilidad para que la manifestación sea pacífica y cumplidora de las reglas que impiden el contagio es más difícil. Por eso, o para no asumir la crítica de quienes quieren, en clara y violenta lucha contra el feminismo, criminalizarlo nombrando el 8M como el día de las víctimas de la pandemia. Más violencia. Violencia machista.

Todo el rato en los anuncios de la tele que nos advierten contra la violencia sobre la vivienda y, apoyados en todo tipo de noticias sobre okupas desalmados, nos emplazan a instalar cuanto antes una alarma con llamada a policía y prevención de las afecciones coronarias. Todo el mundo quiere algo y se apoya en la violencia para conseguirlo. A lo mejor los grandes tenedores de viviendas, con tal de facilitar una norma más dura contra quienes ‘honradamente’, se meten en las casas vacías que una hipoteca imposible o un plan urbanizador fallido arrebataron a sus dueños, si los hubo.

Villarejo sale de la cárcel y anuncia que lo va a contar todo. Otra vez violencia, ahora en modo cloaca. Ya dice él que las cloacas se llevan la mierda, que no la generan. Nos hacemos violencia pensando en la mucha que nos producirá conocer según qué ‘verdades’ que tenga almacenadas en su archivo de conversaciones magnetofónicas.

Vivimos en un país tan seguro que una reyerta entre vecinos que se salda con un herido leve en Vecindario (Gran Canaria) abre los telediarios. En México, probablemente, hacen falta cinco muertos para que un altercado salte a las noticias. Y, sin embargo, la violencia da su rédito.

Consumidores de violencia. La violencia de la cifra de muertos por la pandemia que ya asumimos como habitual, la violencia de las mujeres desfiguradas o muertas a manos de sus maridos que no se sabe a cuántos escandaliza realmente, la violencia de unos chicos que se pelearon en Vecindario, la de los rompedores de escaparates, la de los prohibidores de manifestaciones, la de las multinacionales que comercian con vacunas, la violencia del grupo de WhtasApp que se llena de escenas crueles de nuestra pequeña realidad que se aumenta ella sola…

Violencia. ¿Nos quitamos?

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, febrero 28, 2021

Género

No es tan sencillo. Si tienes cola eres chico. Si tienes chocho, chica. Ya está. Pero no es tan sencillo.

El lenguaje es machista. Siempre lo fue. Chocho suena feísimo y cola es, a la vez, elegante y festivo. (¡Qué enormidad!)

La asociación pestilente Hazte Oír lo resolvió con vulva. Pene y vulva. Y lo redujo a esto: vulva, chica; pene, chico. Pero no es tan sencillo.

Ahora viene el género, de difícil definición y de imposible comprensión para quien anda con la cabeza cerrada a todo aquello que no le enseñaron en las patéticas clases de Religión que recibimos en nuestra igualmente patética educación cristiana.

Pero vayamos por partes: Cuando un senador de Vox se empeña en llamar señora presidente a quien es la presidenta de la Cámara Alta, demuestra, además de su tozudez machista, su incultura proverbial. La voz ‘presidenta’ está registrada en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española desde 1803, por más que la terminación ‘ente’/’ante’ (el que es) se configure en la composición del término como el participio activo del verbo ser. O sea, que la actitud de este senador (el que sena) solo alcanza a poner de manifiesto su profunda estupidez. Debe comprenderse que los participios activos (de los verbos latinos) pasaron al español como participios y se emplean solo en los adjetivos (denigrante sería uno bien aplicable al caso que nos ocupa, indigente intelectual, otro). Si, a continuación, propone que el Día Internacional de la Mujer sea sustituido por el Día Nacional de las Víctimas por el Coronavirus, entonces está todo claro, porque une a su indigencia intelectual su mala fe pública al intentar con ello culpabilizar al Gobierno de España (por autorizar aquella manifestación en 2020) de las miles de muertes acaecidas como consecuencia de la pandemia. Da un poco de asco, pero es lo que hay.

Continuemos. Si está claro que la presidenta del Senado de España es una señora, y que el frutero que despacha en el mercadillo de Ciudad Real es un señor (de imposible confusión), convive con esta realidad el concepto de género, que viene a complicarlo todo un poco.

El género es un constructo social. (Lo escribo así, ’constructo’, para poner en evidencia mi sofisticada capacidad de lenguaje y advertir que lo que sigue está vedado a quien cerró su mente a toda realidad que no fuera capaz de tocar con sus manos o escuchar con sus orejas, tales como los agujeros de gusano, el sonido de las partículas subatómicas, o la discoincidencia entre el sexo de una persona y el género con el que esta se siente identificada.)

Cuando Simone de Beauvoir escribió ‘No se nace mujer, se llega a serlo’, no se estaba refiriendo a que el chocho se desarrolla con el tiempo, sino a que el género se va construyendo con las convenciones sociales que condicionan a uno y otro sexo. Y, llegado el caso, sucede y no es nada infrecuente, que una persona que ha nacido con cola (un varón, para entendernos) se sienta más identificada con la condición de mujer que con la de hombre y puede ser que decida convertirse en una más, renunciando a su condición biológica y asumiendo aquella otra, o viceversa. Y ¿qué pasa? Absolutamente nada: Se cambia de sexo. La ley lo protege. Se llaman ‘personas transgénero’.

Y aquí viene el lío. ¿Cuándo? ¿Bajo qué condiciones? ¿Así, por la cara?

El borrador de proyecto de ley trans propuesto por Unidas Podemos y liderado por la ministra de Igualdad, Irene Montero, que estudia el Gobierno, dice que sí, que por la cara. Sin más trámite que la declaración de voluntad y desde los ¡doce años! (16 para no venir en compañía de mamá y papá).

Y el colectivo feminista se desespera: es más una afrenta a la lucha por conseguir la verdadera igualdad entre géneros (si ahora venimos a descubrir que el sexo no importa), que consolidar derechos para el conjunto de las personas.

Nada que objetar sobre la despatologización que supone de la transexualidad y mucho menos sobre el sufrimiento de las personas transexuales que pretende evitar, especialmente en las más jóvenes. Nada que objetar sobre aspectos trascendentales que viene a corregir de la vigente Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres (de 2007) que se ha desvelado insuficiente en supuestos relevantes en sus 14 años de vida.

La decisión de cambiar de sexo no puede depender, sin embargo, de la sola confusión de un púber en plena revolución hormonal. Tiene que precisar de requisitos que la doten de firmeza, más allá del simple acto de pasar por el Registro Civil, dar los buenos días y ordenar, armado de una simple declaración de voluntad, que donde pone Mercedes anoten Kevin Cosme, que esta semana se siente un machote. Porque el sexo sí importa. Porque la lucha centenaria por reivindicar la igualdad de géneros (entendidos así, como las circunstancias que socialmente se han construido en favor de uno y en contra del otro) importa y no puede soslayarse de un plumazo eligiéndolo a voluntad sin contar con la garantía científica de que tu sexo y tu género no coinciden (más allá de las turbulencias hormonales de la adolescencia) y sin contar con la garantía jurídica que tal alteración registral precisa. Porque las consecuencias jurídicas de la decisión no son menores en la lucha contra la violencia machista, por ejemplo, o en la protección de los espacios de derechos de la mujer que hemos conseguido tras décadas de pelea.

Con todo, garantizar avances, consolidar derechos, maximizar los recursos disponibles para proteger la calidad de vida de las personas en todos los órdenes, frente a las posiciones trogloditas de quienes insisten en llamar señora presidente a su presidenta, es siempre una buena noticia. Y la ley trans, cuando sea verdad, lo será también. Lo será con independencia de las diferencias de criterio sobre el feminismo que se puedan plantear entre los partidos socios de la coalición de Gobierno.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, febrero 21, 2021

L'esquerra, l'esquerra

 El anterior proceso electoral en Catalunya nos condujo a la zozobra. Nos condujo a la zozobra, claro, a las personas de izquierdas.

Entonces ganaron la derecha y la derecha; la derecha independentista y la derecha españolista, dos derechas antagónicas entre sí. Una de ellas jugó tan mal sus cartas que, simplemente, ha desaparecido de la escena política catalana: Ciudadanos.

El 14 de febrero las cosas han sido radicalmente distintas: han ganado la izquierda y la izquierda. La izquierda constitucionalista, esta con importante mayoría de votos (más si sumamos los del PSC a los de En Comú Podem, que nunca se dijo que fueran independentistas aunque aboguen por el referéndum de autodeterminación) y la izquierda independentista, representada por ERC que, por primera vez, se impone a lo que fuera Convergència i Unió, hoy Junts per Catalunya, Junts.

La izquierda y la izquierda.

Urnas cambian urnas

El panorama de la gobernabilidad en Catalunya, por lo tanto, se presenta rodeado de claves bien distintas a las que hasta hoy se venían dando en el arco del Parlament. De una parte, los votantes, por primera vez desde que Artur Mas declarara la intención de independizar Catalunya del resto de España, se han decantado mayoritariamente por esta opción. De otra, el partido de los socialistas catalanes se ha convertido en la fuerza más votada, esto por primera vez en la historia constitucional del país, puesto que nunca Maragall ni Montilla, a pesar de que gobernaran, habían conseguido que el PSC superara en sufragios al resto de las formaciones en liza ni, en concreto, a Convergència i Unió, hoy Junts. Y, aun de otra, la izquierda catalana ha conseguido más escaños que la derecha, lo que tampoco había sucedido desde los tiempos del ‘Procés’.

Así las cosas ¿cómo no soñar con un gobierno de izquierdas al frente de la Generalitat?

El juego no es banal y mucho menos imposible. Basta el asentimiento del PSC, mediante su abstención en la elección del president y su apoyo desde fuera del futuro Govern sobre los principales asuntos de la gobernabilidad de Catalunya, para que Esquerra Republicana (que ya presta este apoyo al PSOE en el Parlamento Español) se separe de la lacra liberal-conservadora que representan los herederos de Jordi Pujol, por más que hayan cambiado de sedes y siglas huyendo de su pasado corrupto.

Catalunya necesita un presente que restañe las heridas de su propio presente y eso parecen haber elegido las urnas votando a una izquierda independentista que ha renunciado a la vía de la unilateralidad y a la izquierda constitucionalista (fuerza más votada) que está pujando por volver a la normalidad construyendo un gobierno que vuelva a preocuparse de atender las necesidades de las personas (hoy más bien aparcadas), eso sí, cerrada a la posibilidad de abrir vías de posible independencia.

Y la lucha por la independencia, necesariamente, tendrá que esperar.

En este momento la pelea es por las vacunas, por la restauración de la situación sanitaria (tanto de las personas como de las debilitadísimas infraestructuras, bombardeadas durante décadas con recortes que solo ahora han demostrado sus efectos nefastos), por la resiliencia ante la crisis económica que ha puesto de manifiesto la relevancia de las instituciones europeas y la importancia de la apertura al internacionalismo, lejos de achicar las fronteras de los espacios de convivencia.

Como nunca antes, la interdependencia de unos respecto de otros se ha puesto de manifiesto en el mundo entero. La solidaridad entre los pueblos es crítica, la colaboración es crítica, la cooperación lo es. Los problemas son globales y muy grandes y los ‘pequeñismos’ no harán sino agravarlos.

El eje que enfrenta independentismo y españolismo tiene que cambiar al eje que pone a cada lado la izquierda y la derecha. ERC tiene que declarar su mayoría de edad y atreverse a gobernar sin la sombra de Junts (en este caso a la espalda) para liderar la reconciliación de un pueblo en tremendo conflicto por un ideal que hoy es imposible y que, cuando lo fuera, no podría afrontarse sino desde la concordia. Las diferencias entre Esquerra y Junts no pueden ser más obvias y no permiten una acción de gobierno coherente, salvo en su único interés común, hoy fuera de lugar a todas luces. Y el PSC tiene que mostrar la generosidad que hace falta para, siendo la fuerza más votada (empatada finalmente en escaños) ceder la alternativa a quien realmente tiene los números para formar Gobierno.

En el complejo espacio de la negociación política. Aquí estamos. Esperando de la lucidez de nuestros gobernantes un rayo de esperanza que nos allane el que sin duda será tortuoso camino de la recuperación.

Escrito desde fuera de Catalunya, con la ilusión de que, en lugar de seguir siendo un problema más para el resto de España, se convierta en otra parte de la solución de los muchos que ya soportamos.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, febrero 14, 2021

Normalidad bipolar


Es dos… y está en cada uno de los dos por completo (San Agustín)
Pablo Iglesias tiene razón cuando habla de falta de normalidad democrática porque, seguramente, en su fuero interno se identifica a sí mismo como una anomalía y se lo pasa bien siéndolo, aunque traslade sus críticas a circunstancias que pretende ajenas.
No es necesario ser politólogo (Pablo Iglesias lo es, ya sabemos) para tener por ciertas algunas reglas del juego democrático. Algunas simples, como la de no tirar piedras contra el Gobierno del que formas parte. Esto rige también para las empresas, para las ferreterías y para las asociaciones filatélicas (excepción hecha de alguna muy célebre). Dicho de una forma más elaborada, no se puede ser uno y su contrario en la misma dimensión espacio temporal, salvo que un trastorno de la personalidad haya invadido tu cerebro de manera tal que te sientas independentista por las mañanas y constitucionalista al atardecer, dejando el espacio de mediodía para la transición pacífica entre los sentimientos ‘España nos roba’, ‘España nos une’. He utilizado ‘constitucionalista’ en el sentido al uso en estos días, aunque es algo confuso pues no se sabe muy bien quién incluye a quién en cada bloque, que pasan por ser unos los que quieren poder decidir sobre la permanencia de su territorio dentro del Estado y los otros los que apuestan por la unidad de este sin posibles fisuras.

Pero, por confuso que sea, en lo básico estamos todos de acuerdo. Todos menos Pablo Iglesias que, sin aparente contradicción, en pura mística política, pretende defender una España unida en la desunión… y muere porque no muere.

Sea por renta electoral o sea por lo que sea, comparar la condición de huido de la Justicia de Carles Puigdemont (cómodamente instalado en una mansión en Waterloo que no se sabe quien paga), con la que sufrieron los exiliados de la II República Española tras la victoria del fascismo en la Guerra Civil es una gilipollez, cuando no una monstruosa falta de respeto a aquellos que tuvieron que salir por piernas con una mano delante y otra detrás para evitar su exterminio en un régimen genocida como el que se instauró después de la victoria, muchos de los cuales terminaron en campos de refugiados en condiciones de vida menos favorables.

Sea por renta electoral o sea por lo que sea, comparar la condición de preso político del opositor ruso, Alexéi Navalni, al que ya se había intentado asesinar por dos veces (2017 y 2020), con las circunstancias de los políticos catalanes encarcelados por sentencia firme el Tribunal Supremo, es poner en tela de juicio, desde la separación de poderes, hasta la coherencia más elemental del sistema.

En fin, sea por lo que sea, cuando uno de los vicepresidentes del Gobierno acusa al Estado de falta de normalidad democrática, después de haber enmendado su propio Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado (como muestra de anormalidad baste un botón), y produce tal cantidad de anomalías él mismo practicando un discurso abrasivo contra las instituciones, es que algo no le han explicado bien. Es eso, o es que le encanta jugar con su condición de enfant terrible, de niño transgresor que se divierte poniendo a prueba la paciencia de todos desde su situación de privilegio.

El juego de Iglesias, sin embargo, no sorprende a nadie. Los batacazos electorales de este verano en Galicia y País Vasco, parecen justificar esta confrontación Gobierno versus Gobierno, en busca de un resultado más amable en las catalanas que hoy mismo se están celebrando, a pesar de que la fuerte presencia de Catalunya en Comú le ayudará bastante, suponemos, a mantener la posición.

También pudiera ser que estuviera buscando forzar al presidente Sánchez a deshacer la coalición (que tan buenos resultados está ofreciendo en mi opinión y menos necesaria tras la aprobación de la ley de presupuestos). El discurso general de Unidas Podemos en el Gobierno de España (una vez amortizada para sus bases la presencia en el mismo del matrimonio Montero-Iglesias y la mayúscula falta de respeto que supuso la compra de su casoplón en una de las zonas más caras de España), resulta ensordecedor. Justo es reconocer que la presencia en la coalición de la formación morada mueve hacia la izquierda algunas políticas que de otro modo, muy probablemente, permanecerían menos justas, pero no es menos cierto que el populismo de sus postulados, cada vez más públicos (cada vez más publicados),  ignora reglas básicas de las políticas de Estado que, necesariamente, han de contemplar gasto de menos enjundia social y menos aceptación global, para los que también hay que dejar dinero, a riesgo de romper demasiadas cosas que importan.

Abrazar el populismo (que antes era una cosa muy fea y ahora se convierte en el paradigma de según qué formaciones políticas) funciona mal en el Gobierno. Tenerlo por bandera más bien parece una estrategia electoral que una de gobernanza de lo público, con todos los sinsabores que conlleva. Dejarle a tu socio todos los ‘marrones’ y capitalizar unilateralmente todas las conquistas no parece la fórmula más leal de formar parte de un grupo.

Pero formar parte de un Gobierno y acusarlo de dar soporte a las anomalías democráticas que presiden el Estado, parece una incongruencia de enormes proporciones. Una del tamaño de la que el propio Trump (otro gran populista) hizo gala cuando intentó convencer al mundo de que la democracia en EEUU estaba podrida porque las elecciones presidenciales no le fueron propicias. De ese tamaño. Las consecuencias de atacar a las instituciones y, sobre todo, con ocasión de hacerlo desde dentro, son difíciles de calcular.

La izquierda está unánimemente de acuerdo en que hay muchas cosas por revisar. Todos lo estamos. Y la obligación de un gobierno de izquierdas es identificarlas y cambiarlas (no sé qué estaría diciendo Unidas Podemos sobre el mantenimiento de la reforma laboral de Rajoy, si la cartera de Trabajo no estuviera en manos de la comunista –y magnífica ministra– Yolanda Díaz). Es necesario actuar desde sobre las leyes penales que coartan la libertad de expresión y conducen a presidio a Pablo Hasél (entre otros), hasta sobre las que mantienen figuras como la sedición, viejas ya en todo el contexto europeo, que justifican el encarcelamiento de los políticos catalanes que siguen condenados. La normalidad democrática, entendida desde las ideologías de izquierda, consiste en conocerlo y hacer evolucionar la sociedad y el Estado cada día, cada mes, en cada período de sesiones del Congreso de los Diputados, en cada norma que produzca. Para que esa evolución se produzca, la soberanía nacional ha puesto el Gobierno de España en manos de la izquierda.

Solo hace falta un poco de coherencia y otro de lealtad. Ser el Gobierno por la mañana y la oposición por la tarde le devuelve a la mística política. Vivir sin vivir en él. Esto que más modernamente llamamos un trastorno bipolar.

Sacar provecho político escandalizando sobre la anormalidad de la que formas parte, a costa de tus socios de gobierno, diciendo permanentemente lo que tu audiencia quiere oír sin más límite que el que te imponen tus propias incoherencias, no es exactamente contribuir a la normalidad.

Pablo Iglesias se equivoca gravemente, esta es mi opinión, intentando cercar al Estado para mantener su posición en Catalunya. Si es que está en juego.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, febrero 07, 2021

Mequetrefes*

Irrumpen en la cotidianeidad los nativos digitales, estas chicas y chicos veinteañeros, treintañeras, que tienen en las redes sociales una prolongación de sus vidas, cuando no encuentran en ellas su principal espacio de comunicación, juegos o simplemente de confort.

Los líderes en esta nueva manera de estar en el mundo, que han hecho en lo virtual fama y fortuna y se han sustraído de la sociedad en la que viven (me refiero a su portal, a su barrio a su centro de salud), enfrentan a su feligresía a la vieja doctrina del solipsismo, corregida con un cable de fibra óptica (preferiblemente) que abre todas las ventanas imaginables y conecta (tú y tu máquina) todos los rincones del planeta.

Sucede, por lo contrario, que estamos en un tiempo en que la necesidad de lo público se ha puesto rabiosamente de moda, ello por mor de la necesidad de las personas humanas de contar con estructuras políticas sólidas, capaces de vencer (con mayor o menor éxito, con mayor o menor celeridad) acontecimientos globales que rompen la vida.

Entendamos esta globalidad como global (la gran pandemia de SARS-CoV-2) o como que afecta a la globalidad de las personas de un territorio acotado (la gran nevada de hace unas semanas).

Buscamos lo público para que una declaración de estado de alarma nos prohíban salir de casa para frenar el contagio, para nos auspicien con un ERTE si la cosa se pone peluda, o para que nos quiten los 55 centímetros de nieve que se han acumulado entre la entrada del portal de nuestra casa y el Ahorramás en el que necesitamos comprar el pan. Buscamos lo público para que nos traigan vacunas con las que alejar la enfermedad (no solo la de la covid-19, que también, sino la de la misma gripe que cada año se inocula a más de seis millones de personas en España, casi todas ellas mayores de 65 años).

¡Claro! Buscamos lo público en aquellas actividades necesarias para la vida que no podríamos solventar si no es con el esfuerzo colectivo: la sanidad, desde luego, el cole de los niños o la universidad cuando ya no son tan niños, el control del tráfico aéreo, la seguridad en su más amplio sentido, el mantenimiento de la red de carreteras, el alumbrado de las calles, la defensa.

Unos más que otros defendemos lo público en oposición a lo privado, defendemos la justicia (la igualdad) frente a la libertad, aunque dicho así suene feísimo. Solo por resultar gráfico, defendemos la justicia en el reparto de vacunas (primero a los que más riesgo tienen de que los mate el bicho y luego a los que menos), frente a la libertad de comprarla en el libre mercado de los medicamentos (para mí y los míos) si tengo dinero suficiente para ello. Lo público. Lo que garantiza que todos tengamos acceso a lo necesario en condiciones de igualdad.

A nadie se le oculta a estas alturas que el mantenimiento de lo público depende casi en exclusiva de la fiscalidad. De los impuestos. Tampoco se oculta a nadie que el sistema impositivo de los países es una cosa compleja o muy compleja y que, así, por lo general, se contempla en términos de progresividad, esto es que los que tienen mucho pagan mucho más que los que tienen poco y los que tienen muchísimo, aún más.

El sistema fiscal no atiende al mérito. No paga menos impuestos el señor que se lo gana con su ingenio o con sus habilidades deportivas, que el que se lo gana trabajando de meritorio en una notaría. Va más rápido: si ganas más, pagas más, si ganas menos, pagas menos y si ganas muy poco, no pagas nada. Me refiero, como se intuye, a los impuestos directos, esto es a aquellos que gravan la renta o la riqueza.

Y así va esto. Una persona que gana muy poco tributa muy poco, a lo mejor un 2% de su renta. Una que gana mucho paga mucho más. El tope: el 47% de lo que ingresa. Y con todo eso pagamos los coles, las vacunas, el alcantarillado, los guardias y los submarinos.

Pues bien, en las sociedades avanzadas (ahora no se me ocurre ninguna, pero haberlas haylas), se cuidan muy bien de los impuestos que pagan los ciudadanos y los ciudadanos están de habitual muy orgullosos del dinero que ingresan al fisco, pues son conscientes de la importancia que ello tiene en orden al mantenimiento de este que se ha dado en llamar el estado del bienestar.

Y las menos avanzadas, menos. En las menos avanzadas pagar muchos impuestos nos sabe como mal, como a que no hemos sabido valernos de algún vericueto legal para mermar esa cuota que siempre (siempre) se nos antoja abusiva. Nos sabe como a que somos tontos.

Y esto se incorpora a lo que podríamos llamar la conciencia cívica de las personas.

Un chico muy listo llegando a Andorra.

Si, de pronto, un señor se apea con que "las leyes de Hacienda no estaban preparadas para esta nueva ola de creadores 'online'. Y siguen sin estarlo" (El Rubius dixit) y con tamaña excusa se las pira a vivir a Andorra para cambiar su 47% de impuestos por un confortable 10%, es que estamos en un lío. No solo por el alto concepto de sí mismo que el tipo demuestra al considerarse, nada menos, que un creador ‘on line’ que ya es bastante (nada menos creativo que lo que le he visto hacer en sus vídeos), sino porque pone de manifiesto que esto lo hemos contado muy mal.

Por decirlo deprisa: si los que ganan muchísimo utilizan (y publican que utilizan) todos los recursos a su alcance para pagar poquísimo, hasta el punto de irse a vivir a uno de estos ‘paraísos fiscales’, so pretexto de no parecerles justas las leyes de Hacienda, es que se lo hemos contado muy mal.

Si las nuevas formas de economía han adelantado a las fórmulas fiscales y permiten esas fugas en los ingresos del Estado y quienes las practican, además, se jactan de ello en público, es que se lo hemos contado muy mal.

Si los chicos que juegan con sus ordenadores, o al balón (a nivel planetario incluso) y levantan más de cuatro millones de euros al año, pueden esquivar con tanta facilidad sus obligaciones con la sociedad, es que lo estamos haciendo francamente mal. Muy mal.

Si además se convierten en referentes… mal.

Las nuevas formas de economía producen nuevas formas de pillaje. El desprecio a la responsabilidad ciudadana, la cultura de la defraudación que preside la forma de contribuir de tantos, son sin embargo los mismos.

*Mequetrefe: persona considerada insignificante en lo físico o lo moral.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, enero 31, 2021

Espectros

Daba ternura volverlo a ver saliendo por la tele: un tipo que no le importa prácticamente a nadie, diciendo cosas que no le importan prácticamente a nadie.

En estos tiempos que corren, con toda la vida girando alrededor de la incidencia acumulada, ahí estaba Carles Puigdemont. Gordito (se ve que su exilio está siendo más amable que el de los republicanos que salieron por piernas después de la Guerra Civil), con su pelucón y ese gesto de certezas que exhiben las personas cuando juegan a convencer.

Charlaba de sus cosas. No estaba contando jeringuillas ni divagando sobre los turnos de vacunación. Hablaba de Catalunya y eso. Como antes de los desastres. De lo suyo, de sus listas, de que si tal, de que si Illa y España le ultrajan, en fin, de sus cosas. Y daba ternura: casi se me llenan los ojos de lágrimas; evocador. Nos trasladaba a aquellos tiempos felices en los que uno podía ponerlo a parir en un bar de Salamanca o discutir a voz en cuello con los españolistas en uno de Granollers.

Hablando de sus cosas

Normalidad y disnormalidad se superponen y se confunden. No podía ser de otra manera, porque la disnormalidad ya se ha convertido en lo normal.  Y la vida sigue, insisto, no podría ser de otra manera. Así, Cayetana Álvarez de Toledo, como un espectro de la España prepandémica, reaparece haciendo gala de melena rubia y cuidado acento argentino para la ocasión de los comicios del 14F. Le han dado suelta con permiso para soltar por su boquita todos los insultos que le dé la real gana, siempre que sean contra Illa, claro, y no contra el buen Casado, que eso ya le costó el ostracismo en esos tiempos remotos de normalidad. Con pandemia o sin ella, Cayetana es Cayetana y es venenosa. Lo que pasa es que ahora, en lugar de escalofríos, nos da como gustito oírla bramar por los sitios: es como un sonido de nuestra infancia, como un coro de voces infantiles recitando la tabla del nueve, después de cambiar de canal porque, también en la 1 estaban hablando del pico de la curva.

Casi habían conseguido que, de todas las cosas que sabemos hacer y solíamos hacer, persistieran solo la de producir y la de consumir.  Casi nos habían convertido en sujetos escondidos de un genocidio sin culpables, como Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, pero con un enemigo invisible en este caso, cuando emerge aquella zona oscura de la normalidad, ahora vestida de elecciones autonómicas, para recordarnos que también podemos sentir el desagrado, que aquellos polvos siguen trayendo estos lodos, que todo perdura en su estado primitivo sin nada aprendido.

Consumidores y productores (los que aún tenemos el privilegio de producir y la capacidad de consumir) haciendo muy ricos a unos pocos y empobreciendo a otros cuantos, subvirtiendo el orden natural que había sido de viajes, cines, comidas de trabajo y fines de semana en una casa rural, por otro de videoconferencias, toques de queda, y compras on line. El flujo del dinero cambiando de dirección pero apuntando siempre a un lado en el que usted y yo no estamos. Se arruinan las cafeterías y se enriquecen las tecnológicas (lástima que estas no paguen los impuestos en España para sujetar a las cafeterías), porque ahora en lugar de una de pulpo a feira regada con cerveza a discreción, consumimos gigas desde dispositivos móviles asesinando el intercambio. Así que aquí tienen a Artur Mas retorcido en nostalgia, otra vez apareciendo en el smartphone que nos conecta con la realidad, pero no está el compañero de la oficina para confirmar con él que es un puto espectro del pasado, ni el camarero que dulcifica la noticia sirviendo otra ronda, esta vez con unas bravas con las que apagar la indignación encendiendo el estómago.

Extraña realidad consumida en solitario. Sin contexto, sin pareceres con los que comparar el nuestro, sin quedada para el cine, sin fútbol, sin paseo por las callejas del centro. Extraños ecos de normalidad  que se superponen a una manera impostada de estar en el mundo que no era la nuestra. ¿Cómo se consume a Cayetana Álvarez de Toledo entre medidas de seguridad, sin una de choquitos con los que digerirla? Productores y consumidores de una sociedad hurtada de la capacidad de serlo. Rebuscando en el teléfono una señal que nos despierte de la última videoconferencia… Y aparece Oriol Junqueras.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, enero 24, 2021

Corruptos

Porque no son pillines.

Son corruptos de los de verdad.

Es esta sociedad nuestra de la recomendación, del enchufe, del contacto ese que te cuela en una lista de espera, que te salta el turno, esta sociedad nuestra, decía, la que vive ahora la desconsideración cívica más insultante que hemos padecido en mucho tiempo.

Nosotros no lo ocultamos. Nos complace. Nos encanta favorecer en secreto a los nuestros. Nos enorgullece tener amigos poderosos que hacen trampa por nosotros porque nos hace sentir importantes. Lo sé, lo sé, nos decimos, hice mal; y esa sonrisa de complacencia dice todo lo demás.

Y lo contamos en la cola del pan, como un secreto inconfesable que lubrica nuestra alma inmortal. Un bálsamo sanador.

Ahora es que aparecen en la escena alcaldes, consejeros, directores, militares de alta graduación, con el poder suficiente para hacerlo traer. Orgullosos, tampoco lo ocultan: yo soy el consejero, chavalín. Ya me la hice poner. O ¿qué pensabas?

Esa fortuna oculta que nuestro amigo hurtó al Fisco nos enorgullece a pesar de saber que la habría hecho estafando un poquito. ¡Un tipo listo, este!, nos decimos. Se perdonan esas pillerías, salvo que se trate de un político. Si es un político bramamos contra la corrupción. No es que nos produzca un especial rechazo la corrupción (¿cuál fue la última factura que pedimos sin IVA?), sino que nos producen brutal rechazo los políticos. Este es nuestro juego: un punto de rectitud inquebrantable, otro de cinismo, y una pizca (o dos) de picaresca que en nuestros propios actos juzgamos venial.

Sí, sí, nos dicen, claro que aprobó: iba muy bien recomendado. ¡Qué bueno es tener amigos!, respondemos orgullosos. Porque ahora no estamos pensando en el que se quedó sin plaza para que nuestro pariente la lograse; es un ‘viva la virgen’, lo sabemos, pero es un buen muchacho y se lo merece todo. Aún a costa de los demás.

¡Oh, no te preocupes por eso! A mi hermana ya se la han puesto, ¿no ves que tiene una recomendación? ¡Chico, qué alivio! ¡Qué bueno es tener amigos! No nos aflige.

Alcaldes, consejeros, directores, militares de alta graduación… ni siquiera necesitan encomendarse al amigo. Son poderosos. Lo ordenan para sí y listo. Se la hacen poner. Tienen la ocasión y justificarlo en lo moral no les hace puta falta. Saben de sí mismos que son los que más cerca están del virus, son los que más han trabajado para combatirlo, son los que más riesgo han corrido por sus compatriotas. Se lo merecen con creces por encima del turno que alguien ha marcado sin contar con ellos. Y sonríen complacidos por su propia capacidad para delinquir sabiendo que hacen lo correcto porque, para nosotros, el nuestro es el primero de todos los riesgos que debemos combatir.

¡Qué paradoja! Nos escandalizamos con aquello del triaje ¿lo recuerda? ¡Sí, hombre! Cuando dejábamos morir a los más viejos para salvar la vida de los jóvenes y cedíamos el respirador o la cama de UCI a aquellos que presentaban mayor esperanza de vida. Nos hicimos cruces de todos los credos. Hablamos de nuestros mayores como el patrimonio más preciado de esta civilización y clamamos contra la injusticia de preferir a los que todavía no habían construido nada para nuestro bienestar. Y fíjese, paradoja, que ahora nos ponemos sus vacunas a hurtadillas, porque al anciano al que se la hemos quitado del brazo no lo conocemos (o a lo mejor sí) y no nos parece que su caso sea más urgente que el nuestro.

No, no son pillines. No son tramposos. Son corruptos, delincuentes de la más baja ralea. Los poderosos a los que tanto nos conforta pillar con la vacuna. Y los demás también.

(Sí, sí, sí, verlos en la tele nos pone muchísimo. Casi tanto como escuchar al vicepresidente decir majaderías sobre el exilio de Puigdemont. Como un licor suavísimo nos llena de contento —hubiera dicho Pablo Guerrero, el cantor—, porque nos reafirma; ¡todos son iguales! Y nosotros también, pero eso no nos lo decimos nunca. ¡Muerte al político, al alcalde, al consejero! Lo nuestro es otra cosa.)

Abusones, esperpento del poder. Actores del reparto de la desconsideración cívica más insultante.

Ahora que parecíamos despertar a esa conciencia de lo colectivo porque creíamos trabajar todos contra un enemigo común, nos hemos dado de bruces con lo más grotesco: con nosotros mismos.

Los que queden serán los mejores. Hay más de ocho mil alcaldes y no sé cuántos consejeros y directores y militares de alta graduación, que no se han vacunado los primeros.

Los otros van dimitiendo.

Dan puto asco… Y muchísima pena.

El dibujo es de mi hermana Maripepa

domingo, enero 17, 2021

A dos desastres de añorar el 2021

Iñaki Gabilondo se pira porque está empachado.

¿A quién puede extrañar?

El empacho es generalizado. Solo nos libra de él la Santa Madre Iglesia que, de cuando en cuando, nos da alguna alegría que nos abstrae del caos y nos lleva a la risa.

A tan solo dos desastres de añorar el año 2020, la Iglesia nos recuerda cuál es su papel en el mundo y habla por su boca el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, proceloso mantenedor de la moralidad pública, para denostar la vestimenta de la mujer de hoy (vaqueros rotos, ¡rotos!), evocando los delicados modos de los años 50.

Por eso no pudieron comprarse una pala (como el buen Casado) para quitar nieve de los colegios, y por eso solo un puñado de templos abrieron sus puertas durante las noches gélidas para ofrecer cobijo a quienes carecían de él. Estaba monseñor el 14 de enero enviando un tuit a la feligresía, cuyo visionado recomiendo enfebrecido, del siguiente tenor literal:

“El progresismo es un virus que te permite regresar a las cavernas al mismo tiempo que piensas que estás llegando a la luna”. Y lo adereza con una foto de obligatorio retuit, que muestra y compara los usos y costumbres de la vestimenta femenina, 1950 versus 2020.

El progresismo es el verdadero virus. Otros, sin duda de más relajadas costumbres, están luchando contra el SARS-CoV-2, en prueba de la irrelevancia de los quehaceres del ser humano en estos tiempos convulsos en los que las mujeres visten tejanos rotos por las rodillas.

¿Importan acaso más incidentes como el de Cártama? ¿Tiene relevancia que un hijo de la grandísima puta rocíe con ácido a su ex y a una amiga de esta y las envíe directamente a la UCI, en comparación con la desmesura que el progresismo está causando en nuestras vidas? Monseñor sabe que no.

Otros luchan contra las nevadas. Ahí tienen al indolente Casado afanado con su pala nueva en quitar nieve ante los fotógrafos (palas con un solo uso para reventa en Wallapop), desatendiendo lo fundamental. O a la población en general, gritando contra la subida de la luz en plena ola de frío, como si el verdadero frío no estuviera ya asido sin remedio a las almas de los cristianos a la espera de que las llamas eternas del infierno lo mitiguen.

Ahí tienen a Martínez Almeida, que por proteger a los madrileños de la progresía que nos invade, ha pasado una factura al Gobierno de 1.398 millones de euros (más de lo que se invirtió en mitigar los daños del terremoto de Lorca de 2011 —13 muertos y 300 heridos, 431 millones—, la gota fría del año pasado en Levante —63.000 siniestros, 20 millones—, o la borrasca Golria —12.223 siniestros, 97 millones—, ¡juntos! ) por consentir que la nevada les pillara de improviso. Desolado el alcalde porque el municipio dejó de ingresar más 1,8 millones del estacionamiento regulado (por lo que se ve no había nadie aparcando por ahí) y otros 45,8 por las pistas deportivas que los madrileños no han alquilado o las tarifas de los gimnasios a los que no han acudido. ¡Grande, Martínez Almeida, grande (en lo moral)!

Un monseñor en sus cosas

Tercera ola de contagios por la covid en España: cientos de poblaciones confinadas, 53.114 muertos en el momento de escribir estas líneas. Catástrofe climática en el país: miles de individuos paralizados por la imprevisión de las autoridades que no supieron comprender que iba a nevar de cojones de acuerdo con las previsiones (certerísimas) de la Agencia Estatal de Meteorología. Subida del coste de la energía (gas y electricidad) en plena incidencia del peor temporal que se recuerda, que el Gobierno de la nación no sabe, no puede o no quiere atajar obligando a las compañías, como coño sea, a mantener precios asumibles para los consumidores. Un tipo rociando de ácido a dos chavalas en Málaga. Y lo más acuciante de todo, lo más grave, aquello que debe encoger nuestras débiles conciencias progresistas: chicas luciendo tejanos harapientos y no cuidados vestidos a media pierna en aquellos tejidos vaporosos que tanto resaltaban nuestra feminidad. Este es el virus verdadero, ¿a que sí, monseñor?

Iñaki, contigo: esto mueve a hartazgo. Empacha.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.

domingo, enero 10, 2021

Hasta mi compañero

Lo bueno que tenemos los españoles de aquí, de España, es que vivimos la vida como si nada de lo que sucede en ella fuera realmente con nosotros.

La pandemia esta de la covid-19 (no puedo olvidar el aserto de la presidenta madrileña que ya dejó claro que era una cosa de covi-diciembre-19, esto es, no puedo olvidar lo atrevida que es la ignorancia), la pandemia, decía, nos ha dejado buena prueba de ello. No iba con nosotros. Era mucho más importante salvar el turismo, salir este sábado por la noche o celebrar como Dios manda la Nochevieja, porque la verdad es que a nosotros, quiero decir a usted y a mí, no nos va a pasar nada.

Luego resulta que sí pasa y que hay que confinar el mundo, pero como usted y yo todavía no estamos contagiados, nos sigue pareciendo que nuestras prioridades continúan teniendo más valor, más importancia, que las prioridades de la colectividad. Así que seguimos con nuestros fiestones, seguimos con nuestras reuniones de amigos o escamoteándonos del aforo de bares y comercios y seguimos contagiando. Cerremos el mundo.

Fiestón

Bueno, pues ahora va y nieva. Los larguísimos programas de meteorología que se emiten por todas las cadenas lo venían advirtiendo desde octubre o así. Lo habían anunciado por activa, por pasiva y por perifrástica. Habían contado pormenor a pormenor las zonas de más riesgo con el detalle de cada metro cuadrado de superficie del país y hora de cada uno de los días en los que el fenómeno Filomena estaría entre nosotros.

Pero ¿he escrito nosotros? ¡Error! Debí escribir ‘ellos’. Una vez más, la cosa no iba con nosotros. El asunto se refería a otros. Eran otros los que no debían coger el coche, los que tenían que tomar precauciones, los que no tendrían que salir a la calle. ¿Yo? ¿El más experto conductor de la Meseta? ¿El más refinado geoestratega de las dos castillas y parte de Andalucía? ¡Cómo darme yo por aludido por las señales de alerta que lanzan por tierra, mar y aire siendo yo, como así es, tan avezado observador de la realidad y medidor de los riesgos que afectan al mundo?

Esta tampoco iba con nosotros, así que nos lanzamos en tropel a carreteras, vías urbanas e interurbanas, autopistas y caminos vecinales. Nosotros nos sabíamos capaces de sortear cualquier situación de peligro llegado el caso. Y ¿qué? Pues el colapso. Todos los expertísimos conductores que se quedaron atrapados el viernes en Madrid hasta que el alcalde pidió el auxilio del ejército a las dos de la madrugada del sábado sintieron de repente que, a lo mejor, la cosa sí iba con ellos, pero desecharon inmediatamente el sentimiento de culpa: Almeida, Ábalos, Sánchez, debieron haber puesto los medios necesarios. No, la cosa, efectivamente, no hubiera ido con ellos si las autoridades hubieran hecho correctamente su trabajo. Usted y yo teníamos razón.

Y aún hay más. Sociólogos, politólogos, observadores, ciudadanos de toda condición (o casi toda) vienen advirtiendo desde hace mucho rato de los peligros que comporta la ultraderecha una vez que alcanza el control de las instituciones. Iba a escribir la ultraderecha populista, pero he juzgado innecesario el epíteto pues no se conoce que haya de otra. Nos parecía una broma que Johnson, Bolsonaro , Trump, Salvini, u Orbán, estuvieran gobernando o intentándolo porque, de una parte, todo esto pasaba muy lejos y, de otra, no sería —pensábamos— tan fiero el león como lo pintan.

Y ahí tienen al presidente de la democracia más avanzada del mundo (¿?), alentando a sus seguidores a tomar el Capitolio y… ¡consiguiendo que lo tomen!

Resulta que la democracia más avanzada del mundo (¿?) concentra en el presidente del país un poder omnímodo y que con todo él, puede hacer lo que le salga de los cojones. Cosas tan espantosas como impedir que la Guardia Nacional reprima una revuelta de esas características en el tiempo que es prudente que lo haga para que aquello no se parezca a un golpe de estado. Puede provocar esa revuelta e impedir que se sofoque. Puede jugar con las instituciones como si fueran su tablero de Risk.

¿Por qué? Porque las instituciones no están diseñadas para defenderse de sí mismas. Porque nadie hizo la previsión de que un descerebrado las llegara a gobernar y, por eso, no se dotaron de mecanismos eficientes para evitar ser destruidas desde dentro.

Por eso, seguramente, nuestro lanzador olímpico de huesos de aceituna compara estos acontecimientos con las cosas que suceden en España, como para demostrar que quienes no tenemos cerebro somos nosotros, que las manifestaciones pacíficas y sin armas convocadas por la izquierda española tienen el mismo cariz que los asaltos cruentos y armados al Capitolio convocados por un imbécil que llegó a ser presidente y que esto, claro está, no va con ellos.

No, esto tampoco va, ni con usted, ni conmigo. Esto no puede pasar en España. Y por eso, volveremos a votar a Vox, porque como sabemos que de todas formas no va a gobernar, nos da como gustito escuchar las atrocidades que sueltan, con ocasión y sin ella, en desprestigio de nuestras instituciones. Luego a lo mejor va y gobiernan… pero no nos pasará a nosotros.

No es cosa ni de usted ni mía. La jugada no es nuestra. Yo me doy mus, hasta mi compañero.

Los dibujos de portada y del interior son de mi hermana Maripepa. Hoy nos ha hecho dos.

domingo, enero 03, 2021

La pócima

El Mal ya tiene el control de cientos de mentes en nuestro país y en toda Europa.

Aunque las identidades son públicas, me abstendré de ofrecer más datos de los imprescindibles para esta información fidedigna, a fin de evitar las fatales consecuencias que podría acarrear la localización precisa de personas que representan un claro peligro para la humanidad toda y de las que, suponemos, las autoridades hacen un seguimiento exhaustivo.

Así, tenemos por cierto que nada más inocularle la pócima hechicera, “A”, de 96 años, poderosa activista, declaró en Guadalajara con los ojos inyectados en sangre “tenemos que conseguir que el virus se vaya”. ¿Ven? Sabíamos que sería peligroso. Lo gritamos a los cuatro vientos, pero nada. Instantes después, “M.”, auxiliar de enfermería, espetó “Tenemos que dar ejemplo porque es la única manera que existe de superar esto”.

¿A qué se referían? El poderoso control de las fuerzas ocultas ¿habría hecho ya efecto en sus mentes? El chip ID2020 creado por el magnate de la tecnología ¿estaría emitiendo ya señales desde su interior para dominar el mundo?

No quedó ahí. Pocas horas después, “A.L.” en Palencia, a sus 88 años, desvelaba estar “muy contento por haber sido elegido el primero”. Él ya sabía que el anticristo corría por sus venas y que había sido llamado para anunciar el fin del mundo. El primero en todo Castilla y León. El primero.

“J.A.”, en Zaragoza había dicho minutos antes solo una palabra: “Esperanza”. “Esperanza”. ¿Qué augurio de fatalidad encerraría esa palabra oscura? “Esperanza”. Aterrador.

No puedo evitar la referencia a “J.P.”, la mujer de 89 años que desde Barcelona confundía a la población con el pícaro llamamiento en sus palabras, “no preocuparse tanto”. ¡Ja! Serás tú la que no tenga que preocuparse; tú, inyectada ya de icor del mal. Tú, “J.P.”. No nos confundes con tu avanzada edad: sabemos que el maligno ha entrado en ti. Sabemos lo que quieres.

La misma muerte, vacuna en ristre

Ancianos y ancianas, sanitarios y sanitarias, recorren ya Europa, acaso el mundo, con la voluntad cegada, presas del encantamiento producido por la sanie fatal.

Es la vacuna.

Y nos lo habían advertido: ¡cuidado!

El Mal ya tiene el control de cientos de mentes alrededor del mundo. Lo advirtieron sin cejar en el empeño los evangelistas por el orbe de la tierra, no sé si los episcopalianos, el mismísimo Jair Bolsonaro, el excelentísimo señor rector magnífico (¡pero magnífico!) de la Universidad Católica de Murcia, que erró en su predicción de que las tinieblas no podrían triunfar sobre la Luz… Han vencido. Han vencido. Las tinieblas vencen, la Luz se apaga.

Vea el espectáculo de nuestras viviendas de mayores, de nuestros campos de petanca, de nuestras obras públicas, preñadas de abuelas y abuelos, andador en ristre, absortos en la tarea suprema de la destrucción del mundo. Vea a nuestras sanitarias y sanitarios clavando con saña sus jeringuillas en los cuerpos adocenados de quienes buscan con inocencia la tramposa Verdad: ¡toma! ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma néctar de los infiernos! ¡Púdrete, mujer pro-vacuna! ¡Prueba de tu propia medicina, abducida por Bill Gates y el mismísimo Soros! “¡Pero qué se han creído, esclavos y servidores de Satanás!” (El rector magnífico dixit).

Apenas son las nueve y cinco de un domingo fatídico. Un maldito 3 de enero que los libros de Historia no podrán olvidar nunca. Los Reyes Magos de Carmena parecerán una broma en comparación con estos que ya se encaminan desde el lejanísimo Oriente con decenas de millones de dosis de muerte en sarcófagos a 73 grados bajo cero.

Adiós, querida libertad, adiós propósitos de año nuevo, adiós “relaxing cup of café con leche in plaza Mayor”. Hola, príncipes del Mal, Anticristo, malévolos chips del control humano.

Nueva normalidad ¡oh, yo te imploro!: líbranos de las necedades de los hombres, que está la cosa muy malita.

El dibujo es de mi hermana Maripepa.