Fidel Castro, que era un dictador muy malo que sacó al Estado Cubano de la miseria en la que le había sumido la tiranía de otro dictador, dijo una vez: ‘En Cuba hay muchos que tienen poco, pero nadie carece de todo’.
(Cabe anotar que durante esa dictadura ignominiosa, se forjaron un sistema educativo y una sanidad pública –no podía ser de otro modo en un Estado comunista– que hoy ha exportado cientos de médicos voluntarios a todo el planeta para combatir el covid-19.)
¿Se imaginan un país en el que no muchos tengan que tener poco (porque hay riqueza suficiente) pero nadie carezca de todo?
Llamamos cariñosamente a este fenómeno (a la herramienta que lo hace posible) Ingreso Mínimo Vital.
Y no, no es una fábrica de vagos, maleantes y desocupados ricos (de estos ya tenemos de sobra); es la garantía de que en todas las neveras del país hay leche para el desayuno de los niños. Nada más. Nada menos.
Después discutimos sobre cómo se evitan los abusos, cómo se combina con otras prestaciones, cuánto vale, quién es y quién no candidato a obtenerlo, en qué plazos… Hoy lo que sabemos es que ayer el Gobierno de España aprobó un real decreto ley (que tendrá que ratificarse por el Congreso de los Diputados en una sesión que intuyo bochornosa) por el que se garantiza que habrá leche para el desayuno en todas las neveras.
¿Recuerdan todo lo que se habló cuándo el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero propuso al Congreso –y este aprobó– la Ley de la Dependencia? ¡Una ley sin financiación! ¡Una utopía! ¡Una entelequia!… Hoy nadie duda de ella a pesar de las deficiencias de gestión que pueda haber en según qué comunidades autónomas. Ahí está.
Entre el ruido monstruoso de una oposición capaz de caminar sobre los muertos con tal de derrocar al Gobierno legítimo de la nación, que esta semana nos ha dejado perlas de las que mejor no hablar, Sánchez ha colado vía decreto ley la implantación del derecho a la subsistencia de todos los españoles.
Sabemos que ha costado mucho trabajo encontrar el acuerdo entre los partidos que se sientan en la mesa del Consejo de Ministros. Sabemos que el PP brama contra la tramitación de la norma vía decreto ley (que no le permite introducir enmiendas, como si la que tienen liada les diera opción a intentar nada con ellos). Sabemos que la implantación del Ingreso Mínimo Vital dará muchos quebraderos de cabeza. Dudamos de la capacidad del Estado para conseguir la financiación… pero ya es Ley. Ya está aquí.
Con toda seguridad será uno de los grandes progresos sociales que producirá este momento agónico; lo único bueno que podamos sacar de todo este inmenso lío. Y ya es un hecho.
Hará que cambien las relaciones laborales (nadie tendrá que mendigar un empleo de mierda a cuatro euros la hora). Hará que cambie el panorama de nuestras ciudades y de nuestros pueblos (nadie tendrá que mendigar un pedazo de pan). Hará que la sociedad sea más justa y que otros no se puedan enriquecer explotando a sus semejantes en la economía sumergida (nadie tendrá que volver a coser pantalones en un sótano). Y hará que algunas personas abusen (¡y qué coño vamos a hacer!). No busquemos excusas para denostarlo: se trata de dignidad.
Esa cantidad de dinero inyectada en el tejido social, hará también que se alegre el negocio de las panaderías, las charcuterías, las tiendas de variantes, los mercadillos, las lencerías o los comercios de electrodomésticos, pero de eso tendremos más ocasión de hablar.
Hoy importa que se ha levantado el cuarto gran pilar del Estado del bienestar. Cerrando el círculo. Orgulloso del Gobierno de España; hoy no es día para mirar a la derecha sino con lástima por lo que ha desvelado de ellos la estrategia rastrera de acoso y derribo que se han marcado para el peor momento de la historia reciente de España. Ellos dirán que no (les horroriza pensar que la ciudadanía esté aprobando su gestión y la difamarán por los medios posibles). Nosotros, que somos muchísimos más, diremos que sí. Porque después de hoy, aquí, nadie carecerá de todo.
Ha sido el Gobierno progresista PSOE-UP. Que no se nos olvide.
Me jode como a cualquiera (de izquierdas) que siga vigente la reforma laboral del PP. Pero ¿Ahora? ¿En plena crisis sanitaria mundial y a las puertas del mayor cataclismo social que se ha conocido en España desde el fin de la Guerra Civil? ¿Hoy tenemos que derogarla? ¿Esta semana? ¿En diez días? ¿Antes de que se declare la ‘nueva normalidad (de los cojones)’ piensa alguien que se puede modificar toda la estructura normativa que soporta las relaciones laborales de un país?
La sintomatología es uniforme: se profieren gritos de ¡no a la dictadura! Bajo la ondeante bandera del franquismo (¡sorprendente!), se canta el Bella Ciao (qué coño sabrán) y se golpean aparatos Thermomix® TM6 con palos de golf de alta gama marca Callaway®, a falta de poder localizar en la cocina aquellas cacerolas comunes y cucharones de palo con las que el pueblo llano se viene a manifestar. Polos de marca y relojes suizos, acompañan gritos de ¡libertad! y ¡Gobierno dimisión! Todo ello en ambiente de falsa reivindicación proletaria que parece tener por objeto la caída del Gobierno socialcomunista que rige nuestros destinos y amenaza con subirle los impuestos a los poderosos para asegurar el Estado del bienestar (¡anatema!).
Otra señora de su formación, una que luce bozal verde caqui tocado de banderita tu eres roja, banderita tú eres gualda, dijo que se durante la pandemia había utilizado la eutanasia, porque no había podido aprobar la ley que la regula. Tal cual. El lanzador de huesos de aceituna del PP hizo una rima, que le encantan, pero no me acuerdo del literal y no me apetece buscarlo. Pablo Casado le llamó ridículo (al presidente). Y el que fuera abogado del Estado, hoy en la filas de Ciudadanos por un quítame allá esa rebelión o sedición (después el Supremo le quitaría la razón), dijo que el plan no era serio. Dijo más: Dijo que el plan no era serio y que hacía falta un plan, pero serio. Más no dijo: ignoramos que entiende el ex abogado del Estado por un plan serio. Torra ya había dicho que España mata, pero ese hombre siempre dice cosas enormes.
Los niños saben que los tuppers que pone en la mesa al mediodía vienen de la parroquia. Ni les importa. Están calientes. Y ricos. Son de Cáritas. Esto lo hacen muy bien, porque la caridad siempre se le ha dado muy bien a la Iglesia. Ha escuchado en la cola que ahora las raciones son más pequeñas porque viene mucha gente más a por comida por lo del coronavirus. Y lo ha entendido: usted misma no había venido nunca antes de ahora. No le da vergüenza. Bueno, a lo mejor un poco.
No hablamos de la mujer que se ha muerto sola en la cama de un hospital sin entender qué le estaba pasando, de los cuerpos que nadie ha reclamado, ni de la pena: no hemos hablado de la pena de cualquier hombre que despidió a su mujer apretando la mano de sus dos niños, solos los tres y los sepultureros en el cementerio inmenso que estaba vacío, y luego llamó uno a uno a sus hermanos, a sus tíos, para contarles que la cosa había acabado mal.
A las 21:15, después del parte, me toca bajar la basura. Un día a la semana. No hay más turnos. A los del ‘A’ les han dado más horas, pero ellos hacen más que yo. Para mí es suficiente. Los contenedores están en la avenida, más allá del bloqueo. En la avenida hay algún comercio abierto. En realidad no hace falta porque con el paquete hay más que suficiente y todo demás se puede conseguir por internet, aunque a veces no llegan las cosas, eso es verdad. Debe ser para casos urgentes. En la avenida sí hay policía y se oye que los ciudadanos ejemplares están activos todavía. Y luego están los drones. Hay que tener mucho cuidado al salir a la avenida. En mi calle está uno más seguro.
La tercera gran verdad es más enigmática. Yo mismo aún no sé qué conclusión sacar de ella siendo, como es, cierta: Mientras en Europa la pandemia termina con las existencias de papel higiénico, en Estados Unidos lo que se acaban son las armas de fuego. Se conoce que cagarnos nos cagamos todos, pero mientras los unos ventilamos nuestros miedos en la intimidad del excusado, los otros se envalentonan y se disponen a terminar con ellos a tiro limpio. Debe ser la consecuencia de los héroes que modelaron el imaginario de las infancias de cada cual, los nuestros Rompetechos, Carpanta, Mortadelo y Filemón, los suyos el Capitán América, Batman, Superman. Esto debe conformar la personalidad colectiva de los pueblos.